Buenos, malos y regulares

Hace muchos años que descarté enfrentarme en términos maniqueos a la vida, a las gentes, a los países, a las cosas y que la división sin matices entre buenos y malos es injusta, inexacta y peligrosa, cuando no contraproducente. Hay gente, sin embargo, que se empeña (a veces, chillando o despotricando) en que nos planteemos continuamente esa dicotomía insana. Lo cual no es óbice para que cada uno de nosotros tengamos una escala de valores y sepamos a buen seguro, percibamos en lo más íntimo o sencillamente creamos saber lo que es bueno y lo que es malo y, en consecuencia, en cuál de esos bandos duales nos situaríamos o acaso en ninguno de ellos para militar en el eclecticismo. Ya sea como personas individuales o como parte integrante de un colectivo, ya sea nacional, étnico, político, de minoría o de clase social, etc. Obviamente, a esa conclusión llegamos tras un proceso vital, corto o largo, sencillo o complejo, y siempre desde nuestra perspectiva -subjetiva y por tanto sujeta al error- más o menos adulterada, más o menos formateada por quienes están todos los días y a todas horas con ese afán de persuadir nuestras conciencias en su propio y particular beneficio.

Valga esta digresión para constatar lo poco que sabemos de algunos conflictos y lo mucho que nos guiamos por lo que dicen otros que parecen saber, sin hacer demasiado esfuerzo por nuestra parte para intentar acercarnos a la verdad machadiana. Las sentencias del cuñadismo radiofónico o televisivo; las noticias que mezclan interesadamente información y opinión; los flashes de agencias que se reproducen por tierra, mar y aire sin matizar ni contextualizar; la repetición de falsedades y medias verdades ad nauseam, hasta parecer verdades incontrovertibles; en fin, lo que se quiere que sepamos o creamos a pies juntillas por el establishment imperante en cada sociedad… son determinantes a la hora de conformar nuestra opinión o, al menos, nuestro imaginario colectivo de buenos, malos y mediopensionistas. Siempre con la tentación de abrazar la nefasta división valorativa del pensamiento binario (paradojas de la vida: el supuesto progreso que representa las nuevas tecnologías está sustentando precisamente en una dualidad de ceros y de unos, binarismo puro).

Nos quieren tratar como a críos y no como adultos. Y a fe que lo consiguen en muchos casos. Nos quieren sumisos, ignorantes y acríticos. Y en buena medida, y a las pruebas electorales me remito, están lográndolo. Y nos cuentan sus cuentos interesados, para engañarnos, aterrorizarnos o colarnos sus corolarios. Pero queremos saber lo que se esconde tras ellos. Y descubrir por nosotros mismos lo que pasa, no lo que nos dicen que pasa. Ya sea en Siria, en Rusia, en los Estados Unidos de Trump, en Cuba, en Venezuela, en Cataluña, en nuestro país, en nuestro pueblo, en nuestro barrio, en nuestro colectivo humano. Mucho me temo, empero, que si muchas, demasiadas veces no sabemos qué acontece en nuestro entorno más cercano, cómo leches vamos a saber todo lo que sucede dos metros más allá de nuestros ombligos.

——–
Sé todos los cuentos, León Felipe

Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre…
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos…
y sé todos los cuentos.

Hay quien no sabe qué es brindar

Canción de Navidad

El fin de año huele a compras,
enhorabuenas y postales
con votos de renovación.
Y yo que sé del otro mundo
que pide vida en los portales,
me doy a hacer una canción.

La gente luce estar de acuerdo,
maravillosamente todo
parece afín al celebrar.
Unos festejan sus millones,
otros la camisita limpia
y hay quien no sabe qué es brindar.

Mi canción no es del cielo,
las estrellas, la luna,
porque a ti te la entrego
que no tienes ninguna.

Mi canción no es tan sólo
de quien pueda escucharla,
porque a veces el sordo
lleva más para amarla.

