Literatura y redes sociales

Así como hay algunos escritores que abominan de las redes sociales (no haré publicidad gratuita de alguno que yo me sé), tengo la impresión de que otros las utilizan como un método más de marketing para publicitar sus libros, aunque también hagan notar sus opiniones en ellas sobre los eventos consuetudinarios que acontezcan en la rúa, en la nube o en cualquier otro lugar, real o virtual.

Aquí es donde está el meollo de la cuestión. Según lo veo, hay escritores que escriben en el twitter o en el Facebook y con sus opiniones se exponen o bien a atraer nuevos lectores o bien a producir un rechazo rotundo en otro segmento de usuarios. Me explico. Quien lea los tuits o retuits de, por ejemplo, Benjamín Prado o de Lorenzo Silva observará que unas veces hablan o se hacen eco de las vicisitudes de sus libros y en otras manifiestan sus puntos de vista o apoyan las opiniones de otros tuiteros sobre cualquier asunto de la actualidad. Vaya por delante que suelo compartir las opiniones de estos dos estupendos poeta y novelista, respectivamente. Quien compre sus libros a tenor de lo que escriben en el twitter creo que no se llama a engaño. Ahora bien, también digo que no le mientes la guardia civil al segundo, me refiero críticamente, porque serás oportunamente replicado. Que para algo es honorario de ese benemérito cuerpo. Y supongo que igual pasará con el primero. Si se le nombra peyorativamente a su amigo Sabina, pues lógicamente saldrá en su defensa aunque sea en 140 caracteres.

Y para qué hablar de otro conocido escritor, académico para más señas, que además de divulgar sus textos tiene la testosterona a flor de tuit y, si te descuidas, te suelta una hostia (dialéctica o vaya usted a saber), o te dice directamente que no tienes comprensión lectora de sus “muy evidentes” razonamientos. Con ello puede que gane adeptos pero, seguro, que también conseguirá que  más de uno no compre jamás sus libros. Y así podrían ponerse otros ejemplos de auténticos pedantes, sabelotodos, soberbios, engreídos o altivos literatos, hombres o mujeres, periodistas o gentes que, en general, se dediquen a comunicar su pensamiento en cualquiera de sus variantes.

Viene todo esto a cuento de una novela, Patria, de Fernando Aramburu. Ha sido loada exageradamente por muchos de sus colegas, críticos literarios y también de políticos curiosamente de un determinado signo. En mi caso particular, cuando se anunciaba la salida del libro pensé que a mí no me interesaba para nada y que conmigo no iba a contar. Reconozco que es un prejuicio, pero sigo a este autor en el twitter y en muchas ocasiones discrepaba de sus opiniones o me producían rechazo algunos de sus comentarios. Mi conclusión, posiblemente equivocada, era que para qué leer algo que aunque fuese ficción podría estar en una onda que yo intuía que no compartía de su producción textual sincopada en redes sociales.

En este caso me he sentido reconfortado de mi discutible criterio apriorístico, cuando he leído el tuit de un editor y crítico literario, Constantino Bértolo, con sabiduría contrastada en estas lides y en materia, verbi gratia, de premios literarios. Decía así: “Escribir una mala novela tiene seguramente más mérito de lo que parece. Miren sino lo de Patria de Aramburu. No deja de tener su cosa”. En mi descargo debo añadir que si uno leyera el exabrupto de un escritor, o escritora, que dijera algo parecido al que ha soltado este eurodiputado polaco, pues supongo que se pensaría muy mucho si comprar sus libros. Pues eso.

Sin lucha no hay progreso

He esperado a terminar el libro para ir a ver la película El nacimiento de una nación. Y no porque me pudieran destripar la trama precisamente (¿para qué utilizar el anglicismo spoiler si en castellano tenemos su correlato mucho más sonoro y descriptivo?). Los hechos históricos están ahí y así los relata Howard Zinn en su ya clásica obra La otra historia de los Estados Unidos:

En el condado de Southampton, Virginia, en el verano de 1831, un esclavo llamado Nat Turner, asegurando que tenía visiones religiosas, reunió a unos setenta esclavos, que fueron de pillaje de hacienda en hacienda, asesinando a por lo menos cincuenta y cinco personas, entre hombres, mujeres y niños. Se les unieron refuerzos, pero cuando se quedaron sin municiones fueron capturados. Turner y unos dieciocho más fueron ahorcados. Este episodio hizo cundir el pánico en el Sur negrero, y acto seguido hubo un esfuerzo concertado para reforzar la seguridad del sistema negrero. Después de eso, Virginia mantuvo una fuerza de 101.000 milicianos, casi el 10% de su población total. La rebelión, por poco frecuente que fuera, era un temor permanente entre los propietarios de esclavos.

A partir de unas notas dictadas en la cárcel a su abogado, el autor del libro, Willian Styron escribió en 1968 Las confesiones de Nat Turner. Un relato excelente, con una base histórica, obviamente, pero al fin y al cabo imaginado por el autor desde el punto de vista exclusivo del protagonista. Ese ejercicio literario fue recompensado con el premio Pulitzer y es una narración escalofriante, emotiva y que intenta comprender las razones del levantamiento y de la crudeza con la que se condujeron los esclavos sublevados.

El cuerpo de Turner, el esclavo insurgente, que sólo mataría personalmente a una mujer en la revuelta, tras el ahorcamiento, fue entregado a los médicos, quienes lo despellejaron y con su carne hicieron grasa y, según cuentan, hubo quien se hizo un monedero con la piel arrancada.

La narrativa de la película, como casi siempre suele pasar, es muy diferente a la del libro, al que no se ciñe en absoluto, y, si he querido verla después y no antes ha sido para comprobar en qué medida su director y actor protagonista, un negro llamado Nate Parker, ha interpretado los hechos históricos a la luz de la realidad actual norteamericana, en la que subsisten todavía comportamientos racistas en una parte de la sociedad civil y policial. El mensaje evangélico de que “los últimos serán los primeros” entronca muy bien con las inquietudes religiosas tanto del reverendo Turner como del cineasta Parker.

Con todo, la película a mí particularmente no me ha parecido gran cosa e incluye, a mi juicio, secuencias que me suenan ya vistas y filmadas en el género de películas sobre la esclavitud. Hay que recordar que las personas de piel negra en los Estados Unidos de América del Norte han vivido más tiempo sojuzgadas que libres y, por tanto, todavía está por escribir el mejor relato que haga justicia a la verdad histórica, con todas sus contradicciones y con todas las implicaciones políticas, económicas y sociales de los estereotipados Norte abolicionista y Sur esclavista.

Conviene contextualizar que el apoyo de los Estados Unidos a la esclavitud. en palabras del historiador Howard Zinn, “estaba basado en un hecho práctico incontestable. En 1790, el Sur producía mil toneladas anuales de algodón. En 1860, la cifra había subido ya a un millón de toneladas. En el mismo período se pasó de 500.000 esclavos a 4 millones”.

Años después de la revuelta espartaquista de Turner, hubo otro levantamiento, esta vez a cargo de un blanco, John Brown, que bien pudiera ser también objeto de un tratamiento literario o cinematográfico. El propio Zinn, en un pasaje de su historia, aporta elementos suficientes para hacer un buen guión:

Después de la violenta rebelión de Nat Turner y de la sangrienta represión ejercida en Virginia, el sistema de seguridad sureño se hizo más férreo. Quizá sólo un foráneo podía albergar esperanzas de provocar una rebelión. Efectivamente, fue una persona de estas características, un blanco de una decisión y un coraje formidables. El loco plan de John Brown contemplaba la toma del arsenal federal en Harpers Ferry, Virginia, para luego propagar una revuelta en todo el Sur.

