Diálogo de sordos

Los modos encorsetados que el reglamento del Congreso impone a algunos debates parlamentarios, a los que la ciudadanía podría asistir -si quisiera- semanalmente, no permiten que ésta disponga de una información completa para hacerse su propia composición de lugar. Y hablo de los debates que se pueden seguir por streaming en la propia web del congreso, porque supongo que sotto voce, a intramuros, en los pasillos o despachos de sus señorías, tras los bastidores o bambalinas de la soberanía popular, se pueden cocer –y coser, ahora que el verbo se hizo carne con Susana- lo que para algunos serían pactos, acuerdos o consensos, y para otros, tejemanejes, chanchullos, intrigas o maquinaciones. Sirva como ejemplo de esas formas tan poco ágiles y encorsetadas el debate (por llamarlo de alguna manera) que tuvo lugar en el Congreso hace unos cuantos días.

Se presentaba una proposición no de ley  de  Unidos Podemos (UP) relacionada con el CETA (tratado comercial entre Canadá y la Unión Europea). Se argumentó por el proponente en un sentido y salieron en tromba los portavoces de PP, PSOE y Ciudadanos no ya a argumentar en contra, sino directamente a descalificar la propuesta presentada con un mismo hilo conductor que les sirvió de base para su relato. Según esos tres partidos, a) los populismos en todo el mundo (el último, el de Trump) combaten la globalización económica; b) preconizan el proteccionismo que, como “todo el mundo sabe” (dicen), es contrario al “libre comercio” y a la libertad económica que representan los tratados comerciales, cuyo objetivo principal es “el desarrollo y el bienestar de los pueblos”; c) puesto que Unidos Podemos se opone a este tratado concreto, el corolario es evidente: forman parte del universo “populista” y contrario a las libertades.

Ese fue el mensaje que quiso trasladar la triple alianza y a buen seguro que pudo calar en los menos avisados que asistieran a él. Los gabinetes, los equipos pensantes, los think tank de esos partidos conocen perfectamente la técnica del storytelling, que no es sino una máquina de fabricar historias y formatear las mentes”. Y en las cuestiones en las que se ventilan intereses muy poderosos hay que echar el resto y poner la máquina a trabajar a todo trapo para asegurar que su objetivo final (el formateo del imaginario colectivo) tenga éxito.

Pues bien, decía que el formato de debate parlamentario que establece el actual reglamento no permite la réplica en ese tipo de iniciativas. De modo y manera (siempre me acordaré de la ínclita tránsfuga de Izquierda Unida, Rosa Aguilar, que era muy partidaria de esta suerte de iteración dialéctica, y del no menos ínclito, Mariano Rajoy, que suele utilizar los términos equivalentes que le parecen oportuno y conveniente) que los argumentos expuestos por quien propone algo, aparentemente echados por tierra por una sucesión de monólogos descalificativos, se quedan sin poder ser contestados y convenientemente contraargumentados. Y, naturalmente, lo que queda del discurso es la brocha gorda de los ataques a los que no se les puede dar respuesta en vivo y en directo.

Respuesta como, por ejemplo, la que hubiera dado el relator de la ONU, Alfred Zayas, que en una reciente mesa redonda  sobre los pasos que habría que dar hacia una democracia económica internacional planteó, lisa y llanamente, que tratados como el CETA –objeto de la proposición de UP- o el TTIP (entre la UE y EE.UU) son llamados de “libre comercio” cuando en realidad son tratados de “desregulación” y suponen un “ataque frontal contra la soberanía de los Estados”. En esa reunión, este experto independiente de Naciones Unidas para un orden internacional democrático y equitativo aseguró, y así lo ha informado al Consejo de Derechos Humanos de la ONU, que el CETA es totalmente contrario al 9º principio rector sobre las empresas y los derechos humanos de la ONU: “Los Estados deben mantener un marco normativo nacional adecuado para asegurar el cumplimiento de sus obligaciones de derechos humanos cuando concluyan acuerdos políticos sobre actividades empresariales con otros Estados o empresas, por ejemplo a través de tratados o contratos de inversión”.

O respuesta como la que hubiera podido ofrecer Ekaitz Cancela en su libro El TTIP y sus efectos colaterales, en la que coincide con Zayas, en lo referente a disponer de arbitrajes justos y no sesgados en favor de las multinacionales.

Por tanto, no es un problema  de libertad, de libre comercio o de proteccionismo, como dicen los tres partidos aliados en la investidura del actual gobierno. Es, como dicen en una carta abierta 455 organizaciones de la sociedad civil europeas y canadienses, que este tratado no es un acuerdo de comercio progresista, sino que en realidad “es aún más invasivo que lo que preveía la vieja agenda de libre comercio diseñada por y para las multinacionales más grandes del mundo”. Al entender de estas organizaciones, su ratificación puede “debilitar la protección de los trabajadores y del medio ambiente y ofrecer a los inversores extranjeros herramientas para atacar regulaciones de interés público”.

Intuyo, en cualquier caso, que la mayoría de la ciudadanía europea, y española, off course, pasa olímpicamente de este tratado y que el poco ruido que le llegará, por aquello de que los grandes medios de persuasión ya se encargan de difundirlo a su manera, estará en la onda de lo argumentado por los tres partidos coaligados en esta materia. Así, el mensaje que quedará, desde dentro del Parlamento o desde sus afueras, será una vez más maniqueo y sesgado. Y como en tantas otras materias, tan simplista como falsario: nosotros, los buenos, queremos su bienestar y el populismo -en el que meten todo lo que se oponga a sus planteamientos- sólo pretende su  desdicha.

Lloviendo piedras y poesía

Ayer se celebró la ceremonia de entrega de los premios Nobel. El de literatura, concedido a un ausente Bob Dylan, reconoció en palabras de un miembro de la Academia sueca a un creador que “cambió nuestra idea de la literatura”. Merece la pena reproducir el texto de reconocimiento de la Academia al cantautor norteamericano y que echa por tierra las críticas hirientes e injustas que ha recibido el poeta, músico y compositor:

“Disuelven contextos para crear otros nuevos, difícilmente contenibles por el cerebro humano. Se dedicó en cuerpo y alma a la música popular americana para la gente común, tanto blancos como negros, con canciones protesta, country, blues, primer rock’n’roll, góspel y música más comercial. Escuchaba música día y noche, probando cosas que salían de sus instrumentos, tratando de aprender. Pero cuando empezó a escribir canciones similares a lo que oía, estas salieron de otra manera. En sus manos, el material cambió. De lo que descubrió en la herencia y los restos, en la rima y el ingenio rápido, en las maldiciones y las oraciones piadosas, en las bromas dulces y las crudas, Dylan bombeó el oro de la poesía. Si fue a propósito o por accidente, es irrelevante. Toda creatividad comienza en la imitación. De repente, gran parte de la poesía de los libros en nuestro mundo se sentía anémica, y las letras de canciones rutinarias que sus colegas seguían escribiendo eran como pólvora anticuada después de la invención de la dinamita. Pronto, la gente dejó de compararlo con Woody Guthrie y Hank Williams y se volvió a Blake, Rimbaud, Whitman, Shakespeare”.