Tener no es signo de malvado
y no tener tampoco es prueba
de que acompañe la virtud.
Pero el que nace bien parado,
en procurarse lo que anhela
no tiene que invertir salud.

Por eso canto a quien no escucha,
a quien no dejan escucharme,
a quien ya nunca me escuchó,
al que en su cotidiana lucha
me da razones para amarle,
a aquel que nadie le cantó.

Silvio Rodríguez, 1988

https://youtu.be/QjktaXuLsjE

Dos velas

Por su interés, reproduzco íntegramente el artículo (Explíquenos, señor presidente, por qué mucha gente se queda sin luz) publicado en La Marea por María González Reyes:

Enciende una vela. Después, enciende la otra. Una la coloca sobre un plato y, encima, pone una maceta de barro, tapándola. La vela calienta el barro que desprende calor. Está sola en la casa. Dos velas. Una para dar luz y otra para dar calor.

Mientras las dos velas están encendidas los dueños de las empresas eléctricas siguen aumentando sus beneficios y los gobernantes siguen apoyando con sus políticas a los dueños de las empresas eléctricas para que sigan aumentando sus beneficios. Cuando se apaguen seguirán haciendo lo mismo.

Ella tiene frío. Una noche. Otra noche. Toda la noche. Frío. Sola. La noche.

Hay varias formas de llegar al punto en el que, al dar al interruptor de la luz, no ocurre nada. Clic y no pasa nada porque vives sola y eres mayor y “todo está muy caro” y la pensión no alcanza. Clic y no pasa nada porque vienes del otro lado del océano y no te conceden los papeles por lo que no puedes conseguir un trabajo remunerado dignamente y por eso no puedes pagar el recibo. Clic y no pasa nada porque siempre has vivido con cortes de luz y sin calefacción porque nunca hubo para pagarla. Clic, clic, clic y no pasa nada, aunque no te lo puedas creer, la luz no se enciende, no te lo crees porque siempre estuviste del lado de los que estaban calientes y no comprendes cómo llegaste a este otro lado, al del frío y la oscuridad al atardecer, pero aquí estás y no sabes cómo se regresa.

Hay vidas con historias circulares, sin un principio claro, sin un final visible. El planeta entero está sumido en un cambio brusco e incierto marcado por un sistema económico que corre desbocado en la búsqueda de un crecimiento constante que lleva asociados, sin posibilidad de dejarlos atrás, brutales impactos ambientales y una desigualdad social sin precedentes. Las vidas con historias circulares se tambalean porque los banqueros y los dueños de las multinacionales y los políticos pretenden crecer de manera constante en un planeta de recursos finitos. Ignoran que esto no es posible a la vez que ahondan la crisis ambiental y acaparan más a costa de que otras personas tengan menos. Cada vez son menos los que tiene más y más las que tienen menos. Los poderosos se atrincheran en sus fortalezas y los habitantes de las periferias se extienden por más lugares, aguantando con la cabeza agachada en la cola del comedor social, buscando mantas para el frío, sin casa, sin empleo, en la calle. Cada vez son más y están más cerca los que pasaron a una vida circular, sin principio claro, sin final visible, caminando con vértigo cuesta abajo. La vida no puede ser un campo de batalla, pero lo es cuando haces clic y no ocurre nada. Es un campo de batalla circular.

Hay varias maneras de ver y varias de no ver, independientemente de que se tenga o no luz en casa. No ven los que firman desde sus despachos con luces de distinta intensidad y un termostato que mantiene la estancia constantemente a 24 °C. Firme aquí, les dicen. En la esquina inferior derecha. Ponga ahí su firma. Sí señor presidente. Firme. Saque su bolígrafo caro, que se vea que su firma no es cualquier cosa. Mueva la mano rápido, seguro, decidido. Usted tiene claro lo que hace. Su firma no es cualquier garabato. Su firma es la firma del señor presidente. Firme. Firme que a quien lleva meses sin pagar se le cortará la luz. Firme que quien no paga no tiene calefacción ni agua caliente. Firme que no hay gas para cocinar si no se paga. Firme sin pensar en ningún nombre concreto ni en una edad definida. No piense ni en Juan, ni en Rosa ni en Tamara. Tampoco piense en un niño de cuatro años ni en una mujer de 82. Firme el frío, la desesperación, la angustia. Firme, señor presidente, en la esquina inferior derecha. Firme sin pensar que es invierno. Firme.

