Me retracto de lo dicho

Me retracto de todo lo dicho, Nicanor Parra

Antes de despedirme
Tengo derecho a un último deseo:
Generoso lector
quema este libro
No representa lo que quise decir
A pesar de que fue escrito con sangre
No representa lo que quise decir.

Mi situación no puede ser más triste
Fui derrotado por mi propia sombra:
Las palabras se vengaron de mí.

Perdóname lector
Amistoso lector
Que no me pueda despedir de ti
Con un abrazo fiel:
Me despido de ti
Con una triste sonrisa forzada.

Puede que yo no sea más que eso
Pero oye mi última palabra:
Me retracto de todo lo dicho.
Con la mayor amargura del mundo
Me retracto de todo lo que he dicho.

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Marcando el paso

Recuerdo cómo la tropa de prisioneros británicos, comandada por el coronel que encarnaba Alec Guinness, silbaba la melodía del puente sobre el río Kwai, a la vuelta de un día de trabajo en la selva controlada por el ejército japonés.

En algunas películas americanas del género bélico se pueden ver cómo enseñan a desfilar a los soldados cantando canciones supuestamente patrióticas o repitiendo las consignas que les lanza el sargento bocazas de turno. En La Chaqueta Metálica, por ejemplo (traduciendo al español) hacían desfilar a unos soldados en calzoncillos, con una mano en el fusil que portaban al hombro y con la otra agarrándose los genitales, cantando aquello tan machote de aquí, mi fusil, aquí, mi pistola, uno da tiros, la otra consuela.

Más cerca de nosotros, es frecuente ver desfilar por las calles españolas a los legionarios cantando su himno de El Novio de la Muerte. Con la imagen de Cristo o sin él, con acompañamiento instrumental o a cappella.

Quienes hicimos el servicio militar, sabemos que una de las actividades que nos ordenaban y que teníamos que llevar a cabo con denuedo en el correspondiente centro de instrucción de reclutas era desfilar una y otra vez (izquierda, derecha, uno, dos, firmes, ar) haciéndonos cantar melodías al ritmo de la marcha, hasta que finalmente hasta el más torpe conseguía marcar el paso y acompasarlo al de los demás colegas.

Ahora, con las redes sociales, han llegado a la prensa los cánticos machistas con los que una compañía de legionarios hacía desfilar a sus ídem por las calles de Sanlúcar de Barrameda. Según recoge Infolibre, algunas de las letras de los cánticos contenían frases tan constructivas como las siguientes: Yo prefiero tener un cabo a tener una mujer, porque el cabo te da la hostia, y la mujer la hostia es; Yo prefiero tener un tanque a tener una mujer, porque el tanque va a la guerra, y la mujer la guerra es; Yo prefiero tener un perro a tener una mujer, porque el perro ladra que ladra, y la mujer ladrona es.

Los militares, que incorporaron a la mujer a sus filas hace ya 28 años, deberían cuidar extremadamente el lenguaje que emplean en sus actividades lúdico-bélicas y acomodar las canciones a los tiempos en que viven, eliminando las letras denigratorias y obviamente machistas que enseñan a la tropa. Supongo que la única mujer que se me antoja ver al final de la muchachada, en las imágenes que contiene la información antes citada, no andaría demasiado contenta con las canciones tan sumamente galantes que le dedicaban sus compañeros de desfile. O sí, vaya usted a saber.

El camino recorrido hasta aquí desde hace cuarenta años, hace que hoy sería impensable que cantásemos algunas de las tonadillas que por entonces entonaba tan alegremente el grupo musical Jarcha (Libertad, libertad, sin ira, libertad), conocidas como Artillerito, en las que se dedicaba al caballo el protagonismo principal que le correspondía en la romería de turno y se atribuía a la mujer un rol secundario y manifiestamente discriminatorio. Recuerdo aquella que decía así: “Mi caballo y mi mujer / se me murieron a un tiempo,/ mi mujer Dios la perdone, / mi caballo es lo que siento”.

Y es que así es la vida. Que todo cambia, como cantaba Mercedes Sosa: Cambia lo superficial. Cambia también lo profundo. Cambia el modo de pensar. Cambia todo en este mundo.