Harriet Tubman, con su escaso metro cincuenta de altura, era veterana de múltiples misiones secretas cuya finalidad era escoltar esclavos hacia la libertad. Estaba involucrada en los planes de John Brown, pero al estar enferma, no pudo unirse a él. También Frederick Douglass se había encontrado con Brown. Le expuso su oposición al plan desde el punto de vista de sus probabilidades de éxito, pero admiraba al enfermo de sesenta años, alto, seco y de pelo blanco.

Douglass tenía razón, el plan fracasaría. La milicia local, con la ayuda de cien infantes de marina a las órdenes de Robert E. Lee, rodeó a los rebeldes. A pesar de que sus hombres habían resultado muertos o capturados, John Brown se negó a entregarse y se encerró en un pequeño edificio de ladrillos cerca de la puerta del arsenal. Las tropas derrumbaron la puerta; un teniente de los infantes de marina entró en el edificio y le dio un sablazo. Le interrogaron herido y enfermo. W.E.B. Du Bois, en su libro John Brown, escribió:

Imagínense la situación: un viejo ensangrentado, medio muerto de las heridas sufridas hacía unas pocas horas, un hombre echado en el suelo frío y sucio, que llevaba cincuenta y cinco tensas horas sin dormir, y casi otras tantas sin comer, con los cadáveres de sus dos hijos casi delante de sus ojos, los cuerpos de sus siete camaradas muertos en sus inmediaciones, y una esposa y familia afligida escuchando en vano, y una Causa Perdida, el sueño de una vida, yaciendo sin vida en su corazón.

Echado allí, e interrogado por el gobernador de Virginia, Brown dijo: “Harían bien, todos los sureños, en prepararse para una resolución de esta cuestión… De mí se pueden deshacer fácilmente -ahora ya estoy acabado-, pero esta cuestión todavía está sin arreglar, este tema de los negros, quiero decir, todavía no está acabado”. Ralph Waldo Emerson, sin ser activista, dijo que la ejecución de John Brown “Convertirá el cadalso en un lugar tan sagrado como la cruz”.

De los veintidós hombres de la fuerza de choque dirigida por John Brown, cinco eran negros. Dos de ellos murieron in situ, uno escapó, y los dos restantes fueron ahorcados por las autoridades. Antes de ser ejecutado, John Copeland escribió a sus padres: Recordad que si debo morir, muero en el intento de liberar unos pocos de mi gente pobre y oprimida de su condición de una servitud que Dios en sus Sagradas Escrituras ha denunciado de la forma más dura… no me da miedo el cadalso.

John Brown fue ahorcado por el estado de Virginia con la aprobación del gobierno nacional. Era el gobierno nacional el que, a la vez que aplicaba tímidamente la ley que tenía que acabar con el comercio de los esclavos, aplicaba sin contemplaciones las leyes que fijaban el retorno de los fugitivos a la esclavitud. Fue el gobierno nacional el que, durante la administración de Andrew Jackson, colaboró con el Sur para eliminar el envío de literatura abolicionista por correo en los estados sureños. Fue el Tribunal Supremo de los Estados Unidos el que declaró en 1857 que el esclavo Dred Scott no podía exigir su libertad porque no era una persona, sino una propiedad.

Ahora que parece que soplan ráfagas de vientos trumpistas y amenazantes por aquellos territorios del Norte de América, quiero terminar esta reseña reproduciendo un fragmento del discurso pronunciado por Frederick Douglass, antiguo esclavo, que incluye Howard Zinn en el libro citado. El propio Douglass hablaba así en 1853, pero bien podía decirlo hoy en cualquier parte del mundo: La historia entera del progreso de la libertad humana muestra que todas las concesiones que se han hecho hasta la fecha a sus augustas exigencias han nacido de la lucha. Si no hay lucha no hay progreso. El poder no concede nada sin una exigencia. Nunca lo ha hecho, y nunca lo hará. Según escribe Zinn, este orador y escritor extraordinario sabía que la verguenza de la esclavitud no sólo era cosa del Sur y que toda la nación era cómplice de la misma. El discurso que dio el 4 de julio de 1852, Día de Independencia, decía así:

Ciudadanos, amigos ¿Qué representa para el esclavo americano el Cuatro de Julio? Respondo, un día que le revela más que ningun otro del año la gran injusticia y la crueldad de que es víctima constante. Para él vuestra celebración es falsa, vuestra tan cacareada libertad una licencia inmunda, vuestra grandeza nacional, una vanidad sin igual, vuestros cantos de alegría están vacíos, desprovistos de corazon, vuestra denuncia de los tiranos, una desfachatez impúdica, vuestros gritos de libertad e igualdad, un hueco sarcasmo, para él vuestros rezos e himnos, vuestros sermones y acciones de gracias, con toda su pompa religiosa y solemnidad son mera ampulosidad, fraude, decepción, impiedad e hipocresía, una delgada cortina para cubrir crímenes que avergonzarían a una nación de salvajes. Actualmente no hay nación en la tierra que peque de practicas más chocantes y sangrientas que el pueblo de los Estados Unidos.

Calar al personal

Hace unos días, el periodista Jorge Bezares escribía un artículo (El himno contra la presidenta) en el que advertía del “escándalo político de primer nivel” que sería la aspiración de la presidenta andaluza de compatibilizar su cargo institucional con la secretaría general de su partido. Tal pretensión, “asumida al parecer por todos los barones que participaron en el golpe político contra Pedro Sánchez”, le hace preguntarse al periodista si acaso Andalucía no se merece una presidenta que tenga puesto los cincos sentidos y dedique todo su tiempo a solucionar sus numerosos problemas.

Pero, aunque Iñaki Gabilondo suelte en su homilía diaria que “se dice” que ya cuenta con los apoyos suficientes para dar el salto, Susana tiene un problema. La gente. Y es que no parece contar la sevillana presidenta, o viceversa, con que la sabiduría popular, por bajo o por cima de Despeñaperros, puede que no siempre acierte con la papeleta cada cuatro años, o cuando toque, pero se gasta cierta sabiduría para calar al personal. Sobre todo a ese – o a esa- que se le llena la boca de mi tierra, la más grande, mi tierra, la más güena, mi tierra… y cuando menos se antoja se larga y te deja en la estacá.

Cuestión esta, la de conocer las cualidades o intenciones de alguien, que suelen tenerla muchas comparsas y chirigotas del carnaval gaditano (véase Esa palabra) así como el público asistente a los concursos y fiesta carnavaleras. Bezares lo entiende así:

“En el Carnaval de Cádiz, un termómetro de la realidad con una notable fiabilidad, la chirigota ¡Qué penita de concurso! y el público del teatro Falla entonaron el himno de Andalucía contra la presidenta de la Junta. Sí, contra Susana Díaz. Y no fue porque todos se hayan vuelto podemitas y estén al servicio del Kichi, como mantiene la propaganda susanista que emana de Canal Sur. Es por esa sabiduría tan gaditana de calar al personal un cuarto de hora antes que el resto de la humanidad”.

Merece la pena escuchar -y disfrutar- el pasodoble y la reacción del público a su término, entre los minutos 5:10 al 8:40 del siguiente vídeo:

 

Un día cualquiera

Ya no tendría que ser noticia que El País no tenga a bien incluir entre su cincuentena de noticias de portada de su digital la de la sentencia a tres años y medio impuesta a un rapero por una canción. Sea el rey o sea quien sea el objeto de la irreverencia condenada. La falta de credibilidad de este medio, y de su grupo mediático, hace tiempo que es conocida. No lo digo yo. Lo dicen las decenas de miles de lectores que otrora tuvo ese periódico y lo fueron abandonando paulatinamente. La gente ya no paga fácilmente por mentir, que también es no decir toda la verdad, manipular ad infinitum y sesgar las informaciones, atendiendo las directrices que emanan a buen seguro de su consejo de administración en el que se sientan las grandes corporaciones financieras del IBEX 35. Y no se nos diga, como dice Cebrián con todo el morro, que ellos no dan instrucciones a sus periodistas. Evidente. No hace falta. Sólo es preciso colocar en los puestos clave a quienes corresponde adoptarlas.