Después vaya a su casa, con el bolígrafo metido en la chaqueta. Vaya, señor presidente, súbase en el coche caliente hacia la casa caliente con comida caliente. Salude a sus hijos y, antes de la cena, saque el bolígrafo para hacerles un dibujo de un elefante o de un pato, lo que le pidan. No se preocupe por guardar después el bolígrafo en el bolsillo de la camisa. Es caro, no despintará. Cuéntele a su hijo mayor que le regalaron ese bolígrafo cuando consiguió el cargo de presidente y que lo usa para firmar. Cosas importantes pensará él desde su cabeza pequeña. Y le preguntará qué pone en los papeles que firma. Explíquele que su firma sirve para que mucha gente se quede sin calefacción, sin luz, sin gas. Explíquele que ese bolígrafo sirve para firmar el dolor de muchas personas. Ande, explíqueselo, señor presidente. Explíqueselo.

Pero no le explicará nada. Los que tienen vidas más duras que los cantos de río y los que han decidido ver la realidad social que desborda los barrios saben que los que firman no explican, solo hacen y justifican. Pero saben también que las cosas no son inmutables. Saben que lo que puede hacer que después del clic ocurra algo diferente a la desesperación y al frío es articular las vidas de manera comunitaria, desde lo colectivo, haciendo las paredes de las casas más permeables para visibilizar las vidas circulares y tratar de ponerles fin.

Quienes han decidido ver y actuar para revertir las situaciones de desigualdad saben también que las luchas se ganan en las calles y en los parques de los barrios, porque esos son lugares donde se articula la comunidad. Quienes ponen no solo la cabeza sino también las manos saben cómo construir las redes de apoyo mutuo que rompen las soledades. Redes que ayudan, cuidan, calman. Saben no distraerse con lo que cuentan en la tele y en los medios de comunicación masivos y por eso no se suben a la carrera del crecimiento constante y la dominación.

Quizás ya lo sabes, hay muchas cosas que están ocurriendo en muchos lugares del planeta que rompen el orden establecido. Muchas cosas que parecen pequeñas pero que han reconstruido vidas dañadas y que, cuando se juntan, forman algo no tan pequeño. Hay lugares donde se construye otra manera de actuar, otra forma de vivir, en la que se priman los intereses colectivos frente a los individuales. Hay espacios de encuentro y de aglutinamiento de luchas que rompen con el pensamiento dominante. Hay sitios donde la forma de hacer política se construye desde el afecto y el acompañamiento. Hay medios de comunicación que visibilizan otras realidades. Hay sitios donde se vive siendo conscientes de nuestra ecodependencia como especie (hay gente que es muy feliz viviendo en esos lugares). Hay mecanismos de financiación alternativos a los bancos. Hay gente que se pone frente a la policía para que no desahucien a sus vecinas. Hay juezas que deciden no firmar sentencias injustas. Hay personas que luchan contra la riqueza como forma de luchar contra la pobreza. Hay comunidades que visibilizan las tareas de cuidados y las ponen en el centro para mostrar que sin ellas ninguna persona podría estar viva. Hay gente que rompe las fronteras abriendo la puerta de sus casas a las y los migrantes. Hay sistemas de salud y de abastecimiento de comida comunitarios que no señalizan al empobrecido. Hay gente que desobedece las leyes injustas. Hay formas de construir lo colectivo sin perder la riqueza de lo individual. Hay mercados sociales que no buscan la acaparación de bienes y dinero. Hay centros educativos participativos y democráticos. Hay muchos placeres de los que se puede disfrutar a la vez que se construye un mundo más justo y sostenible.

