Siete vidas tenga el ajo

Hace diez años, cuando todavía leía El País en papel, me enteré de que Berlusconi, los herederos del Agnelli presidente de la Fiat y hasta la actriz Mónica Bellucci retiraban el ajo de su dieta y recomendaban a los restaurantes que se eliminase de la carta los alimentos que llevaran este condimento.  La noticia me mereció en su momento un exabrupto en forma de romance que publiqué cuando este blog se alojaba en otro hosting. Me acordé de esta anécdota comiendo hace poco “patatas chulas”, bien rociadas de ajo of course, en una bonita plaza de Colmenar de Oreja, al sureste de la comunidad de Madrid, donde se cultivan los mejores ajos del mundo, según sus agricultores. Ahí van esos versitos, esta vez en honor de las gentes que (mal) viven de los productos del campo:

Quieren suprimir el ajo
del buen condumio italiano.
¿No es quitar la quintaesencia?
Para mí que están chiflados.

Porque un dientecito de ajo,
finamente rebanado,
es consuelo y condimento,
es la gracia de un colmado.

El chalote y el ajete
son precisos, son sagrados.
¿Quién le dice al Adriá,
al Arzak o al Arguiñano,
que el ajo se acabará
antes que llegue el verano?

Sus propiedades son muchas,
sus efectos inmediatos;
su origen viene del Asia,
lo daban a los soldados
antes de entrar en combate.
¡Y luchaban empalmados!

Griegos, sumerios y hebreos,
los egipcios y romanos
descubrieron el remedio
para anginas y catarros;
sus efectos curativos
hacen al enfermo sano.

Es un buen desinfectante,
da excelentes resultados
para tratar la reuma
o incluso quitar los callos;
fortalece el corazón,
es un buen afrodisíaco.

Para obviar el mal aliento,
basta con un buen lavado.
Repetir allium sativum
nunca puede ser insano.

Y si después de un banquete
quiere besar a un extraño,
tome un zumo de limón
y el aliento está salvado;
o si no, tómese un vino,
de ribera o del priorato,
o una cuchara de miel
o un perejil masticado,
su boca será un portento
del buen sabor que da el ajo.

La dieta mediterránea
más el arte culinario
no conciben prescindir
ni se entienden sin el ajo.

Y como dice el refrán,
dicho, proverbio o adagio,
que si cocido, perdido,
pues tómese crudo del frasco:
mézclese con ensaladas,
o en gazpacho triturado,
con champiñones y setas,
sobre pimientos asados,
huevo frito, escalivada,
o frotado en pan tostado,
patatas con alioli,
como quiera ser gustado.

Y si el duce Berlusconi
abomina de los aglios,
que se joda Il Cavaliere,
que el aliento aderezado
es patrimonio del pueblo,
no del antiajista bando.

Pues si Agnelli, la Pirelli,
la Bellucci o el papado,
desprecian la especie excelsa,
por mor del aliento ‘malo’,
ajo.. derse y aguantarse,
¡siete vidas tenga el ajo!

Anuncios

Instancia sin destinatario

La instancia que presentaba Serrat hace casi cuatro décadas, dirigida A quien corresponda, la podría suscribir cualquiera de nosotros -firmada, rubricada y timbrada, si es menester- contra los muchos “chapuceros” y locos con o sin carnet realmente existentes. Cada cual pondrá los nombres y apellidos que estime oportuno y conveniente, conforme a su leal saber, entender y discurrir, a quienes considere como los auténticos responsables de tanto desmán.

Un servidor,
Joan Manuel Serrat,
casado, mayor de edad,
vecino de Camprodón, Girona,
hijo de Ángeles y de Josep,
de profesión cantautor,
natural de Barcelona,
según obra en el Registro Civil,
hoy, lunes 20 de Abril de 1981,
con las fuerzas de que dispone,
atentamente

EXPONE (dos puntos)

Que las manzanas no huelen,
que nadie conoce al vecino,
que a los viejos se les aparta
después de habernos servido bien.

Que el mar está agonizando,
que no hay quien confíe en su hermano,
que la tierra cayó en manos
de unos locos con carnet.

