Albada de esta tierra

El drama de los emigrantes, de nuevo. Jóvenes que deben salir de su tierra, dejar a su gente, para buscarse la vida allá donde hay otras posibilidades. Y no, como sería muy plausible, por “inquietud” o “amplitud de miras”, como dijo un ministro hace unas semanas, sino por necesidad. Como hace decenas de años. Lo malo de la historia se repite en forma de tragedia. Y muchos querríamos que también fuera lo bueno lo que se repitiera. Afortunadamente, ahí están las fonotecas para echar mano de los viejos cantautores. Hoy es la Albada de Aragón, de José Antonio Labordeta, pero podía haber sido la murga de los currelantes, de Carlos Cano. Los cantantes que están comprometidos con su gente, o son muy escasos, o no tienen acceso a los grandes medios de persuasión. La música enlatada o los concursos de voces o se desentienden de la cruda realidad de sus compatriotas o se escuchan a horas intempestivas para noctámbulos. ¿Quiénes son hoy los labordetas o carloscanos a los que puedan corear solidaria y multitudinariamente los y las jóvenes que se van o se quedan también?

Adiós a los que se quedan
y a los que se van también.
Adiós a Huesca y provincia
a Zaragoza y Teruel.
Esta es la albada del viento
la albada del que se fue
que quiso volver un día
pero eso no pudo ser.
Las albadas de mi tierra
se entonan por la mañana
para animar a las gentes
a comenzar la jornada.
Arriba los compañeros
que ya ha llegado la hora
de tener en nuestras manos
lo que nos quitan de fuera.
Esta albada que yo canto
es una albada guerrera
que lucha porque regresen
los que dejaron su tierra.

José Antonio Labordeta

La vida, de serie negra

En el espacio de una semana, a caballo entre el nefasto 2016 y el año primo que le sigue, he leído en la prensa digital tres noticias con un rasgo en común. Las tres podrían ser perfectamente el núcleo central argumental de una buena novela negra (si oviesse buen señor, como se decía en el Mío Cid). En ellas se puede encontrar algunos de los ingredientes típicos del thriller policíaco: trasfondo social o político, corrupción policial, altos cargos de gobiernos implicados, sexo, etc. El marco de dos de la noticias se sitúa en territorio español y el de la tercera se va hasta el Brasil. Pero las tres podían haberse producido en cualquier lugar del mundo, porque los individuos, en lo esencial, nos movemos, para bien o para mal, por los mismos parámetros, propios de nuestra condición humana, finita y perdurable a la vez.

En una de ellas, con muerte violenta de por medio, se entrevén los dos motivos tradicionales de un asesinato: sexo y poder. Ahí está  el meollo. Como diría el escritor brasileño Rubem Fonseca, sólo se mata por pasta o por coño, o por las dos cosas a la vez. La gran dama de la novela negra británica Phyllis Dorothy James, más conocida como P.D. James, lo diría de un modo más elegante: la letra L (en inglés) basta para abarcar todos los móviles para asesinar:  lujuria, lucro, odio y amor (Lust, Lucre, Loathing, Love).

Y es que a la noticia del asesinato del embajador de Grecia en Brasil, en el que estarían implicados su esposa y el amante de esta, un policía militar, se le podría sacar toda la punta que la imaginación le quiera sacar, convirtiendo lo que la policía califica de “crimen pasional” en algo más complejo como un asunto político, con ramificaciones de espionaje, o derivadas de narcotráfico o decenas de subtramas con una componente de intriga, suspense y acción.

La segunda y curiosa información la daba un digital con el siguiente titular: Joyas, dinero, una colilla de L&M… El extraño robo en la mansión del exministro Soria. Ciertamente, en el relato que hace el periodista se pueden encontrar multitud de incógnitas (la casa no estaba revuelta, como suelen hacer los ladrones que no conocen la existencia de cajas fuertes escondidas; las luces estaban encendidas, lo que denota que los asaltantes no se molestaron en usar la habitual linterna; no había huellas pero sí que se encontró la colilla de una marca de tabaco no identificada como propia por los dueños, etc.) que hacen singular este caso y que alguien con oficio y mucha imaginación podría transformar en un asunto de “Papeles de Panamá 2”, robados de una caja fuerte al parecer con fácil apertura, o de implicaciones con las altas esferas, o de turbios negocios, o de robo de papeles políticos comprometedores… o vaya usted a saber la mente de un escritor avezado lo que puede dar de sí. Porque en este caso, también, la policía habría señalado que no se descarta ninguna posibilidad, lo que, según le escuché a un tertuliano de esos que todo lo saben, significaría que no tienen ni pajolera idea de por dónde se andan.

