Dime con quién andas

Así terminaba un tuit de Javier Valenzuela (@cibermonfi) que hacía referencia a la noticia de que un nuevo accionista del grupo PRISA financia desde Panamá a organizaciones de la ultraderecha israelí.

Repliqué el tuit de Valenzuela (que llegó a ser director adjunto del diario El País, en el que trabajó durante 30 años) comenzándolo con el corolario que se deducía de la frase con la que él lo terminaba: … y te diré cómo, cuándo y de qué informas. Y es que ahí está el meollo de la cuestión, que no por obvio conviene ignorar: la propiedad de un medio de comunicación determina no solo la línea editorial (recordemos, la opinión legítima de un medio sobre cualquier asunto) sino que hace intocables a los dueños, accionistas y anunciantes de ese medio y cualquier asunto relacionado con la actividad que esta tríada de poderosos desarrolle será pasada por el tamiz de sus conveniencias e intereses personales, corporativos o ideológicos.

Como ya escribí en este blog (La banca siempre gana), esa es la característica fundamental de la información en la época actual. Porque, siendo evidente que nadie tiene un medio para perjudicarse a sí mismo y que nadie, en ningún medio, va a publicar portadas que perjudiquen a su propietario, si –como en el caso del grupo PRISA- en la propiedad mancomunada hay un banco, o dos, o tres y varios fondos de inversión, resulta prácticamente imposible informar con un mínimo de rigor de cualquier cosa en la que tengan intereses esas instituciones financieras. Y los bancos, quiérase o no, como decía el periodista Pere Rusiñol, también empleado durante una época en el periódico de referencia de ese grupo mediático, en el que llegó a ser redactor jefe, no sólo dan dinero y créditos, sino que, como consecuencia de la crisis y de las deudas inasumibles que habían generado, conmutaron deuda por capital y se quedaron con prácticamente todos los sectores y ahora son los principales propietarios de los grandes medios.

Y este periodista ponía el ejemplo de La Caixa, en el accionariado de PRISA y a su vez accionista de Telefónica, Abertis, Gas Natural, Repsol… Por tanto, a la hora de informar de los desahucios, de las preferentes, de las pensiones , de la sanidad, de la educación y de un largo etcétera, esos medios deberán tener siempre presente que entre sus propietarios están los bancos, que tienen intereses directísimos en todos y cada uno de los sectores señalados.

En definitiva, cualquier asunto que afecte a la vida cotidiana de las personas, en el orden social, económico, político, ambiental, cultural, tendrá que pasar por los filtros de los consejos de redacción y de la multitud de cargos del medio (directores, subdirectores, adjuntos, jefes de redacción, responsables de la opinión que se publicita en el periódico o de la selección de tertulianos), cooptados por su fidelidad a la causa… empresarial.

Y cuando en el grupo -en donde hay buenos profesionales y no falta la inteligencia- se percibe no sólo un filón a explorar sino la posibilidad de arrebatar el protagonismo a quienes impulsan un proceso de cambio en la sociedad y, de paso, desactivar el gen transformador de los movimientos sociales, que pone en peligro o, al menos, cuestiona el status quo, entonces funciona como lo hace el establishment en cualquier parte del globo: asumiendo y apropiándose de los valores del cambio, aunque de forma tan sutil* que hasta parece plausible, poniéndose al frente de ellos en muchos casos, facilitando a sus empleados de renombre que encabecen –desde el privilegio de disponer de los púlpitos que otros carecen- esos procesos de cambio, organizando debates que, aunque estén amañados, den la sensación de pluralismo, editorializando sobre el particular y, en suma, apareciendo como adalides del movimiento que otros iniciaron e implementaron. Todo ello para, al día o a la semana siguiente, olvidarse del asunto, ningunear a quienes antes criticaron a modo u osen capitalizar la movida y dar voz cuasi exclusiva a quienes hayan ungido como sus portavoces en la esfera político-institucional, esto es a quienes en cada momento mejor defiendan los intereses corporativos de la propiedad, es decir, de la banca. Y a otra cosa mariposa.

Hagan ustedes un ejercicio empírico a modo de ejemplo. Un análisis de texto no demasiado exhaustivo. Para verificar o desechar los eventuales juicios de valor que aquí se utilizan. Fíjense en la línea editorial que se colige a partir de lo que se publica o se silencia en el diario El País con relación a dos partidos emergentes: Podemos y Ciudadanos. Partidos ambos que han venido a trastocar el bipartidismo que ha funcionado durante décadas en este país y que tan rentables frutos en su alternancia ha ofrecido al establishment nacional, del que los medios de comunicación son una parte esencial.

En mi experiencia lectora, subjetiva, obviamente, y sujeta por ende a estar equivocada pero que en todo caso puede contrastarse con la hemeroteca, la estrategia editorial seguida con Podemos se resume en dos conceptos: ningunear (utilícese alternativamente las expresiones minimizar, minusvalorar, disminuir, empequeñecer o desdeñar) y desprestigiar. Con el primero se pretende a mi modo de ver lo siguiente: ninguna de sus propuestas en positivo tendrán eco en el periódico, salvo que no quede más remedio por ser informativamente insostenible su no publicación. Y aún en este caso, si hubiese un aspecto negativo, uno solo, por nimio que fuere, que se pudiese resaltar, tomará preponderancia sobre el resto del cuerpo informativo. Con el segundo: cualquier noticia de esa formación, de sus propuestas, de la relación con sus socios o confluencias, o que tengan que ver con la dirigencia o la militancia de la misma, aunque fuere insustancial pero suponga una nota negativa para la imagen de esa formación, será publicada con tintes de exclusiva mundial: irá a portada de periódico o a página par y sus caracteres de impresión no pasarán desapercibidos para sus lectores.

