Barcos de papel

Por su interés, reproduzco íntegramente el artículo (Barcos de papel) publicado en La Marea por María González Reyes:

El juicio finalmente no se celebró. El policía decidió retirar la acusación particular 24 horas antes. La fiscalía ya había pedido el sobreseimiento del caso porque no veía indicio de delito, pero hasta 24 horas antes de las 10 de la mañana del 17 de enero a Diego le pedían tres años de cárcel y 30.000 euros de multa.

Lo que pasó parece más creíble ahora, después de que todo haya pasado, después de que la fiscalía y el policía decidieran que no habría juicio. Antes no, antes mucha gente daba más veracidad a los uniformes que al rostro de Diego. Un rostro de palabras precisas y sonrisa ágil. Lo que pasó es una historia repetida en muchos lugares, no por los hechos en concreto, sino por cómo ocurrió y quiénes la protagonizan. Quizás os suene, aunque nunca hayáis oído hablar del barrio de Coia, en Vigo, ni de un barco en una rotonda, ni de Diego, ni de María, ni de Esther, ni de Manolo Pipas ni de Juan. Os sonará, posiblemente, porque hay muchos barrios con historias parecidas. Historias que no van de un héroe sino de colectividades que consiguen cosas cuando se juntan. Algunas de esas historias, como esta, acaban con una victoria.

Ocurrió que el alcalde de Vigo tuvo la idea de gastarse 600.000 euros en sacar un barco del mar para colocarlo en medio de una rotonda. Como decoración. Y ocurrió que esa rotonda está en un barrio por cuyas calles transita gente en paro, gente sin muchas oportunidades, gente machacada por un sistema que los lleva aplastando desde que nacieron. Gente con rostros y cuerpos que caminan por las calles cansados de injusticia. Gente harta y cansada que se junta con otra gente alrededor de la parroquia del barrio y que construye formas de actuar capaces de desbordar la crudeza social. Gente que construye desde el afecto, el acompañamiento y la búsqueda incesante de la palabra dignidad. Gente cansada y desobediente que se planta en la rotonda para impedir que el alcalde gaste 600.000 euros en decorarla. Gente que no aguanta más y que no va a permitir que se destinen más recursos en sacar un barco del mar que en las personas, con rostro, que caminan por las calles del barrio.

Ocurrió también que las vecinas y vecinos decidieron instalarse en la rotonda para impedir que colocasen el barco y que allí construyeron la resistencia mientras articulaban vínculos, ideas y canciones. Mientras resistían se hacían más fuertes. Ocurrió que un día hubo un forcejeo con la policía y un chico salió corriendo y detrás del chico salió un policía y detrás de ambos Diego, que no quería que la porra o la pistola del policía lastimasen al chaval. Y en la carrera el policía se cayó. Se podía haber caído Diego o el chico. Las personas se caen a veces. Pero el que se cayó fue el policía y los policías no se caen. Siempre hay alguien que les empuja o les agrede. Y eso fue lo que dijo el policía, que Diego le había agredido. Fue el 15 de diciembre de 2014.

Son muchas horas, muchos días, muchos meses desde entonces. Algo más de dos años. A Diego le pedían tres años de cárcel y 30.000 euros de multa porque un policía se tropezó, o quizás se lo pedían porque el movimiento vecinal estaba fuerte contra el sinsentido y querían pararlo. El miedo es un freno eficaz contra la movilización social.

Colocaron el barco en la rotonda. Rodeado de policías y de luces en una noche donde muchas vecinas y vecinos seguían tenaces en su empeño por no callar, por no pensar en una derrota. Gente convencida de que no podían dejar que ganase lo injusto, que una minoría no tiene derecho a preferir lo injusto.

En el barrio de Coia las personas saben cómo saltar por encima del miedo. Aprendieron a mantener el equilibrio como acróbatas funambulistas y se organizaron para que la condena contra Diego no se cumpliera. Hicieron muchas cosas. Dieron ruedas de prensa, recogieron de firmas, escribieron manifiestos y artículos, buscaron imágenes, dieron apoyo emocional, hicieron canciones, escribieron poesía. Tejieron una red grande alrededor de Diego. Hablaron y hablaron y hablaron. Difundieron lo que estaba ocurriendo. Se convencieron y convencieron al resto de que eran capaces de que las palabras de Diego fueran más fuertes que las de un policía. Las luchas se ganan en las calles, en las plazas, en los parques, en las comidas colectivas, en los lugares donde se articula la comunidad. En el barrio de Coia decidieron ganar el juicio contra Diego.

