El peso del dinero

Y pues es quien hace iguales
al rico y al pordiosero,
poderoso caballero
es don Dinero.
(Francisco de Quevedo y Villegas)

No sé si los caminos de la mística serán o no inescrutables, pero en esta ocasión las cosas de la religión me han llevado nada menos que al mundo del fútbol. Veamos por qué. Al parecer no es la primera vez que Jorge Bergoglio emite juicios (supongo que no con carácter de infalibilidad) sobre la relación que podía tener el mensaje de la iglesia con el comunismo. Sabido es que hay quien sostiene que Jesucristo fue el primer comunista de la historia y que no en vano hay un denominado comunismo cristiano que, por mucho que pueda parecer una boutade, no es un oxímoron.

Según cuenta Alba Rico, hace dos años, ante los participantes del Encuentro Mundial de Movimientos Populares celebrado en Roma, el papa Francisco dijo ser consciente de que podía “ser tachado de comunista” antes de resumir en voz alta su programa: “¡Ninguna familia sin vivienda! ¡Ningún campesino sin tierra! ¡Ningún trabajador sin derechos! ¡Ninguna persona sin la dignidad que da el trabajo!”.

Pues bien, recientemente, en otro encuentro con los Movimientos Populares, al que este año ha acudido Diego Cañamero, el jornalero, sindicalista y diputado de Podemos, el Papa ha vuelto a insistir en un mensaje parecido. Según cuenta Público, el periodista quería saber si el pontífice estaba interesado en construir una sociedad de inspiración marxista y la respuesta fue la siguiente: “Son los comunistas los que piensan como los cristianos. Cristo ha hablado de una sociedad donde los pobres, los débiles y los excluidos sean quienes decidan. No los demagogos, los barrabás, sino el pueblo, los pobres, que tengan fe en dios o no, pero son ellos a quienes tenemos que ayudar a obtener la igualdad y la libertad”.

Desconozco, o se me olvidó que lo olvidé (¡queda tan lejos la fe!), las enseñanzas que transmitió Jesús de Nazareth, y por tanto no me atrevo a calificar lo dicho por Francisco ni como una tesis socialmente avanzada ni como una “falsedad o una majadería de primero de peronismo“.  No seré yo quien ofenda a los cristianos, como hace el otrora comunicador estrella de la cadena de los obispos, que lo llega a llamar “vulgar matón peronista”,  “S. S. Francisco I de Perón y Guevara”, o “Su Santidad el Papa Francisco, que Dios confunda y el Diablo se lleve”. Cristianos, curiosamente, que no se escandalizan con esos calificativos de un tipejo ultraliberal al que suelen escuchar, pero sí ponen el grito en el cielo y una denuncia en los juzgados cuando Mongolia, en uso de su libertad creativa, dibuja una portada imaginativa para la revista.

El mismo Papa que no se corta en señalar algo que, como dice Santiago Alba Rico, con arreglo a la Ley de Seguridad Ciudadana, podría llevar a un ciudadano español a la cárcel: “Sé que es peligroso decir esto pero el terrorismo crece cuando no hay otra opción y cuando el dinero se transforma en un dios que, en lugar de la persona, es puesto en el centro de la economía mundial”. O que explica que su mayor preocupación es el drama de los refugiados e inmigrantes, y reitera que es necesario “abatir los muros que dividen, intentar aumentar y extender el bienestar, y para ellos es necesario derribar muros y construir puentes que permitan disminuir las desigualdades y dar más libertad y derechos“.

Y aquí viene el engarce entre los dioses. El del Dinero, que domina nuestras vidas, y quizás también los milagros de la iglesia, con ese otro dios al que siguen inmensas masas en todo el planeta: el del Fútbol. Que ya no es lo que era por “culpa” del dios Dinero. O del Negocio. O de las Finanzas,  que tanto da.

Un exentrenador y exjugador argentino, Ángel Cappa, que además de practicar y gustarle el deporte suele decir lo que piensa, ha escrito un libro en el que denuncia que “también nos roban el fútbol”. Y señala: “Este deporte ha cambiado, aunque no hace falta ser muy inteligente para darse cuenta de eso. Y ha cambiado el significado del fútbol, que es lo más importante. No la forma, no la formalidad. El fútbol tenía un significado y ahora tiene otro. El negocio le ha inculcado sus valores y lo ha transformado en otra cosa, en un objeto de consumo. Antes, el fútbol era un modo de expresión, sobre todo de la gente de los barrios. Era un vehículo de expresión y de alguna manera de sentir diferente, de sentir el orgullo, por ejemplo, que le niegas a la gente pobre. Y a través del fútbol, podían sentir orgullo, acercarse a la belleza y a otras sensaciones que no encontraban de otra manera. Y eso, el negocio, poco a poco lo fue transformando hasta convertirlo en un simple objeto de consumo”.