Con Ciudadanos es bastante fácil inferir el tratamiento que recibe del grupo empresarial: el contrario al de Podemos. Esto es, agigantar, enfatizar, dar voz diariamente y publicar metódicamente cualquier noticia, información, propuesta o declaración que provenga de esa formación. Al margen, por supuesto, de su mayor, menor o nula relevancia informativa. Realzando los aspectos positivos que eventualmente tuviesen y silenciando cualquier información que pudiese afectar en negativo a la imagen partidaria.

Ejemplos para ilustrar ambos tratamientos los hay a porrillo. Ustedes mismos se habrán dado cuenta. Dejo una segunda parte del ejercicio a los estudiantes de periodismo y aficionados a la lectura de prensa. A mí me fueron de utilidad en otros tiempos. Lean, recopilen y comparen los tipos de verbos, los sintagmas verbales utilizados en los titulares de las noticias que se refieran a estos dos partidos, si bien en uno de ellos las informaciones se personalizan en su líder (Pablo Iglesias impone, amenaza, excluye, veta, fulmina, rechaza, advierte, acusa…) y en el otro se referencian colectivamente al nombre del partido (Ciudadanos propone, se consolida, encabeza, pone manos a la obra, dispara sus inscritos, afronta el reto, logra penetrar, crece, pacta, amplía su ventaja, activa…).

El corolario de este ejercicio filológico, semiótico o periodístico debería indicarnos cuál de los dos partidos llega a cuestionar el poder del grupo empresarial aludido y cuál es el preferido de dicho grupo. Los hechos sintácticos y no los prejuicios ideológicos darían la respuesta técnica y rigurosa a ese pequeño trabajo de análisis.

Es un axioma en el periodismo que la independencia económica da la independencia ideológica. Y, sensu contrario, la dependencia de los periódicos de unos poderes cuasi absolutos, como son los de la banca (que la experiencia demuestra que siempre gana, no se olvide), exige a cambio en una gran parte, la que afecta a los intereses más primarios de las personas, una contraprestación ideológica que se vehicula en el tipo de información que se ofrece a la sociedad. Como escribía Javier Valenzuela (¿Borbonea Felipe VI?), que algo de esto debe de saber, haciendo referencia a un reciente editorial del británico Times: “tiene bemoles que el diario londinense dijera lo que no es capaz de decir ningún diario impreso español. Dice mucho sobre la mediocridad y el servilismo aquí imperantes”.


* La falta de sutileza, por el contrario, a la hora de, por ejemplo, apropiarse de los movimientos sociales se da en otros medios con toda crudeza. Así, la revista Pronto, la más vendida de España, con un público mayoritariamente femenino, no se corta un pelo en señalar a las que considera artífices de la gran movilización feminista del 8M. ¡Ahí es ná!

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Refugiados

¿De arriba abajo o de abajo arriba?

Este poema se puede leer de las dos maneras. ¿Cuál es la tuya?

Refugiados

No necesitan nuestra ayuda

De modo que no me digas que

Estas caras demacradas podrían ser la tuya o la mía

Si la vida nos hubiera tratado de otro modo

Hemos de verlos por lo que realmente son

Oportunistas y gorrones

Vagabundos y holgazanes

Con bombas bajo la manga

Asesinos y ladrones

No son

Bienvenidos aquí

Tendríamos que hacerles

Volver al lugar de donde han venido

No pueden

Compartir nuestra comida

Compartir nuestros hogares

Compartir nuestros países

En vez de esto, decimos:

Construyamos un muro para que se queden fuera

No está bien decir

Esta gente es como nosotros

Un lugar debería ser únicamente para los allí nacidos

No seas tan estúpido como para pensar que

El mundo se puede mirar de otra manera

FundiPau Autor: Brian Bilston

 

Por qué paran las mujeres

Alguien podrá confundir los verbos porque, en efecto, las mujeres también paren. Y parir no sólo es alumbrar una criatura sino “hacer salir a luz o al público lo que estaba oculto o ignorado”. Y entre ambos sintagmas verbales anda el juego. Porque ahora se trata de parar, de hacer huelga, pero también de dar a conocer lo que la sociedad todavía no reconoce: los abusos, la desigualdad y la injusticia que padecen las mujeres en una sociedad heteropatriarcal (en la wikipedia se explica claramente el concepto que tanto pone de los nervios a muchos de los machotes o filólogos de nuevo cuño que se indignan con el lenguaje inclusivo).