Luis Pastor

Los poetas y trovadores andaluces y los vallecanos, de origen extremeño, siempre están al pie del cañón. En su mayor parte, los cantautores de los años 70 desaparecieron. Quedaron unos cuantos. Los más corajudos. Los más comprometidos, no con siglas ni dogmas partidarios, sino con la gente y sus problemas cotidianos. Luis Pastor fue, es, uno de ellos. Este estupendo programa con Javier Gallego en Carne Cruda nos acerca su palabra, su vida y su poesía. Esto es lo que escribió y reprodujo en un youtube hace unos años: Qué fue de los cantautores.

Éramos tan libertarios,
casi revolucionarios,
ingenuos como valientes,
barbilampiños sonrientes
—lo mejor de cada casa—
oveja negra que pasa
de seguir la tradición
balando a contracorriente
de la isla al continente
de la nueva canción.

Éramos buena gente,
paletos e inteligentes,
barbudos estrafalarios,
obreros, chicos de barrio,
vanguardia del proletario,
progres universitarios,
soñando en una canción
y viviendo la utopía
convencidos de que un día
vendría la Revolución.

Aprendiendo a compartir
la vida en una sonrisa,
el cielo en una caricia,
el beso en un calentón.
Abriendo la noche de día
fuimos sembrando canciones
y en esta tierra baldía
floreció la poesía
y llenamos los estadios
y en muchas fiestas de barrio
sonó nuestra melodía.

Tardes y noches de gloria
que cambiaron nuestra historia.
Y este país de catetos,
fascistas de pelo en pecho,
curas y monjas serviles,
grises y guardias civiles,
funcionarios con bigote
y chusqueros con galón,
al servicio de una casta
que controlaban tu pasta
tu mente y tu corazón.

Patriotas de bandera,
españoles de primera,
de la España verdadera
aquella tan noble y fiera
que a otra media asesinó
brazo en alto y cara al sol
leales al Movimiento
a la altura y al talento
del pequeño dictador
que fue Caudillo de España
por obra y gracia de Dios.

Toreando en plaza ajena
todo cambió de repente
los políticos al frente
de comparsa y trovador.
Se cambiaron las verdades:
“tanto vendes tanto vales”.
Y llegó la transición:
la democracia es la pera.
Cantautor a tus trincheras
con coronas de laureles
y distintivos de amor
pero no des más la lata
que tu verso no arrebata
y tu tiempo ya pasó.

¿Qué fue de los cantautores?
preguntan con aire extraño
cada cuatro o cinco años
despistados periodistas
que nos perdieron la pista
y enterraron nuestra voz.
Y así vamos para treinta
con la pregunta de marras
tocándonos los cojones.
Me tomen nota señores
que no lo repito más:

algunos son directores,
diputados, presidentes,
concejales, profesores,
mánagers y productores
o ejerciendo asesoría
en la Sociedad de Autores.
Otros están y no cantan,
otros cantan y no están.
Los hay que se retiraron,
algunos que ya murieron
y otros que están por nacer.

Jóvenes que son ahora
también universitarios,
obreros, chicos de barrio
que recorren la ciudad.
Un CD debajo el brazo,
la guitarra en bandolera,
diez euros en la cartera,
cantando de bar en bar.
O esos raperos poetas
que es su panfletos denuncian
otra realidad social.

¿Y mujeres? ni se sabe.
Y sobre todo si hablamos
de las primeras gloriosas
que tuvieron los ovarios
y el coraje necesarios
de subirse a un escenario
de aquella España casposa.

¿Qué fue de los cantautores?
aquí me tienen señores
como en mis tiempos mejores
dando al cante que es lo mío.
Y aunque en invierno haga frío
me queda la primavera,
un abril para la espera
y un grandola en el corazón.

¿Qué fue de los cantautores?
aquí me tienen señores
aún vivito y coleando
y en estos versos cantando
nuestras verdades de ayer
que salpican el presente
y la mierda pestilente
que trepa por nuestros pies.

¿Qué fue de los cantautores?
De los muchos que empezamos,
de los pocos que quedamos,
de los que no se vendieron,
de los que no claudicaron,
de los que aún resistimos:
aquí estamos.
Cada uno en sus trincheras
haciendo de la poesía
nuestro pan de cada día.

Siete vidas tiene el gato
aunque no cace ratones.
Hay cantautor para rato.
Cantautor a tus canciones.
Zapatero a tus zapatos.

Abusos y campañas

A partir de las múltiples denuncias que se han ido produciendo en los EE.UU. contra los abusos sexuales de un conocido productor, y la secuela de casos de artistas que se han visto involucrados en casos similares, se ha suscitado un debate mundial sobre las condiciones en las que muchas mujeres -en el mundo de la farándula, pero también en otros ámbitos- han de realizar su trabajo, en el que han sido víctimas de acosos, abusos u otros delitos de carácter sexual por parte de jefes, colegas o sujetos sin escrúpulos.