Sólo quienes hayan visto fútbol antes y ahora podrán comprender en toda su dimensión lo que asevera Cappa: “Cuando lo único que vale es ganar se comienza a jugar para no dejar hacerlo al rival, y no para ser mejor que el adversario, entonces el fútbol cambia. El negocio coincide con el cambio de estilo. Yo ya no juego a jugar. Ya me interesa que el rival no juegue. Comienzo a especular, porque lo único que importa es el resultado. El juego, que era el vehículo que a mí me convertía en alguien que tenía el derecho a gozar de algo, ya no importa. Como tantas cosas, ¿no? Como no importa el contenido de un libro, sino cuántos libros se venden… Tampoco importa el contenido de una música, sino cuántos discos vendes. Y en el fútbol igual. Ya no importa el juego. Cuando lo único que interesa es el resultado, cambia todo”.

No suelo ver demasiado fútbol pero, cuando lo hago, me suele desesperar o irritar el estilo marrullero, destructor y faltón (de hacer faltas dando patadas, hachazos o codazos a diestro y siniestro) de algunos equipos que siguen la doctrina de sus entrenadores, a fin de que lo importante sea que el otro no juegue, aunque para ello tengan que batir el récord de faltas cometidas en noventa minutos (veo una estadística en la que los dos equipos que se supone que tienen más calidad son, lógicamente, los que menos infracciones cometen). La explicación la da Ángel Cappa:

“El tema de la diversión, lo que significa el peso del dinero, no estar en la Champions… No cumplir los objetivos es una presión muy grande. El jugador ya no es libre para jugar, ya no disfruta del juego: ya comienza a trabajar, a producir. Ahí yo creo que cambia la manera de ser. El negocio tiene una contradicción en ese sentido: no le importa nada el juego, lo único que vale es ganar. Sin embargo, promocionan el fútbol a través de los buenos jugadores, no de los que corren. Ojo, que los que corren son también útiles, no estoy en contra de ellos. La promoción es de los buenos jugadores, de los futbolistas que tienen habilidad, inteligencia (Messi, Iniesta, Cristiano Ronaldo…), tipos que son distintos.”

Parece claro, para quien lo quiera ver, por supuesto, que el peso del dinero cambia todo lo que toca. Hasta el mundo del periodismo* -que se supone que es la ventana a la realidad que muchas veces no podemos acceder con nuestros propios ojos- está mediatizado por los intereses de las grandes corporaciones empresariales y financieras, que subvierten la ética y deontología profesionales de los periodistas, precarizando sus empleos, dictándoles los titulares que han de poner a sus informaciones o editándolas directamente para acomodarlas a la línea de unos consejos editoriales diseñados a la medida de sus intereses. Crematísticos, por supuesto. Pues al natural destierra / y hace propio al forastero, poderoso caballero / es don Dinero.

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* El propio periodismo deportivo se ve envuelto en una creciente falta de credibilidad. Un periodista de los de antes, Santiago Segurola, lo denuncia así: “Los periodistas éramos respetados e incluso temidos por los clubes y por el poder. Ahora existe una relación subsidiaria con ellos. A los clubes les interesa que se habla de estas banalidades que suponen la hojarasca del fútbol. El periodismo se ha depauperado con la dependencia económica de los clubes y del poder. Los grandes medios están hipotecados a decisiones financieras y subsisten gracias a publicidad institucional o a acuerdos privados que condicionan esa misión crítica que debemos cumplir. El periodismo ha sufrido una involución notable en su calidad”.

Opinión que es compartida por otro periodista, Ezequiel Fernández Moores, muy respetado en el panorama deportivo argentino, en estos términos: “Los dueños del fútbol están cada vez más vinculados con los dueños de la información y del poder económico. A ellos les conviene, y mucho, que nos dediquemos exclusivamente a esa información de consumo rápido. Así, mientras tanto, siguen haciendo sus negocios a oscuras. Creo, entonces, que el periodismo deportivo de calidad será cada día más una excepción”.

Daniel y Rachel

Son dos protagonistas de la crisis. De las crisis del llamado primer mundo, de los países que integran eso que denominan el Norte, de los supuestamente desarrollados, de los más ricos y desiguales. La película Yo, Daniel Blake, está ambientada en Gran Bretaña, y por ende muestra las particularidades de ese territorio, pero es perfectamente extrapolable a cualquier país. También al nuestro. Aquí no se prodigan demasiados Ken Loach, aunque alguno quede, pero necesitamos al inglés para que cada poco nos deje una muestra de su compromiso con los más humildes y excluidos de la sociedad. Más allá de sus virtudes cinematográficas, que las tiene sobradamente acreditadas en multitud de premios (el último en Cannes, Palma de Oro), a sus detractores les parece cansina la brillante denuncia de la exclusión social que hace el director británico, como bien señalaba en un tuit @MorenoG_Agustin, refiriéndose al sectarismo tan infundado como injusto que manifiesta este crítico de cine.