Curiosamente, el término de huelga no figura entre las múltiples acepciones que da el DRAE al vocablo parar (me pregunto si la Academia le tiene alergia a la realidad). La más cercana podría ser la 11ª (“cesar en el movimiento o en la acción”), pero también se podría optar por la 20ª: “Ejecutar una acción con atención y sosiego”. No sé si con sosiego o con indignación (más bien creo que no faltan razones para lo segundo), lo cierto y verdad es que las mujeres se proponen parar el próximo 8 de marzo. Concretamente, se llama a una huelga en cuatro ámbitos, el de los cuidados, el del consumo, el del mundo laboral y la educativa. Las razones se motivan claramente en el manifiesto de la huelga feminista, que no es el del Podemos, como dicen los peperos, acostumbrados durante decenios a culpar al comunismo y ahora al podemismo de todo lo que huela a democracia, sino el de una coordinadora de todo el movimiento feminista del Estado, en coordinación con la movilización que se producirá, sin duda alguna, a nivel internacional. Hay otras, o similares razones para apoyar la huelga del 8M. Por ejemplo, las que recoge el editorial que reproduzco a continuación de CTXT (Nosotras paramos. Razones por las que CTXT apoya la huelga del 8M. Añade la tuya).

1. Nosotras paramos porque, según Naciones Unidas, ganamos un 23% menos que los hombres en todo el mundo, en lo que la ONU considera “el mayor robo de la historia”.
2. Paramos porque en España cobramos un 30% menos que nuestros compañeros –unos 4.745 euros menos al año–, según datos de la Agencia Tributaria.
3. Paramos porque la tasa de paro entre las mujeres en España es del 18,35%, frente al 14,97% de los hombres, según la última EPA. Y porque somos 126.000 paradas más, pese a haber 1,54 millones de mujeres menos en la población activa.
4. Paramos porque en 2017 España ha creado el 60% de todo el empleo temporal femenino precario de la Unión Europea, según Eurostat. Y porque el 24% de las ocupadas tiene un contrato a tiempo parcial, frente al 7% de los trabajadores masculinos.
5. Paramos porque la cuantía media de nuestras pensiones de jubilación es de 742, 81 euros, 454,38 euros menos –el 37,95 %–  que las de los hombres, según un informe de UGT de enero de 2017.
6. Paramos porque el 81% de los casi dos millones de hogares monoparentales que se calculan en España están encabezados por una mujer, según la Fundación Adecco. Y porque la mitad de estas familias está en riesgo de exclusión.
7. Paramos porque el tiempo que dedicamos a los trabajos sin remuneración casi duplica al de los hombres. Y porque el 90% de las amas de casa somos mujeres.
8. Paramos porque de los 1,3 millones de cuidadores que hacen gratis ese trabajo en España, el 80% somos mujeres. Y porque según un estudio de la Universidad de Castilla-La Mancha el coste invisible de cuidar a los familiares dependientes alcanzaría el 5% del PIB.
9. Paramos porque, entre 2008 y 2015, 2.484 mujeres, casi una al día, han sufrido acoso sexual laboral en España, según datos de la Inspección de Trabajo.
10. Paramos porque en España miles de mujeres son violadas cada año, y según los datos de Interior, se denuncia de media una violación cada ocho horas desde 2009. Y porque esos datos, lejos de mejorar, siguen estables y son solo la punta del iceberg: según la Macroencuesta realizada por Igualdad en 2016, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado solo tienen conocimiento de la violencia de género en el 26,8% de los casos.
11. Paramos también porque, ocho de cada diez veces, el autor de esa agresión fue un conocido (47,1%) o un pariente (23,2%), y porque los poderes públicos siguen sin hacer nada para frenar la cultura de la violación entre los jóvenes.
12. Paramos porque una de cada cinco mujeres españoles sufre acoso en las redes sociales, según Amnistía Internacional.
13. Paramos porque casi dos de cada tres jóvenes españoles (27,4%) de entre 15 y 29 años considera que la violencia de género es una “actitud normal” en las relaciones de pareja, según la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción.
14. Paramos por los techos de cristal, por la desigualdad en la ciencia, en el deporte, en los medios de comunicación, en la cultura.
15. Paramos por las casi mil mujeres que han sido asesinadas por sus parejas o exparejas en los últimos 15 años. También por sus hijos.
16. Paramos por Diana, por Jennifer, por María del Pilar, por María Adela, por Celia, por Sacramento (ver http://feminicidio.net/).
17. Paramos porque el Gobierno del PP y los poderes económicos y empresariales no quieren que paremos.
18. Y porque no nos sentimos seguras en la calle.
19. Y porque se sigue objetivando a las mujeres y a sus cuerpos.
20. Y porque ni la justicia ni el Estado nos aseguran un trato igual al de los hombres.
21. Y porque nadie puede parar por nosotras.

Intente no deprimirse

Con las tres palabras del título de este post termina su artículo Gervasio Sánchez (Lecciones de una película), uno de los pocos periodistas que creo que cuentan con el reconocimiento de toda la profesión, por su profesionalidad intachable y por su dedicación durante años al oficio de reportero gráfico en multitud de conflictos bélicos por todo el mundo.

El texto tiene una parte de reseña de la película Los archivos del Pentágono y otra de reflexión sobre la prensa en España. Es la que me interesa resaltar hoy porque es la que a este pobrecito veedor le preocupa, por deformación académica y por conciencia cívica -¡qué le vamos a hacer!-y, de hecho, quienes siguen este blog algo habrán leído de mis críticas al establishment mediático que nos ha tocado en suerte.

Qué mejor en un 23F que recurrir a la auctoritas de, en este caso, un profesional del ramo para transcribirles algunos párrafos del texto del muy laureado Gervasio Sánchez -que comparto plenamente-, si bien recomiendo su lectura íntegra en La Marea.