En estas, se produce el manifiesto de un grupo de artistas francesas, con Catherine Deneuve al frente, en el que se alertan sobre los excesos de las campañas contra los abusos sexuales. Y se dice textualmente que “un coqueteo tenaz o torpe no es un delito y una galantería tampoco es una agresión machista”.

Tengo la impresión de que las denuncias de las mujeres no van por ahí y de que, como dice este periodista, “equiparar una violación y una grosería no sólo es una gilipollez sino una absurda generalización que sólo sirve para amortiguar las legítimas reivindicaciones feministas”.

Es evidente a mi juicio que, afortunadamente, se está produciendo en todo el mundo una auténtica revolución feminista que está cuestionando extraordinariamente los roles de sumisión que las mujeres tienen en todas las facetas de la vida de las sociedades patriarcales. Pero no creo que se deba confundir al personal con comparaciones que son realmente odiosas. Que las mujeres están siendo asesinadas por hombres y que están siendo explotadas por bandas de malhechores varones, ya sean proxenetas o empresarios de la confección, es un hecho incontrovertible contra el que hay que luchar con denuedo. Que existe el acoso a mujeres en el mundo laboral por parte de hombres que se prevalen de su jerarquía es otra evidencia empírica que debe ser combatida. Y que se producen a diario comportamientos machistas que deben ser reprobados incluso penalmente, pues seguro que también.

Ahora bien, a mí me parece que todo eso no se puede confundir ni con la “galantería” o el “coqueteo tenaz”, que dicen las artistas francesas, ni mucho menos con la necesidad de revisar la obra histórica de artistas de todo tipo que son patrimonio de la humanidad. Como señala el periodista David Torres, “la histeria y el puritanismo llegan al extremo de solicitar una revisión de la historia entera del arte occidental, incluyendo a Homero, a Rubens, a Cervantes, y a Wagner. O el estreno que se ha llevado a cabo en Florencia con el montaje de la Carmen de Bizet , en el que, como protesta por el incremento de los feminicidios en Italia, el adaptador no termina la obra con la protagonista muriendo sino matando ella a su agresor.

Me viene a la cabeza la película Casablanca. No lo he encontrado entre los mejores diálogos que se recogen en el gúguel, pero viene al caso aquél en el que el capitán Renault (Claude Rains), en el café de Rick (Humphrey Bogart), se dirige al personaje de Ilsa (Ingrid Bergman) a quien acaba de presentarlos Victor Laszlo (Paul Henreid), en estos términos: “Me habían informado de que era usted la mujer más bella que ha pisado Casablanca. Se quedaron cortos por lo que veo”.  ¿Se podría deducir de esa galantería un comportamiento machista agresivo por parte de quien emite el piropo?

Las mujeres feministas –las hay que no lo son, por supuesto– pienso que saben exactamente cuáles son los comportamientos intolerables y desde luego los valores dominantes de supremacía machista contra los que hay que batallar todavía mucho para conseguir la igualdad de mujeres y hombres en las sociedades democráticas. Desgraciadamente, en las que no lo son, las cosas son todavía mucho más complicadas de conquistar.

Compañeros de viaje

En la década de los setenta del siglo pasado, en la que se sucedieron notables acontecimientos que cimentaron la vida política y social de este país, y también la personal, por supuesto, tuve la oportunidad de conocer y en algunos casos seguir la actividad que desarrollaban una serie de católicos militantes y quienes entonces eran conocidos como los curas obreros, que contribuyeron todos ellos a que, desde el pensamiento y la militancia de izquierdas, se mirara con simpatía a quienes quisieron hacer compatible la cristiandad en la que creían con el socialismo al que aspiraban.

Desde el cura Paco (García Salve), encarcelado con su compañero Marcelino Camacho y otros tantos sindicalistas con ocasión del proceso 1001 de las Comisiones Obreras,  hasta el padre Llanos y José María Díez-Alegría, colegas ambos de fatigas y de congregación religiosa en el Pozo del Tío Raimundo; desde los nacionalistas mosén Xirinacs o Periko Solabarría al comunista del PSUC Alfonso Carlos Comín; desde el sindicalismo de los trabajadores del campo andaluz que representó Diamantino García hasta el sindicalismo del servicio público de la sanidad como Mariano Gamo…  Unos, ciertamente, padecieron más persecución que otros, pero ni más ni menos que como pasó en la trinchera de la sociedad civil o la de los agnósticos, en las que la militancia política determinaba la privación de libertad o, incluso, la muerte en la larga lucha por la libertad y la democracia en este país.