Y la tercera noticia es lamentablemente recurrente. Detenidos la mitad de los guardias civiles de Isla Mayor (Sevilla) por narcotráfico. Naturalmente, ha sido la propia Guardia Civil quien ha desarticulado una organización dedicada a esos menesteres, introduciendo hachís en las lanchas que navegan frecuentemente el río Guadalquivir y que algún programa de televisión ha denunciado anteriormente. Échenle ustedes al mejunje todo lo que se les antoje: detención de unos compañeros por otros, acción, intriga, suspense, conexiones, soplones, implicaciones por arriba o por abajo, condiciones de trabajo y salarios precarios, etc. etc. etc.

Como suele suceder con frecuencia, la realidad continúa superando a la ficción y ésta se nutre de noticias, un suponer, como las reflejadas. La vida, de por sí, ya es de serie negra y todo consiste en saber escribir y trasladar a la masa lectora, o veedora, si se trata del cinematógrafo, una historia que sea verosímil, atractiva y que, además, te descubra algo desconocido o, cuando menos, que te resulte particularmente de interés. Si a eso se le puede añadir una denuncia de la realidad circundante, una reflexión sobre los porqués del modo de conducirse de los seres humanos para concluir que no todo el mundo es tan malo como parece ni tan bueno como dirían las buenas lenguas, pues tendríamos algo parecido a lo que actualmente se entiende por novela negra. Género que según un autor canario, José Luis Correa, habría venido a ocupar en la actualidad el espacio de la novela realista, la novela social, de denuncia, de pensamiento.

A este propósito, en la ubicación de mi anterior blog escribí hace varios años lo siguiente:

Efectivamente, coincido con el novelista canario en que la novela negra toca todos los temas que preocupan al ser humano. Allí tienen cabida todas las miserias de la condición humana, pero también todos los grandes valores de la solidaridad, sentido de la justicia, amor por la libertad…  Y allí aprendí a mirar por debajo de la edulcorada realidad que nos quieren hacer ver quienes no les gusta que se hurgue  en su ruindad. Lo más turbio de la sociedad, la sordidez de algunos espacios públicos y privados, las condiciones de vida que han de sufrir los infortunados de la historia, la corrupción a todos los niveles, los manejos y cambalaches de los poderosos, cuando no sus crímenes impunes, lo que difícilmente sale por los telediarios o por los programas de entretenimiento de la tele, se encuentra en los libros de este género que, ciertamente, ha llenado el hueco de lo que otrora fue la novela social, tan mal vista por la crítica literaria desde hace tiempo.

¿Y qué hacemos?

En Isla Mayor algo se barruntaban. El trasiego de remolques para mover embarcaciones que pasaba por delante del cuartel y el dinero que gastaban los guardias (“Con un sueldo de 1.500 euros, ¿cómo se puede comprar coches de cinco millones —de pesetas—, o un piso en la playa, o una bicicleta de más de 6.000 euros?”) mosqueaba a algunos. Pero, ¿cuántos eran los que presentían los acontecimientos? Porque, como dice otro vecino, “a toro pasado todos dicen que se olían el tema”.

La pregunta clave la hace un ciudadano: “¿Y qué hacemos?”. Que es la misma pregunta que se hacía un vecino de Córdoba que paseaba con su perro y se acerca a ayudar a una pobre mujer que está tumbada, inerte, en la acera (*). Merece la pena transcribir el diálogo que se establece entre varios vecinos que contemplan la escena o quieren intervenir para ayudar:

Señora que pasa con su niña: Está frita… la pobre.

Vecino que quiere ayudarla: ¿Está frita? Lo que yo no sé es cómo no está muerta, si está tó el día tirá en la calle.

Vecino que pasa por allí: Pues la iba a atropellar un coche y se ha puesto como una fiera…

Vecino que quiere ayudarla: Que sí. Si lo sé. Pero es porque no está bien la mujer de la cabeza.

Vecino que pasa por allí: Y está borracha.