“En los últimos tiempos algunos prohombres del periodismo español se han mostrado preocupados ante la creciente influencia de las redes sociales e intentan desacreditar todo lo que circula sin el control de los grandes grupos mediáticos. También se han sentido molestos por la aparición de nuevas formaciones políticas, ellos que se subordinaron a los partidos tradicionales. Utilizan su poder y mucho papel para dar lecciones.”

“Se permiten el lujo de hablar de manipulación informativa desde sus poltronas como si ese cáncer del periodismo, existente desde los tiempos inmemoriales, se hubiese descubierto hace algo más de una década con la creación de Facebook o Twitter. Se quejan (el cinismo no tiene límites) del daño que las noticias falsas están haciendo a las instituciones, olvidando que ellos también fueron promotores de manipulaciones obscenas y frenaron investigaciones periodísticas en función de sus negocios mediáticos o de sus conveniencias a la hora de entender el negocio periodístico.”

“Son los mismos que han mantenido relaciones preferenciales con partidos mayoritarios (nacionales y autonómicos) sin investigar sus vergüenzas durante años y décadas. Los mismos que han blanqueado la imagen de presidentes y expresidentes con entrevistas pactadas sin preguntas comprometidas a cambio de favores prestados.”

“El periodismo muere en todos aquellos que durante años han silenciado los impúdicos negocios de sus patrones. La valentía, la independencia, la autocrítica y la excelencia han brillado por su ausencia en muchos puestos claves. Pero también en los comités de redacción y de empresa. Han callado jefes y soldados. Colaboradores exquisitos y maltratados.”

“El buen periodismo permite mejorar la salud informativa de los ciudadanos mientras que el mal periodismo destruye su capacidad crítica. Los periodistas hemos perdido el prestigio por culpa de las vinculaciones vergonzosas con los poderes fácticos. Existe un cierto regusto en presentarse como periodistas independientes (también ocurre en la política y en la empresa) después de abandonar alguno de los buques insignias o de ser sustituidos en los puestos de responsabilidad. La falta de memoria estimula a las personas más tramposas a blanquear sus currículos. Pero las manchetas no mienten aunque pasen décadas”.

“Relegar o pisotear una investigación cuando se tiene un puesto de responsabilidad es infringir el código deontológico. Es insultar a los ciudadanos. Es agraviar un derecho constitucional. No hay excusa que valga ni hecho diferencial y me temo que la prensa española, en general, se ha visto afectada por comportamientos similares a lo largo de las últimas cuatro décadas.”

 

Desde el patio de butacas

Con frecuencia, los académicos de la RAE -en su mayoría, varones-, cuando se suscita algún debate lingüístico, se aferran a su fuero, salen a la palestra a poner a caldo a quienes osen cuestionar su superioridad filológica y pontifican para aplacar a la plebe de pardillos iletrados que se dejan llevar por las emociones y no por la Alta Razón de la Sabiduría Semántica (ARSS), que solo poseen los escogidos. ¿Por quién? Eso da igual, alguien los habrá elegido. El pueblo, no. Léase a estos efectos El cura y los mandarines (Historia no oficial del Bosque de los Letrados), de Gregorio Morán.

Algunos de ellos, los más lenguaraces, ungidos por la ARSS, insultan directamente desde sus privilegiados púlpitos a quienes propongan el uso de algún término o la sustitución de algunas de las definiciones que se recogen en el DRAE. Da igual el grado de razón que les asista. La soberbia de sus respuestas no suelen dejar indiferentes al género humano local, si bien tienen una claque (léase clá, en castizo, que no recoge el DRAE) de seguidores repartida por radios y televisiones que se encargan de jalear lo que emana del poder filológico.

Concretamente, el mundo feminista anda bastante airado con el mundo académico, que ejerce de un machismo que apesta. El primero denuncia el sesgo heteropatriarcal del lenguaje (y de la sociedad, por supuesto) y el segundo no sólo ignora ese término sino que lo ridiculiza. La práctica feminista se compadece poco con la teoría de los sabios, tan poco humildes ellos. Las escasas sabias se pronuncian poco y cuando lo hacen es para apoyar a sus colegas varones.

Y es que hay algunas materias en las que si no se dispone de un conocimiento empírico y de una praxis cotidiana y se quedan en la mera teoría, difícilmente se podrá entender en qué consiste su razón de ser. Viene al caso lo que hace unos días escuchaba en la radio  de la persona que más tiempo ha estado viviendo fuera del planeta Tierra. El astronauta en cuestión, que ha estado un año orbitando en el espacio, venía a decir que, efectivamente, ha podido ver desde allí arriba (valga la metáfora espacial de barrio Sésamo) el tiempo meteorológico, las tormentas, los ciclones, los rayos, la lluvia… pero no ha podido sentirlos. No ha experimentado la brisa en el rostro, el calor del Sol en su cuerpo, ni se ha mojado con la lluvia y ni siquiera ha podido oír los truenos que suceden al aparataje eléctrico. Es decir, no estaba en la Tierra para sentirlo. No formaba parte en esos momentos de los seres vivos (sintientes, que diría Ruth Toledano) que perciben los efectos de la meteorología, del clima de su particular hábitat.