Más tarde vendrían, allá por Latinoamérica, los curas y obispos de la teología de la liberación, como los asesinados monseñor Romero o Ignacio Ellacuría, o los conocidos Pedro Casaldáliga, Helder Cámara, Ernesto Cardenal, Leonardo Boff o Jon Sobrino, y en ámbitos más cercanos los que se trabajaron parroquias a pie de suburbios, con altos niveles de exclusión social, como Enrique de Castro, Javier Baeza u otros que seguramente tendrán menos renombre, pero cuya labor será reconocida en ámbitos territoriales más reducidos.

Porque la sociedad, como dice Joaquín Urías en este artículo, “está plagada de héroes y heroínas cotidianos que se dedican al bien común y consiguen tener un verdadero impacto transformador en su entorno. Las hay en cada barrio, en cada colectivo. Son activistas, luchadores, maestros, sindicalistas,… y hasta curas. Gente que no aparece en los periódicos ni en los libros de texto, pero que es capaz de cambiar la vida de muchas personas. Algunos y algunas tienen la fuerza y la capacidad para entregarse completamente a una causa y crear una obra que les trasciende a sí mismos. Son personas así las que hacen el cambio social y las que impulsan la transformación del mundo”.

Y uno de esos curas fue a quien Urías dedica su texto, Fernando Camacho, de quien dice que merece ser recordado no ya por su tremenda obra intelectual sino porque “le puso cara a hombres y mujeres de los que componen ese pueblo oprimido, y dedicó su vida a ellos”. Y continúa: “Siendo muy joven decidió luchar en un barrio y por un barrio. Se fue a una barriada marginal en las afueras de Sevilla, La Pañoleta, y ahí se quedó toda la vida. Junto con otras personas, convirtió la parroquia en un elemento transformador; creó o apoyó toda estructura y organización de la sociedad civil en el barrio; fomentó los movimientos sociales y las ideas de transformación. Y  logró despertar el espíritu crítico de montones de vecinos y vecinas del barrio. La parroquia de La Pañoleta se convirtió en germen de transformación, en un espacio solidario para inmigrantes lo mismo que para vecinos y vecinas, en un espacio de lucha contra la dominación. Ya sea capitalista, patriarcal o incluso religiosa. Esa es su obra. Estuvo en su parroquia hasta el último día de su vida, enfermo y agotado. Y hasta ese último momento no dejó de actuar y trabajar por la justicia social”.

Libertad de impresión

Veo en la prensa digital una foto del futbolista Sergio Ramos en la que aparece con los brazos completamente tatuados. Soy partidario del pluralismo estético y, por ende y con independencia de mi gusto personal, allá cada cual con hacer de su cuerpo un sayo, reproducirse en la piel un cuadro de Van Gogh y disfrutar o padecer el arte pinturero de su tatuado.

Sin recurrir a moralina alguna, me parecería plausible que la gente que quisiera hacérselos –ya se conoce el furor de las modas y la mercantilización desaforada de cualquier cosa, incluidos los sentimientos- tuviera la cautela de informarse sobre los eventuales riesgos de los tatuajes y contase con las máximas garantías sanitarias. No se trata de empeñarse en corregir los gustos ajenos, afán que puede contribuir al encastillamiento en los mismos, sino de constatar que los gustos pueden pasar y la salud permanece o se resiente.

Y es que, al parecer, en algunos de los tintes que se utilizan se emplean elementos tóxicos como el cobalto, aluminio, sulfuro de mercurio, plomo, cadmio, cromo, níquel o titanio. Y algo negativo podría haber para la salud cuando “la Comisión Europea ha publicado recientemente un informe en el que, bajo el título Seguridad de los tatuajes y maquillaje permanente, se alerta de que ciertos componentes de la tinta de los tatuajes pueden liberar sustancias cancerígenas”.