Después de meses de campaña, hicieron un encierro en la parroquia las 48 horas antes de que se celebrara el juicio. Un encierro que terminaría con una marcha para acompañar a Diego hasta los juzgados. El juicio no era solo el juicio de Diego. Las palabras de Diego no eran solo sus palabras. Su lucha no era solo de él. El juicio, las palabras y la lucha eran de la gente del barrio. Eran de la gente que estaba encerrada en la parroquia. Eran de quienes pusieron su firma en el manifiesto de apoyo. Eran de las personas que se sintieron indignadas cuando leyeron la noticia en el periódico. Eran de quienes apoyaron cocinando y colocando carteles. Eran de los que estuvieron cerca de policías con ganas de tropezarse y fueron acusados injustamente. Eran de las que sufren un sistema demoledor contra quienes se levantan desafiantes contra la barbarie. Eran de las que están hartas del sinsentido, de que la vida sea un campo de batalla. Eran (el juicio y las palabras y la lucha) de las personas que pelean por su comunidad, por sus vidas con ganas de justicia, por un mundo más apacible.

24 horas antes de que se celebrara el juicio el policía decidió retirar la acusación. Sin duda la presión social es lo que hizo que decidiera hacerlo. La fuerza colectiva que se mantuvo firme y constante. La victoria de Diego es de cada una de las personas que se movió para poder brindar por su absolución. Esta es una historia que narra una victoria colectiva de gente que se movió por conseguir justicia y lo logró.

En el barrio de Coia construyen (como en otros muchos lugares, ya dijimos que esta historia se parece a muchas otras) lo común como punto de partida y como horizonte de llegada. Y ganaron. A veces, cuando se pelea, se gana.

Tenían previsto terminar el encierro con una marcha que acompañara a Diego hasta los juzgados. No fue así. Construyeron barcos de papel y caminaron hasta la rotonda. Allí colocaron los pequeños barquitos junto a ese otro gigante que, a la vista está, no fue capaz de doblegarlos.

María González Reyes, activista de Ecologistas en Acción y autora del libro Palabras que nos sostienen (Libros en Acción y OMAL, 2016).

Demoler los muros

Hace ahora dos años escribí en el alojamiento anterior de este blog un texto en el que constataba que se me iban terminando las formas de titular los textos referidos a esa brutal manía constructora que les estaba dando a los países que pretenden separarse de sus vecinos más pobres. Y lo había intentado de variadas maneras: La fiebre de los puntos y las rayas; Defensa propia; Dos muros y un deseo; Hagamos caso a Clinton; En primera línea de valla; Vallas, fosos y golf; Ingeniero de muros; A desalambrar; Competencia desleal; La noche de las cuchillas largas; Cuchillas contra el ciclón; Otro muro es posible; Siempre son los mismos; No hay para todos; Soberanía limitada; Antón pirulero. Y es que, en efecto, si ha habido un asunto al que he tenido que recurrir en múltiples ocasiones porque la rabiosa actualidad me lo exigía, ha sido el de los muros. El de las fronteras construidas a golpe de hormigón, de alambre, de concertinas, de púas de acero, de minas antipersona.

Pero ya sabemos que la fiebre viene de lejos (¿No construyeron acaso los chinos, en la antigüedad, la impresionante Gran Muralla para detener a los mongoles? ¿No elevó el Imperio romano, en el norte de Inglaterra, el colosal Muro de Adriano para rechazar a los bárbaros de Escocia?). Ahora, los puntos se han armado con tecnología de última generación (radares, sensores, cámaras de visión nocturna, torretas de vigilancia, etc.) y las rayas se han electrificado y elevado hasta alturas que hacen mortal el intento de traspasarlas. Mientras organismos internacionales preconizan (o preconizaban, veremos qué pasa con el neoproteccionismo norteamericano) la globalización que les viene bien a unos pocos para hacer negocios suculentos con el consumo de muchos y liberan los movimientos de capitales y mercancías, los seres humanos tienen que andar trampeando, cuando no perdiendo la vida, para huir de la miseria y de la represión. En lugar de promover a escala mundial el desarrollo integral de los pueblos más pobres del planeta, se levantan muros, puntos y rayas. Trazados, como decía la canción de Soledad Bravo, “para que mi hambre y la tuya estén siempre separadas”.

Muros y vallas, ignominiosos e inútiles. En uno de mis textos, fechado en 2008, escribía: “Mas será un ejercicio ocioso. Podrán ir acortando, a modo de dique de contención, la distancia que media entre un policía o militar y otro policía o militar. Pero será inútil, porque, del mismo modo que construyen escaleras de mano rudimentarias en pos de la escalera de color azarosa del salto, cavarán túneles que los evitarán o aprovecharán las galerías que otros mamíferos insectívoros, más expertos, hubieren socavado a lo largo de los siglos”. Y esta misma idea se la acabo de leer a Ignacio Ramonet: “Los mongoles pasaron, y también los manchúes, y los caledonianos… Como seguirán pasando, hacia Estados Unidos, los mexicanos, los centroamericanos, los caribeños, los musulmanes… En la eterna dialéctica militar del escudo y la espada, la respuesta a la Gran Muralla de Donald Trump serán los miles de túneles subterráneos que probablemente los parias de la tierra ya están perforando…”.