Sucede algo parecido con el debate que existe en algunos círculos –muy reducidos, a mi parecer- sobre las razones del presunto divorcio que existe entre la clase obrera y la izquierda. Como dice Ricardo Romero “Nega” y Arantxa Tirado en este artículo: “¿Por qué molesta tanto que la clase obrera tome la palabra y denuncie que otros están hablando por ella? Entonces, saltan las alarmas y cierta izquierda que no proviene de nuestra clase, se incomoda con el debate y tilda de “obrerista” (como si esto fuera un insulto) a quien pone el incómodo tema de la clase en el centro.” Y sigue: “La clase obrera grita pero nadie escucha, seguramente porque no lo hace desde Twitter ni desde tribunas como ésta”.

“El problema no es que voten a quien no nos gusta, el problema nuclear sigue siendo que las clases populares sencillamente no votan en el mismo porcentaje que otras clases sociales. La desconexión no es sólo electoral sino intrínsecamente política: la izquierda –salvo honrosas excepciones- está dirigida por personas que dicen defender a la clase obrera pero que sólo han pisado un barrio obrero en campaña electoral. Efectivamente, la clase obrera milita menos y, cuando lo hace, no tiene la misma “habilidad” para trepar en los partidos que otros que gozan de mayor capital cultural, son “hijos de” o, sencillamente, le echan tanta jeta a la vida que son capaces de fraguarse carreras políticas fulgurantes a sus tiernas edades.”

Y el argumento de pertenecer al núcleo gordiano lo rematan los articulistas de este modo: “La izquierda ha asumido, al menos en la teoría, que cuando se habla de recortes en sanidad hay que escuchar a los sanitarios y profesionales médicos; que cuando se habla de violencia machista hay que escuchar a las mujeres; que cuando se hable de racismo hay que escuchar a personas negras o árabes; que cuando se habla de medio rural hay que escuchar a la gente que vive en el medio rural. Y es completamente lógico, razonable y justo que así sea. Pero en cambio es lo más normal del mundo que un señor politólogo que en su vida ha trabajado para una empresa privada, nunca vivió en un barrio obrero y además proviene de una familia acomodada, nos diga lo que es la clase obrera. Ante este argumento hay quien, sin pudor, saca a relucir los ejemplos de Marx, Engels o Lenin, todos ellos provenientes de la clase acomodada. Compararse con los padres del socialismo científico es tener un ego del tamaño de la Vía Láctea, pero no teman, estamos dispuestas a escuchar a quien renuncie a sus privilegios y se dedique a expropiar a su padre, como Fidel Castro, o a armar a los trabajadores con fusiles para asaltar palacios.”

Acuse de recibo

Cada siete días, quienes estamos suscritos a CTXT recibimos una carta, por correo electrónico, de algún periodista de ese semanario en la que nos cuenta cosas, relacionadas con el periodismo o con la rabiosa (nunca entendí este calificativo, reservado para otras acepciones más acordes con los estados de ánimo que con la temporalidad) actualidad. La semana pasada, por ejemplo, Ángeles Caballero nos confesaba sus, según ella, incoherencias. Aunque no creo que sean para tanto sus contradicciones (¿quién no las tiene?), ella lo contaba de esta manera:

“Enciendo la televisión. En la pantalla sale una presentadora y a su izquierda una señora con los ojos llorosos. La señora recuerda cómo descubrió la infidelidad de su marido y la pena que lleva a las espaldas porque el hijo de ambos se fue a vivir con él y lleva años sin verle. Un rótulo indica que el reencuentro entre ambos está a punto de producirse. La presentadora saliva y recuerda que Elena tiene 50 años y que entre la ausencia, la pena y la menopausia luce como si tuviera 80. Para eso está ella y su programa, para borrarle de un plumazo todos sus problemas porque van a maquillarla, ponerle ropa nueva y probablemente cambiarle el color del pelo.”

“Mientras salen los anuncios yo me pregunto qué le habrá llevado a Elena a salir en la tele a contar sus miserias a cambio de un tinte nuevo. Si le compensa ese morbo de hurgar en su alma. Quizá, pienso, la vida le pese tanto que acudir a ese plató sea una huída de su día a día. “Luego ahondaremos en los motivos por los que tu hijo decidió irse con su padre”, dice la presentadora. Apago la televisión.”

“Entonces pienso que quizá estoy siendo condescendiente, porque hace unos días he estado en televisión, me han maquillado y me he sentido un poco reina por un día. Lejos de mi vitrocerámica y del cesto de la plancha.”

Y terminaba diciéndonos “lo necesario que es el periodismo, que como buen psicólogo te pone un espejo delante. Cuando te cuenta que lo que estás haciendo con otros no se parece nada a lo que quieres para ti mismo”.