También hace tiempo que dejó de ser noticia que en el PSOE haya mucha militancia que no se siente de izquierdas. Sin contar los zombis que frecuentan la cadena de los obispos -los Corcuera, Leguina y otros compañeros mártires-, me quedo aquí y ahora con el alcalde de Vigo. Se llama Abel y se apellida Caballero. Este buen señor dice que “El PSOE es la socialdemocracia, no la izquierda“. Y se queda tan ancho. Renuncio a que me lo expliquen. Será que soy muy antiguo pero yo pensaba que el socialismo estaba situado a la izquierda del dios padre. Pero se ve que eso ya no debe ser noticia.

Que TVE manipule diariamente sus noticias hasta la náusea, tampoco es noticia, desafortunadamente. No basta con que 2.200 trabajadores del ente público hayan denunciado múltiples casos de tergiversación graves y la falta de neutralidad exigible por ley, o que continuamente los telediarios mezclen opinión con información “saltándose todas las normas deontológicas que establecen el Estatuto de la Información y el Libro de Estilo“, trasladando una imagen “de sumisión al poder político, al Gobierno y al partido que lo sustenta”. La periodista Rosa María Artal, que conoce bien el medio por haber formado parte del ente, incluía la siguiente encuesta en el tuíter.

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A las pocas horas, la periodista incluyó otro tuit dando el resultado. “Acierto mayoritario, 1º tema abriendo el telediario y 1º en el desarrollo, tras titulares”. La gente que había contestado el cuestionario acertó plenamente el bingo. Para qué hacer más comentarios.

Y en estos días están siendo noticia (recurrente en todos los años del turnismo, cuando se producen los relevos de los cargos) los nombramientos y ceses que se están produciendo en el ámbito de la Fiscalía. Que se formen equipos nuevos tras la designación de un nuevo Fiscal General parece lógico. Pero que se quiten de en medio a los fiscales que han destapado, denunciado y perseguido la corrupción en una provincia concreta, Murcia, huele a chamusquina. Se pongan como se pongan en el gobierno y en el ministerio de justicia.

En este contexto, empero, resulta llamativo que la SER y El País, ignoren por un lado la sentencia que ha recaído contra el exministro Soria (él no se paga sus viajes), supongo que por haber sido una exclusiva de un medio digital dirigido por su antiguo y defenestrado colaborador, y no hayan hecho referencia alguna a la pregunta de Pablo Iglesias a Mariano Rajoy , en la que le instaba a interesar de la Fiscalía del Estado la investigación de si pudiera haber habido un delito de cohecho en los viajes del entonces ministro de turismo, y sin embargo y por otro lado, tras entrevistar al fiscal destituido, que hace unas acusaciones graves contra “alguien”, exijan la necesidad de que fiscalía y gobierno den las explicaciones correspondientes. Para ello, llaman rápidamente a representantes de tres grupos parlamentarios (PSOE, Ciudadanos y Unidos Podemos) para poco menos que instarles (“¿van a apoyar que se investigue…?”) a que se sumen a la explotación de su scoop radiofónico. Como si los tres formaran parte de la misma oposición. Como ignorando que los dos primeros sostienen al gobierno del PP en lo esencial (el mantenimiento del statu quo) que el grupo PRISA consideraba necesario apoyar en su momento. Se trata de montar el pollo de rigor (probablemente con razón, no lo discuto), en esta ocasión porque así conviene a los intereses periodísticos tanto del grupo como de la gestora del partido al que apoya con toda su artillería mediática.

En fin, un día cualquiera. En este país.

Historia de un bloqueo

Vaya por delante que en mi twitter sólo hago uso de la acción de bloquear  cuando se trata de spam publicitario. Observo, sin embargo, que algunos usuarios dicen haber sido bloqueados por el hecho de haberle llevado la contraria a alguien. Vaya por delante que los “bloqueadores” están en su derecho. Pero resulta más raro que algunos de ellos pasen por ser adalides de la libertad de expresión y se dediquen, paradójicamente, al mundo de la comunicación. Es cuando menos chocante que no entiendan que comunicar (se supone que para eso están en el tuíter) es un proceso interactivo, de feed-back, de toma y daca, de ida y vuelta, en el que alguien informa al resto de seguidores de sus opiniones, informaciones, comentarios o gracietas y, al tiempo, se expone (o se debería exponer) a ser criticado, replicado o complementado.

Mi cuenta, que ya tiene siete años, ha “sufrido” el bloqueo de tres personas. En este orden: Manuel Marlasca, Antonio Maestre y Arturo Pérez Reverte. Los dos primeros, periodistas en ejercicio y el tercero en fase terminal de académico de la lengua. No han soportado la correspondiente crítica, aunque sea ácida. Con 140 caracteres no se pueden introducir demasiados matices.

Al primero, Manuel Marlasca, a la sazón jefe de investigación de La Sexta, le afeé su aplauso entusiasta al recién nombrado presidente de Telefónica. Le dije que en la facultad no me enseñaron que los periodistas tuvieran que congraciarse en público con los representantes del poder. Y Telefónica, voto a bríos, lo es en grado superlativo. Me contestó, antes de bloquearme, que hablara y escribiera de lo que supiera y que si no, me callara. Yo le repliqué lo siguiente:

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Y es que este periodista, creador de opinión en un medio masivo de comunicación y, por ende, con el deber deontológico de cuidar especialmente sus manifestaciones públicas, recién producido el encarcelamiento de los titiriteros (más tarde absueltos de todo por la justicia), se permitió el lujo de escribir lo siguiente:

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El comentario a tan desafortunados tuits se lo hizo otro colega, Javier Pérez de Albéniz. Me ahorro hacer los míos sobre este sujeto. Pero he de hacer notar que cuando a un periodista se le recuerda la deontología, salta como un resorte. Se ve que ellos sienten que tienen el monopolio de exégesis de esa cosa tan confusa.

Del segundo, Antonio Maestre, un periodista de La Marea, me dolió más su bloqueo, porque le pasó un poco como al anterior. Este informador se las da de ser un defensor de la libertad de expresión y de las causas de los más desfavorecidos y excluidos de la sociedad. Vamos, pasa por ser un espécimen de izquierdas. Pero eso sí, no le mientes algunos comportamientos que podía tener y no los tiene ni de lejos. Las habichuelas, aunque sean escasas, hay que cuidarlas. Ya comprendo, es de humanos, que cuando a alguien nos sacan a relucir nuestras contradicciones, nos resulta difícil el trago. Pero me parece que la servidumbre de escribir en una red social lleva aparejada el apechugar con lo que te critiquen y no bloquear al disidente, como harán con él sus enemigos de clase. Si no, es mejor abandonarla.

A este plumilla con ínfulas le hice un comentario indirecto. Escribí un tuit que lo mencionaba, pero sin dirigirme directamente a él, en el que ante la avalancha de comentarios que había leído sobre el comportamiento del sedicente periodista Eduardo Inda, escribí que la única forma de echarlo de La Sexta Noche sería que los Maraña, Escolar, Aroca y él mismo tuvieran el gesto de dimitir como había hecho Ana Pardo de Vera, actual directora de Público, que se fue de ese espacio abochornada por las mentiras reiteradas del sujeto referido. Es decir, en mi criterio, cuando no se asiste a un intercambio de opiniones, sino de insultos, falacias y patrañas, lo decente es no darle bolilla con tu presencia a gentes que denigran la nobilísima función del periodismo.