Vecino que quiere ayudarla: Claro que está borracha. Una persona en esta situación lo mínimo que puede hacer es beber alcohol. Vamos. Lo mínimo. Lo que pasa es que, claro, aquí nos suda la polla y tó.

Vecino que pasa por allí: Bueno, y ¿qué hacemos?

Vecino que quiere ayudarla: ¿Que qué hacemos? Pues para eso están los asistentes sociales y está uno pagando impuestos toda la vida. Para que no esté tirada en la calle y la recoja en un psiquiátrico o la recojan en algún lado. Que qué hacemos. Pues ese es el problema. Que estamos como estamos porque todo el mundo decimos lo mismo. ¿Y qué hacemos?

Vecino que pasa por allí: Si, pero….

Vecino que quiere ayudarla: Que sí, que lo sé, que es alcohólica, y que está mal de la cabeza. Si yo todo eso lo sé, caballero. Si yo no estoy diciéndole eso… Que sí, que yo lo sé. Si yo he estado dándole de comer en el Rey Heredia y sé cómo está la mujer. Y sé cómo está de la cabeza.

Vecino que pasa por allí: (habla y no se le entiende)

Vecino que quiere ayudarla: Que eso es lo que yo digo. Que estamos toda la vida trabajando y toda la vida pagando impuestos para acabar así, tirado en la calle. A ver, los asistentes sociales ¿dónde están? y ¿dónde está la gente…? Exactamente. O ¿qué pasa?, que si eres un desgraciado y un pobre, que te mueres como una rata en la calle, ¿no? Claro, eso es. Eso es porque somos una mierda, todos los demás. Eso es lo que somos.


(*) El vídeo está publicado en Twitter por @Luk_anikos, con un texto que dice: No es China, ni Venezuela, es España y este, nuestro futuro.

Cuesta de enero, febrero…

La clase pensionada comienza el año perdiendo dinero. Sus pensiones suben un 0,25% (la pensión media subirá 2,62 euros y pasará de 1.049,42 a 1.052,04 euros), y como el coste de la vida de 2016 será de 1,5%, la diferencia es bien clara: -1,25% o, lo que es lo mismo, 13 euros de media que dejan de ingresar al mes (¡qué dineral!). Pero no queda ahí la cosa. Las previsiones para 2017 no apuntan precisamente a una bajada del IPC y, por lo tanto, si en el mejor de los casos la inflación prevista se sitúa en una cifra similar a la del año anterior, quiere decir que perderán otro 1,25%. Así que desde primeros de año a su final les habrán birlado 2,5 puntos porcentuales. Que cada cual, pues, continúe haciendo sus cuentas. Y revise, si le quedan ganas, sus querencias electorales.

Porque este es el resultado de la ley que aprobó en solitario el PP, dando una vuelta de tuerca a la que anteriormente había sacado el PSOE. Eso sí, a ambos partidos se les llenó la boca cuando aprobaron sus respectivas leyes “contra” la clase pensionada, de que las hacían para salvar las pensiones, asegurar el futuro de generaciones venideras y una jartá de frases edulcoradas y falaces. Se trata de hacer la devaluación en la bolsa de las pensiones que antes se hiciera con los salarios. Se trata en definitiva, de torear a la clase más sumisa y vulnerable de la sociedad, la del pensionado, del mismo modo que se ha hecho con trabajadores y plebe en general. Al modo natural del toreo, o sea, con la mano izquierda de sus apoyos parlamentarios, parando, templando, mandando, cargando y fulminando a todo aquel que se ponga por medio de sus intereses particulares, que son justamente los de las élites y los de la clase a la que defienden tan eficazmente. Conviene reproducir periódicamente, para la gente de frágil memoria, la sentencia descarnada de Warren Buffett: “Claro que hay una lucha de clases, pero es mi clase, la clase de los ricos, la que está librando esta guerra. Y la estamos ganando”.

¿Cómo, pues, se puede estar contento con esta gente, a la que por cierto se sigue votando y se sigue teniendo intención de votar encuesta tras encuesta? ¿No es para desanimar al lucero del alba que millones de individuos, por convicción, desidia o temor, sostengan a partidos que practican unas políticas de agresión y de engaño al conjunto de la sociedad, en beneficio de unos pocos, cuando mucha de esa gente, por ejemplo, tiene a sus hijos o a sus nietos masivamente en el paro o teniendo que emigrar a otros países por centenares de miles “por inquietud” y “amplitud de miras”, como dice el ministro, o, como decimos el resto de mortales, a buscarse la vida que no pueden tener aquí, con sus familias, amigos y entorno cercano?