Con el magnate en la Casablanca, al frente de una plutocracia sin complejos, se ha intensificado en todo el mundo la inquietud por los muros y, sobre todo, por quienes tratan de cruzarlos huyendo de sus respectivas hambres. Pero muchos olvidan, o quieren hacernos olvidar, que en el caso de la barrera fronteriza con México quien empezó la construcción fortificada fue un presidente demócrata, Bill Clinton. Y que el propio Barack Obama, continuó aportando su granito de arena (y hormigón) a tan excelsa obra arquitectónica. Y muchos, hablando mucho del muro de Trump, quieren hacernos creer que no hay otros muros de la vergüenza repartidos por doquier. El propio presidente Rajoy, responsable de haber regulado las devoluciones en caliente y de reforzar las vallas de Ceuta y Melilla con alambre de cuchillas y malla ‘antitrepa’, quiere hacernos creer que la cosa no va con nosotros y, como el que no quiere la cosa, se suelta una de las suyas: “No estoy a favor de vetos ni fronteras“.

Para muchos de nosotros, además del nuestro, hay otros dos muros que nos resultan particularmente vergonzosos, por lo que representan y por el manto de silencio mediático que los cubre. El (inacabable) construido por Israel para separar cualquier asentamiento judío de su vecindad palestina. Y el de Marruecos, de 2700 km de longitud, que encierra el 75 % del territorio saharaui, protegido además por cinco millones de minas compradas por Marruecos a los gobiernos occidentales (entre ellos a España).

La que era secretaria de Estado de EEUU en 2009, Hillary Clinton,  decía con motivo del 20 aniversario del fin de la división artificial de Berlín y de Alemania, que “no hay muro que no podamos derribar” y llamaba a derribar ”los muros del siglo XXI”. La señora Clinton pudo haber comenzado por su propia casa, por los tres mil y pico kilómetros lindantes con México, que comenzó a levantar su marido. Allí, durante el tiempo que estuvo en el poder, hubo más muertos cruzando la frontera que fallecimientos hubo en toda la historia del muro de Berlín. Pero sí, con todo y con eso, hagámosle caso a Clinton: derribemos los muros del siglo XXI. Pero todos. ¿Cuándo empezamos?

La mudanza de los indios

Leía hace algunas semanas el comentario que había hecho en tuíter Esperanza Aguirre sobre la conmemoración de la toma de Granada por los Reyes Católicos, calificando la efeméride como “un día de gloria para los españoles; con el Islam no tendríamos libertad“. Dejando de lado la rancia parafernalia que se hace del hecho histórico –que, por cierto, más que “toma” fue una rendición pactada (las Capitulaciones de Santa Fe), “en donde esos reyes católicos garantizaban reconocer lengua, costumbres, creencias, propiedades, conocimientos y una amplia y destrozada relación de derechos y de libertades, que fueron arrasadas por el fanatismo de la Inquisición y la codicia de los nobles y soberbios católicos castellanos”- pensaba en lo mucho que hay en nuestras fiestas tradicionales de rituales anacrónicos y lo poquísimo que se asume con una mínima crítica nuestro pasado.

Y me viene a la cabeza la verdadera historia de los indígenas americanos, esos a los que Colón llamó indios porque se creía que había llegado a la India. Los mismos indios que, si se cumpliera el lema trumpiano (o trumpista, que diría el historiador Julián Casanova, como sinónimo del populismo de Trump) de América para los americanos, serían los genuinos propietarios de un vasto territorio entre el Atlántico y el Pacífico del norte del continente. Esos indios que nos han presentado en el cine –y en la historia- repetidamente como gente desalmada, cuando no asesina, vengadora e irredenta. Esos indios a los que, todavía hoy, tiene que recordar a la sociedad norteamericana, y vindicar sus luchas, una activista por los derechos humanos, profesora de historia, Angela Davis, que en la reciente marcha de las mujeres contra Donald Trump (Women’s march), dijo lo siguiente: “Reconocemos que somos agentes colectivos de la historia y que la historia no se puede borrar como se borran las páginas web. Sabemos que nos reunimos esta tarde en una tierra indígena y que seguimos los pasos de los primeros pueblos, que, a pesar de haber sufrido una violencia desmesurada, nunca se han dado por vencidos en su lucha por la tierra, el agua, la cultura y su gente. Hoy queremos saludar en especial a los siux de Standing Rock.” Indios, estos últimos, que aún hoy, están sufriendo la agresión de las grandes corporaciones, autorizadas por el gobierno federal, con la construcción de un oleoducto que está teniendo y  puede tener un mayor impacto ambiental por el territorio que atraviesa, en el que habita la tribu mencionada.

Tuvo que ser también otro americano del Norte, Howard Zinn, quien tuviera que investigar y escribir La otra historia de los Estados Unidos, para que nos enterásemos de lo que realmente había acontecido desde el punto de vista de quienes padecieron las injusticias, la exterminación o el sufrimiento. Y es que en todas partes cuecen habas, desde Tito Livio a nuestros días, y no es patrimonio de los españoles que su historia negra –que la tiene- haya sido ocultada, sesgada, tergiversada o mistificada a través de los siglos por las clases gobernantes de cada época.