“Devolvió al lenguaje de la poesía a su estilo elevado, perdido desde los románticos. No para cantar las eternidades, sino para hablar de lo que estaba sucediendo a nuestro alrededor. Como si el oráculo de Delfos leyera las noticias de la tarde… La jerarquía de los géneros -la estimación de lo grande y lo pequeño, lo alto y lo bajo de la literatura- se anuló. ¿Qué importa el rango de una obra cuando su belleza es del más alto rango? Esa es la respuesta directa a la pregunta de cómo Bob Dylan pertenece a la literatura: porque la belleza de sus canciones es del más alto rango. Es un cantante digno de un lugar al lado de los griegos y los románticos, junto a los maestros olvidados de los estándares brillantes.”

No me puedo imaginar

María González Reyes

No me puedo imaginar cómo será tener que meter a tus hijos en la cama temprano, en cuanto oscurece, porque hace frío y no hay calefacción.

No me puedo imaginar cómo será preparar unos macarrones y separarlos en dos platos iguales (uno por hijo) y tener que apretar los puños esperando el momento en que, con más hambre, pidan repetir y haya que responder: No hay más.

No me puedo imaginar cómo será ir a la compra contando los céntimos y tener que meterte en el bolsillo, sin que te vean, un bote de tomate.

No me puedo imaginar cómo será tener que decirles que no hay dinero para unas zapatillas nuevas y que esas tienen que durar más aunque estén rotas (quizás en ese momento se les abraza fuerte durante mucho rato).

No me puedo imaginar cómo será explicarles que ya no pueden beber agua del río porque una trasnacional minera la contaminó o que les echaron de sus tierras de cultivo o que barcos de otros países se llevaron todos los peces.

No me puedo imaginar cómo será decirles que hay que marcharse a otro lugar tratando de que no vean el miedo en ninguna parte de tu cuerpo.

No me puedo imaginar cómo será caminar y caminar poniéndoles encima toda la ropa que tienes para huir de la guerra, de la pobreza, del frío.

No me puedo imaginar cómo será ver pasar las horas y los días y los años atrapados al otro lado de la frontera, donde tienen vetada la palabra futuro y la palabra dignidad.

No me puedo imaginar cómo será alzarlos para que salten una valla que les permita entrar en otro país, tratando que no se queden enganchados en los alambres.

No me puedo imaginar cómo será subirse a una patera llevando a tus hijos pegados y adentrarte en el mar, en las olas, en la oscuridad.

No me puedo imaginar cómo será calmar sus llantos en la noche de un país en guerra, de un campo de refugiados, del camino hacia un lugar más seguro.

No me puedo imaginar cómo será explicarles que el sistema está hecho para que se queden en la periferia. Que todo está montado para que unos pocos que están arriba pisoteen a los de abajo.

No me puedo imaginar cómo será ser un político o un directivo de una empresa energética con poder para tomar decisiones que permitan aliviar el sufrimiento y decidir (un día y otro y otro) no hacer nada.

De verdad, eso no puedo imaginarlo.

Publicado en OMAL.


Pobres, materiales y de espíritu

Los pobres son una categoría recurrente en el cristianismo. Sin entrar en la polémica que suscita ese concepto entre los exegetas de la Biblia -ortodoxos, heterodoxos y ateos-, respecto de si la pobreza está referida a una clase social o también a la “sencillez de vida y humildad de espíritu“, y si en los orígenes del cristianismo tuvieron una importancia determinante las clases oprimidas y depauperadas de la sociedad de la época, lo cierto es que el discurso tradicional de las iglesias suele discurrir entre el apoyo a los pobres y la reverencia a los ricos. Está por ver, por ejemplo, que haya un solo pronunciamiento de la jerarquía eclesiástica sobre los negativos impactos sociales, económicos, laborales y medioambientales de las grandes corporaciones y ricos del mundo. Y en el plano político, para qué hablar del alineamiento de la iglesia con los poderes realmente existentes en cada momento de la historia. Aquí, hasta hace bien poco, incluso, se llevaba bajo palio a los dictadores.

Pero en eso llegó Bergoglio. Y si no mandó parar, como Fidel, al menos su discurso es novedoso en comparación con el que tenían sus antecesores. Tanto es así que los críticos del Papa Francisco no vienen precisamente del mundo del agnosticismo y de la izquierda, sino desde dentro de su propia iglesia. Lo que suele decir ahora Francisco es lo que  mucho tiempo vinieron predicando una minoría de curas y obispos de la teología de la liberación (los Casaldáliga, Ellacuría, Helder Cámara, Cardenal, Óscar Romero, Boff o Sobrino, por citar algunos que recuerdo) que fueron denostados por la curia vaticana y la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Hace unos días escribía aquí precisamente sobre este asunto en un texto que hablaba sobre el peso del dinero en las relaciones humanas. Y hacía referencia al encuentro que tuvo lugar en Roma del Pontífice con los Movimientos Populares. Pues bien, hoy traigo a colación un artículo de Ignacio Ramonet (Las 4 cosas que el Papa Francisco les dice a los pobres), que recomiendo leer entero a quienes estén interesados en lo que dice el Papa que vive en Roma.

Ignoro si en los púlpitos de los miles de iglesias, monasterios, conventos y santuarios se habla en concreto de este mensaje papal, pero no me cuesta nada divulgarlo en este caso en el que comparto básicamente la preocupación del santo padre por los cuatro asuntos a los que se refirió en su encuentro con los “200 activistas de entre los más pobres de la Tierra (cartoneros, recicladores de basura, vendedores ambulantes, campesinos sin tierra, indígenas, desempleados, chaboleros, vecinos de asentamientos populares, etc.), pertenecientes a 92 movimientos populares procedentes de 65 países de los cinco continentes”. Entresaco algunos párrafos que cita Ramonet:

“Las cuestiones que se abordaron fueron, como en los dos encuentros precedentes, las denominadas tres “T”: “Trabajo, Techo, Tierra”, a los que se añadieron esta vez las cuestiones de “la democracia y el pueblo”; el “cuidado del medio ambiente y la naturaleza”; y “los emigrantes y refugiados”.