Precisamente, la parte más dinámica de la sociedad, la que más puede aportar a la colectividad, la que más ganas tiene de comerse el mundo, ha de dejar el país que ha contribuido a su formación forzada por las circunstancias sociales y laborales. Y eso sucede aquí mismo, en su casa, en su familia, en su barrio, en su ciudad, en su comunidad. Porque, claro, que cualquiera puede aspirar a mucho, a más y a mejor donde le plazca. Pero la primera posibilidad de conseguirlo debe ser en su hábitat natural.

¿Estamos haciendo lo suficiente para impedir este sacrificio? Mucho me temo que no y que es harto difícil contraponer el optimismo de la voluntad al pesimismo de los datos que nos rodean. Con cuesta o sin cuesta. Nos quieren sumisos, sometidos a la dictadura de los mercados, esa que antepone el pago de la deuda, el déficit público, las magnitudes macroeconómicas al bienestar general, al bien común de todo un pueblo. Ah, pero decir esto es demagogia, populismo, bolivarismo y cualquier otro ismo que sirva para atemorizar a los más incautos y que te puedan escupir a la cara quienes mejor viven o quienes no se enteran de lo que acontece un metro más allá de sus adorados ombligos.

El día feliz que está llegando

Atrás queda un año de sinsabores. También de regocijo. Cómo no. Como siempre. Según como cada cual lo vea. Según como a cada quien le haya ido. En la particular e intransferible balanza que cada una de las personas tenemos, el fiel se inclina según el peso que júbilo y pesadumbre albergan sus platillos. Por estos días, la esperanza en un futuro mejor anida en medio mundo. En el otro medio, que acaso viva en la desesperanza permanente de quien nada tiene, una canción también puede alumbrar un rayo de optimismo frente al pesimismo de la razón. No encuentro nada mejor para recibir el año nuevo que la canción caribeña de Silvio Rodríguez, versionada por los acordes nórdicos de dos noruegos. Una delicia.

Buenos, malos y regulares

Hace muchos años que descarté enfrentarme en términos maniqueos a la vida, a las gentes, a los países, a las cosas y que la división sin matices entre buenos y malos es injusta, inexacta y peligrosa, cuando no contraproducente. Hay gente, sin embargo, que se empeña (a veces, chillando o despotricando) en que nos planteemos continuamente esa dicotomía insana. Lo cual no es óbice para que cada uno de nosotros tengamos una escala de valores y sepamos a buen seguro, percibamos en lo más íntimo o sencillamente creamos saber lo que es bueno y lo que es malo y, en consecuencia, en cuál de esos bandos duales nos situaríamos o acaso en ninguno de ellos para militar en el eclecticismo. Ya sea como personas individuales o como parte integrante de un colectivo, ya sea nacional, étnico, político, de minoría o de clase social, etc. Obviamente, a esa conclusión llegamos tras un proceso vital, corto o largo, sencillo o complejo, y siempre desde nuestra perspectiva -subjetiva y por tanto sujeta al error- más o menos adulterada, más o menos formateada por quienes están todos los días y a todas horas con ese afán de persuadir nuestras conciencias en su propio y particular beneficio.

Valga esta digresión para constatar lo poco que sabemos de algunos conflictos y lo mucho que nos guiamos por lo que dicen otros que parecen saber, sin hacer demasiado esfuerzo por nuestra parte para intentar acercarnos a la verdad machadiana. Las sentencias del cuñadismo radiofónico o televisivo; las noticias que mezclan interesadamente información y opinión; los flashes de agencias que se reproducen por tierra, mar y aire sin matizar ni contextualizar; la repetición de falsedades y medias verdades ad nauseam, hasta parecer verdades incontrovertibles; en fin, lo que se quiere que sepamos o creamos a pies juntillas por el establishment imperante en cada sociedad… son determinantes a la hora de conformar nuestra opinión o, al menos, nuestro imaginario colectivo de buenos, malos y mediopensionistas. Siempre con la tentación de abrazar la nefasta división valorativa del pensamiento binario (paradojas de la vida: el supuesto progreso que representa las nuevas tecnologías está sustentando precisamente en una dualidad de ceros y de unos, binarismo puro).