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Foto: En 1492 los nativos americanos descubrieron a Colón perdido en el mar.

Escribe Zinn: “La ‘mudanza de los indios’ [el término en inglés, removal, quiere decir a la vez mudanza y eliminación], como amablemente la han llamado, despejó el territorio entre los montes Apalaches y el Mississippi para que fuera ocupado por los blancos. Se despejó para sembrar algodón en el Sur y grano en el Norte, para la expansión, la inmigración, los canales, los ferrocarriles, las nuevas ciudades y para la construcción de un inmenso imperio continental que se extendería hasta el Océano Pacífico. El coste en vidas humanas no puede calcularse con exactitud, y en sufrimientos, ni siquiera de forma aproximada. La mayoría de los libros de historia que se dan a los niños pasan de puntillas sobre esta época”.

Vamos, exactamente igual que se hizo con la denominada “conquista” de América por parte de Cristóbal Colón y del resto de “conquistadores”. Zinn lo expresa así:

“Lo que hizo Colón con los arawaks de las Islas Antillas, Cortés lo hizo con los aztecas de México, Pizarro con los incas del Perú y los colonos ingleses de Virginia y Massachusetts con los indios powhatanos y pequotes. Parece ser que en los primitivos estados capitalistas de Europa hubo verdadera locura por encontrar oro, esclavos y productos de la tierra para pagar a los accionistas y obligacionistas de las expediciones, para financiar las emergentes burocracias monárquicas de Europa Occidental, para promocionar el crecimiento de las nuevas economías monetaristas que surgían del feudalismo y para participar en lo que Carlos Marx después llamaría ‘la acumulación primitiva de capital’. Estos fueron los violentos inicios de un sistema complejo de tecnología, negocios, política y cultura que dominaría el mundo durante cinco siglos”.

Y es que la aproximación a la historia, a la nuestra y a la de los demás, se puede hacer desde parámetros de honradez o desde la manipulación más basta, como hace la señora Aguirre, insaciable muestra de lo más rancio y decadente de un cristianismo fanático y de una derecha enajenada en las antípodas del mensaje y de la vida del Rabí Jesús de Nazareth.

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Merece la pena reproducir la declaración de principios que hace Howard Zinn en el capítulo 1º del mencionado libro, que vendría a ser el abecé de lo que, a mi juicio, debería hacer un historiador a la hora de enfrentarse al pasado:

“Mi punto de vista, al contar la historia de los Estados Unidos, es diferente: no debemos aceptar la memoria de los estados como cosa propia. Las naciones no son comunidades y nunca lo fueron. La historia de cualquier país, si se presenta como si fuera la de una familia, disimula terribles conflictos de intereses (algo explosivo, casi siempre reprimido) entre conquistadores y conquistados, amos y esclavos, capitalistas y trabajadores, dominadores y dominados por razones de raza y sexo. Y en un mundo de conflictos, en un mundo de víctimas y verdugos, la tarea de la gente pensante debe ser – como sugirió Albert Camus- no situarse en el bando de los verdugos”.

“Así, en esa inevitable toma de partido que nace de la selección y el subrayado de la historia, prefiero explicar la historia del descubrimiento de América desde el punto de vista de los arawaks, la de la Constitución, desde la posición de los esclavos, la de Andrew Jackson, tal como lo verían los cherokees, la de la Guerra Civil, tal como la vieron los irlandeses de Nueva York, la de la Guerra de México, desde el punto de vista de los desertores del ejército de Scott, la de la eclosión del industrialismo, tal como lo vieron las jóvenes obreras de las fábricas textiles de Lowell, la de la Guerra Hispano-Estadounidense vista por los cubanos, la de la conquista de las Filipinas tal como la verían los soldados negros de Luzón, la de la Edad de Oro, tal como la vieron los agricultores sureños, la de la Primera Guerra Mundial, desde el punto de vista de los socialistas, y la de la Segunda vista por los pacifistas, la del New Deal de Roosevelt, tal como la vieron los negros de Harlem, la del Imperio Americano de posguerra, desde el punto de vista de los peones de Latinoamérica. Y así sucesivamente, dentro de los límites que se le imponen a una sola persona, por mucho que él o ella se esfuercen en “ver” la historia desde otros puntos de vista”.

“Mi línea no será la de llorar por las víctimas y denunciar a sus verdugos. Esas lágrimas, esa cólera, proyectadas hacia el pasado, hacen mella en nuestra energía moral actual. Y las líneas no siempre son claras. A largo plazo, el opresor también es víctima. A corto plazo (y hasta ahora, la historia humana sólo ha consistido en plazos cortos), las víctimas, desesperadas y marcadas por la cultura que les oprime, se ceban en otras víctimas.”

“No obstante, teniendo en cuenta estas complejidades, este libro contemplará con escepticismo a los gobiernos y sus intentos, a través de la política y la cultura, de engatusar a la gente ordinaria en la inmensa telaraña nacional, con el camelo del “interés común”. Intentaré no obviar las crueldades que las víctimas se hacen unas a otras mientras las meten apretujadas en los furgones del Sistema. No quiero mitificarlas. Pero sí recuerdo (echando mano de una paráfrasis aproximada) una declaración que una vez leí “El grito de los pobres no siempre es justo, pero si no lo escuchas, nunca sabrás lo que es la justicia”.”