El tercer bloqueo experimentado en mis carnes digitales, del que me siento realmente orgulloso, se corresponde con un personaje (él ya actúa como si se tratase de alguno de los que aparecen en sus libros) que se ha dignado rebajarse a bloquearme por hacerle un comentario a propósito de alguna de esas afirmaciones estentóreas a las que nos tiene acostumbrados, en las que hablaba de valientes y cobardes. Escribí lo siguiente: “El mundo se divide entre los que ganan porque tienen cojones y los que no los tienen y pierden. Él, entre los primeros”. Este individuo, que se dedica a la escritura profesionalmente, y en sus ratos libres a la Academia de la Lengua, no está dispuesto a tolerar ninguna crítica. La última ha sido descalificar a una formación política, En Marea, porque ha osado pedir cuentas al ministerio que ha premiado un artículo suyo, en el que se compara a las personas refugiadas con las invasiones bárbaras. Su respuesta, muy en su línea, desde la soberbia de quien considera que cualquier disonancia con su planteamiento ideológico, o literario, es un ataque personal, ha sido la siguiente: “Además de analfabetos y faltos de comprensión lectora, estúpidos”.

Este experiodista, como otros colegas suyos que micro en mano, insultan un día sí y otro también a quien no comulgue con los de su cuerda (estoy pensando en los Herrera, Losantos, Tertsch, etc.), no es la primera vez que a quien discrepa de él lo fulmina. Acudo de nuevo a Albéniz, que escribía lo siguiente:

“Arturo Pérez Reverte, pedazo de académico, está que trina: ¡un político desalmado quería saber cuánto cobra el escritor! ¿La cifra del adelanto editorial por su nueva novela? No, eso queda entre Alfaguara y él. ¿Su sueldo como columnista de ABC? No, eso queda entre el director del periódico y él. El político curioso se llama Sebastián Terrada, y es concejal de Izquierda Unida en el Ayuntamiento de Cádiz. Terrada quiso saber cuánto iba a cobrar Reverte en calidad de comisario de la exposición conmemorativa del bicentenario de la Constitución de 1812, y en qué iba a consistir el trabajo para el que había sido contratado por el Ayuntamiento de su ciudad. ¡Será impertinente el tal Terrada! Enfadado y digno como sólo un miembro de la Real Academia Española de la Lengua puede estarlo, Reverte ha dimitido: “me conozco un poco y sé que al final acabaré ciscándome públicamente en la puta madre de alguien, y la liaremos. Así que mejor me quito de en medio”, aseguró en un arrebato de genialidad lingüística.”

Y lo definía así en un artículo titulado Macho man:

“España es un país de machotes. Aquí vas por la calle, le das una patada a un bote y llenas la acera de testosterona. Y si pones la tele, escuchas la radio o lees a determinados verracos, también. Cuando no es el alcalde de Valladolid quien se pone choto con Leire Pajín es Pérez Reverte quien se descojona de las lágrimas blandengues de Moratinos (“Ni para irse tuvo huevos”). Por no hablar de esa máquina de seducir llamada Hermann Tertsch. Tipos de una virilidad antigua, de esa que no pierde fuelle con los años. Sementales que eyaculan hasta por la boca, dejándolo todo lleno de kleenex pringosos, palabras sucias y olor a acetona.”

El efecto mariposa

Últimamente (será que la actualidad da mucho de sí), algunos columnistas de la prensa alternativa (nada que envidiar a la de papel, salvo por los escasos medios con los que cuentan y se financian) están que se salen. Por su interés social, laboral o, simplemente, cívico, reproduzco un extracto de tres artículos que a mí me han parecido magníficos. El primero es de Isaac Rosa, Prepárate para odiar a los estibadores, publicado en eldiario.es:

“Hacía ya tiempo que no teníamos un colectivo de trabajadores al que odiar con todas nuestras fuerzas y poder gritarles “¡privilegiados!”. Hemos odiado a funcionarios (¡parásitos!), mineros (¡subvencionados!), profesores (¡vagos, todo el día de vacaciones!), y por supuesto a los más odiables de entre los odiosos: los controladores aéreos, que tan buenos ratitos de odio nos dieron un verano.

Pero estamos de enhorabuena, porque en los próximos días nos van a echar un nuevo hueso: los estibadores de puerto. No sabíamos nada de ellos hasta ahora, solo que son los que cargan y descargan barcos; pero resulta que también son unos privilegiados. Ahora el Gobierno prepara un decreto para liberalizar la actividad, y los trabajadores están dispuestos a ir a la huelga para defender sus derechos. Perdón, quiero decir que “los privilegiados están dispuestos a chantajearnos para defender sus privilegios”.

La secuencia es la habitual, la hemos visto muchas veces:

1.- Cogemos un colectivo que todavía no haya sucumbido a reformas laborales y precarización.
2.- Anunciamos recortes de sueldos y derechos, porque “lo manda Europa”, y con el argumentario habitual: liberalizar, ganar competitividad, modernizar, crear empleo…
3.- Señalamos a los trabajadores como “privilegiados”, “restos de un modelo anacrónico” (a ser posible del franquismo, para odiarlos más), y por supuesto “aristocracia sindical”.
4.- Informamos a la ciudadanía de los privilegios (sueldos altos, eso lo primero).
5.- Rompemos la negociación, por muy avanzada que esté, y no les dejamos más salida que la huelga.
6.- Acusamos a los huelguistas de dañar un “sector estratégico”.
7.- Lanzamos una campaña de desprestigio por tierra, mar y aire.

Además, hay que asegurarse de que los representantes sindicales no tengan voz, que ya sabemos lo manipuladores que son: si les dejamos, dirán que lo suyo no son privilegios sino derechos ganados en décadas de lucha, que la suya es una profesión especialmente dura y con alta siniestralidad, que hay otras opciones para cumplir con Europa, que los puertos son rentables y lo único que buscan gobierno y patronal es abaratar costes laborales (rebaja salarial ¡del 60%!, más horas de trabajo, flexibilidad laboral…).

Nada, ni caso. No escuchen a los trabajadores, que son capaces de convencernos. Yo ayer lo hice, atendí a sus razones, y me entraron dudas: a ver si van a tener razón… A ver si en realidad no son unos privilegiados… A ver si es que el único “privilegio” que tienen (el mismo “privilegio” que controladores, mineros o funcionarios; el mismo “privilegio” que hemos perdido la mayoría; el que les quieren quitar) es el “privilegio” de ser capaces de defender sus derechos, de tener conciencia de clase, organización y capacidad de lucha. […]“.

El segundo extracto es de Daniel Bernabé, Una historia de indiferencia y esoterismo, publicado en La Marea:

“Sábado por la noche, ciudad de Nueva York. Un cocinero de 36 años llamado Jared Neid coge el metro después de acabar su turno de trabajo. Nota algo raro en las caras del resto del pasaje, pronto advierte lo que ocurre. El vagón del suburbano está lleno de pintadas nazis y cruces gamadas. Una mujer, sentada bajo una de ellas, al percibir su estupefacción le mira y dice en alto lo que piensa: “Son absolutamente horribles. ¿Crees que las podríamos borrar de alguna forma?”. Neid recuerda que en la pizarra donde apuntan las comandas borran lo escrito con toallitas higiénicas y pide al resto del pasaje que miren en sus bolsos y abrigos. Al instante la mayoría de los viajeros se ponen manos a la obra y en un par de minutos las pintadas han desaparecido. El suceso es fotografiado por otro ciudadano que vuelve a su casa tras cenar con unos amigos. Esa noche lo sube a sus redes sociales. A la mañana siguiente medio millón de personas lo han compartido. El lunes la noticia es recogida por los grandes medios estadounidenses. […]

El gran triunfo de la reacción conservadora que se inició a finales de los 70 del pasado siglo no fue librar un combate de ideas donde por mayor pertinencia o acierto práctico ganaron las suyas. Eso nunca sucedió. El gran triunfo fue separar la política de la vida diaria de las personas, haciendo coincidir sus intereses con un mero ejercicio de supuesta gestión y las resistencias de los gobernados con actos de radicalidad que venían a turbar el normal devenir de la vida en sociedad. Una forma determinada de hacer política, aquella que favorecía los intereses de unos pocos, pasaba así a ser la única forma de hacer política, de ser políticos. Una semilla de totalitarismo que asumía de forma exitosa las formas electorales convirtiéndolas en un proceso de resultado controlado, que cerraba la sociedad a su propio fin último, la vida común consensuada, para convertirla en un conglomerado de recursos, transacciones y algoritmos.