Y a propósito de los futbolistas (ignoro si las féminas que se dedican a ese o a otros deportes hacen lo propio), espejo en el que se miran muchos jóvenes, el escritor Philip Kerr, en su Mercado de invierno, hace reflexionar a su protagonista, un entrenador de fútbol metido a detective ocasional, sobre los tatuajes de alguno de sus jugadores, a los que prohibiría que se horadasen la piel, no porque quiera atentar contra su libertad de impresión sino porque considera que así se preserva a su equipo de lo que él estima como negativo para la práctica del deporte: “Los tatuajes duelen la hostia, y las tintas y los pigmentos pueden estar contaminados y en ocasiones provocan náuseas, granulomas, afecciones pulmonares, infecciones en las articulaciones y problemas oculares”.

Tengo la impresión de que si algunos de los jugadores más floreados hubieran leído el libro en cuestión, además de aprender algo de lo que piensan sus directores técnicos, me imagino que se tentarían la ropa antes de meterle mano a los confines de su cuerpo. Cosa contraria, por supuesto, a lo que piensan las mujeres que salen en este reportaje. Algunas de ellas, en uso de su libérrima voluntad, construyen su transgresora imagen a base de “piercings, dilataciones, melenas coloridas, vestuarios llamativos e incontables grabados corpóreos”. En fin, para gustos, los colores.

Fusión de galaxias

Un año menos en la cuenta atrás. Mucho me temo que me lo voy a perder. Y mi descendencia, supongo que también. Según cuenta el periódico, la astrofísica Amina Helmi estima que en algo menos de 10.000 millones de años nuestra galaxia se fusionará con Andrómeda, otra galaxia gigante cercana. Y dice que “en ese momento, el impacto sobre la Tierra, si todavía existe, va a ser mínimo. Cuando choquemos no notaremos nada. Lo único que se notará es que cambia en el cielo la distribución de estrellas”.

Vamos, como si se mezclan dos huevos en la turmix, que al volcar en el plato el batido no se sabe qué parte del mismo pertenece a cada cual. No entiendo nada de astronomía, ni de agujeros negros, ni de materia oscura. A lo único que me suena todo esto es a Star Wars. Pero esperen sólo diez años para saber algo más sobre estos conceptos tan esotéricos.

Por ejemplo, si se han preguntado alguna vez sobre el origen de la Vía Láctea (alguien dirá y eso qué es lo que es), la respuesta la da la astrónoma argentina: “La idea es que el universo empieza con el Big Bang y durante la etapa inicial del universo hay como fluctuaciones en la densidad, como grumos. Los lugares donde se forman esos grumos, donde se acumula masa, atraen más masa, y se van formando nuevos objetos. La idea fundamental es que las galaxias como la Vía Láctea se formaron por fusión de objetos muy pequeños. Estos objetos están dominados por la materia oscura. Eso atrae gas y del gas se forman estrellas y cuando se fusionan las estrellas por la fuerza de gravitación, se producen galaxias cada vez mayores”.

Fácil, ¿eh? Leyendo la entrevista se da uno cuenta de lo poco que sabemos y de lo mucho que nos queda por aprender. Sin ir más lejos, para combatir los miedos: los personales y los colectivos. Los mass media, transmisores de los valores dominantes en la sociedad, se empeñan en meter miedo a la peña con eventuales choques de trenes de todo tipo: políticos, territoriales, conflictos internacionales, armamento nuclear, etc. La producción cinematográfica, por su parte, hace lo propio con hipotéticos choques violentos de meteoritos o de galaxias. Pero, tranquilos. Que no cunda el pánico. La astronomía está para algo: “No pasa nada. Si te preguntas por las probabilidades de que una estrella choque con otra es la misma que dos mosquitos choquen en el Gran Cañón del Colorado. La mayor parte del espacio está vacío y las estrellas no chocan”.

Año nuevo

A primeros de enero de un año cualquiera,
con amores y nombres ya seleccionados,
con los huesos maduros y a mitad de mi vida
me prometo solemne no sufrir demasiado.

Si me pegan, que peguen,
si me aciertan, me han dado,
y si pierdo en la Rifa
será porque he jugado.

Me fastidian las penas,
me da alegría el enfado,
con el ceño fruncido
parezco un feto raro.
Año nuevo, vida nueva
(¡Qué tópico más sano!)
Nueva luz ilumina
mi ascensor apagado
de subir a deshora,
de estar comunicando,
de hacer la angustia en verso,
de hacer el tonto en vano,
de sembrar mis insomnios
de tachuelas y clavos.

A mitad de mi vida
de par en par sonrisa y puerta abro,
—que no quiero acabar por los pasillos
con el corazón apolillado–.
prometo no volver
a ahogaros en mi llanto,
no volver a sufrir
sin un motivo
muy justificado.

Gloria Fuertes