Daniel y Rachel, y los dos hijos de ésta, y una serie de personajes secundarios, geniales, son el epítome de buena parte del sufrimiento de millones de seres humanos. Desahuciados, despedidos, mayores de 55 y menores de 45, buscadores de un empleo imposible, o precario, o de esclavos, mujeres con familia a su cargo a las que el mercado condena a los puestos más miserables de la estructura laboral.

Aunque no me dedico a la crítica de cine, sí percibo cuatro elementos en la película que me interesa subrayar. El primero es la constatación de que en el mundo del trabajo, si llegas a una edad provecta y te quedas en el paro, o caes enfermo, ya será prácticamente imposible que te reincorpores. Te desahuciarán de por vida. El segundo es que la mujer lo tiene todavía más crudo que el hombre. Suelen ser más las que además de las cargas laborales tienen que apechugar con las familiares, que absorben todavía más tiempo que las primeras.

Y no, el baranda de la patronal española no tiene razón cuando, al parecer, ha dicho y luego ha negado que la mujer es un “problema” para que haya trabajo para todos. El que no haya trabajo para todos es un problema para la sociedad y para todas las mujeres y hombres que la componen. Y, como bien señala mi colega Cive Pérez, haciendo mención de los profundos cambios que se están experimentando en el mundo laboral, no tiene demasiada solución a medio y largo plazo, y de ahí la necesidad de impulsar una Renta Básica Universal que, en todo caso, no va a venir regalada por los de arriba, sino que deberán conquistar, como siempre, los de abajo, esa mayoría social que todavía no es consciente de lo que se nos viene encima.

El tercer elemento es la insensibilidad que suele mostrar la burocracia realmente existente. Y no sólo se trata de las normas, rígidas, inflexibles, insensibles, que no tienen en cuenta jamás la realidad concreta y específica del momento concreto en que se produce la necesidad y la demanda de flexibilidad, sino de algunos de los servidores públicos que las gestionan y deberían ser adiestrados justamente para atender esos casos sangrantes que todos conocemos. Esos casos que te hacen levantarte en la sala de espera, como Daniel, para pedir un poquito de por favor.

Y el cuarto elemento que destaco es el de la solidaridad y, paralelamente, el de la esperanza. Por fortuna, todavía no está todo perdido y quedan personas que miran y tratan a su prójimo como a ellas les gustaría ser miradas y tratadas. Y las hay en todas las latitudes y facetas de la vida cotidiana: entre algunos responsables del supermercado y entre los inmigrantes, entre el funcionariado y entre la vecindad, entre el banco de alimentos y entre los trabajadores sociales…

Comparto totalmente lo que dice Carlos Boyero con relación al cine que le interesa (“Hay muchas formas de disfrutar el buen cine. Da igual que cuente ficciones, que busque la ensoñación del receptor o que hable con rigor documental del reverso más patético y duro de la realidad. Todos estos géneros son de verdad cuando te transmiten sensaciones intensas, cuando logran sumergirte en los sentimientos, personajes y situaciones que describen, cuando lo expresan con arte. Y siempre dejan huella. Lo que más agradezco en el cine y en la vida es que me hagan reír. Pero también deseo que me revuelvan el alma, me asusten, me emocionen, me provoquen sin trucos ni sensiblería la lágrima. Y se me escapan, o tienen la obligación de salir, dos o tres veces a lo largo de esta angustiosa película”). Lo mismo me sucede con Iván Reguera: “Como tantos, sobrevivo con lo justo, no soy un obrero que se cree clase media y he conocido a gente parecida a Rachel. Por eso la película me ha jodido. Pero también he salido de la sala con la sensación de que todavía hay gente buena entre tanto hijo de puta y he salido pensando que nos tenemos que ayudar. O eso, o convertirnos en unos mierdas sin empatía. También los conozco.”

Aunque sea dura, conviene enfrentarse a la cruda realidad. Para no perecer de insensibilidad. Esa realidad perversa de la que también habla Cive Pérez y que tan cansina y demagógica le resulta a algunos críticos de cine, según la cual es paradójico que “los asalariados deban sufragar el coste de las Fuerzas del Orden que protegen la Seguridad de la Propiedad Privada al mismo tiempo que los más adinerados no contribuyen a proteger la Seguridad Social de quienes dedican lo mejor de su vida a construir la fortuna de los ricos”.

Por último, como homenaje a todos los Daniel Blake del mundo, esos ciudadanos, ni más ni menos, que se suben al andamio y por la edad o la salud ponen en riesgo sus vidas, frecuentemente segadas en accidentes laborales que se pudieron prever e impedir, reproduzco un poema de Mª Ángeles Maeso:

Como si fuera pájaro

 “El asesino, virtual;
las balas,
virtuales;
la cabeza,
real
mente
destrozada
(Salustiano Martín)

Tú, que te mueres por decir nosotros,
prueba con el puñado de esdrújulas
que cada mes se caen con los ojos
empapados de vértigo y cemento.