Por eso, y no por una maldad intrínseca de un individuo, el pasado sábado en el metro de Nueva York alguien escribió en un vagón que los judíos pertenecían al horno. Por eso, cuando la afición del Rayo Vallecano rechaza que su equipo fiche a un jugador declaradamente nazi, se les sitúa como los que alteran el orden razonable de las cosas y no como unas personas actuando de manera cívica ante unas ideas que atentan contra la civilización. Por eso cerrar una empresa, aun dando beneficios, para especular con el trabajo es una inteligente diversificación de sus activos y la resistencia de los empleados por proteger el trabajo, que es suyo pero de todos, es la necia actitud de quien no quiere evolucionar con los tiempos. Por eso al director de cine que tiene un ojo atento con el presente se le dice que es un cineasta comprometido y a quien está comprometido con los valores hegemónicos tan sólo factura películas de entretenimiento sin carga ideológica alguna. Por eso ustedes leen prensa alternativa mientras que su jefe lee prensa a secas. Por eso echar a la gente de sus casas es un suceso cotidiano y tratar de impedirlo un acto radical. Por eso si las mujeres son asesinadas por su pareja tan sólo mueren y si se deciden a volverse políticas, esto es, feministas, pasan automáticamente al ámbito de lo despreciable.[…]“.

Y el tercero es de @gerardotc, el tuitero con más inteligencia de las redes sociales. Se titula Querido gilipollas con ruedas caras y está dirigido a un tipo que se jacta de ser el propietario de un Ferrari que aparca en una zona reservada a personas discapacitadas porque la gente, dice, no es “cuidadosa” con su coche:

Querido gilipollas con ruedas caras: bienvenido a este museo de la caspa.

Has entrado por la puerta grande y no de cualquier manera, sino como merecedor de una carta personalizada para ti solito. En un país en el que ser un gañán se tolera e incluso se aplaude a menudo, no era sencillo que las cabezas se giraran a tu paso al comentario de “¿pero cómo se puede ser tan gilipollas y tener tan poca vergüenza, todo al mismo tiempo?”. Pues lo has conseguido. En las redes y en los medios se habla de ti y de tu hazaña:

1) Aparcar tu coche en una zona reservada para personas con discapacidad.

2) Que alguien señale que hay un tonto anónimo que ha aparcado de esa manera.

3) Que decidas salir a reivindicar la autoría de la estupidez y la poca vergüenza (esto te honraría si no fuese por el punto 4).

4) Que te presentes como víctima de los comportamientos incívicos de otros (la gente no es cuidadosa con mi coche).

Eres la polla. Esta sería mi conclusión rápida en un primer análisis pericial sobre ti. Pero vamos a profundizar un poco más. Vamos por partes. A quienes les robas la plaza de aparcamiento no son minusválidos, como dices. Si así fuera, tú podrías aparcar y yo no estaría escribiéndote esta carta. Minusválido significa “menos válido” y quienes aparcan ahí no son, por lo general, ni más ni menos válidos que cualquier persona. No, ese lugar está reservado para personas con alguna discapacidad. Una persona que carece de la capacidad de andar, por ejemplo. Tal vez alguien que se cruzó con un idiota a 200 kilómetros por hora en una carrera de esas que te gustan. A esta persona que, por no poder caminar, usa una silla de ruedas, sería a la que tú le estás complicando la vida por preocuparte más de tu coche que de tu vergüenza.

La culpa de que aparques ahí, dices, es de los demás, de “la gente”, que no es nada cuidadosa. No como tú, que eres todo un detallista. Mucho Ferrari, pero como persona pareces el salpicadero de un Seat Panda (esta frase la escuché de niño, me gustó, pero ahí se ha quedado toda la vida, la verdad; nuca le había dado salida hasta este momento contigo). Me encantan los tíos que dicen “es que la gente es muy tal”. A un lado del cuadrilátero, tú y al otro, la humanidad, que no tiene ni idea. Puto cuñao… La gente es que no sabe, ¿verdad? El mundo gira, equivocado, alrededor de ti y de tu vehículo y ambos sobrevivís como podéis ante una marea de chusma que envidia vuestro éxito. Como si te leyera el cerebrillo ese que tienes detrás del peinado. Como tienes dinero, tus padres creen que todo va bien y no llaman al programa Hermano Mayor. Vaya error.[…]

Barcos de papel

Por su interés, reproduzco íntegramente el artículo (Barcos de papel) publicado en La Marea por María González Reyes:

El juicio finalmente no se celebró. El policía decidió retirar la acusación particular 24 horas antes. La fiscalía ya había pedido el sobreseimiento del caso porque no veía indicio de delito, pero hasta 24 horas antes de las 10 de la mañana del 17 de enero a Diego le pedían tres años de cárcel y 30.000 euros de multa.

Lo que pasó parece más creíble ahora, después de que todo haya pasado, después de que la fiscalía y el policía decidieran que no habría juicio. Antes no, antes mucha gente daba más veracidad a los uniformes que al rostro de Diego. Un rostro de palabras precisas y sonrisa ágil. Lo que pasó es una historia repetida en muchos lugares, no por los hechos en concreto, sino por cómo ocurrió y quiénes la protagonizan. Quizás os suene, aunque nunca hayáis oído hablar del barrio de Coia, en Vigo, ni de un barco en una rotonda, ni de Diego, ni de María, ni de Esther, ni de Manolo Pipas ni de Juan. Os sonará, posiblemente, porque hay muchos barrios con historias parecidas. Historias que no van de un héroe sino de colectividades que consiguen cosas cuando se juntan. Algunas de esas historias, como esta, acaban con una victoria.

Ocurrió que el alcalde de Vigo tuvo la idea de gastarse 600.000 euros en sacar un barco del mar para colocarlo en medio de una rotonda. Como decoración. Y ocurrió que esa rotonda está en un barrio por cuyas calles transita gente en paro, gente sin muchas oportunidades, gente machacada por un sistema que los lleva aplastando desde que nacieron. Gente con rostros y cuerpos que caminan por las calles cansados de injusticia. Gente harta y cansada que se junta con otra gente alrededor de la parroquia del barrio y que construye formas de actuar capaces de desbordar la crudeza social. Gente que construye desde el afecto, el acompañamiento y la búsqueda incesante de la palabra dignidad. Gente cansada y desobediente que se planta en la rotonda para impedir que el alcalde gaste 600.000 euros en decorarla. Gente que no aguanta más y que no va a permitir que se destinen más recursos en sacar un barco del mar que en las personas, con rostro, que caminan por las calles del barrio.