Hay personas que se indignan cuando saben que una empresa con mucho dinero les cortará la luz y el gas. Hay personas que sienten rabia cuando saben que la minoría que acapara los recursos limitados genera desesperación y dolor impunemente. Hay personas que saben que son vulnerables y desde ahí actúan para desbordar la crudeza social. Hay personas que tienen miedo pero que se ayudan unas a otras para saltarlo por encima. Esa gente, la que se indigna y siente rabia y es vulnerable y tiene miedo y se ayuda colectivamente a saltar es la que sabe que hay un poder frente al que tiemblan las grandes corporaciones y los banqueros y los políticos. Tiemblan las manos poderosas al firmar papeles cuando del otro lado hay una red de personas, tejida con dignidad y esperanza, convencida de que puede revertir situaciones que parecen inmutables.

María González Reyes es activista de Ecologistas en Acción y autora de ‘Palabras que nos sostienen (Libros en Acción y OMAL, 2016).

Firme aquí

María González Reyes

Firme aquí. En la esquina inferior derecha. Ponga ahí su firma. Sí señor presidente. Firme. Saque su bolígrafo caro, que se vea que su firma no es cualquier cosa. Mueva la mano rápido, seguro, decidido. Usted tiene claro lo que hace. Su firma no es cualquier garabato. Su firma es la firma del señor presidente. Firme. Firme que a quien lleva meses sin pagar se le cortará la luz. Firme que quien no paga no tiene calefacción ni agua caliente. Firme que no hay gas para cocinar si no se paga. Firme sin pensar en ningún nombre concreto. No piense ni en Juan, ni en Rosa ni en Tamara. Tampoco piense en un niño de cuatro años ni una mujer de 82. Firme el frío, la desesperación, la angustia. Firme señor presidente, en la esquina inferior derecha. Firme sin pensar que es invierno. Firme. Después váyase a su casa. Con el bolígrafo metido en la chaqueta. Vaya en el coche caliente a la casa caliente con comida caliente. Salude a sus hijos y, antes de la cena, saque el bolígrafo para hacerles un dibujo de un elefante o de un pato, lo que le pidan. No se preocupe por guardar después el bolígrafo en el bolsillo de la camisa. Es caro, no despintará. Conteste a su hijo mayor que le regalaron ese bolígrafo cuando consiguió el cargo de presidente y que lo usa para firmar. Cosas importantes pensará él desde su cabeza pequeña. Y le preguntará qué pone en los papeles que firma. Explíquele que su firma sirve para que mucha gente se quede sin calefacción, sin luz, sin gas. Explíquele que ese bolígrafo sirve para firmar el dolor de muchas personas. Ande, explíqueselo señor presidente. Explíqueselo.

Publicado en OMAL.

¿Demandar a Dios?

Leyendo hace unos días lo que ha dicho  la condesa de Bornos sobre que va a demandar a Manuela Carmena por las restricciones al tráfico en la Gran Vía madrileña (“cierre esperpéntico”, dijo ella), me vino a la cabeza la demanda que en 2007 puso un senador de Nebraska contra Dios, de la que ya me hice eco en su momento en este blog.

El senador en cuestión acusaba a Dios de provocar directamente, o a través de terceros, “atroces terremotos, horrendos huracanes, terroríficos tornados, pestilentes plagas, feroces hambrunas, devastadores sequías y guerras genocidas, entre otros, en diferentes partes del mundo que generan sufrimientos humanos”. Lo que el político pretendía en realidad era “llamar la atención sobre las deficiencias del sistema judicial estadounidense, donde cualquiera puede demandar literalmente a cualquiera y plantear las peticiones más estrafalarias