Las 4 cosas que en síntesis le dijo el Papa a los pobres, según recoge Ramonet, fueron:

“1) ¡Rebelaos contra la tiranía del dinero! “Hay un terrorismo de base que emana del control global del dinero sobre la tierra y atenta contra la humanidad entera. De ese terrorismo básico se alimentan los terrorismos derivados como el narcoterrorismo, el terrorismo de Estado y lo que erróneamente algunos llaman ‘terrorismo étnico’ o ‘religioso’, pero ningún pueblo, ninguna religión es terrorista. Es cierto, hay pequeños grupos fundamentalistas en todos lados. Pero el terrorismo empieza cuando ‘has desechado la maravilla de la creación, el hombre y la mujer, y has puesto allí el dinero’. Toda la doctrina social de la Iglesia se rebela contra el ídolo-dinero que reina en lugar de servir, tiraniza y aterroriza a la humanidad.”

“2) ¡Sed solidarios! “¿Qué le pasa al mundo de hoy que, cuando se produce la bancarrota de un banco, de inmediato aparecen sumas escandalosas para salvarlo, pero cuando se produce esta bancarrota de la humanidad no hay casi ni una milésima parte para salvar a esos hermanos que sufren tanto? Y así, el Mediterráneo se ha convertido en un cementerio, y no sólo el Mediterráneo… tantos cementerios junto a los muros, muros manchados de sangre inocente. El miedo endurece el corazón y se transforma en crueldad ciega que se niega a ver la sangre, el dolor, el rostro del otro.”

“3) ¡Revitalizad la democracia! “La relación entre pueblo y democracia. Una relación que debería ser natural y fluida pero que corre el peligro de desdibujarse hasta ser irreconocible. La brecha entre los pueblos y nuestras formas actuales de democracia se agranda cada vez más como consecuencia del enorme poder de los grupos económicos y mediáticos que parecieran dominarlas. Los movimientos populares no son partidos políticos y, en gran medida, en eso radica su riqueza, porque expresan una forma distinta, dinámica y vital de participación social en la vida pública. Pero no tengan miedo de meterse en las grandes discusiones, en Política con mayúscula, y cito a Pablo VI: ‘La política ofrece un camino serio y difícil –aunque no el único– para cumplir el deber grave que cristianos y cristianas tienen de servir a los demás’ (2). O esa frase que repito tantas veces: ‘La política es una de las formas más altas de la caridad, del amor’”.

“4) ¡Sed austeros! ¡Huyan de la corrupción! “Así como la política no es un asunto de los ‘políticos’, la corrupción no es un vicio exclusivo de la política. Hay corrupción en la política, hay corrupción en las empresas, hay corrupción en los medios de comunicación, hay corrupción en las iglesias y también hay corrupción en las organizaciones sociales y los movimientos populares. Es justo decir que hay una corrupción naturalizada en algunos ámbitos de la vida económica, en particular la actividad financiera, y que tiene menos prensa que la corrupción directamente ligada al ámbito político y social. Es justo decir que muchas veces se manipulan los casos de corrupción con malas intenciones. Pero también es justo aclarar que quienes han optado por una vida de servicio tienen una obligación adicional que se suma a la honestidad con la que cualquier persona debe actuar en la vida. La vara es más alta: hay que vivir la vocación de servir con un fuerte sentido de la austeridad y la humildad. Esto vale para los políticos pero también vale para los dirigentes sociales y para nosotros, los pastores.”

 

La ética de los poderosos

Ya es conocido el fichaje por Goldmand Sachs del expresidente de la Comisión Europea, Jose Manuel Durão Barroso . El ex, que es uno de los que salía en la foto al lado del trío de las Azores, o de la benzina, ha sido fichado como presidente no ejecutivo. El banco, “vanguardia del capitalismo agresivo”, es uno de los responsables del crack de las hipotecas basura en los Estados Unidos y de la crisis de la deuda griega, que ocultó a la propia Unión Europea.

Un caso flagrante de puertas giratorias, por mucho que haya sido “exculpado” por el Comité de Ética de la UE, que dice que Durao no obró con el “debido juicio”, pero no incumplió la ley. Mientras tanto, el banquero presidente, o viceversa, se levanta cada mes 18.000 euros de pensión como expresidente, o sea, 252.000 euros al año. Me ahorro decir el número de salarios mínimos que representa esa cantidad en Portugal, su país de nacimiento, o en España, donde tanto ha sido apoyado durante su mandato por PSOE y PP, o viceversa.

Cuando se enteran de ese nombramiento, los funcionarios europeos se muestran “impactados” y consideran que esta noticia “podría desacreditar la institución” y “alimentar la propaganda eurófoba de todos los populismos y extremismos”. Una eurodiputada portuguesa de la Izquierda Unitaria dice que esa “nominación es absolutamente vergonzosa” y cualquier ciudadano de la Unión Europea estará, con razón escandalizado con este tipo de comportamientos.

Luego quieren que la gente apoye las instituciones, las comunitarias y las del propio país. Luego critican que surjan los llamados populismos, que vendrían a ser la manifestación de la indignación ciudadana, el cabreo monumental con aquellos políticos, corporaciones financieras y grandes poderes económicos y mediáticos, que controlan las vidas, las haciendas y los anhelos, grandes o pequeños, del personal.

Mientras tanto, dedican tiempo y espacio a manta a crear noticias donde simplemente no las hay, por una sola razón, con un solo motivo: atacar a quienes están desenmascarando sus tropelías. Como señala el diputado Iglesias Turrión en este vídeo, el asunto de las puertas giratorias es corrupción. Legalizada, sí, pero corrupción. Las grandes empresas estratégicas, como la que ha fichado a Durao, compran a los políticos de esa manera, para que actúen como sus comerciales, poniendo a su disposición los contactos obtenidos durante su temporada de ministro, presidente o mandamás de las instituciones públicas que financiamos entre todos.

Pero esa es la ética de los poderosos. La ética que se gastan quienes nos mandan. Aquí y allá. Y así seguirán mientras la gente no pierda el “juicio”, se le hinche la frente, los coja del cuello y los mande a segar, como decía aquella letrilla de Jarcha. O, lo que es lo mismo, mientras sigan votando a partidos que, como escribía Alberto Garzón,  no es que estén permanentemente en una “conspiración malvada para fastidiarnos. Simplemente, defienden sus intereses. Se llama lucha de clases”. Quienes todavía nos escandalizamos con esos comportamientos queremos seguir pensando -y seremos todo lo ingenuos que ustedes quieran- que tiene que haber, la hay, otra gente que lo haga de modo diferente. Pero ¿cuándo podrán demostrarlo? Ah, amigo, eso es otro cantar.