“No quiero inventar victorias para los movimientos populares. Pero el hecho de pensar que los escritos sobre historia tan sólo tienen como finalidad recapitular los fallos que dominaron el pasado es convertir a los historiadores en colaboradores de un ciclo interminable de derrotas. Si la historia tiene que ser creativa -para así anticipar un posible futuro sin negar el pasado- debería, creo yo, centrarse en las nuevas posibilidades basándose en el descubrimiento de esos episodios olvidados del pasado en los que, aunque sólo sea en breves pinceladas, la gente mostró una capacidad para la resistencia, para la unidad y, ocasionalmente, para la victoria. Estoy suponiendo -o quizás tan sólo anhelando- que nuestro futuro se pueda encontrar en los furtivos momentos de compasión que hubo en el pasado antes que en los densos siglos de guerra.”

“Esta es, expresada de la manera más directa que sé, mi actitud ante la historia de los Estados Unidos. Conviene que el lector lo sepa antes de proseguir.”

Ocho hombres, ocho

Todas las personas que están detrás de una cifra tan espectacular como la de 3.600.000.008 nacieron del mismo modo. Las parieron sus madres, aunque el parto pudiera ser normal, o vaginal instrumental, o por cesárea. Pero las similitudes terminan ahí. Unas pudieron tener atención clínica especializada. Otras nacieron en su domicilio con la ayuda de una comadrona o un partero, o sin ayuda de especialista alguno. A otras se les complicó el parto pero salieron adelante por disponer de una asistencia sanitaria adecuada o por puro azar. Muchas de ellas, las más pobres, lograron nacer, superar la tasa de mortalidad en el parto existente en su país de origen, que aunque haya caído notablemente en los últimos 25 años sigue dependiendo de la pobreza del entorno, y crecer lo suficiente para vivir su existencia en condiciones precarias y en riesgo permanente de hambrunas, de sed, de guerras y de todo tipo de epidemias y enfermedades.

Pero de esa cifra tan enorme de personas el último dígito, el ocho, es el que determina en gran medida el presente y el futuro del resto. Porque, en efecto, ocho personas acumulan la misma riqueza que todas las demás, condicionando con el poder que les otorga esa posición financiera y social el devenir de pueblos y de personas por todo el planeta. Son todos hombres: Bill Gates, de Microsoft; Amancio Ortega, de Inditex; Warren Buffett, mayor accionista de Berkshire Hathaway; Carlos Slim, propietario del Grupo Carso; Jeff Bezos, de Amazon; Mark Zuckerberg, de Facebook; Larry Ellison, de Oracle; y Michael Bloomberg, de la agencia de información económica y financiera Bloomberg.

Los datos de Oxfam son incontestables y tremendos. La brecha entre ricos y pobres aumenta en cada informe anual de modo exponencial y, como señala la directora ejecutiva de esta ONG, “cuando una de cada diez personas en el mundo sobrevive con menos de 2 dólares al día, la inmensa riqueza que acumulan tan sólo unos pocos resulta obscena”.

Hay que repetir la cifra para que se nos quede grabada en nuestro particular disco duro. Hagamos la prueba. Sumemos la riqueza de la mitad de la población mundial. O, lo que es lo mismo, de tres millones seiscientas mil personas. Tomadas de una en una: una, dos, tres… cien… mil… diez mil… cien mil… un millón… cien millones… quinientos millones… mil millones… dos mil millones… tres mil millones… tres mil seiscientos millones. Su total acumulado es igual al monto total del que disponen ocho hombres: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete y ocho. En otras palabras, todo lo que pudieran llegar a acumular 3.600.000.000 de seres humanos tendría el mismo valor de lo que en dinero en efectivo, en bienes y servicios, en acciones, en fondos de inversión, en grandes empresas y corporaciones y, en suma, en futuro y en poder, tienen esos ocho individuos.

No creo que baste con que al Papa Francisco le “preocupe” la desproporción económica mencionada. O con que denuncie que  en el “centro del sistema económico está el dios dinero”. Es que año tras año se repiten las mismas cifras, pero cada vez a peor. ¿Es que acaso es demagogia constatar la desigualdad indecente e injusta que denotan las cifras que he citado? No lo es. Por mucho que los voceros del status quo acusen a quienes osen cuestionarlo con datos y cifras como las apuntadas. Porque, estoy convencido, otro mundo sería posible si los seres humanos nos diésemos cuenta de que está en nuestras manos ir produciendo los cambios oportunos que mitiguen la injusticia criminal que se deriva de ese reparto de la riqueza mundial. ¿Cómo? Susan George, fundadora de ATTAC, nos da una pista: “Tenemos que actuar como si otro mundo fuese posible. Si no actuamos, entonces sí será imposible”. Pongamos sólo dos ejemplos de granitos de arena que podemos aportar: negando el voto a quienes no promuevan en sus programas y en su acción política los cambios precisos para revertir el actual orden establecido; o denunciando los conciliábulos de los grandes ricos y poderosos del mundo, de las grandes corporaciones, en foros como el de Davos, el del Club Bilderberg, el de la Trilateral, o el del G7… O, pongamos otro ejemplo más: no saliendo en defensa de algunos de esos poderosos, como si fueran algo propio, cuando se denuncian las condiciones precarias con las que explotan sus negocios precisamente en los países con más carencias y pobreza, esos en los que sobreviven la inmensa mayoría de las tres mil seiscientos millones de personas restantes.