Esta vez la viga de hierro le ha partido
el alma y todo lo demás
a uno de los nuestros. -Déjalo así.

El que subió a la construcción como si fuera único
tenía una edad como la tuya,
igual número de hijos,
tu mismo contrato temporal

y una jornada tan completa como tú
de piedra y máquinas al aire.

Cualquiera muere a contramano interrumpiendo
el sábado. Cualquiera, vislumbrándose de tierra,
dice nosotros y queda igualado.

Pero antes, en vivo, ¡qué falso el falso suelo!
Qué postizamente suena ahí mismo:
en las paredes tímidas del vecino,
prójimo devuelto a tembloroso pajarito
de olfatear grisú,
a ranita detectora del génesis,
a mula camicace o simplemente a piedra.

En vivo, probad en alto andamio los plurales
y ved quiénes son
los que una y otra vez tropiezan con el sol
y, estruendosamente, del nosotros,
caen.

Predictómetros y cantamañanas

Recién acabado el recuento en las elecciones norteamericanas escribí varios tuits. En uno de ellos planteaba que, ante el fallo estrepitoso de las encuestas, sería menester reciclar las llamadas “ciencias sociales”, que poco están teniendo que ver con lo que el común de los mortales entendemos como ciencia. Y, asimismo, escribí una larga entrada en el blog (Ganó el elefante) en la que, primero, reconocía que no era experto en la materia (“conozco muy poco de la idiosincrasia yanqui”) y, segundo, hacía referencia a quienes sí supieron prever lo que pasaría (la elección de Trump) de no adoptarse las medidas correspondientes (elegir a Sanders en lugar de Clinton).

Lakoff y Robinson fueron los intelectuales en los que yo había confiado, sencillamente porque intuí que tenían un conocimiento de la realidad que distaba mucho de las opiniones mayoritarias que aseguraban lo contrario a lo que ellos sostenían. Sus argumentos, impecablemente construidos, me hicieron oler la tostada desde el mes de marzo pasado. Me convencieron de plano.

Afortunadamente, quizás porque suelo fallar en casi todas mis predicciones, no puedo regodearme en el infame ‘ya te lo dije‘, porque ni he predicho nada ni tengo capacidad para aventurarme en algo que desconozco profundamente. Tampoco lo ha hecho Michael Moore, y eso que este cineasta sí que ha dado muestras sobradas de conocer perfectamente la realidad de la sociedad estadounidense en sus películas, declaraciones y previsiones.

Pero tanto no me tragué la contraargumentación de una troupe larguísima de analistas de la progresía más conocida por estos lares (socialdemócratas al uso, profesores universitarios, sociólogos pertrechados con sus estadísticas y encuestas sesgadas por lo mal construidas que se antojaban…), que, por ejemplo, respondí a un tuit de uno de estos sabiondos que pululan ahora tanto por las redes impartiendo una doctrina que apesta a naftalina, en algunos casos a pesar de disfrutar de una edad no tan provecta (sirvan de ejemplo los Torreblancas de El País, los Casados del periodismo, los JoséCarlosDíez de la economía, los JuanesCruz de la retórica pedante).

Se trataba del profesor de ESADE –la universidad de los jesuitas– Francisco Longo, que escribió un tuit al que hice referencia en mi texto antes citado. Ese tuit era el compendio de la filosofía cuñadista que impera en buena parte de nuestra intelligentsia. Lo que con más rigor del que suelen emplear estos individuos, otro profesor de ciencia política, Ignacio Sánchez-Cuenca, ha calificadado como lisa y llanamente la “desfachatez de los intelectuales”. Es decir, gente que participa en el debate político con una panoplia de ideas superficiales y frívolas, generalmente expuestas en un tono tajante y prepotente.

Aunque abundan los análisis, las columnas y las opiniones de todo tipo tras las elecciones del martes,  me interesa hacerme eco de tres de ellas. Se podrá discrepar o no pero, al menos, su argumentación dista mucho de las simplezas que se pueden leer y escuchar en prensa, radio y televisión. El epítome de esas estupideces bien podría ser lo que dijo el ínclito Albert Rivera respecto de que Podemos estaría “contento” con el triunfo de Trump. Argumento de autoridad secundado por la inefable Susana Díaz cuando, en un sesudo y riguroso análisis dice que quizás Podemos y Trump “beban de la misma fuente”. Tesis en la que incide el jefe de la opinión en el diario El País, Torreblanca, en un artículo lamentable (no puedo ver el enlace, aunque lo he leído en una reproducción en el twitter). Opiniones contrarrestadas, muy oportunamente, por Pablo Iglesias (“Cuñadismo de extremo centro: la mascota de Rajoy a medio camino entre la ignorancia y la poca vergüenza“) y por dos periodistas, que no suelen casarse demasiado con Podemos, Antonio Maestre y Fernando Garea. El primero en los siguientes términos: “A @jitorreblanca la realidad no le va a estropear su soflama contra Podemos. @Pablo_Iglesias_ ha llamado fascista a Trump, pero da igual”. Y luego aclaró: “Él tenía pensado decir que la izquierda de Podemos en España celebra la victoria de Trump y no le importa que la realidad sea otra”. Y el segundo así: “Gustará o no Podemos, allá cada uno, pero usar la victoria de Trump contra Podemos parece un poco forzado. Aún no he encontrado relación”.