Nos quieren tratar como a críos y no como adultos. Y a fe que lo consiguen en muchos casos. Nos quieren sumisos, ignorantes y acríticos. Y en buena medida, y a las pruebas electorales me remito, están lográndolo. Y nos cuentan sus cuentos interesados, para engañarnos, aterrorizarnos o colarnos sus corolarios. Pero queremos saber lo que se esconde tras ellos. Y descubrir por nosotros mismos lo que pasa, no lo que nos dicen que pasa. Ya sea en Siria, en Rusia, en los Estados Unidos de Trump, en Cuba, en Venezuela, en Cataluña, en nuestro país, en nuestro pueblo, en nuestro barrio, en nuestro colectivo humano. Mucho me temo, empero, que si muchas, demasiadas veces no sabemos qué acontece en nuestro entorno más cercano, cómo leches vamos a saber todo lo que sucede dos metros más allá de nuestros ombligos.

——–
Sé todos los cuentos, León Felipe

Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre…
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos…
y sé todos los cuentos.

Hay quien no sabe qué es brindar

Canción de Navidad

El fin de año huele a compras,
enhorabuenas y postales
con votos de renovación.
Y yo que sé del otro mundo
que pide vida en los portales,
me doy a hacer una canción.

La gente luce estar de acuerdo,
maravillosamente todo
parece afín al celebrar.
Unos festejan sus millones,
otros la camisita limpia
y hay quien no sabe qué es brindar.

Mi canción no es del cielo,
las estrellas, la luna,
porque a ti te la entrego
que no tienes ninguna.

Mi canción no es tan sólo
de quien pueda escucharla,
porque a veces el sordo
lleva más para amarla.

Tener no es signo de malvado
y no tener tampoco es prueba
de que acompañe la virtud.
Pero el que nace bien parado,
en procurarse lo que anhela
no tiene que invertir salud.

Por eso canto a quien no escucha,
a quien no dejan escucharme,
a quien ya nunca me escuchó,
al que en su cotidiana lucha
me da razones para amarle,
a aquel que nadie le cantó.

Silvio Rodríguez, 1988

https://youtu.be/QjktaXuLsjE

Dos velas

Por su interés, reproduzco íntegramente el artículo (Explíquenos, señor presidente, por qué mucha gente se queda sin luz) publicado en La Marea por María González Reyes:

Enciende una vela. Después, enciende la otra. Una la coloca sobre un plato y, encima, pone una maceta de barro, tapándola. La vela calienta el barro que desprende calor. Está sola en la casa. Dos velas. Una para dar luz y otra para dar calor.

Mientras las dos velas están encendidas los dueños de las empresas eléctricas siguen aumentando sus beneficios y los gobernantes siguen apoyando con sus políticas a los dueños de las empresas eléctricas para que sigan aumentando sus beneficios. Cuando se apaguen seguirán haciendo lo mismo.

Ella tiene frío. Una noche. Otra noche. Toda la noche. Frío. Sola. La noche.

Hay varias formas de llegar al punto en el que, al dar al interruptor de la luz, no ocurre nada. Clic y no pasa nada porque vives sola y eres mayor y “todo está muy caro” y la pensión no alcanza. Clic y no pasa nada porque vienes del otro lado del océano y no te conceden los papeles por lo que no puedes conseguir un trabajo remunerado dignamente y por eso no puedes pagar el recibo. Clic y no pasa nada porque siempre has vivido con cortes de luz y sin calefacción porque nunca hubo para pagarla. Clic, clic, clic y no pasa nada, aunque no te lo puedas creer, la luz no se enciende, no te lo crees porque siempre estuviste del lado de los que estaban calientes y no comprendes cómo llegaste a este otro lado, al del frío y la oscuridad al atardecer, pero aquí estás y no sabes cómo se regresa.