Qué adjetivos usar

Compañeros poetas
tomando en cuenta los últimos sucesos
en la poesía, quisiera preguntar
Me urge
¿Qué tipo de adjetivos se deben usar
para hacer el poema de un barco
sin que se haga sentimental, fuera de la vanguardia
o evidente panfleto?
¿Si debo usar palabras como
flota cubana de pesca y
Playa Girón?

Compañeros de música
tomando en cuenta esas politonales
y audaces canciones, quisiera preguntar
Me urge
¿Qué tipo de armonía se debe usar
para hacer la canción de este barco
con hombres de poca niñez, hombres y solamente
hombres sobre cubierta
hombres negros y rojos y azules
los hombres que pueblan el Playa Girón?

Compañeros de historia,
tomando en cuenta lo implacable
que debe ser la verdad, quisiera preguntar
Me urge tanto,
¿Qué debiera decir, qué fronteras debo respetar?
Si alguien roba comida
y después da la vida, ¿qué hacer?
¿Hasta dónde debemos practicar las verdades?
¿Hasta dónde sabemos?
Que escriban, pues, la historia, su historia
los hombres del Playa Girón.

Playa Girón, Silvio Rodríguez

Fortalezas y debilidades

Comprendo el principio de la flotación desde que estudié a Arquímedes (¡hace siglos!). Racionalmente, entiendo que el tremendo volumen de un barco grande desplace tal cantidad de agua de modo que se cree una fuerza de empuje hacia arriba que equilibre la fuerza que hacia abajo ejerza el peso del buque. Ello no obsta para que me asombre, y me acogote, ante la monumentalidad que representa uno de esos grandes transatlánticos de cien mil toneladas que transportan a miles de pasajeros en cruceros por todo el mar conocido del uno al otro confín.

Asimismo, conozco la explicación del principio de sustentación -mayor presión abajo y menor presión arriba- producido por las corrientes de aire que se desplazan por las alas del avión. Diseño, fuerza y velocidad que permiten flotar a los grandes rascacielos de la mar o posibilitan el vuelo a esas imponentes moles de acero que surcan los cielos del globo terráqueo en una increíble madeja de rutas. Por supuesto, ni que decir tiene, que tales razonamientos científicos ni me impiden amedrentarme ante cualquiera de los vuelos que he tomado ni aventurarme en navegar en lujosos cruceros por muchos chalecos y botes salvavidas que lleven a bordo.

Y es que frente a las fortalezas de la física están las debilidades propias de la pequeñez humana, que no son otra cosa, a mi parecer, que las emociones o sensaciones, viscerales a buen seguro, de sentirnos infinitamente insignificantes y apabullados por la extraordinaria fuerza de la maquinaria y la naturaleza.

Pero las otras debilidades, a las que me quiero referir, son las que tiene el planeta que debe soportar las contaminaciones al por mayor que provocan aviones y cruceros. Pero el planeta sí tiene quienes le escriban e interpreten las señales que emite. Leo en una página de Ecologistas en Acción: “Un crucero medio (de 2.000 a 3.000 pasajeros) consume la misma energía que unos 12.000 coches, utilizando un fueloil pesado 100 veces más tóxico que el diésel que utilizan automóviles y camiones, ya que contiene hasta 3.500 veces más de contenido de azufre”.

Y a mayor tamaño, la cosa se complica mucho más: “Las emisiones se multiplican cuando hablamos de grandes naves, de 6.000 hasta 10.800 pasajeros, como es el caso de Harmony of the Seas. La naviera propietaria de este barco, Royal Caribbean, publicita los avances tecnológicos que han incorporado para mejorar su eficiencia energética, pero la realidad es que este gigante consume un 35% más que los cruceros antiguos, unos 2.500.000 litros de fueloil al día, que según datos de Amigos de la Tierra es el equivalente al consumo energético de más de 77.000 hogares estadounidenses”.

Cumbres del clima, acuerdos internacionales, paneles de Naciones Unidas, conferencias, simposios, convenciones, advertencias de la comunidad científica… Hay que parar. Así no se puede seguir. Las emisiones de ceodós se multiplican exponencialmente y todas las previsiones solventes apuntan que los efectos sobre la población y sobre el clima tendrán consecuencias devastadoras. Se habla abiertamente de colapso. Pero ¿cómo parar?, ¿cuánto parar?, ¿cuándo parar? El riesgo está ahí, a la vuelta de la esquina de la historia, y es muy claro: “que la temperatura global aumente más de dos grados centígrados antes de 2050, el límite a partir del que, según los científicos, las consecuencias de la alteración climática serán catastróficas e impredecibles“.

Sabemos que la respuesta tiene que ser, debería ser, contundente, definitiva. Y que tendrá con toda seguridad muchos detractores desde las corporaciones que se están forrando. Que para algo controlan los principales medios de comunicación, también llamados de persuasión masiva de las conciencias. Mucho me temo que en los tiempos que vivimos la actitud de nadar contracorriente tiene sus dificultades. Pero creo honestamente que es lo que toca hacer. Que siempre tocó hacer. Por nosotros y, sobre todo, por las generaciones venideras. La de nuestros descendientes de primera, segunda o tercera generación. Exigir, a quien corresponda, que diría Serrat, poner coto a tantos desmanes. Como hicieron todos nuestros lúcidos antecesores. Aquellos que vieron más allá de su propio ombligo patrio, local, personal e infinitamente minúsculo ante la inmensa magnitud de lo monstruoso, del desastre colectivo.

El peso del dinero

Y pues es quien hace iguales
al rico y al pordiosero,
poderoso caballero
es don Dinero.
(Francisco de Quevedo y Villegas)

No sé si los caminos de la mística serán o no inescrutables, pero en esta ocasión las cosas de la religión me han llevado nada menos que al mundo del fútbol. Veamos por qué. Al parecer no es la primera vez que Jorge Bergoglio emite juicios (supongo que no con carácter de infalibilidad) sobre la relación que podía tener el mensaje de la iglesia con el comunismo. Sabido es que hay quien sostiene que Jesucristo fue el primer comunista de la historia y que no en vano hay un denominado comunismo cristiano que, por mucho que pueda parecer una boutade, no es un oxímoron.

Según cuenta Alba Rico, hace dos años, ante los participantes del Encuentro Mundial de Movimientos Populares celebrado en Roma, el papa Francisco dijo ser consciente de que podía “ser tachado de comunista” antes de resumir en voz alta su programa: “¡Ninguna familia sin vivienda! ¡Ningún campesino sin tierra! ¡Ningún trabajador sin derechos! ¡Ninguna persona sin la dignidad que da el trabajo!”.