La primera aportación es de Ignacio Ramonet: Las siete propuestas de Trump que los grandes medios censuraron… y que explican su victoria. Tras hacer un recorrido por el “catálogo de necedades horripilantes y detestables, masivamente difundido por los medios dominantes no sólo en Estados Unidos, sino también en el resto del mundo”, Ramonet se hace la pregunta que mucha gente se está haciendo: “¿cómo es posible que un personaje con tan lamentables ideas consiga una audiencia tan considerable entre los electores estadounidenses, los cuales, obviamente, no pueden estar todos lobotomizados? Algo no cuadraba”. Y añade: “Para responder a esa pregunta hemos tenido que hendir la muralla informativa y analizar más de cerca el programa completo del candidato republicano y descubrir los siete puntos fundamentales que defiende, silenciados por los grandes medios”. Puntos que desarrolla en su artículo y que, al menos en mi caso (supongo que en el de la mayoría de personas que hemos recibido una información sesgada y fragmentada de los medios de comunicación en todo mar conocido del uno al otro confín), ignoraba completamente.

La segunda opinión en la que me detendré es del ya mencionado Nathan J. Robinson. Este sociólogo de Berkeley ha escrito un largo artículo (Qué significa, cómo ha podido suceder y qué hacer ahora), que reproduce en España CTXT, y que tampoco se recrea en su acertada previsión, cuando escribió aquello de que Si los demócratas no presentan a Sanders, Trump será presidente. Él mismo reconoce el error al que se vio inducido:

“Fue insensato por mi parte, aunque entiendo por qué pasó. Los progresistas como yo caímos en una cámara de resonancia de pensamientos ilusorios, tal y como les sucedió a los republicanos durante sus primarias. Trump no podía ganar, así que no ganaría. Se nos olvidó que hay una diferencia entre la realidad que nos presentan los medios y la realidad misma. Si la prensa hubiera hecho su trabajo, en lugar de decir tonterías, a lo mejor nos hubiéramos preocupado tanto como era necesario”.

Rechaza rotundamente el rol que han jugado los supuestos expertos que pueblan redes y medios:

“La elección de Trump supone una clara señal de rechazo a los “expertos”. Los expertos como los de Vox, que se definen a sí mismos como “explicadores” de la realidad, y maquillan el hecho de que se inventan un montón de cosas para encubrir las deficiencias en sus conocimientos. Lo que demuestra la elección de Trump es que creer en este tipo de especialistas puede ser altamente peligroso, aunque es más que probable que estos expertos continúen alegando un conocimiento superior del mundo”.

Y añade:

“Sin embargo, es fundamental que los progresistas aprendamos bien esta lección: esta gente no sabe absolutamente nada. No crea en las predicciones, ya sean de esta página web o de cualquier otra. Ningún comentarista o analista político puede ofrecer una seguridad real, puesto que no poseen poderes mágicos que los demás no tenemos”.

Robinson descalifica a las encuestas en los siguientes términos:

“La razón de que no sepan nada está clara: están obsesionados con la empírica de los datos. Adoran las encuestas, aunque, por definición, las encuestas no pueden explicar el tipo de cosas que no aparecen en las encuestas. Mucha gente consideró que el desprecio que sentía Trump por los sondeos era otra muestra de que vivía en su propio mundo. En realidad, él era quien vivía en el mundo real, completamente apartado y distinto del mundo de las encuestas y los datos. El problema fundamental de centrarse en los sondeos es que absolutamente nunca puedes estar seguro de que sabes.”

Y subraya a continuación:

“En definitiva, y para acabar con esto, tenemos que confiar menos en el poder de los datos empíricos como herramienta para predecir y explicar el mundo. Hace falta reevaluar completamente no solo las técnicas para calcular la probabilidad, sino el significado y la importancia que atribuimos a la probabilidad misma. La verdad es que el mundo es más desconocido de lo que pensábamos. Los seres humanos tienen libre albedrío, o por lo menos son extremadamente impredecibles, y eso significa que todos los intentos de anticipar cuál será su comportamiento están destinados a salir mal”.

Se lamenta Robinson de lo que ha pasado:

“La verdad es que los que somos de izquierdas nos hemos comportado como unos idiotas autocomplacientes. Todos nosotros. Cuando escribí en febrero que Trump ganaría sin duda a Clinton, lo pensaba de verdad, aunque no me comporté como si lo creyera de verdad. Si me lo hubiera creído, habría dedicado cada hora de mi día a prevenir este repugnante desenlace; pero no lo hice. Y cuando pensamos en el tiempo que hemos desperdiciado sin hacer nada y en la cantidad de cosas que podríamos haber hecho, nos dan ganas de flagelarnos durante años. Sobre todo si el apocalipsis nuclear acaba sucediendo”.