Ocurrió también que las vecinas y vecinos decidieron instalarse en la rotonda para impedir que colocasen el barco y que allí construyeron la resistencia mientras articulaban vínculos, ideas y canciones. Mientras resistían se hacían más fuertes. Ocurrió que un día hubo un forcejeo con la policía y un chico salió corriendo y detrás del chico salió un policía y detrás de ambos Diego, que no quería que la porra o la pistola del policía lastimasen al chaval. Y en la carrera el policía se cayó. Se podía haber caído Diego o el chico. Las personas se caen a veces. Pero el que se cayó fue el policía y los policías no se caen. Siempre hay alguien que les empuja o les agrede. Y eso fue lo que dijo el policía, que Diego le había agredido. Fue el 15 de diciembre de 2014.

Son muchas horas, muchos días, muchos meses desde entonces. Algo más de dos años. A Diego le pedían tres años de cárcel y 30.000 euros de multa porque un policía se tropezó, o quizás se lo pedían porque el movimiento vecinal estaba fuerte contra el sinsentido y querían pararlo. El miedo es un freno eficaz contra la movilización social.

Colocaron el barco en la rotonda. Rodeado de policías y de luces en una noche donde muchas vecinas y vecinos seguían tenaces en su empeño por no callar, por no pensar en una derrota. Gente convencida de que no podían dejar que ganase lo injusto, que una minoría no tiene derecho a preferir lo injusto.

En el barrio de Coia las personas saben cómo saltar por encima del miedo. Aprendieron a mantener el equilibrio como acróbatas funambulistas y se organizaron para que la condena contra Diego no se cumpliera. Hicieron muchas cosas. Dieron ruedas de prensa, recogieron de firmas, escribieron manifiestos y artículos, buscaron imágenes, dieron apoyo emocional, hicieron canciones, escribieron poesía. Tejieron una red grande alrededor de Diego. Hablaron y hablaron y hablaron. Difundieron lo que estaba ocurriendo. Se convencieron y convencieron al resto de que eran capaces de que las palabras de Diego fueran más fuertes que las de un policía. Las luchas se ganan en las calles, en las plazas, en los parques, en las comidas colectivas, en los lugares donde se articula la comunidad. En el barrio de Coia decidieron ganar el juicio contra Diego.

Después de meses de campaña, hicieron un encierro en la parroquia las 48 horas antes de que se celebrara el juicio. Un encierro que terminaría con una marcha para acompañar a Diego hasta los juzgados. El juicio no era solo el juicio de Diego. Las palabras de Diego no eran solo sus palabras. Su lucha no era solo de él. El juicio, las palabras y la lucha eran de la gente del barrio. Eran de la gente que estaba encerrada en la parroquia. Eran de quienes pusieron su firma en el manifiesto de apoyo. Eran de las personas que se sintieron indignadas cuando leyeron la noticia en el periódico. Eran de quienes apoyaron cocinando y colocando carteles. Eran de los que estuvieron cerca de policías con ganas de tropezarse y fueron acusados injustamente. Eran de las que sufren un sistema demoledor contra quienes se levantan desafiantes contra la barbarie. Eran de las que están hartas del sinsentido, de que la vida sea un campo de batalla. Eran (el juicio y las palabras y la lucha) de las personas que pelean por su comunidad, por sus vidas con ganas de justicia, por un mundo más apacible.

24 horas antes de que se celebrara el juicio el policía decidió retirar la acusación. Sin duda la presión social es lo que hizo que decidiera hacerlo. La fuerza colectiva que se mantuvo firme y constante. La victoria de Diego es de cada una de las personas que se movió para poder brindar por su absolución. Esta es una historia que narra una victoria colectiva de gente que se movió por conseguir justicia y lo logró.

En el barrio de Coia construyen (como en otros muchos lugares, ya dijimos que esta historia se parece a muchas otras) lo común como punto de partida y como horizonte de llegada. Y ganaron. A veces, cuando se pelea, se gana.

Tenían previsto terminar el encierro con una marcha que acompañara a Diego hasta los juzgados. No fue así. Construyeron barcos de papel y caminaron hasta la rotonda. Allí colocaron los pequeños barquitos junto a ese otro gigante que, a la vista está, no fue capaz de doblegarlos.

María González Reyes, activista de Ecologistas en Acción y autora del libro Palabras que nos sostienen (Libros en Acción y OMAL, 2016).

Demoler los muros

Hace ahora dos años escribí en el alojamiento anterior de este blog un texto en el que constataba que se me iban terminando las formas de titular los textos referidos a esa brutal manía constructora que les estaba dando a los países que pretenden separarse de sus vecinos más pobres. Y lo había intentado de variadas maneras: La fiebre de los puntos y las rayas; Defensa propia; Dos muros y un deseo; Hagamos caso a Clinton; En primera línea de valla; Vallas, fosos y golf; Ingeniero de muros; A desalambrar; Competencia desleal; La noche de las cuchillas largas; Cuchillas contra el ciclón; Otro muro es posible; Siempre son los mismos; No hay para todos; Soberanía limitada; Antón pirulero. Y es que, en efecto, si ha habido un asunto al que he tenido que recurrir en múltiples ocasiones porque la rabiosa actualidad me lo exigía, ha sido el de los muros. El de las fronteras construidas a golpe de hormigón, de alambre, de concertinas, de púas de acero, de minas antipersona.

Pero ya sabemos que la fiebre viene de lejos (¿No construyeron acaso los chinos, en la antigüedad, la impresionante Gran Muralla para detener a los mongoles? ¿No elevó el Imperio romano, en el norte de Inglaterra, el colosal Muro de Adriano para rechazar a los bárbaros de Escocia?). Ahora, los puntos se han armado con tecnología de última generación (radares, sensores, cámaras de visión nocturna, torretas de vigilancia, etc.) y las rayas se han electrificado y elevado hasta alturas que hacen mortal el intento de traspasarlas. Mientras organismos internacionales preconizan (o preconizaban, veremos qué pasa con el neoproteccionismo norteamericano) la globalización que les viene bien a unos pocos para hacer negocios suculentos con el consumo de muchos y liberan los movimientos de capitales y mercancías, los seres humanos tienen que andar trampeando, cuando no perdiendo la vida, para huir de la miseria y de la represión. En lugar de promover a escala mundial el desarrollo integral de los pueblos más pobres del planeta, se levantan muros, puntos y rayas. Trazados, como decía la canción de Soledad Bravo, “para que mi hambre y la tuya estén siempre separadas”.

Muros y vallas, ignominiosos e inútiles. En uno de mis textos, fechado en 2008, escribía: “Mas será un ejercicio ocioso. Podrán ir acortando, a modo de dique de contención, la distancia que media entre un policía o militar y otro policía o militar. Pero será inútil, porque, del mismo modo que construyen escaleras de mano rudimentarias en pos de la escalera de color azarosa del salto, cavarán túneles que los evitarán o aprovecharán las galerías que otros mamíferos insectívoros, más expertos, hubieren socavado a lo largo de los siglos”. Y esta misma idea se la acabo de leer a Ignacio Ramonet: “Los mongoles pasaron, y también los manchúes, y los caledonianos… Como seguirán pasando, hacia Estados Unidos, los mexicanos, los centroamericanos, los caribeños, los musulmanes… En la eterna dialéctica militar del escudo y la espada, la respuesta a la Gran Muralla de Donald Trump serán los miles de túneles subterráneos que probablemente los parias de la tierra ya están perforando…”.