Pues bien, recientemente, en otro encuentro con los Movimientos Populares, al que este año ha acudido Diego Cañamero, el jornalero, sindicalista y diputado de Podemos, el Papa ha vuelto a insistir en un mensaje parecido. Según cuenta Público, el periodista quería saber si el pontífice estaba interesado en construir una sociedad de inspiración marxista y la respuesta fue la siguiente: “Son los comunistas los que piensan como los cristianos. Cristo ha hablado de una sociedad donde los pobres, los débiles y los excluidos sean quienes decidan. No los demagogos, los barrabás, sino el pueblo, los pobres, que tengan fe en dios o no, pero son ellos a quienes tenemos que ayudar a obtener la igualdad y la libertad”.

Desconozco, o se me olvidó que lo olvidé (¡queda tan lejos la fe!), las enseñanzas que transmitió Jesús de Nazareth, y por tanto no me atrevo a calificar lo dicho por Francisco ni como una tesis socialmente avanzada ni como una “falsedad o una majadería de primero de peronismo“.  No seré yo quien ofenda a los cristianos, como hace el otrora comunicador estrella de la cadena de los obispos, que lo llega a llamar “vulgar matón peronista”,  “S. S. Francisco I de Perón y Guevara”, o “Su Santidad el Papa Francisco, que Dios confunda y el Diablo se lleve”. Cristianos, curiosamente, que no se escandalizan con esos calificativos de un tipejo ultraliberal al que suelen escuchar, pero sí ponen el grito en el cielo y una denuncia en los juzgados cuando Mongolia, en uso de su libertad creativa, dibuja una portada imaginativa para la revista.

El mismo Papa que no se corta en señalar algo que, como dice Santiago Alba Rico, con arreglo a la Ley de Seguridad Ciudadana, podría llevar a un ciudadano español a la cárcel: “Sé que es peligroso decir esto pero el terrorismo crece cuando no hay otra opción y cuando el dinero se transforma en un dios que, en lugar de la persona, es puesto en el centro de la economía mundial”. O que explica que su mayor preocupación es el drama de los refugiados e inmigrantes, y reitera que es necesario “abatir los muros que dividen, intentar aumentar y extender el bienestar, y para ellos es necesario derribar muros y construir puentes que permitan disminuir las desigualdades y dar más libertad y derechos“.

Y aquí viene el engarce entre los dioses. El del Dinero, que domina nuestras vidas, y quizás también los milagros de la iglesia, con ese otro dios al que siguen inmensas masas en todo el planeta: el del Fútbol. Que ya no es lo que era por “culpa” del dios Dinero. O del Negocio. O de las Finanzas,  que tanto da.

Un exentrenador y exjugador argentino, Ángel Cappa, que además de practicar y gustarle el deporte suele decir lo que piensa, ha escrito un libro en el que denuncia que “también nos roban el fútbol”. Y señala: “Este deporte ha cambiado, aunque no hace falta ser muy inteligente para darse cuenta de eso. Y ha cambiado el significado del fútbol, que es lo más importante. No la forma, no la formalidad. El fútbol tenía un significado y ahora tiene otro. El negocio le ha inculcado sus valores y lo ha transformado en otra cosa, en un objeto de consumo. Antes, el fútbol era un modo de expresión, sobre todo de la gente de los barrios. Era un vehículo de expresión y de alguna manera de sentir diferente, de sentir el orgullo, por ejemplo, que le niegas a la gente pobre. Y a través del fútbol, podían sentir orgullo, acercarse a la belleza y a otras sensaciones que no encontraban de otra manera. Y eso, el negocio, poco a poco lo fue transformando hasta convertirlo en un simple objeto de consumo”.

Sólo quienes hayan visto fútbol antes y ahora podrán comprender en toda su dimensión lo que asevera Cappa: “Cuando lo único que vale es ganar se comienza a jugar para no dejar hacerlo al rival, y no para ser mejor que el adversario, entonces el fútbol cambia. El negocio coincide con el cambio de estilo. Yo ya no juego a jugar. Ya me interesa que el rival no juegue. Comienzo a especular, porque lo único que importa es el resultado. El juego, que era el vehículo que a mí me convertía en alguien que tenía el derecho a gozar de algo, ya no importa. Como tantas cosas, ¿no? Como no importa el contenido de un libro, sino cuántos libros se venden… Tampoco importa el contenido de una música, sino cuántos discos vendes. Y en el fútbol igual. Ya no importa el juego. Cuando lo único que interesa es el resultado, cambia todo”.

No suelo ver demasiado fútbol pero, cuando lo hago, me suele desesperar o irritar el estilo marrullero, destructor y faltón (de hacer faltas dando patadas, hachazos o codazos a diestro y siniestro) de algunos equipos que siguen la doctrina de sus entrenadores, a fin de que lo importante sea que el otro no juegue, aunque para ello tengan que batir el récord de faltas cometidas en noventa minutos (veo una estadística en la que los dos equipos que se supone que tienen más calidad son, lógicamente, los que menos infracciones cometen). La explicación la da Ángel Cappa:

“El tema de la diversión, lo que significa el peso del dinero, no estar en la Champions… No cumplir los objetivos es una presión muy grande. El jugador ya no es libre para jugar, ya no disfruta del juego: ya comienza a trabajar, a producir. Ahí yo creo que cambia la manera de ser. El negocio tiene una contradicción en ese sentido: no le importa nada el juego, lo único que vale es ganar. Sin embargo, promocionan el fútbol a través de los buenos jugadores, no de los que corren. Ojo, que los que corren son también útiles, no estoy en contra de ellos. La promoción es de los buenos jugadores, de los futbolistas que tienen habilidad, inteligencia (Messi, Iniesta, Cristiano Ronaldo…), tipos que son distintos.”

Parece claro, para quien lo quiera ver, por supuesto, que el peso del dinero cambia todo lo que toca. Hasta el mundo del periodismo* -que se supone que es la ventana a la realidad que muchas veces no podemos acceder con nuestros propios ojos- está mediatizado por los intereses de las grandes corporaciones empresariales y financieras, que subvierten la ética y deontología profesionales de los periodistas, precarizando sus empleos, dictándoles los titulares que han de poner a sus informaciones o editándolas directamente para acomodarlas a la línea de unos consejos editoriales diseñados a la medida de sus intereses. Crematísticos, por supuesto. Pues al natural destierra / y hace propio al forastero, poderoso caballero / es don Dinero.