Pan, techo, luz y gas

Ayer, por primera vez en mi vida, llamaron a la puerta de casa. Un señor, que no respondía a los patrones tradicionales de la clásica mendicidad, me pidió una ayuda (“aunque sea un céntimo”) para “pagar la luz”. Hace años, muchos años, las asociaciones de vecinos, por mucho menos que ahora, tenían la capacidad de montar un pollo en toda España para reivindicar, por ejemplo, la subida del pan y la carestía de la vida. Cierto que eran otros tiempos. Cierto que a esas necesidades básicas se sumaban otras, como eran las de las libertades políticas, la amnistía, y un etcétera en el que transversalmente podía confluir mucha gente. Pero no es menos cierto que hoy, ahora, la carestía de la vida, en relación con la prácticamente nula subida de salarios y pensiones, la subida de la luz y la energía en general, están haciendo insoportables el presente y el futuro de millones de personas.

¿Dónde está la movilización que está demandando la sociedad para frenar y revertir los desmanes de los poderosos? ¿Qué partido, o partidos, movimiento vecinal o sociedad civil está convocando a la población, como ha hecho el movimiento de mujeres en todo el mundo (women’s march), a parar y revertir este estado de cosas? ¿Hasta cuándo vamos a consentir este atropello, manipulado y falseado desde los medios de comunicación, sus voceros y los voceros del oligopolio responsable? Es hora de salir a las calles, decir que ya basta, que si desde la esfera de la política no nos defienden, desde la sociedad civil debemos ser autosuficientes para conseguir una solución justa a nuestras reivindicaciones, que son derechos humanos: pan, techo, luz y gas.  pan

El Buen Morir

En mi anterior post me hacía eco de un artículo que hablaba del Buen Vivir (BV). Un concepto que se define como vida plena e implica la armonía interna de las personas, con la comunidad y con la naturaleza. Comparto la teoría del BV de la misma manera que, en el envés de la moneda que es la vida, estoy completamente a favor del, digamos, Buen Morir (BM). Es bastante paradójico que tener un BM sea una aspiración de una inmensa mayoría de personas y que, sin embargo, sea un tema quasi tabú en los grandes medios de comunicación. Aunque las obviedades resultan difíciles de explicar, no conozco a nadie, aunque sé que puede haberlo, que no quiera tener una muerte digna cuando todo está perdido y no hay esperanzas de prolongar la vida en condiciones aceptables para la propia persona y para su entorno familiar.

Es lamentable que a estas alturas del devenir histórico todavía haya que explicar que el “derecho a la vida que protege la Constitución lleva aparejado el deber de respetar la vida ajena, pero no el deber de vivir contra la propia voluntad en condiciones penosas”, como dice esta experta de asociación Derecho a Morir Dignamente (DMD), quien añade:

«El Estado debe proteger la vida, pero no imponer el deber de vivir en todas las circunstancias. Nuestra asociación tiene el fin primordial de promover el derecho de toda persona a disponer con libertad de su cuerpo y de su vida y a elegir, libre y legalmente, el momento y los medios para finalizarla. Defendemos el derecho de los enfermos terminales e irreversibles a morir pacíficamente y sin sufrimientos, si éste es su deseo expreso».

En este asunto, como en tantos otros que han tenido como protagonista al cuerpo humano, la religión ha sido un freno cuando no un obstáculo insalvable para gobernantes y políticos a la hora de legislar. Sería plausible que la voluntad reformadora del papa Francisco también en esto supusiera un avance en el pensamiento religioso anacrónico. Es muy lamentable e inconcebible que la ley no defienda nítidamente “la libertad de toda persona a decidir el momento y forma de finalizar su vida, especialmente, cuando padece un deterioro irreversible y un sufrimiento insoportable”. De ahí que entre los objetivos de DMD estén los de influir en los partidos políticos para que se legisle sobre la eutanasia y que el suicidio asistido sea eliminado del Código Penal.

Y eso que aquí todavía estamos lejos de la legislación más avanzada que hay en otros países de nuestro entorno. En Holanda, por ejemplo, donde ya existe una ley de eutanasia que goza del apoyo mayoritario de la sociedad, hay un debate abierto sobre incluir un nuevo supuesto que contemple si pueden acabar con su ciclo vital quienes lo consideren completo.  Como se dice en esta información, “más obvio es preguntarse si los que sientan que su vida concluirá con gran dolor, y serán una carga (también por culpa de un sistema de cuidados degradado) pueden terminar cuando todavía no sufren tanto, ni son un peso para ellos mismos y para los demás”. A mi juicio, el BM también implicaría que se regulara la ayuda a morir de las personas que aleguen “cansancio vital”, sin enfermedad o dolores insoportables, como ya se están planteando las autoridades holandesas.