Hay vidas con historias circulares, sin un principio claro, sin un final visible. El planeta entero está sumido en un cambio brusco e incierto marcado por un sistema económico que corre desbocado en la búsqueda de un crecimiento constante que lleva asociados, sin posibilidad de dejarlos atrás, brutales impactos ambientales y una desigualdad social sin precedentes. Las vidas con historias circulares se tambalean porque los banqueros y los dueños de las multinacionales y los políticos pretenden crecer de manera constante en un planeta de recursos finitos. Ignoran que esto no es posible a la vez que ahondan la crisis ambiental y acaparan más a costa de que otras personas tengan menos. Cada vez son menos los que tiene más y más las que tienen menos. Los poderosos se atrincheran en sus fortalezas y los habitantes de las periferias se extienden por más lugares, aguantando con la cabeza agachada en la cola del comedor social, buscando mantas para el frío, sin casa, sin empleo, en la calle. Cada vez son más y están más cerca los que pasaron a una vida circular, sin principio claro, sin final visible, caminando con vértigo cuesta abajo. La vida no puede ser un campo de batalla, pero lo es cuando haces clic y no ocurre nada. Es un campo de batalla circular.

Hay varias maneras de ver y varias de no ver, independientemente de que se tenga o no luz en casa. No ven los que firman desde sus despachos con luces de distinta intensidad y un termostato que mantiene la estancia constantemente a 24 °C. Firme aquí, les dicen. En la esquina inferior derecha. Ponga ahí su firma. Sí señor presidente. Firme. Saque su bolígrafo caro, que se vea que su firma no es cualquier cosa. Mueva la mano rápido, seguro, decidido. Usted tiene claro lo que hace. Su firma no es cualquier garabato. Su firma es la firma del señor presidente. Firme. Firme que a quien lleva meses sin pagar se le cortará la luz. Firme que quien no paga no tiene calefacción ni agua caliente. Firme que no hay gas para cocinar si no se paga. Firme sin pensar en ningún nombre concreto ni en una edad definida. No piense ni en Juan, ni en Rosa ni en Tamara. Tampoco piense en un niño de cuatro años ni en una mujer de 82. Firme el frío, la desesperación, la angustia. Firme, señor presidente, en la esquina inferior derecha. Firme sin pensar que es invierno. Firme.

Después vaya a su casa, con el bolígrafo metido en la chaqueta. Vaya, señor presidente, súbase en el coche caliente hacia la casa caliente con comida caliente. Salude a sus hijos y, antes de la cena, saque el bolígrafo para hacerles un dibujo de un elefante o de un pato, lo que le pidan. No se preocupe por guardar después el bolígrafo en el bolsillo de la camisa. Es caro, no despintará. Cuéntele a su hijo mayor que le regalaron ese bolígrafo cuando consiguió el cargo de presidente y que lo usa para firmar. Cosas importantes pensará él desde su cabeza pequeña. Y le preguntará qué pone en los papeles que firma. Explíquele que su firma sirve para que mucha gente se quede sin calefacción, sin luz, sin gas. Explíquele que ese bolígrafo sirve para firmar el dolor de muchas personas. Ande, explíqueselo, señor presidente. Explíqueselo.

Pero no le explicará nada. Los que tienen vidas más duras que los cantos de río y los que han decidido ver la realidad social que desborda los barrios saben que los que firman no explican, solo hacen y justifican. Pero saben también que las cosas no son inmutables. Saben que lo que puede hacer que después del clic ocurra algo diferente a la desesperación y al frío es articular las vidas de manera comunitaria, desde lo colectivo, haciendo las paredes de las casas más permeables para visibilizar las vidas circulares y tratar de ponerles fin.

Quienes han decidido ver y actuar para revertir las situaciones de desigualdad saben también que las luchas se ganan en las calles y en los parques de los barrios, porque esos son lugares donde se articula la comunidad. Quienes ponen no solo la cabeza sino también las manos saben cómo construir las redes de apoyo mutuo que rompen las soledades. Redes que ayudan, cuidan, calman. Saben no distraerse con lo que cuentan en la tele y en los medios de comunicación masivos y por eso no se suben a la carrera del crecimiento constante y la dominación.