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* El propio periodismo deportivo se ve envuelto en una creciente falta de credibilidad. Un periodista de los de antes, Santiago Segurola, lo denuncia así: “Los periodistas éramos respetados e incluso temidos por los clubes y por el poder. Ahora existe una relación subsidiaria con ellos. A los clubes les interesa que se habla de estas banalidades que suponen la hojarasca del fútbol. El periodismo se ha depauperado con la dependencia económica de los clubes y del poder. Los grandes medios están hipotecados a decisiones financieras y subsisten gracias a publicidad institucional o a acuerdos privados que condicionan esa misión crítica que debemos cumplir. El periodismo ha sufrido una involución notable en su calidad”.

Opinión que es compartida por otro periodista, Ezequiel Fernández Moores, muy respetado en el panorama deportivo argentino, en estos términos: “Los dueños del fútbol están cada vez más vinculados con los dueños de la información y del poder económico. A ellos les conviene, y mucho, que nos dediquemos exclusivamente a esa información de consumo rápido. Así, mientras tanto, siguen haciendo sus negocios a oscuras. Creo, entonces, que el periodismo deportivo de calidad será cada día más una excepción”.

Daniel y Rachel

Son dos protagonistas de la crisis. De las crisis del llamado primer mundo, de los países que integran eso que denominan el Norte, de los supuestamente desarrollados, de los más ricos y desiguales. La película Yo, Daniel Blake, está ambientada en Gran Bretaña, y por ende muestra las particularidades de ese territorio, pero es perfectamente extrapolable a cualquier país. También al nuestro. Aquí no se prodigan demasiados Ken Loach, aunque alguno quede, pero necesitamos al inglés para que cada poco nos deje una muestra de su compromiso con los más humildes y excluidos de la sociedad. Más allá de sus virtudes cinematográficas, que las tiene sobradamente acreditadas en multitud de premios (el último en Cannes, Palma de Oro), a sus detractores les parece cansina la brillante denuncia de la exclusión social que hace el director británico, como bien señalaba en un tuit @MorenoG_Agustin, refiriéndose al sectarismo tan infundado como injusto que manifiesta este crítico de cine.

Daniel y Rachel, y los dos hijos de ésta, y una serie de personajes secundarios, geniales, son el epítome de buena parte del sufrimiento de millones de seres humanos. Desahuciados, despedidos, mayores de 55 y menores de 45, buscadores de un empleo imposible, o precario, o de esclavos, mujeres con familia a su cargo a las que el mercado condena a los puestos más miserables de la estructura laboral.

Aunque no me dedico a la crítica de cine, sí percibo cuatro elementos en la película que me interesa subrayar. El primero es la constatación de que en el mundo del trabajo, si llegas a una edad provecta y te quedas en el paro, o caes enfermo, ya será prácticamente imposible que te reincorpores. Te desahuciarán de por vida. El segundo es que la mujer lo tiene todavía más crudo que el hombre. Suelen ser más las que además de las cargas laborales tienen que apechugar con las familiares, que absorben todavía más tiempo que las primeras.

Y no, el baranda de la patronal española no tiene razón cuando, al parecer, ha dicho y luego ha negado que la mujer es un “problema” para que haya trabajo para todos. El que no haya trabajo para todos es un problema para la sociedad y para todas las mujeres y hombres que la componen. Y, como bien señala mi colega Cive Pérez, haciendo mención de los profundos cambios que se están experimentando en el mundo laboral, no tiene demasiada solución a medio y largo plazo, y de ahí la necesidad de impulsar una Renta Básica Universal que, en todo caso, no va a venir regalada por los de arriba, sino que deberán conquistar, como siempre, los de abajo, esa mayoría social que todavía no es consciente de lo que se nos viene encima.

El tercer elemento es la insensibilidad que suele mostrar la burocracia realmente existente. Y no sólo se trata de las normas, rígidas, inflexibles, insensibles, que no tienen en cuenta jamás la realidad concreta y específica del momento concreto en que se produce la necesidad y la demanda de flexibilidad, sino de algunos de los servidores públicos que las gestionan y deberían ser adiestrados justamente para atender esos casos sangrantes que todos conocemos. Esos casos que te hacen levantarte en la sala de espera, como Daniel, para pedir un poquito de por favor.

Y el cuarto elemento que destaco es el de la solidaridad y, paralelamente, el de la esperanza. Por fortuna, todavía no está todo perdido y quedan personas que miran y tratan a su prójimo como a ellas les gustaría ser miradas y tratadas. Y las hay en todas las latitudes y facetas de la vida cotidiana: entre algunos responsables del supermercado y entre los inmigrantes, entre el funcionariado y entre la vecindad, entre el banco de alimentos y entre los trabajadores sociales…

Comparto totalmente lo que dice Carlos Boyero con relación al cine que le interesa (“Hay muchas formas de disfrutar el buen cine. Da igual que cuente ficciones, que busque la ensoñación del receptor o que hable con rigor documental del reverso más patético y duro de la realidad. Todos estos géneros son de verdad cuando te transmiten sensaciones intensas, cuando logran sumergirte en los sentimientos, personajes y situaciones que describen, cuando lo expresan con arte. Y siempre dejan huella. Lo que más agradezco en el cine y en la vida es que me hagan reír. Pero también deseo que me revuelvan el alma, me asusten, me emocionen, me provoquen sin trucos ni sensiblería la lágrima. Y se me escapan, o tienen la obligación de salir, dos o tres veces a lo largo de esta angustiosa película”). Lo mismo me sucede con Iván Reguera: “Como tantos, sobrevivo con lo justo, no soy un obrero que se cree clase media y he conocido a gente parecida a Rachel. Por eso la película me ha jodido. Pero también he salido de la sala con la sensación de que todavía hay gente buena entre tanto hijo de puta y he salido pensando que nos tenemos que ayudar. O eso, o convertirnos en unos mierdas sin empatía. También los conozco.”

Aunque sea dura, conviene enfrentarse a la cruda realidad. Para no perecer de insensibilidad. Esa realidad perversa de la que también habla Cive Pérez y que tan cansina y demagógica le resulta a algunos críticos de cine, según la cual es paradójico que “los asalariados deban sufragar el coste de las Fuerzas del Orden que protegen la Seguridad de la Propiedad Privada al mismo tiempo que los más adinerados no contribuyen a proteger la Seguridad Social de quienes dedican lo mejor de su vida a construir la fortuna de los ricos”.