Con el magnate en la Casablanca, al frente de una plutocracia sin complejos, se ha intensificado en todo el mundo la inquietud por los muros y, sobre todo, por quienes tratan de cruzarlos huyendo de sus respectivas hambres. Pero muchos olvidan, o quieren hacernos olvidar, que en el caso de la barrera fronteriza con México quien empezó la construcción fortificada fue un presidente demócrata, Bill Clinton. Y que el propio Barack Obama, continuó aportando su granito de arena (y hormigón) a tan excelsa obra arquitectónica. Y muchos, hablando mucho del muro de Trump, quieren hacernos creer que no hay otros muros de la vergüenza repartidos por doquier. El propio presidente Rajoy, responsable de haber regulado las devoluciones en caliente y de reforzar las vallas de Ceuta y Melilla con alambre de cuchillas y malla ‘antitrepa’, quiere hacernos creer que la cosa no va con nosotros y, como el que no quiere la cosa, se suelta una de las suyas: “No estoy a favor de vetos ni fronteras“.

Para muchos de nosotros, además del nuestro, hay otros dos muros que nos resultan particularmente vergonzosos, por lo que representan y por el manto de silencio mediático que los cubre. El (inacabable) construido por Israel para separar cualquier asentamiento judío de su vecindad palestina. Y el de Marruecos, de 2700 km de longitud, que encierra el 75 % del territorio saharaui, protegido además por cinco millones de minas compradas por Marruecos a los gobiernos occidentales (entre ellos a España).

La que era secretaria de Estado de EEUU en 2009, Hillary Clinton,  decía con motivo del 20 aniversario del fin de la división artificial de Berlín y de Alemania, que “no hay muro que no podamos derribar” y llamaba a derribar ”los muros del siglo XXI”. La señora Clinton pudo haber comenzado por su propia casa, por los tres mil y pico kilómetros lindantes con México, que comenzó a levantar su marido. Allí, durante el tiempo que estuvo en el poder, hubo más muertos cruzando la frontera que fallecimientos hubo en toda la historia del muro de Berlín. Pero sí, con todo y con eso, hagámosle caso a Clinton: derribemos los muros del siglo XXI. Pero todos. ¿Cuándo empezamos?

La mudanza de los indios

Leía hace algunas semanas el comentario que había hecho en tuíter Esperanza Aguirre sobre la conmemoración de la toma de Granada por los Reyes Católicos, calificando la efeméride como “un día de gloria para los españoles; con el Islam no tendríamos libertad“. Dejando de lado la rancia parafernalia que se hace del hecho histórico –que, por cierto, más que “toma” fue una rendición pactada (las Capitulaciones de Santa Fe), “en donde esos reyes católicos garantizaban reconocer lengua, costumbres, creencias, propiedades, conocimientos y una amplia y destrozada relación de derechos y de libertades, que fueron arrasadas por el fanatismo de la Inquisición y la codicia de los nobles y soberbios católicos castellanos”- pensaba en lo mucho que hay en nuestras fiestas tradicionales de rituales anacrónicos y lo poquísimo que se asume con una mínima crítica nuestro pasado.

Y me viene a la cabeza la verdadera historia de los indígenas americanos, esos a los que Colón llamó indios porque se creía que había llegado a la India. Los mismos indios que, si se cumpliera el lema trumpiano (o trumpista, que diría el historiador Julián Casanova, como sinónimo del populismo de Trump) de América para los americanos, serían los genuinos propietarios de un vasto territorio entre el Atlántico y el Pacífico del norte del continente. Esos indios que nos han presentado en el cine –y en la historia- repetidamente como gente desalmada, cuando no asesina, vengadora e irredenta. Esos indios a los que, todavía hoy, tiene que recordar a la sociedad norteamericana, y vindicar sus luchas, una activista por los derechos humanos, profesora de historia, Angela Davis, que en la reciente marcha de las mujeres contra Donald Trump (Women’s march), dijo lo siguiente: “Reconocemos que somos agentes colectivos de la historia y que la historia no se puede borrar como se borran las páginas web. Sabemos que nos reunimos esta tarde en una tierra indígena y que seguimos los pasos de los primeros pueblos, que, a pesar de haber sufrido una violencia desmesurada, nunca se han dado por vencidos en su lucha por la tierra, el agua, la cultura y su gente. Hoy queremos saludar en especial a los siux de Standing Rock.” Indios, estos últimos, que aún hoy, están sufriendo la agresión de las grandes corporaciones, autorizadas por el gobierno federal, con la construcción de un oleoducto que está teniendo y  puede tener un mayor impacto ambiental por el territorio que atraviesa, en el que habita la tribu mencionada.

Tuvo que ser también otro americano del Norte, Howard Zinn, quien tuviera que investigar y escribir La otra historia de los Estados Unidos, para que nos enterásemos de lo que realmente había acontecido desde el punto de vista de quienes padecieron las injusticias, la exterminación o el sufrimiento. Y es que en todas partes cuecen habas, desde Tito Livio a nuestros días, y no es patrimonio de los españoles que su historia negra –que la tiene- haya sido ocultada, sesgada, tergiversada o mistificada a través de los siglos por las clases gobernantes de cada época.

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Foto: En 1492 los nativos americanos descubrieron a Colón perdido en el mar.

Escribe Zinn: “La ‘mudanza de los indios’ [el término en inglés, removal, quiere decir a la vez mudanza y eliminación], como amablemente la han llamado, despejó el territorio entre los montes Apalaches y el Mississippi para que fuera ocupado por los blancos. Se despejó para sembrar algodón en el Sur y grano en el Norte, para la expansión, la inmigración, los canales, los ferrocarriles, las nuevas ciudades y para la construcción de un inmenso imperio continental que se extendería hasta el Océano Pacífico. El coste en vidas humanas no puede calcularse con exactitud, y en sufrimientos, ni siquiera de forma aproximada. La mayoría de los libros de historia que se dan a los niños pasan de puntillas sobre esta época”.

Vamos, exactamente igual que se hizo con la denominada “conquista” de América por parte de Cristóbal Colón y del resto de “conquistadores”. Zinn lo expresa así:

“Lo que hizo Colón con los arawaks de las Islas Antillas, Cortés lo hizo con los aztecas de México, Pizarro con los incas del Perú y los colonos ingleses de Virginia y Massachusetts con los indios powhatanos y pequotes. Parece ser que en los primitivos estados capitalistas de Europa hubo verdadera locura por encontrar oro, esclavos y productos de la tierra para pagar a los accionistas y obligacionistas de las expediciones, para financiar las emergentes burocracias monárquicas de Europa Occidental, para promocionar el crecimiento de las nuevas economías monetaristas que surgían del feudalismo y para participar en lo que Carlos Marx después llamaría ‘la acumulación primitiva de capital’. Estos fueron los violentos inicios de un sistema complejo de tecnología, negocios, política y cultura que dominaría el mundo durante cinco siglos”.

Y es que la aproximación a la historia, a la nuestra y a la de los demás, se puede hacer desde parámetros de honradez o desde la manipulación más basta, como hace la señora Aguirre, insaciable muestra de lo más rancio y decadente de un cristianismo fanático y de una derecha enajenada en las antípodas del mensaje y de la vida del Rabí Jesús de Nazareth.

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Merece la pena reproducir la declaración de principios que hace Howard Zinn en el capítulo 1º del mencionado libro, que vendría a ser el abecé de lo que, a mi juicio, debería hacer un historiador a la hora de enfrentarse al pasado:

“Mi punto de vista, al contar la historia de los Estados Unidos, es diferente: no debemos aceptar la memoria de los estados como cosa propia. Las naciones no son comunidades y nunca lo fueron. La historia de cualquier país, si se presenta como si fuera la de una familia, disimula terribles conflictos de intereses (algo explosivo, casi siempre reprimido) entre conquistadores y conquistados, amos y esclavos, capitalistas y trabajadores, dominadores y dominados por razones de raza y sexo. Y en un mundo de conflictos, en un mundo de víctimas y verdugos, la tarea de la gente pensante debe ser – como sugirió Albert Camus- no situarse en el bando de los verdugos”.