En mi opinión de lego en leyes, pero todavía con algo de lógica entre el serrín de la testa, la señora Esperanza Aguirre, con tan singular ejercicio del derecho, entraría a formar parte de ese núcleo de gentes con afán de notoriedad (a ella le pirra la exposición de su imagen por tierra, mar y aire) que no dudan en demandar a Satán, a Dios, o al lucero del alba, aunque sea con demandas estrambóticas, que deberían ser rechazadas de plano por la autoridad competente, por supuesto judicial, con advertencia de multa por su carácter temerario. Me temo que, como dijera aquel otro individuo dueño del imperio del monopolio (“no hay cojones en España para negarme una televisión”), no hay juez que le tosa a la doña susodicha por más que sus ocurrencias, dictadas al calor de su carmenafobia particular, sean dignas de los casos jurídicos a estudiar en las facultades de derecho, sobre el uso torticero de la justicia en favor de intereses políticos manifiestos.

Supongo que, al igual que con la absurda demanda contra Dios del senador estadounidense, la sentencia (si es que llega hasta ese momento procesal lo que, en mi criterio, debería finiquitar con la inadmisión a trámite) fallará contundentemente en contra de la conducta extravagante de la reclamante, que bien podría considerarse dolosa, manifiestamente temeraria y, por ello, “arbitraria, caprichosa y abusiva”, como se calificaba en una sentencia del T.S. sobre otra cuestión y por utilizar una cadencia tripartita de adjetivos similares a los que suele emplear la aristócrata madrileña. Y más considerando que los argumentos en que se pretende basar el recurso contra la decisión municipal de acotar la Gran Vía hacen referencia al artículo 19 de la Constitución Española, ese que dice que los españoles tienen derecho a “circular por el territorio nacional”. ¿Y qué hacemos con las procesiones, fiestas de guardar, encierros y demás eventos municipales que cierran no una sino decenas de calles para facilitar el jolgorio o el recogimiento multitudinarios? ¿Eso no es impedir circular por esos lugares a quienes no participen de ellos?

Se desconocen los términos en que finalmente se formulará la demanda colérica de Aguirre (si es que se presenta y no es todo esto un montaje propagandístico, tan del gusto de la interfecta), pero a diferencia de la idea que pretendía el negro más irascible de Nebraska de “protestar contra el abuso del sistema judicial por los juicios frívolos”, el juicio que suscita la concejala madrileña es precisamente ese: el de la frivolidad. No en vano, las competencias de un ayuntamiento, gusten más o gusten menos a la burguesía que habita el centro de las ciudades, atribuyen al gobierno municipal la regulación y ordenación del tráfico, el cierre de calles y paseos y la peatonalización de la vía pública en aras del bien común, siempre superior al de los particulares que se sientan afectados negativamente, que no serán tantos como pretende la doña.

En todo caso, los memes, ese cachondeo en forma de montaje de imágenes que las redes sociales divulgan con profusión y que tan poca gracia le hacen a las y los políticos carentes de humor (algunos hasta quieren prohibirlos), ya dictaron el juicio paralelo contra la aristócrata venida a menos en la política y en su partido, aunque todavía con gran predicamento en los medios, básicamente por el juego que les da sus profusas adjetivaciones de todo bicho viviente.

Parafraseando un párrafo de la célebre novela de Pedro Antonio de Alarcón, El capitán Veneno, “tiene usted, señora condesa, la mala fortuna de tener el carácter más enrevesado e inconveniente que Dios ha echado al mundo. No diré yo que me parezca enteramente un demonio; pero sí que se necesita ser de pasta de ángeles, o quererlo  por ley natural y por lástima, para aguantar sus impertinencias, ferocidades y locuras. ¡Bástele a usted saber que las gentes disipadas y poco asustadizas con quienes se reúne en el Partido y en los cafés, le han puesto por mote Capitán Veneno, al ver que siempre está hecha un basilisco y dispuesta a romperse la crisma con todo bicho viviente por quítame allá esas pajas!”