Otra semana, Guillem Martínez nos proponía un ejercicio comparativo con la historia a propósito de las medallas que algunos quieren otorgar a quienes se sobrepasaron en el ejercicio de su profesión.  Y así nos cuenta que “tras el desastre del 98 hubo otro desastre, más determinante, más prolongado, peor descrito y del que nadie se acuerda. Fue, es decir, se inició, en 1906. La Comunidad Internacional decidió dejar que España siguiera jugando a tener un imperio, a través de la cesión de una colonia en el norte de Marruecos. Aquella cesión fue una ruina en todos los aspectos. España no practicó el colonialismo -colonialismo: dar vacunas, catequesis y escuelas a cambio de todo lo demás-, sino una especie de saqueo poco rentable y mal planificado. Lo que daba igual, pues la gestión de aquel territorio pareció, desde un primer momento, tener otro objetivo. Resarcir el honor de los militares, seriamente herido en Cuba. Ese honor se reconstruyó en una serie de campañas, mal planificadas y sangrientas, contra un enemigo en principio débil y asumible. Aun así, fueron notorios los desastres iniciales. Tras el desembarco de Alhucemas -tras la ayuda francesa, vamos- la situación se recondujo. Y empezó, ahora ya sí, el reparto del honor a través de multitud de batallas victoriosas y épicas. Es decir, pequeñas y desproporcionadas escaramuzas, contra pocos individuos mal armados, presentadas como batallas épicas en la prensa”.

Y la carta del periodista venía a decirnos que “todo aquel ejercicio de brutalidad innecesaria se tradujo en multitud de medallas, promociones y aumentos de grado. Es decir, en honor. Marruecos fue, a partir de entonces, el laboratorio en el que se recuperó, de manera económicamente y humanamente costosa, todo lo perdido, o incluso, todo lo no disponible, en un Estado colapsado durante décadas. La última de esas campañas de Marruecos fue sin duda la más sangrante, la más determinante, la más prolongada, la más salvaje. Duró tres años. O, quizás, cuarenta. Se realizó también con el núcleo central formado por tropas regulares marroquíes, y fue dirigida por aquellos oficiales y mandos africanistas, que había demostrado al mundo, desde 1906 su inoperancia, su baja formación, su irresponsabilidad, sus tácticas poco elaboradas, su indolencia. Se llamó Guerra Civil Española.”

Por su parte, en la carta de Vanesa Jiménez, se reseñaba The Post, la película de Spielberg sobre los Papeles del Pentágono (por cierto, fue uno de mis primeros libros que aún conservo, en una edición con tapas duras y hojas con cantos dorados) : “El relato es conocido: un analista filtra a la prensa siete mil páginas de un archivo secreto del departamento de Defensa –encargado por su secretario, Robert McNamara– que contiene las mentiras de todos los Gobiernos de Estados Unidos sobre Vietnam, una guerra que prolongó a sabiendas de que estaba perdida. Varios diarios publican parte de este material, el gabinete Nixon intenta pararlo, y el Supremo da la razón a los periódicos: <<La prensa está al servicio de los gobernados, no de los gobernantes>>”.

Llevado el asunto a juicio, seis de los nueve jueces de la Corte Suprema “avalaron la publicación de los documentos secretos en lo que se consideró una de las grandes victorias de la Primera Enmienda  –libertad de expresión, libertad de prensa. El magistrado Hugo Black declaró tras el fallo del Tribunal: <<El poder del Gobierno para censurar a la prensa se abolió para que la prensa se mantuviera siempre libre para censurar al Gobierno. Se protegió a la prensa para que pudiera destapar los secretos del gobierno e informar al pueblo. Solo una prensa libre y sin restricciones puede sacar a la luz de manera eficaz los engaños del gobierno>>”.

Y su pasión de periodista lo refleja en este párrafo: “Los 116 minutos que dura la cinta son un ejercicio de maestría, belleza y talento, también de amor al periodismo y a lo que significa. El milagro de componer un periódico cada noche con tipos móviles, titular a titular, frase a frase, página a página… La imponente rotativa elevándose hasta el techo de una nave interminable. Los símbolos de un oficio tan importante a veces como insignificante otras”.

Desconozco si todos los colegas de Gerardo Tecé harán como él, que a principios de año se proponía hablar de un propósito profesional que se sentía en la obligación de intentar aplicar de manera radical. Así lo describía en la carta que recibimos a primeros de enero:

“No es nada sencillo aunque suene fácil: entender al otro -ese otro más débil- aunque el coste de hacerlo sea ceder privilegios. Hablo de feminismo. De cómo cada día está más claro que ha llegado el momento de que la mitad de la población privilegiada cambiemos de forma radical nuestra visión y actuación, nuestra manera de entender a la otra mitad con menos privilegios. De que entendamos las circunstancias que provocan que, con el mismo talento, haya menos mujeres que hombre haciendo el trabajo que yo hago”.

“Hablo de consumo. De cómo nuestra forma de consumir marca la vida y el futuro de quienes son esclavizados para que vistamos (yo lo hago) camisetas de 6 euros cosidas en otro continente. No puede ser más. Hablo de migraciones. De cómo a veces nos marcan el tiempo y las agendas las disputas políticas por banderas mientras en España un retenido se suicida en esos campos de concentración que son los CIEs. Hablo de medioambiente. De que no puede seguir ocupando (en CTXT nos lo tomamos en serio) un puesto secundario en el menú informativo que la casa de todos se vaya al carajo para las futuras generaciones que lo sufrirán con toda su intensidad. Hablo de la necesidad de que, quienes trabajamos en medios, no sólo nos tatuemos ese lema del reportero Enrique Meneses: <<fuerte con los fuertes y débil con los débiles>>. También tenemos que ampliarlo: y dispuestos a perder privilegios aunque a corto plazo nos duela.”