Y tras reflexionar sobre qué va a pasar ahora (“Para alguien de izquierdas, liberal o progresista, nada bueno. El control republicano sobre el gobierno es absoluto. Esto significa que incluso en el mejor de los casos, si Trump resulta finalmente ser solo un bravucón y tan incapaz de establecer una dictadura como de dirigir un hotel, veremos cómo de rápido se desmontan todas las leyes progresistas que han sido aprobadas en los últimos ocho años. Adiós asistencia médica; adiós reformas moderadas del sistema de justicia criminal; adiós leves intentos de controlar la conducta indebida de las empresas. Todo perdido irremediablemente”), plantea que “de un día para otro, el mundo ha cambiado. Quizá pensábamos que la historia había llegado a su fin, que nada tan terriblemente inesperado podría sacudirnos de nuevo, pero la historia no tiene fin. El futuro nos depara cualquier cosa, podría incluso deparar una catástrofe. Pero no hay tiempo de pararse a pensar en esas cosas, lo que ahora hace falta es un plan. En recuerdo de las inmortales palabras de Joe Hill: ¡No llores, organízate!”.

La tercera reflexión es de Daniel Bernabé, de La Marea: La sensatez de la histeria. Victoria de Donald Trump. Dice, por ejemplo:

“Lo peor de estos candidatos no es que lo que dijeran de ellos mismos fuera mentira, sino que todo lo que decían de su oponente era verdad. De un lado Clinton, profesional de esa política que dice representar a los que votan, pero que sólo vela por los que tienen el dinero suficiente para financiar campañas. Mandarinato demócrata, lobo con piel de cordero, que a nadie se le olvide a qué partido pertenece Frank Underwood. Del otro Donald Trump, ultranacionalista, codicioso, xenófobo y hortera. El hincha radical pretendiendo dirigir a su equipo de fútbol, acojonando a la junta directiva.”

“No hubo medio de comunicación que no le ridiculizara, que no escribiera editoriales hostiles contra él, no desde la trinchera del inmigrante, del homosexual o el pobre, sino desde esa comodidad de profesional asentado de clase media al que le va lo suficientemente bien para no arriesgarse con ningún cambio. Esa fue la primera victoria de Trump, atacar a un sistema de medios que en su sobreactuación ha revelado su parcialidad.”

Termina así el excelente artículo de Bernabé:

“El día que cayó Lehman Brothers se acabó una época, hoy comienza otra. Entre medias, ocho años de un desastre que sólo ha hecho patente un abismo que se inició mucho antes, en ese momento en que se decidió volver a desatar al capitalismo de sus controles, de sus riendas con la realidad. Trump, Le Pen o el Brexit son la reconfiguración de sociedades que han reaccionado de la peor manera posible a un caos presentado como orden por demasiado tiempo, son el miedo a la mentira y la mentira del miedo, toda la sensatez que se permite la histeria”.

Ganó el elefante

Hace algo más de siete meses escribí en mi anterior blog (Ni hablar del peluquín) un texto sobre las primarias en los EE.UU. En él reconocía abiertamente que “conozco muy poco de la idiosincrasia yanqui. Pero deduzco, de lo que he leído de sus escritores de campanillas, sus autocríticos intelectuales y la escasa izquierda que subsiste por allá, que hay una población a la que le gusta recrearse en su pasado que, aunque escaso en el tiempo, lo tienen como una gloria nacional”. Y añadía sobre el candidato republicano que “buena parte del país comulga con la bufonadas de este sujeto que no creo que sea más de ultraderecha que Ronald Reagan, al que recuerda bastante y al que, se me antoja, resulta difícil superar”.

Desde que leí a Lakoff y su No pienses en un elefante, hace ya ocho años, me interesan los análisis que hace este lingüista sobre la política norteamericana. Por eso, en marzo me hacía eco de dos artículos, uno de ellos de George Lakoff (¿Por qué Trump?), en el que el profesor de ciencias cognitivas y de lingüística en la universidad de California, escribía en un largo artículo lo siguiente:

“Las políticas conservadoras de la clase dirigente no solo las ha configurado el poder político de las iglesias evangélicas de blancos, sino también el poder político de aquellos que buscan mercados libres que permitan un laissez-faire al máximo, donde la gente adinerada y las  corporaciones establecen las reglas del mercado a su favor con una regulación e imposición estatales mínimas. No ven los impuestos como una inversión en recursos que ofrece el Estado a todos los ciudadanos, sino como si el gobierno les quitara sus ganancias (su propiedad privada) y les diera el dinero a aquellos que no se lo merecen a través de programas estatales. Este es el origen que determina las ideas de los republicanos en contra de los impuestos y a favor de la disminución del papel del gobierno. Este conservadurismo está bastante contento con la externalización para aumentar los beneficios enviando la fabricación y muchos servicios al extranjero donde la mano de obra es barata, con la consecuencia de que los empleos bien remunerados abandonan América y los sueldos bajan. Puesto que dependen de importaciones baratas, no estarían a favor de la imposición de aranceles elevados.”