Quizás ya lo sabes, hay muchas cosas que están ocurriendo en muchos lugares del planeta que rompen el orden establecido. Muchas cosas que parecen pequeñas pero que han reconstruido vidas dañadas y que, cuando se juntan, forman algo no tan pequeño. Hay lugares donde se construye otra manera de actuar, otra forma de vivir, en la que se priman los intereses colectivos frente a los individuales. Hay espacios de encuentro y de aglutinamiento de luchas que rompen con el pensamiento dominante. Hay sitios donde la forma de hacer política se construye desde el afecto y el acompañamiento. Hay medios de comunicación que visibilizan otras realidades. Hay sitios donde se vive siendo conscientes de nuestra ecodependencia como especie (hay gente que es muy feliz viviendo en esos lugares). Hay mecanismos de financiación alternativos a los bancos. Hay gente que se pone frente a la policía para que no desahucien a sus vecinas. Hay juezas que deciden no firmar sentencias injustas. Hay personas que luchan contra la riqueza como forma de luchar contra la pobreza. Hay comunidades que visibilizan las tareas de cuidados y las ponen en el centro para mostrar que sin ellas ninguna persona podría estar viva. Hay gente que rompe las fronteras abriendo la puerta de sus casas a las y los migrantes. Hay sistemas de salud y de abastecimiento de comida comunitarios que no señalizan al empobrecido. Hay gente que desobedece las leyes injustas. Hay formas de construir lo colectivo sin perder la riqueza de lo individual. Hay mercados sociales que no buscan la acaparación de bienes y dinero. Hay centros educativos participativos y democráticos. Hay muchos placeres de los que se puede disfrutar a la vez que se construye un mundo más justo y sostenible.

Hay personas que se indignan cuando saben que una empresa con mucho dinero les cortará la luz y el gas. Hay personas que sienten rabia cuando saben que la minoría que acapara los recursos limitados genera desesperación y dolor impunemente. Hay personas que saben que son vulnerables y desde ahí actúan para desbordar la crudeza social. Hay personas que tienen miedo pero que se ayudan unas a otras para saltarlo por encima. Esa gente, la que se indigna y siente rabia y es vulnerable y tiene miedo y se ayuda colectivamente a saltar es la que sabe que hay un poder frente al que tiemblan las grandes corporaciones y los banqueros y los políticos. Tiemblan las manos poderosas al firmar papeles cuando del otro lado hay una red de personas, tejida con dignidad y esperanza, convencida de que puede revertir situaciones que parecen inmutables.

María González Reyes es activista de Ecologistas en Acción y autora de ‘Palabras que nos sostienen (Libros en Acción y OMAL, 2016).

Firme aquí

María González Reyes

Firme aquí. En la esquina inferior derecha. Ponga ahí su firma. Sí señor presidente. Firme. Saque su bolígrafo caro, que se vea que su firma no es cualquier cosa. Mueva la mano rápido, seguro, decidido. Usted tiene claro lo que hace. Su firma no es cualquier garabato. Su firma es la firma del señor presidente. Firme. Firme que a quien lleva meses sin pagar se le cortará la luz. Firme que quien no paga no tiene calefacción ni agua caliente. Firme que no hay gas para cocinar si no se paga. Firme sin pensar en ningún nombre concreto. No piense ni en Juan, ni en Rosa ni en Tamara. Tampoco piense en un niño de cuatro años ni una mujer de 82. Firme el frío, la desesperación, la angustia. Firme señor presidente, en la esquina inferior derecha. Firme sin pensar que es invierno. Firme. Después váyase a su casa. Con el bolígrafo metido en la chaqueta. Vaya en el coche caliente a la casa caliente con comida caliente. Salude a sus hijos y, antes de la cena, saque el bolígrafo para hacerles un dibujo de un elefante o de un pato, lo que le pidan. No se preocupe por guardar después el bolígrafo en el bolsillo de la camisa. Es caro, no despintará. Conteste a su hijo mayor que le regalaron ese bolígrafo cuando consiguió el cargo de presidente y que lo usa para firmar. Cosas importantes pensará él desde su cabeza pequeña. Y le preguntará qué pone en los papeles que firma. Explíquele que su firma sirve para que mucha gente se quede sin calefacción, sin luz, sin gas. Explíquele que ese bolígrafo sirve para firmar el dolor de muchas personas. Ande, explíqueselo señor presidente. Explíqueselo.

Publicado en OMAL.

¿Demandar a Dios?

Leyendo hace unos días lo que ha dicho  la condesa de Bornos sobre que va a demandar a Manuela Carmena por las restricciones al tráfico en la Gran Vía madrileña (“cierre esperpéntico”, dijo ella), me vino a la cabeza la demanda que en 2007 puso un senador de Nebraska contra Dios, de la que ya me hice eco en su momento en este blog.