Mientras tanto, mientras todo llegue y mientras se lo piensen nuestros políticos, que tendrían la obligación de hacer normal en las leyes lo que en la calle es normal, tenemos una herramienta a nuestro alcance, muy limitada, pero que en este mundo posibilista del algo-es-mejor-que-nada, supone un escape para situaciones personales difíciles. Se trata del Testamento Vital, regulado por la ley de autonomía del paciente. Bien es verdad que en ocasiones el BM, o el morir bien, depende del médico que te toque y del grado de comprensión que muestre a los derechos del paciente al final de su vida.

——–
P.S. Una vez redactado este texto, me entero de que el grupo confederal de Unidos Podemos ha presentado una proposición de ley para regular la eutanasia. Veremos quién y por qué apoya o se opone a su toma en consideración. Aquí les dejo el youtube de presentación.

La casa común, maltratada

¿Qué es el Buen Vivir?

“El Buen Vivir (BV) se entiende como el goce efectivo de los derechos de las personas, comunidades, pueblos y nacionalidades, y el ejercicio de sus responsabilidades, en un marco de democracia participativa, convivencia armónica ciudadana y convivencia armónica con la naturaleza, en el que prevalece el bien común y el interés general. La convivencia armónica ciudadana comprende la interculturalidad, el respeto a las diversidades y el respeto a la dignidad de las personas y las colectividades. La vida armónica con la naturaleza implica la garantía de sus derechos. Por un lado, el derecho a que se respete integralmente su existencia y el mantenimiento y regeneración de sus ciclos vitales, estructura, funciones y procesos evolutivos. Y, por otro lado, el derecho a la restauración en caso de haber sido afectada. Así, el BV tiene que ver con los derechos de las personas, los derechos colectivos y los derechos de la naturaleza.”

“Una economía para el BV debe definirse en términos sustantivos, es decir, de tal forma que la economía no esté aislada de la sociedad y de la naturaleza y se priorice el sustento antes que la escasez. Es necesariamente una economía integrada o arraigada a la sociedad y la naturaleza, una economía social y ecológica.”

“El BV a través del principio de suficiencia limita la creación de riqueza: obtener de la naturaleza sólo lo necesario para la subsistencia. Esto impone el vivir una vida con simplicidad, sin un exceso de acumulación material que ponga en riesgo los derechos de la naturaleza. De hecho, la abundancia que se ha logrado actualmente en el mundo sería suficiente para satisfacer las necesidades básicas de toda la población mundial. En el BV las justificaciones para limitar la riqueza son la existencia de desigualdades económicas que rompen la armonía social y la acumulación de riqueza que afecta la armonía con la naturaleza. El compartir los excedentes aparece como un deber moral de los ricos. Las grandes desigualdades del ingreso y la riqueza afectan la armonía social en la comunidad.”

El clima como bien común

“Muchos de aquellos que tienen más recursos y poder económico o político parecen concentrarse sobre todo en enmascarar los problemas o en ocultar los síntomas, tratando sólo de reducir algunos impactos negativos del cambio climático. Pero muchos síntomas indican que esos efectos podrán ser cada vez peores si continuamos con los actuales modelos de producción y de consumo. Por eso se ha vuelto urgente e imperioso el desarrollo de políticas para que en los próximos años la emisión de dióxido de carbono y de otros gases altamente contaminantes sea reducida drásticamente, por ejemplo, reemplazando la utilización de combustibles fósiles y desarrollando fuentes de energía renovable. En el mundo hay un nivel exiguo de acceso a energías limpias y renovables.”

La cuestión del agua

“Mientras se deteriora constantemente la calidad del agua disponible, en algunos lugares avanza la tendencia a privatizar este recurso escaso, convertido en mercancía que se regula por las leyes del mercado. En realidad, el acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico, fundamental y universal, porque determina la sobrevivencia de las personas, y por lo tanto es condición para el ejercicio de los demás derechos humanos. Este mundo tiene una grave deuda social con los pobres que no tienen acceso al agua potable, porque eso es negarles el derecho a la vida radicado en su dignidad inalienable. Esa deuda se salda en parte con más aportes económicos para proveer de agua limpia y saneamiento a los pueblos más pobres.”