Son solo cuatro ejemplos. Este es el periodismo y la gente que lo ejerce que me interesa. Cada semana espero impaciente la carta de Contexto y Acción. Un verdadero placer esta correspondencia.

Ahorrar, para qué

Hace unos días el presidente del gobierno ha exhortado a la ciudadanía a que ahorre en fondos de pensiones, para la educación de los hijos o para “superar cualquier revés que nos pueda traer la vida”. Una inversión, dijo, para el futuro a la que se pueda recurrir cuando sea necesario. Además del sarcasmo que supone pedir ahorro cuando el sueldo más habitual en España no llega a los 1.000 euros netos al mes y las personas que no tienen dinero para gastar no contribuyen en absoluto al funcionamiento de la economía, el gobierno del PP se convierte en un agente comercial de la banca para vender el gran negocio (la gran estafa, dicen algunos) de los planes y fondos de pensiones, sabiendo –o debiendo saber- que ahorrar con planes de pensiones solo es rentable para quien gane más de 60.000 euros anuales. Además, inmovilizar los ahorros no genera beneficio colectivo alguno, en la medida en que se trata de especular en la economía financiera, muy alejada de las inversiones para satisfacer las necesidades de la población española y mundial.

Releía hace poco el Elogio de la ociosidad, de Bertrand Russell (Pdf, 34K), en el que hace una encendida defensa del ocio frente al trabajo, que debería repartirse entre los habitantes de la Tierra para que así pudieran disponer de tiempo para su ocio y recreo productivo. Así lo explica:

Si el asalariado ordinario trabajase cuatro horas al  día, alcanzaría para todos y no habría paro—dando por  supuesta cierta muy moderada cantidad de organización  sensata—. Esta idea escandaliza a los ricos porque están  convencidos de que el pobre no sabría cómo emplear tanto  tiempo libre. En Norteamérica, los hombres suelen trabajar largas horas, aun cuando ya estén bien situados; estos hombres, naturalmente, se indignan ante la idea del  tiempo libre de los asalariados, excepto bajo la forma del  inflexible castigo del paro; en realidad, les disgusta el ocio  aun para sus hijos.

Pero, a lo que iba, en relación con la materia del ahorro, el filósofo y matemático británico lo tenía claro:

Lo  que olvida la gente es que un hombre  suele gastar lo que gana, y al gastar genera empleo. Al gastar sus ingresos, un hombre pone tanto pan en las bocas de los demás como les quita al ganar. El verdadero  malvado, desde este punto de vista, es el hombre que ahorra. Si se limita a meter sus ahorros en un calcetín, como  el proverbial campesino francés, es obvio que no genera  empleo. Si invierte sus ahorros, la cuestión es menos obvia, y se plantean diferentes casos.

Y, sin conocer todavía lo que representan los fondos de pensiones, continúa diciendo:

Una de las cosas que con más frecuencia se hacen con  los ahorros es prestarlos a algún gobierno. En vista del  hecho de que el grueso del gasto público de la mayor parte de los gobiernos civilizados consiste en el pago de deudas de guerras pasadas o en la preparación de guerras  futuras, el hombre que presta su dinero a un gobierno se  halla en la misma situación que el malvado de Shakespeare que alquila asesinos. El resultado estricto de los hábitos de ahorro del hombre es el incremento de las fuerzas  armadas del estado al que presta sus economías. Resulta  evidente que sería mejor que gastara el dinero, aun  cuando lo gastara en bebida o en juego.

Obviamente, en los planes ideales de don Bertrand Russell no entra el ahorro, que ahora predica con tanto afán el ínclito Rajoy, en la medida que lo que plantea es justamente lo contrario, trabajar menos y, por ende, ganar menos y así disponer de tiempo para lo que crea conveniente:

Cuando propongo que las horas de trabajo sean reducidas a cuatro, no intento decir que todo el tiempo restante deba necesariamente malgastarse en puras frivolidades. Quiero decir que cuatro horas de trabajo al día  deberían dar derecho a un hombre a los artículos de primera necesidad y a las comodidades elementales en la  vida, y que el resto de su tiempo debería ser de él para  emplearlo como creyera conveniente. Es una parte esencial de cualquier sistema social de tal especie el que la  educación vaya más allá del punto que generalmente alcanza en la actualidad y se proponga, en parte, despertar  aficiones que capaciten al hombre para usar con inteligencia su tiempo libre. No pienso especialmente en la  clase de cosas que pudieran considerarse pedantes. Las  danzas campesinas han muerto, excepto en remotas regiones rurales, pero los impulsos que dieron lugar a que  se las cultivara deben de existir todavía en la naturaleza  humana. Los placeres de las poblaciones urbanas han llegado a ser en su mayoría pasivos: ver películas, presenciar  partidos de fútbol, escuchar la radio, y así sucesivamente.  Ello resulta del hecho de que sus energías activas se consumen completamente en el trabajo; si tuvieran más  tiempo libre, volverían a divertirse con juegos en los que  hubieran de tomar parte activa.

Los defensores de la Renta Básica Universal andan también por estos derroteros. El escritor Luisgé Martín lo razonaba así:

“Vivimos en sociedades ya lo suficientemente ricas y tecnificadas como para que pueda considerarse con seriedad el establecimiento de una renta básica universal, un salario que se cobre simplemente por ser ciudadano del país. Los suizos —que no son extraterrestres ni leninistas— acaban de tomarlo en consideración. Nos convertiríamos así en rentistas de la herencia de nuestros antepasados, y nos podríamos dedicar, como los aristócratas de antes, al diletantismo. Por supuesto, quien quisiera trabajar ganaría más dinero, podría comprarse coches de lujo y tener casas más grandes. Pero lo haría por propia elección, no por fatalidad.”