El senador en cuestión acusaba a Dios de provocar directamente, o a través de terceros, “atroces terremotos, horrendos huracanes, terroríficos tornados, pestilentes plagas, feroces hambrunas, devastadores sequías y guerras genocidas, entre otros, en diferentes partes del mundo que generan sufrimientos humanos”. Lo que el político pretendía en realidad era “llamar la atención sobre las deficiencias del sistema judicial estadounidense, donde cualquiera puede demandar literalmente a cualquiera y plantear las peticiones más estrafalarias

En mi opinión de lego en leyes, pero todavía con algo de lógica entre el serrín de la testa, la señora Esperanza Aguirre, con tan singular ejercicio del derecho, entraría a formar parte de ese núcleo de gentes con afán de notoriedad (a ella le pirra la exposición de su imagen por tierra, mar y aire) que no dudan en demandar a Satán, a Dios, o al lucero del alba, aunque sea con demandas estrambóticas, que deberían ser rechazadas de plano por la autoridad competente, por supuesto judicial, con advertencia de multa por su carácter temerario. Me temo que, como dijera aquel otro individuo dueño del imperio del monopolio (“no hay cojones en España para negarme una televisión”), no hay juez que le tosa a la doña susodicha por más que sus ocurrencias, dictadas al calor de su carmenafobia particular, sean dignas de los casos jurídicos a estudiar en las facultades de derecho, sobre el uso torticero de la justicia en favor de intereses políticos manifiestos.

Supongo que, al igual que con la absurda demanda contra Dios del senador estadounidense, la sentencia (si es que llega hasta ese momento procesal lo que, en mi criterio, debería finiquitar con la inadmisión a trámite) fallará contundentemente en contra de la conducta extravagante de la reclamante, que bien podría considerarse dolosa, manifiestamente temeraria y, por ello, “arbitraria, caprichosa y abusiva”, como se calificaba en una sentencia del T.S. sobre otra cuestión y por utilizar una cadencia tripartita de adjetivos similares a los que suele emplear la aristócrata madrileña. Y más considerando que los argumentos en que se pretende basar el recurso contra la decisión municipal de acotar la Gran Vía hacen referencia al artículo 19 de la Constitución Española, ese que dice que los españoles tienen derecho a “circular por el territorio nacional”. ¿Y qué hacemos con las procesiones, fiestas de guardar, encierros y demás eventos municipales que cierran no una sino decenas de calles para facilitar el jolgorio o el recogimiento multitudinarios? ¿Eso no es impedir circular por esos lugares a quienes no participen de ellos?

Se desconocen los términos en que finalmente se formulará la demanda colérica de Aguirre (si es que se presenta y no es todo esto un montaje propagandístico, tan del gusto de la interfecta), pero a diferencia de la idea que pretendía el negro más irascible de Nebraska de “protestar contra el abuso del sistema judicial por los juicios frívolos”, el juicio que suscita la concejala madrileña es precisamente ese: el de la frivolidad. No en vano, las competencias de un ayuntamiento, gusten más o gusten menos a la burguesía que habita el centro de las ciudades, atribuyen al gobierno municipal la regulación y ordenación del tráfico, el cierre de calles y paseos y la peatonalización de la vía pública en aras del bien común, siempre superior al de los particulares que se sientan afectados negativamente, que no serán tantos como pretende la doña.

En todo caso, los memes, ese cachondeo en forma de montaje de imágenes que las redes sociales divulgan con profusión y que tan poca gracia le hacen a las y los políticos carentes de humor (algunos hasta quieren prohibirlos), ya dictaron el juicio paralelo contra la aristócrata venida a menos en la política y en su partido, aunque todavía con gran predicamento en los medios, básicamente por el juego que les da sus profusas adjetivaciones de todo bicho viviente.

Parafraseando un párrafo de la célebre novela de Pedro Antonio de Alarcón, El capitán Veneno, “tiene usted, señora condesa, la mala fortuna de tener el carácter más enrevesado e inconveniente que Dios ha echado al mundo. No diré yo que me parezca enteramente un demonio; pero sí que se necesita ser de pasta de ángeles, o quererlo  por ley natural y por lástima, para aguantar sus impertinencias, ferocidades y locuras. ¡Bástele a usted saber que las gentes disipadas y poco asustadizas con quienes se reúne en el Partido y en los cafés, le han puesto por mote Capitán Veneno, al ver que siempre está hecha un basilisco y dispuesta a romperse la crisma con todo bicho viviente por quítame allá esas pajas!”