Por su parte, el sociólogo Nathan J. Robinson, en un lúcido artículo –Si los demócratas no presentan a Sanders, Trump será presidente– sostenía hace ¡casi ocho meses! que “dado que parece cada vez más probable que Donald Trump sea el candidato republicano a la Presidencia, a los demócratas se les acaba el tiempo para elaborar una estrategia con la que derrotarle”. Y añadía algo que desarrollaba extensamente en su texto:  “Si los demócratas de verdad creen, como dicen creer, que Trump supone una amenaza para el bienestar del país y la vida de las minorías, deberán hacer todo lo posible para alejarle de la Casa Blanca.  Eso requerirá que se unan muy rápido en torno a un objetivo único, por muy ilógico que parezca: tienen que asegurarse por todos los medios de que Bernie Sanders sea el candidato demócrata a la Presidencia”.

Su tesis era que un emparejamiento competidor de Trump con Clinton “tiene todos los visos de convertirse en un desastre electoral formidable, mientras que la candidatura de Sanders tiene muchas más posibilidades de imponerse. Todas y cada una de las (importantes) debilidades de Clinton favorecen a Trump al resaltar sus puntos fuertes, mientras que las (pocas) debilidades de Trump favorecen a Sanders, al destacar aún más sus puntos fuertes.” Y sentenciaba: “Desde un punto de vista puramente pragmático, presentar a Clinton contra Trump sería algo desastroso y suicida”.

El estilo de campaña del hombre del peluquín, lo resumía así este analista:

“El dominio político de Trump depende en gran medida de su método audaz e idiosincrático de hacer campaña. Funciona casi en exclusiva con golpes bajos y ataques personales que resultan tan indignantes como entretenidos, y es hábil a la hora de desviar los debates públicos de los problemas reales de la gente y centrarlos en la personalidad de los candidatos. (Se refiere a estos como “perdedores”, “falsos”, “nerviosos, “hipócritas”, “incompetentes”). Cuando Trump tiene que hablar sobre políticas, queda como un tonto, porque no sabe demasiado al respecto. Por eso demanda que los medios no le hagan preguntas difíciles, y depende de que sus adversarios tengan debilidades personales y escándalos que pueda explotar a gusto y sin piedad.”

Incluso, su supuesto pensamiento misógino, decía el analista que tampoco surtirá efecto: “Él responderá llenando la prensa con acusaciones de violación y acoso contra Bill Clinton y el papel de Hillary a la hora de desacreditar a las víctimas. Siempre puede recordar a la gente que Hillary Clinton se refirió a Monica Lewinsky como una tarada narcisista. Más aún, las posiciones moderadas de Trump en torno a los derechos reproductivos harán que sea difícil que Clinton lo pinte como el clásico derechista antifeminista”.

Y por eso, escribía, que ese estilo hace que Hillary Clinton sea la” adversaria ideal para Donald Trump, por el muchísimo juego que le daría”. Y a los escándalos y affaires que afectaban a Clinton y que Robinson enumeraba como suficientes para que Trump la aplastase (los emails, Benghazi, Whitewater, Iraq, el caso Lewinsky, Chinagate, Travelgate, los archivos perdidos de su bufete de abogados, Jeffrey Epstein, Kissinger, March Rich, Haití, los errores fiscales de la Fundación Clinton, los conflictos de intereses de la Fundación, Goldman Sachs), en los últimos días de la campaña se publican el asunto FBI y otros líos sexuales de algún colaborador cercano.

Total, Trump Presidente. Hace año y medio me preguntaba yo, en un post que tenía referencias lakoffianas (Paquidermos en la sopa), cómo se articula un discurso desde el pensamiento progresista para contrarrestar la forma en que las derechas (la republicana en los EE.UU. o la monárquica en España) manipulan las conciencias y los valores asumidos por la generalidad de las personas para mantenerse en el poder.