Diálogo de sordos

Los modos encorsetados que el reglamento del Congreso impone a algunos debates parlamentarios, a los que la ciudadanía podría asistir -si quisiera- semanalmente, no permiten que ésta disponga de una información completa para hacerse su propia composición de lugar. Y hablo de los debates que se pueden seguir por streaming en la propia web del congreso, porque supongo que sotto voce, a intramuros, en los pasillos o despachos de sus señorías, tras los bastidores o bambalinas de la soberanía popular, se pueden cocer –y coser, ahora que el verbo se hizo carne con Susana- lo que para algunos serían pactos, acuerdos o consensos, y para otros, tejemanejes, chanchullos, intrigas o maquinaciones. Sirva como ejemplo de esas formas tan poco ágiles y encorsetadas el debate (por llamarlo de alguna manera) que tuvo lugar en el Congreso hace unos cuantos días.

Se presentaba una proposición no de ley  de  Unidos Podemos (UP) relacionada con el CETA (tratado comercial entre Canadá y la Unión Europea). Se argumentó por el proponente en un sentido y salieron en tromba los portavoces de PP, PSOE y Ciudadanos no ya a argumentar en contra, sino directamente a descalificar la propuesta presentada con un mismo hilo conductor que les sirvió de base para su relato. Según esos tres partidos, a) los populismos en todo el mundo (el último, el de Trump) combaten la globalización económica; b) preconizan el proteccionismo que, como “todo el mundo sabe” (dicen), es contrario al “libre comercio” y a la libertad económica que representan los tratados comerciales, cuyo objetivo principal es “el desarrollo y el bienestar de los pueblos”; c) puesto que Unidos Podemos se opone a este tratado concreto, el corolario es evidente: forman parte del universo “populista” y contrario a las libertades.

Ese fue el mensaje que quiso trasladar la triple alianza y a buen seguro que pudo calar en los menos avisados que asistieran a él. Los gabinetes, los equipos pensantes, los think tank de esos partidos conocen perfectamente la técnica del storytelling, que no es sino una máquina de fabricar historias y formatear las mentes”. Y en las cuestiones en las que se ventilan intereses muy poderosos hay que echar el resto y poner la máquina a trabajar a todo trapo para asegurar que su objetivo final (el formateo del imaginario colectivo) tenga éxito.

Pues bien, decía que el formato de debate parlamentario que establece el actual reglamento no permite la réplica en ese tipo de iniciativas. De modo y manera (siempre me acordaré de la ínclita tránsfuga de Izquierda Unida, Rosa Aguilar, que era muy partidaria de esta suerte de iteración dialéctica, y del no menos ínclito, Mariano Rajoy, que suele utilizar los términos equivalentes que le parecen oportuno y conveniente) que los argumentos expuestos por quien propone algo, aparentemente echados por tierra por una sucesión de monólogos descalificativos, se quedan sin poder ser contestados y convenientemente contraargumentados. Y, naturalmente, lo que queda del discurso es la brocha gorda de los ataques a los que no se les puede dar respuesta en vivo y en directo.

Respuesta como, por ejemplo, la que hubiera dado el relator de la ONU, Alfred Zayas, que en una reciente mesa redonda  sobre los pasos que habría que dar hacia una democracia económica internacional planteó, lisa y llanamente, que tratados como el CETA –objeto de la proposición de UP- o el TTIP (entre la UE y EE.UU) son llamados de “libre comercio” cuando en realidad son tratados de “desregulación” y suponen un “ataque frontal contra la soberanía de los Estados”. En esa reunión, este experto independiente de Naciones Unidas para un orden internacional democrático y equitativo aseguró, y así lo ha informado al Consejo de Derechos Humanos de la ONU, que el CETA es totalmente contrario al 9º principio rector sobre las empresas y los derechos humanos de la ONU: “Los Estados deben mantener un marco normativo nacional adecuado para asegurar el cumplimiento de sus obligaciones de derechos humanos cuando concluyan acuerdos políticos sobre actividades empresariales con otros Estados o empresas, por ejemplo a través de tratados o contratos de inversión”.