Por último, como homenaje a todos los Daniel Blake del mundo, esos ciudadanos, ni más ni menos, que se suben al andamio y por la edad o la salud ponen en riesgo sus vidas, frecuentemente segadas en accidentes laborales que se pudieron prever e impedir, reproduzco un poema de Mª Ángeles Maeso:

Como si fuera pájaro

 “El asesino, virtual;
las balas,
virtuales;
la cabeza,
real
mente
destrozada
(Salustiano Martín)

Tú, que te mueres por decir nosotros,
prueba con el puñado de esdrújulas
que cada mes se caen con los ojos
empapados de vértigo y cemento.

Esta vez la viga de hierro le ha partido
el alma y todo lo demás
a uno de los nuestros. -Déjalo así.

El que subió a la construcción como si fuera único
tenía una edad como la tuya,
igual número de hijos,
tu mismo contrato temporal

y una jornada tan completa como tú
de piedra y máquinas al aire.

Cualquiera muere a contramano interrumpiendo
el sábado. Cualquiera, vislumbrándose de tierra,
dice nosotros y queda igualado.

Pero antes, en vivo, ¡qué falso el falso suelo!
Qué postizamente suena ahí mismo:
en las paredes tímidas del vecino,
prójimo devuelto a tembloroso pajarito
de olfatear grisú,
a ranita detectora del génesis,
a mula camicace o simplemente a piedra.

En vivo, probad en alto andamio los plurales
y ved quiénes son
los que una y otra vez tropiezan con el sol
y, estruendosamente, del nosotros,
caen.

Predictómetros y cantamañanas

Recién acabado el recuento en las elecciones norteamericanas escribí varios tuits. En uno de ellos planteaba que, ante el fallo estrepitoso de las encuestas, sería menester reciclar las llamadas “ciencias sociales”, que poco están teniendo que ver con lo que el común de los mortales entendemos como ciencia. Y, asimismo, escribí una larga entrada en el blog (Ganó el elefante) en la que, primero, reconocía que no era experto en la materia (“conozco muy poco de la idiosincrasia yanqui”) y, segundo, hacía referencia a quienes sí supieron prever lo que pasaría (la elección de Trump) de no adoptarse las medidas correspondientes (elegir a Sanders en lugar de Clinton).

Lakoff y Robinson fueron los intelectuales en los que yo había confiado, sencillamente porque intuí que tenían un conocimiento de la realidad que distaba mucho de las opiniones mayoritarias que aseguraban lo contrario a lo que ellos sostenían. Sus argumentos, impecablemente construidos, me hicieron oler la tostada desde el mes de marzo pasado. Me convencieron de plano.

Afortunadamente, quizás porque suelo fallar en casi todas mis predicciones, no puedo regodearme en el infame ‘ya te lo dije‘, porque ni he predicho nada ni tengo capacidad para aventurarme en algo que desconozco profundamente. Tampoco lo ha hecho Michael Moore, y eso que este cineasta sí que ha dado muestras sobradas de conocer perfectamente la realidad de la sociedad estadounidense en sus películas, declaraciones y previsiones.

Pero tanto no me tragué la contraargumentación de una troupe larguísima de analistas de la progresía más conocida por estos lares (socialdemócratas al uso, profesores universitarios, sociólogos pertrechados con sus estadísticas y encuestas sesgadas por lo mal construidas que se antojaban…), que, por ejemplo, respondí a un tuit de uno de estos sabiondos que pululan ahora tanto por las redes impartiendo una doctrina que apesta a naftalina, en algunos casos a pesar de disfrutar de una edad no tan provecta (sirvan de ejemplo los Torreblancas de El País, los Casados del periodismo, los JoséCarlosDíez de la economía, los JuanesCruz de la retórica pedante).

Se trataba del profesor de ESADE –la universidad de los jesuitas– Francisco Longo, que escribió un tuit al que hice referencia en mi texto antes citado. Ese tuit era el compendio de la filosofía cuñadista que impera en buena parte de nuestra intelligentsia. Lo que con más rigor del que suelen emplear estos individuos, otro profesor de ciencia política, Ignacio Sánchez-Cuenca, ha calificadado como lisa y llanamente la “desfachatez de los intelectuales”. Es decir, gente que participa en el debate político con una panoplia de ideas superficiales y frívolas, generalmente expuestas en un tono tajante y prepotente.

Aunque abundan los análisis, las columnas y las opiniones de todo tipo tras las elecciones del martes,  me interesa hacerme eco de tres de ellas. Se podrá discrepar o no pero, al menos, su argumentación dista mucho de las simplezas que se pueden leer y escuchar en prensa, radio y televisión. El epítome de esas estupideces bien podría ser lo que dijo el ínclito Albert Rivera respecto de que Podemos estaría “contento” con el triunfo de Trump. Argumento de autoridad secundado por la inefable Susana Díaz cuando, en un sesudo y riguroso análisis dice que quizás Podemos y Trump “beban de la misma fuente”. Tesis en la que incide el jefe de la opinión en el diario El País, Torreblanca, en un artículo lamentable (no puedo ver el enlace, aunque lo he leído en una reproducción en el twitter). Opiniones contrarrestadas, muy oportunamente, por Pablo Iglesias (“Cuñadismo de extremo centro: la mascota de Rajoy a medio camino entre la ignorancia y la poca vergüenza“) y por dos periodistas, que no suelen casarse demasiado con Podemos, Antonio Maestre y Fernando Garea. El primero en los siguientes términos: “A @jitorreblanca la realidad no le va a estropear su soflama contra Podemos. @Pablo_Iglesias_ ha llamado fascista a Trump, pero da igual”. Y luego aclaró: “Él tenía pensado decir que la izquierda de Podemos en España celebra la victoria de Trump y no le importa que la realidad sea otra”. Y el segundo así: “Gustará o no Podemos, allá cada uno, pero usar la victoria de Trump contra Podemos parece un poco forzado. Aún no he encontrado relación”.

La primera aportación es de Ignacio Ramonet: Las siete propuestas de Trump que los grandes medios censuraron… y que explican su victoria. Tras hacer un recorrido por el “catálogo de necedades horripilantes y detestables, masivamente difundido por los medios dominantes no sólo en Estados Unidos, sino también en el resto del mundo”, Ramonet se hace la pregunta que mucha gente se está haciendo: “¿cómo es posible que un personaje con tan lamentables ideas consiga una audiencia tan considerable entre los electores estadounidenses, los cuales, obviamente, no pueden estar todos lobotomizados? Algo no cuadraba”. Y añade: “Para responder a esa pregunta hemos tenido que hendir la muralla informativa y analizar más de cerca el programa completo del candidato republicano y descubrir los siete puntos fundamentales que defiende, silenciados por los grandes medios”. Puntos que desarrolla en su artículo y que, al menos en mi caso (supongo que en el de la mayoría de personas que hemos recibido una información sesgada y fragmentada de los medios de comunicación en todo mar conocido del uno al otro confín), ignoraba completamente.