“Así, en esa inevitable toma de partido que nace de la selección y el subrayado de la historia, prefiero explicar la historia del descubrimiento de América desde el punto de vista de los arawaks, la de la Constitución, desde la posición de los esclavos, la de Andrew Jackson, tal como lo verían los cherokees, la de la Guerra Civil, tal como la vieron los irlandeses de Nueva York, la de la Guerra de México, desde el punto de vista de los desertores del ejército de Scott, la de la eclosión del industrialismo, tal como lo vieron las jóvenes obreras de las fábricas textiles de Lowell, la de la Guerra Hispano-Estadounidense vista por los cubanos, la de la conquista de las Filipinas tal como la verían los soldados negros de Luzón, la de la Edad de Oro, tal como la vieron los agricultores sureños, la de la Primera Guerra Mundial, desde el punto de vista de los socialistas, y la de la Segunda vista por los pacifistas, la del New Deal de Roosevelt, tal como la vieron los negros de Harlem, la del Imperio Americano de posguerra, desde el punto de vista de los peones de Latinoamérica. Y así sucesivamente, dentro de los límites que se le imponen a una sola persona, por mucho que él o ella se esfuercen en “ver” la historia desde otros puntos de vista”.

“Mi línea no será la de llorar por las víctimas y denunciar a sus verdugos. Esas lágrimas, esa cólera, proyectadas hacia el pasado, hacen mella en nuestra energía moral actual. Y las líneas no siempre son claras. A largo plazo, el opresor también es víctima. A corto plazo (y hasta ahora, la historia humana sólo ha consistido en plazos cortos), las víctimas, desesperadas y marcadas por la cultura que les oprime, se ceban en otras víctimas.”

“No obstante, teniendo en cuenta estas complejidades, este libro contemplará con escepticismo a los gobiernos y sus intentos, a través de la política y la cultura, de engatusar a la gente ordinaria en la inmensa telaraña nacional, con el camelo del “interés común”. Intentaré no obviar las crueldades que las víctimas se hacen unas a otras mientras las meten apretujadas en los furgones del Sistema. No quiero mitificarlas. Pero sí recuerdo (echando mano de una paráfrasis aproximada) una declaración que una vez leí “El grito de los pobres no siempre es justo, pero si no lo escuchas, nunca sabrás lo que es la justicia”.”

“No quiero inventar victorias para los movimientos populares. Pero el hecho de pensar que los escritos sobre historia tan sólo tienen como finalidad recapitular los fallos que dominaron el pasado es convertir a los historiadores en colaboradores de un ciclo interminable de derrotas. Si la historia tiene que ser creativa -para así anticipar un posible futuro sin negar el pasado- debería, creo yo, centrarse en las nuevas posibilidades basándose en el descubrimiento de esos episodios olvidados del pasado en los que, aunque sólo sea en breves pinceladas, la gente mostró una capacidad para la resistencia, para la unidad y, ocasionalmente, para la victoria. Estoy suponiendo -o quizás tan sólo anhelando- que nuestro futuro se pueda encontrar en los furtivos momentos de compasión que hubo en el pasado antes que en los densos siglos de guerra.”

“Esta es, expresada de la manera más directa que sé, mi actitud ante la historia de los Estados Unidos. Conviene que el lector lo sepa antes de proseguir.”

Ocho hombres, ocho

Todas las personas que están detrás de una cifra tan espectacular como la de 3.600.000.008 nacieron del mismo modo. Las parieron sus madres, aunque el parto pudiera ser normal, o vaginal instrumental, o por cesárea. Pero las similitudes terminan ahí. Unas pudieron tener atención clínica especializada. Otras nacieron en su domicilio con la ayuda de una comadrona o un partero, o sin ayuda de especialista alguno. A otras se les complicó el parto pero salieron adelante por disponer de una asistencia sanitaria adecuada o por puro azar. Muchas de ellas, las más pobres, lograron nacer, superar la tasa de mortalidad en el parto existente en su país de origen, que aunque haya caído notablemente en los últimos 25 años sigue dependiendo de la pobreza del entorno, y crecer lo suficiente para vivir su existencia en condiciones precarias y en riesgo permanente de hambrunas, de sed, de guerras y de todo tipo de epidemias y enfermedades.

Pero de esa cifra tan enorme de personas el último dígito, el ocho, es el que determina en gran medida el presente y el futuro del resto. Porque, en efecto, ocho personas acumulan la misma riqueza que todas las demás, condicionando con el poder que les otorga esa posición financiera y social el devenir de pueblos y de personas por todo el planeta. Son todos hombres: Bill Gates, de Microsoft; Amancio Ortega, de Inditex; Warren Buffett, mayor accionista de Berkshire Hathaway; Carlos Slim, propietario del Grupo Carso; Jeff Bezos, de Amazon; Mark Zuckerberg, de Facebook; Larry Ellison, de Oracle; y Michael Bloomberg, de la agencia de información económica y financiera Bloomberg.

Los datos de Oxfam son incontestables y tremendos. La brecha entre ricos y pobres aumenta en cada informe anual de modo exponencial y, como señala la directora ejecutiva de esta ONG, “cuando una de cada diez personas en el mundo sobrevive con menos de 2 dólares al día, la inmensa riqueza que acumulan tan sólo unos pocos resulta obscena”.

Hay que repetir la cifra para que se nos quede grabada en nuestro particular disco duro. Hagamos la prueba. Sumemos la riqueza de la mitad de la población mundial. O, lo que es lo mismo, de tres millones seiscientas mil personas. Tomadas de una en una: una, dos, tres… cien… mil… diez mil… cien mil… un millón… cien millones… quinientos millones… mil millones… dos mil millones… tres mil millones… tres mil seiscientos millones. Su total acumulado es igual al monto total del que disponen ocho hombres: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete y ocho. En otras palabras, todo lo que pudieran llegar a acumular 3.600.000.000 de seres humanos tendría el mismo valor de lo que en dinero en efectivo, en bienes y servicios, en acciones, en fondos de inversión, en grandes empresas y corporaciones y, en suma, en futuro y en poder, tienen esos ocho individuos.

No creo que baste con que al Papa Francisco le “preocupe” la desproporción económica mencionada. O con que denuncie que  en el “centro del sistema económico está el dios dinero”. Es que año tras año se repiten las mismas cifras, pero cada vez a peor. ¿Es que acaso es demagogia constatar la desigualdad indecente e injusta que denotan las cifras que he citado? No lo es. Por mucho que los voceros del status quo acusen a quienes osen cuestionarlo con datos y cifras como las apuntadas. Porque, estoy convencido, otro mundo sería posible si los seres humanos nos diésemos cuenta de que está en nuestras manos ir produciendo los cambios oportunos que mitiguen la injusticia criminal que se deriva de ese reparto de la riqueza mundial. ¿Cómo? Susan George, fundadora de ATTAC, nos da una pista: “Tenemos que actuar como si otro mundo fuese posible. Si no actuamos, entonces sí será imposible”. Pongamos sólo dos ejemplos de granitos de arena que podemos aportar: negando el voto a quienes no promuevan en sus programas y en su acción política los cambios precisos para revertir el actual orden establecido; o denunciando los conciliábulos de los grandes ricos y poderosos del mundo, de las grandes corporaciones, en foros como el de Davos, el del Club Bilderberg, el de la Trilateral, o el del G7… O, pongamos otro ejemplo más: no saliendo en defensa de algunos de esos poderosos, como si fueran algo propio, cuando se denuncian las condiciones precarias con las que explotan sus negocios precisamente en los países con más carencias y pobreza, esos en los que sobreviven la inmensa mayoría de las tres mil seiscientos millones de personas restantes.