O respuesta como la que hubiera podido ofrecer Ekaitz Cancela en su libro El TTIP y sus efectos colaterales, en la que coincide con Zayas, en lo referente a disponer de arbitrajes justos y no sesgados en favor de las multinacionales.

Por tanto, no es un problema  de libertad, de libre comercio o de proteccionismo, como dicen los tres partidos aliados en la investidura del actual gobierno. Es, como dicen en una carta abierta 455 organizaciones de la sociedad civil europeas y canadienses, que este tratado no es un acuerdo de comercio progresista, sino que en realidad “es aún más invasivo que lo que preveía la vieja agenda de libre comercio diseñada por y para las multinacionales más grandes del mundo”. Al entender de estas organizaciones, su ratificación puede “debilitar la protección de los trabajadores y del medio ambiente y ofrecer a los inversores extranjeros herramientas para atacar regulaciones de interés público”.

Intuyo, en cualquier caso, que la mayoría de la ciudadanía europea, y española, off course, pasa olímpicamente de este tratado y que el poco ruido que le llegará, por aquello de que los grandes medios de persuasión ya se encargan de difundirlo a su manera, estará en la onda de lo argumentado por los tres partidos coaligados en esta materia. Así, el mensaje que quedará, desde dentro del Parlamento o desde sus afueras, será una vez más maniqueo y sesgado. Y como en tantas otras materias, tan simplista como falsario: nosotros, los buenos, queremos su bienestar y el populismo -en el que meten todo lo que se oponga a sus planteamientos- sólo pretende su  desdicha.

Lloviendo piedras y poesía

Ayer se celebró la ceremonia de entrega de los premios Nobel. El de literatura, concedido a un ausente Bob Dylan, reconoció en palabras de un miembro de la Academia sueca a un creador que “cambió nuestra idea de la literatura”. Merece la pena reproducir el texto de reconocimiento de la Academia al cantautor norteamericano y que echa por tierra las críticas hirientes e injustas que ha recibido el poeta, músico y compositor:

“Disuelven contextos para crear otros nuevos, difícilmente contenibles por el cerebro humano. Se dedicó en cuerpo y alma a la música popular americana para la gente común, tanto blancos como negros, con canciones protesta, country, blues, primer rock’n’roll, góspel y música más comercial. Escuchaba música día y noche, probando cosas que salían de sus instrumentos, tratando de aprender. Pero cuando empezó a escribir canciones similares a lo que oía, estas salieron de otra manera. En sus manos, el material cambió. De lo que descubrió en la herencia y los restos, en la rima y el ingenio rápido, en las maldiciones y las oraciones piadosas, en las bromas dulces y las crudas, Dylan bombeó el oro de la poesía. Si fue a propósito o por accidente, es irrelevante. Toda creatividad comienza en la imitación. De repente, gran parte de la poesía de los libros en nuestro mundo se sentía anémica, y las letras de canciones rutinarias que sus colegas seguían escribiendo eran como pólvora anticuada después de la invención de la dinamita. Pronto, la gente dejó de compararlo con Woody Guthrie y Hank Williams y se volvió a Blake, Rimbaud, Whitman, Shakespeare”.

“Devolvió al lenguaje de la poesía a su estilo elevado, perdido desde los románticos. No para cantar las eternidades, sino para hablar de lo que estaba sucediendo a nuestro alrededor. Como si el oráculo de Delfos leyera las noticias de la tarde… La jerarquía de los géneros -la estimación de lo grande y lo pequeño, lo alto y lo bajo de la literatura- se anuló. ¿Qué importa el rango de una obra cuando su belleza es del más alto rango? Esa es la respuesta directa a la pregunta de cómo Bob Dylan pertenece a la literatura: porque la belleza de sus canciones es del más alto rango. Es un cantante digno de un lugar al lado de los griegos y los románticos, junto a los maestros olvidados de los estándares brillantes.”