Y terminaba de este modo:

“La verdadera humanización de nuestras sociedades está en el ocio, en la vacación, en la disposición libre de nuestro tiempo para ocuparlo en lo que deseemos, sea hacer transacciones financieras delante de un ordenador o leer un libro debajo de un árbol. Ése debería ser a mi juicio el derrotero ideológico de la izquierda europea, como quería Paul Lafargue: el elogio de la pereza. Impedir la competencia con países donde rige el esclavismo laboral, atajar la economía especulativa y propiciar la distribución racional del trabajo”.

¡Vaya cara!

Me quedé estupefacto leyendo el siguiente titular en el tuíter: “Condenado un joven a 480 euros de multa por sustituir la cara de Cristo por la suya y subirlo a Instagram”. ¡Osti tú!, me dije, pero ¿acaso se ha descubierto ya -y yo no me he enterado- el verdadero rostro de Jesús Nazareth, Cristo para los cristianos? ¿No se había especulado con que el verdadero era el que se reflejaba en el controvertido sudario de la catedral de Turín, que la ciencia, por mor del carbono 14, identificó con un lienzo del siglo XIV y la fe de los creyentes con un milagro divino?

Intrigado, pulsé en el enlace y comprobé que no, que no se había producido avance alguno en la cuestión de la cara del Mesías, sino que ésta era la del rostro de una talla religiosa conocida en la catedral de Jaén por el nombre de Cristo de la Amargura. Acabáramos. Lo que había hecho el joven multado con 480 eurazos (que no es moco de pavo) fue sustituir la cara de la escultura por la suya y eso, válgame Dios, se ha considerado exactamente como un “manifiesto desprecio y mofa hacia la cofradía con propósito de ofender”. Así que una foto publicada en una red social, para consumo de sus muchos o pocos seguidores, la hemos podido conocer miles de personas por aparecer recogida en casi todos los medios de comunicación. Lo que se dice hacer un pan como unas hostias. Pero ¿quién puede asegurar, incluso desde la perspectiva cristiana, que la jeta de ese chico no se corresponde con la del hijo de Dios? ¿Lo ha visto alguien alguna vez? ¿Por qué tiene que tener el patrimonio del rostro divino una cofradía con una talla realizada por un escultor que, a lo mejor, se ha inspirado en la cara de su hijito del alma? Y, por último, ¿con base en qué se ofende el sentimiento religioso poniéndole cara a lo que nadie haya visto jamás? Conozco cristianos y hay colectivos de ellos que no están ni una pizca conformes con este desatino. Por tanto, ¿cuántos individuos de un colectivo se tienen que sentir ofendidos para que eso se considerase delito? ¿La totalidad? ¿La mitad? ¿La décima parte? ¿Uno?

Cada día, un nuevo caso. Raperos, tuiteros, titiriteros, instagraneros, humoristas, cartelistas, dibujantes, artistas en general y hasta mecánicos de coches, se ven imputados, juzgados y enchironados o multados, un día sí y otro también, por ofender los sentimientos religiosos o de los seguidores del anterior del anterior jefe del Estado, por odiar supuestamente a no sé qué colectivo, público o privado, o por haberse ciscado en la autoridad que se haya puesto por medio en ese momento.

La cosa se viene arrastrando, con más intensidad, desde la malhadada ley mordaza, considerada por muchos como un auténtico ataque a la libertad de expresión en España, si bien, anteriormente y con base en el “trasnochado” artículo 525 del código penal, otros afamados artistas fueron procesados por haber ofendido, a criterio del correspondiente juez, los “sentimientos de los miembros de una confesión religiosa”, algo tan ambiguo y tan amenazante como considere el juez de turno y que resulta impropio de una democracia avanzada, según el parecer de numerosísimos juristas y organismos internacionales que defienden los derechos humanos.

En fin. Me abstendré de cagarme en persona alguna, ya sea humana, divina, civil, militar, religiosa o ultraperiférica que pudiera sentirse ofendida -y cualquiera podría encontrarse en esa taxonomía- porque podría costarme un huevo y no estoy dispuesto a dejarme emascular ni siquiera por la sacrosanta libertad de expresión. Como calcula Gerardo Tecé, mucho me temo que “para el 2.020 ya estaremos lapidando infieles”. Un exletrado del Tribunal Constiucional, que -intuyo- algo de Derecho debe de saber, se ha solidarizado con el chaval multado colgando una foto suya con espinas. ¿Lo empurarán también?

Huelga feminista

La emocionante y bellísima canción que convoca a la huelga general feminista del 8 de marzo está inspirada en La Lega, para algunos la primera canción de la lucha proletaria de las mujeres. Como se recoge en este blog, está vinculada a la lucha de los campesinos sin tierra que trabajaban para los terratenientes en la Italia del XIX. Una canción no de lamento sino de desafío al patrón (“no tenemos miedo”, dice), de afirmación de la lucha de clases frente al capital, de expresión de una conciencia socialista.