Pérdida de biodiversidad

“Mencionemos, por ejemplo, esos pulmones del planeta repletos de biodiversidad que son la Amazonia y la cuenca fluvial del Congo, o los grandes acuíferos y los glaciares. No se ignora la importancia de esos lugares para la totalidad del planeta y para el futuro de la humanidad. Los ecosistemas de las selvas tropicales tienen una biodiversidad con una enorme complejidad, casi imposible de reconocer integralmente, pero cuando esas selvas son quemadas o arrasadas para desarrollar cultivos, en pocos años se pierden innumerables especies, cuando no se convierten en áridos desiertos. Sin embargo, un delicado equilibrio se impone a la hora de hablar sobre estos lugares, porque tampoco se pueden ignorar los enormes intereses económicos internacionales que, bajo el pretexto de cuidarlos, pueden atentar contra las soberanías nacionales. De hecho, existen «propuestas de internacionalización de la Amazonia, que sólo sirven a los intereses económicos de las corporaciones transnacionales». Es loable la tarea de organismos internacionales y de organizaciones de la sociedad civil que sensibilizan a las poblaciones y cooperan críticamente, también utilizando legítimos mecanismos de presión, para que cada gobierno cumpla con su propio e indelegable deber de preservar el ambiente y los recursos naturales de su país, sin venderse a intereses espurios locales o internacionales.”

Inequidad planetaria

“Quisiera advertir que no suele haber conciencia clara de los problemas que afectan particularmente a los excluidos. Ellos son la mayor parte del planeta, miles de millones de personas. Hoy están presentes en los debates políticos y económicos internacionales, pero frecuentemente parece que sus problemas se plantean como un apéndice, como una cuestión que se añade casi por obligación o de manera periférica, si es que no se los considera un mero daño colateral. De hecho, a la hora de la actuación concreta, quedan frecuentemente en el último lugar. Ello se debe en parte a que muchos profesionales, formadores de opinión, medios de comunicación y centros de poder están ubicados lejos de ellos, en áreas urbanas aisladas, sin tomar contacto directo con sus problemas. Viven y reflexionan desde la comodidad de un desarrollo y de una calidad de vida que no están al alcance de la mayoría de la población mundial. Esta falta de contacto físico y de encuentro, a veces favorecida por la desintegración de nuestras ciudades, ayuda a cauterizar la conciencia y a ignorar parte de la realidad en análisis sesgados. Esto a veces convive con un discurso «verde». Pero hoy no podemos dejar de reconocer que un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres.”

Deuda ecológica

“La deuda externa de los países pobres se ha convertido en un instrumento de control, pero no ocurre lo mismo con la deuda ecológica. De diversas maneras, los pueblos en vías de desarrollo, donde se encuentran las más importantes reservas de la biosfera, siguen alimentando el desarrollo de los países más ricos a costa de su presente y de su futuro. La tierra de los pobres del Sur es rica y poco contaminada, pero el acceso a la propiedad de los bienes y recursos para satisfacer sus necesidades vitales les está vedado por un sistema de relaciones comerciales y de propiedad estructuralmente perverso. Es necesario que los países desarrollados contribuyan a resolver esta deuda limitando de manera importante el consumo de energía no renovable y aportando recursos a los países más necesitados para apoyar políticas y programas de desarrollo sostenible. Las regiones y los países más pobres tienen menos posibilidades de adoptar nuevos modelos en orden a reducir el impacto ambiental, porque no tienen la capacitación para desarrollar los procesos necesarios y no pueden cubrir los costos.”

La debilidad de las reacciones

“Estas situaciones provocan el gemido de la hermana tierra, que se une al gemido de los abandonados del mundo, con un clamor que nos reclama otro rumbo. Nunca hemos maltratado y lastimado nuestra casa común como en los últimos dos siglos. Llama la atención la debilidad de la reacción política internacional. El sometimiento de la política ante la tecnología y las finanzas se muestra en el fracaso de las Cumbres mundiales sobre medio ambiente. Hay demasiados intereses particulares y muy fácilmente el interés económico llega a prevalecer sobre el bien común y a manipular la información para no ver afectados sus proyectos.”

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Nota.-
Los tres primeros párrafos pertenecen a un artículo de la FUHEM Ecosocial sobre la noción del Buen Vivir, incorporada a la Constitución del Ecuador del año 2008. Ese concepto surge en un contexto mundial de gran preocupación por la sostenibilidad del planeta, amenazada fundamentalmente por el calentamiento global.

El resto de epígrafes no corresponden a las tesis ni al programa de ningún grupo ecologista o político concreto. Están entresacados de la Encíclica Laudatio Si, del Papa Francisco, sobre el cuidado de la casa común. No me extraña que el Pontífice, por esta y por otras materias, tenga tantas resistencias en el seno de su propia iglesia. Estoy seguro de que alguno de mis lectores, que frecuente las sedes de esa confesión religiosa, podrá comprobar si en ellas se hace o no referencias a los posicionamientos políticos que se desprenden de la carta pastoral del Papa que vive en Roma. En mi opinión de ciudadano ajeno a ese mundo confesional y a tenor de las declaraciones que trascienden a los medios de comunicación de la curia diocesana, por lo común bastante retrógradas, pareciera que sus preocupaciones distarían mucho de las que denota el texto papal, en gran medida coincidentes con las grandes corrientes de pensamiento y de acción política comprometidas con la consecución de un mundo mejor.