Y la respuesta la daba el sociólogo norteamericano Robinson, cuando defendía la opción de Sanders frente a Clinton: “Trump no puede hacer el ganso tanto como acostumbra en un debate contra Sanders, por la simple razón de que Sanders está empecinado en ceñirse en cada conversación a los apuros que pasan los pobres en América bajo el sistema económico vigente. Si Trump cuenta chistes y hace el bobo en ese caso, parecería que se ríe de los pobres, lo cual no es una idea demasiado buena para un multimillonario de fidecomiso que estudió en la Ivy League y se enfrenta a un funcionario de clase trabajadora que es veterano del Movimiento por los Derechos Civiles”. Y añadía:

“Sanders es por tanto un arma secreta casi perfecta contra Trump. Puede ejecutar la única  maniobra capaz de neutralizar a Trump: ignorarlo y centrarse en los problemas reales de la gente. Más aún, Sanders tendrá la ventaja de contar con un ejército de jóvenes voluntarios, que estarán entregados a la causa de hacer descarrilar el tren hacia la Casa Blanca de Trump. El equipo de Sanders es extremadamente hábil técnicamente; todo, desde sus anuncios televisivos hasta cómo organizan los mítines, pasando por su uso de las redes sociales está ejecutado con maestría. El equipo de Sanders es hábil y tiene capacidad de adaptación, y el de Clinton chungo y torpe.”

Y terminaba así Nathan J. Robinson su artículo, que era previo a la nominación de los candidatos republicano y demócrata:

“Si resulta nominado, los demócratas necesitan tomarse muy en serio cómo derrotarle.  Si no lo hacen será Presidente de los Estados Unidos, lo cual tendrá repercusiones desastrosas para las minorías raciales y religiosas, y probablemente para la sociedad en su conjunto. Los demócratas deberían analizar con cuidado cómo se desarrollaría una lucha entre Trump y Clinton, y su alternativa, entre Trump y Sanders. Por su propio bien, ojalá se den cuenta de que la única manera de prevenir una presidencia de Trump pasa por nominar a Bernie Sanders.”

El 9 de abril escribía el profesor de ESADE Francisco Longo un tuit que yo respondía. Aquí se resume la posición de las posiciones clintonianas en nuestro país, perdedoras, y las que mantendría un intelectual como Lakoff:

trump

Nueva etapa

Esta es la primera entrada en el nuevo alojamiento del blog. El pobrecito veedor viene de lejos. Como diría Casciari, cuando un blog cumple diez años se convierte en algo personal. En mi caso, ya va por once y medio. En junio de 2005 comencé a escribir periódicamente en un sitio como este. Entonces era consciente de que la aventura podía durar bien poco y yo mismo me decía que, como en tantas otras facetas de la actividad humana, al principio se coge con ganas y éstas, con el tiempo, la inercia, las rutinas y otros avatares, pueden fácilmente decaer. Así suele ser la vida. Pero ahí seguimos. Dos mil y pico posts y 4.177 días después. Y hoy, como antes, sigo teniendo claro que cuando ya no pueda más o los lectores me abandonen, cerraré la tienda. Es muy fácil: click y delete.

La ya larga experiencia de bloguero, esto es, de haber mantenido una apasionante actividad lúdica de la escritura, me ha enseñado muchas cosas. Las más importantes tienen que ver con algo esencial: haber permitido conocerme y conocer mejor a los demás, en tanto que el hecho de escribir facilita ordenar el pensamiento, razonar y buscar el lenguaje adecuado a cada circunstancia; no largarle el rollo a quien tengo cerca, cuestión inexorable si no me desahogara con la escritura; y haber aprendido, siquiera un poco, a construir un argumento mínimamente inteligible para la audiencia. Cierto que este aprendizaje durará hasta el fin de mis días, que eso a la postre es el ciclo vital de los seres humanos, un curso de formación continua, cuando no acelerada. La única verdad es que escribo, que aún sigo escribiendo, porque me gusta, por afición, por la necesidad de pasar por el cedazo de las palabras la realidad circundante. La que uno ve como real, aunque no sepa con certeza en multitud de ocasiones qué es lo real y qué lo ficticio.

Mi anterior dominio estaba alojado en un servidor de pago y eso me permitía enredar de tanto en tanto con la informática, con el lenguaje html, jugar con el diseño, los plugins, los widgets, que se convirtieron en uno de mis pasatiempos durante buena parte de estos años. Los tiempos, desafortunadamente, no están para dispendios, y mientras nos presten el alojamiento, pues aquí andaremos. La periodicidad ya no será tan asidua como la que he venido manteniendo contra viento y marea. No está ya uno para andar repitiéndose en exceso.

Pero todavía quedan muchas cosas por decir y muchos temas de la vida cotidiana que abordar y repensar. Ahora que según los analistas más solventes se inicia por estos pagos una nueva etapa, tengo la convicción de que la opinión crítica, que en mi caso se debe a una cuestión genética, sigue siendo necesario que tenga presencia en las redes sociales para contribuir, obviamente desde la pequeñez de un ínfimo altavoz, a que las cosas se vean de forma distinta a como el poder, los poderes, sean cuales fueren, quieren siempre presentarlas a la ciudadanía. Y esa aspiración crítica, un servidor, en la medida de mis posibilidades y capacidades, pienso seguir prolongándola hasta que tenga algo que decir y contar. ¿Por cuánto tiempo? El destino no está escrito en ninguna parte y la desidia, la molicie, la dejadez o el declive vital, consustancial al ser humano y por ende inexorable, lo dirán.