La segunda opinión en la que me detendré es del ya mencionado Nathan J. Robinson. Este sociólogo de Berkeley ha escrito un largo artículo (Qué significa, cómo ha podido suceder y qué hacer ahora), que reproduce en España CTXT, y que tampoco se recrea en su acertada previsión, cuando escribió aquello de que Si los demócratas no presentan a Sanders, Trump será presidente. Él mismo reconoce el error al que se vio inducido:

“Fue insensato por mi parte, aunque entiendo por qué pasó. Los progresistas como yo caímos en una cámara de resonancia de pensamientos ilusorios, tal y como les sucedió a los republicanos durante sus primarias. Trump no podía ganar, así que no ganaría. Se nos olvidó que hay una diferencia entre la realidad que nos presentan los medios y la realidad misma. Si la prensa hubiera hecho su trabajo, en lugar de decir tonterías, a lo mejor nos hubiéramos preocupado tanto como era necesario”.

Rechaza rotundamente el rol que han jugado los supuestos expertos que pueblan redes y medios:

“La elección de Trump supone una clara señal de rechazo a los “expertos”. Los expertos como los de Vox, que se definen a sí mismos como “explicadores” de la realidad, y maquillan el hecho de que se inventan un montón de cosas para encubrir las deficiencias en sus conocimientos. Lo que demuestra la elección de Trump es que creer en este tipo de especialistas puede ser altamente peligroso, aunque es más que probable que estos expertos continúen alegando un conocimiento superior del mundo”.

Y añade:

“Sin embargo, es fundamental que los progresistas aprendamos bien esta lección: esta gente no sabe absolutamente nada. No crea en las predicciones, ya sean de esta página web o de cualquier otra. Ningún comentarista o analista político puede ofrecer una seguridad real, puesto que no poseen poderes mágicos que los demás no tenemos”.

Robinson descalifica a las encuestas en los siguientes términos:

“La razón de que no sepan nada está clara: están obsesionados con la empírica de los datos. Adoran las encuestas, aunque, por definición, las encuestas no pueden explicar el tipo de cosas que no aparecen en las encuestas. Mucha gente consideró que el desprecio que sentía Trump por los sondeos era otra muestra de que vivía en su propio mundo. En realidad, él era quien vivía en el mundo real, completamente apartado y distinto del mundo de las encuestas y los datos. El problema fundamental de centrarse en los sondeos es que absolutamente nunca puedes estar seguro de que sabes.”

Y subraya a continuación:

“En definitiva, y para acabar con esto, tenemos que confiar menos en el poder de los datos empíricos como herramienta para predecir y explicar el mundo. Hace falta reevaluar completamente no solo las técnicas para calcular la probabilidad, sino el significado y la importancia que atribuimos a la probabilidad misma. La verdad es que el mundo es más desconocido de lo que pensábamos. Los seres humanos tienen libre albedrío, o por lo menos son extremadamente impredecibles, y eso significa que todos los intentos de anticipar cuál será su comportamiento están destinados a salir mal”.

Se lamenta Robinson de lo que ha pasado:

“La verdad es que los que somos de izquierdas nos hemos comportado como unos idiotas autocomplacientes. Todos nosotros. Cuando escribí en febrero que Trump ganaría sin duda a Clinton, lo pensaba de verdad, aunque no me comporté como si lo creyera de verdad. Si me lo hubiera creído, habría dedicado cada hora de mi día a prevenir este repugnante desenlace; pero no lo hice. Y cuando pensamos en el tiempo que hemos desperdiciado sin hacer nada y en la cantidad de cosas que podríamos haber hecho, nos dan ganas de flagelarnos durante años. Sobre todo si el apocalipsis nuclear acaba sucediendo”.

Y tras reflexionar sobre qué va a pasar ahora (“Para alguien de izquierdas, liberal o progresista, nada bueno. El control republicano sobre el gobierno es absoluto. Esto significa que incluso en el mejor de los casos, si Trump resulta finalmente ser solo un bravucón y tan incapaz de establecer una dictadura como de dirigir un hotel, veremos cómo de rápido se desmontan todas las leyes progresistas que han sido aprobadas en los últimos ocho años. Adiós asistencia médica; adiós reformas moderadas del sistema de justicia criminal; adiós leves intentos de controlar la conducta indebida de las empresas. Todo perdido irremediablemente”), plantea que “de un día para otro, el mundo ha cambiado. Quizá pensábamos que la historia había llegado a su fin, que nada tan terriblemente inesperado podría sacudirnos de nuevo, pero la historia no tiene fin. El futuro nos depara cualquier cosa, podría incluso deparar una catástrofe. Pero no hay tiempo de pararse a pensar en esas cosas, lo que ahora hace falta es un plan. En recuerdo de las inmortales palabras de Joe Hill: ¡No llores, organízate!”.

La tercera reflexión es de Daniel Bernabé, de La Marea: La sensatez de la histeria. Victoria de Donald Trump. Dice, por ejemplo:

“Lo peor de estos candidatos no es que lo que dijeran de ellos mismos fuera mentira, sino que todo lo que decían de su oponente era verdad. De un lado Clinton, profesional de esa política que dice representar a los que votan, pero que sólo vela por los que tienen el dinero suficiente para financiar campañas. Mandarinato demócrata, lobo con piel de cordero, que a nadie se le olvide a qué partido pertenece Frank Underwood. Del otro Donald Trump, ultranacionalista, codicioso, xenófobo y hortera. El hincha radical pretendiendo dirigir a su equipo de fútbol, acojonando a la junta directiva.”

“No hubo medio de comunicación que no le ridiculizara, que no escribiera editoriales hostiles contra él, no desde la trinchera del inmigrante, del homosexual o el pobre, sino desde esa comodidad de profesional asentado de clase media al que le va lo suficientemente bien para no arriesgarse con ningún cambio. Esa fue la primera victoria de Trump, atacar a un sistema de medios que en su sobreactuación ha revelado su parcialidad.”

Termina así el excelente artículo de Bernabé:

“El día que cayó Lehman Brothers se acabó una época, hoy comienza otra. Entre medias, ocho años de un desastre que sólo ha hecho patente un abismo que se inició mucho antes, en ese momento en que se decidió volver a desatar al capitalismo de sus controles, de sus riendas con la realidad. Trump, Le Pen o el Brexit son la reconfiguración de sociedades que han reaccionado de la peor manera posible a un caos presentado como orden por demasiado tiempo, son el miedo a la mentira y la mentira del miedo, toda la sensatez que se permite la histeria”.