Que el mundo es de peaje y experimental,
que todo es desechable y provisional.

Que no nos salen las cuentas,
que las reformas nunca se acaban,
que llegamos siempre tarde,
donde nunca pasa nada.

Por eso
y muchas deficiencias más
que en un anexo se especifican,
sin que sirva de precedente,
respetuosamente

SUPLICA

Se sirva tomar medidas
y llamar al orden a esos chapuceros
que lo dejan todo perdido
en nombre del personal.

Pero hágalo urgentemente
para que no sean necesarios
más héroes ni más milagros
pa’ adecentar el local.

No hay otro tiempo que el que nos ha “tocao”,
acláreles quién manda y quién es el “mandao”.

Y si no estuviera en su mano
poner coto a tales desmanes,
mándeles copiar cien veces
que “Esas cosas no se hacen”.

Gracia que espera merecer
del recto proceder
de quien no suele llamarse a engaño,
a quien Dios guarde muchos años.

AMÉN.

Personas que tuitean

Mirando el perfil de quienes retuitearon mis tuits en lo que llevamos de mes, o los marcaron con un me gusta (hay muchos que no incorporan señal curricular alguna que permita intuir quiénes son y por dónde respiran), descubrí un mundo de mujeres y hombres, de jóvenes y mayores de muchos lugares, procedencias y lenguas, con todo tipo de saberes, profesiones, gustos e ideologías, que parecen tener dos rasgos como denominador común: el libre pensamiento y el respeto a los demás. Estos son algunos de los tuiteros y tuiteras que leyeron lo que escribí:

Una abogada, amante de la música. Un feo agnóstico sentimental (lo siento, así se califica), un poco escéptico pero todavía con ganas de gritar aquello de si luchas podemos perder pero si no lo haces estamos perdidos. Una mujer que ama la belleza (I love beauty). Otra que tiene como lema If criticism is not free, praise is meaningless. Algo así como si la crítica no es libre, el elogio no tiene sentido. Uno que dice que no queda sino batirse. Un periodista y escritor, con 11 libros publicados. Un gafitas que dice que es mejor reír que sonreír. Una investigadora y docente en el campo de la biomedicina. Un escatológico que escribe: Pienso, luego desisto. Uno que toca instrumentos, a veces escribe, tiene mucho ego y es culé (nadie es perfecto). Una mañica que recoge los versos de Benedetti:  …y en la calle, codo a codo, somos mucho más que dos. Un catalán somniador, activista e interessat en mil coses.

Un diputado en la Asamblea de Madrid. Un profesor de la Universidad del País Vasco. Una republicana con un bonito eslogan (Vive y deja vivir) que apunta que tu libertad (la de quien lo lee) termina donde empieza la mía (o sea, la suya), pero podemos compartirla. Un médico de la Escuela Andaluza de Salud Pública. Una joven, con nombre de dios egipcio, que dice que despacito, que al oído, pero que la puta verdad siempre. Un escribidor calvo y ateo, que sobrevive escribiendo cualquier cosa que le permita mantener su dieta de bocadillos de chopped y cerveza. Una catalana que señala que ningú pot aprendre el que creu que ja sap. Un nómada del éterweb. Un co-fundador de un foro ecológico, aficionado a los castellers y a cantar en la coral de su pueblo. Uno que sentencia que mientras unos dicen que todo es posible y otros que hay cosas imposibles, él decidirá en cada momento. Una que tiene los pies en la tierra (sic).

Una andaluza que filosofa de aquesta manera: cuando la sociedad valore más a los humanistas que a los tecnócratas caminaremos hacia un futuro mejor. Una feminista, historiadora de saberes y emociones, que le gusta nadar y a la que le interesa conocer el poder y la sabiduría que genera el escapar de sus garras (las del poder, se entiende). Una lacaniana que dice compartir nacimiento con Lenin y Kant (¿¿¿???). Uno que me desea (a mí y a todo quien entre en su perfil) buen viento. Un periodista que se define como andaluz universal, que dice viajar por lugares, personas y tiempos. Un doctor en sociología y periodista en activo (no citaré los medios en que dice escribir). Un señor que debe de estar hasta ahí mismo (se deduce de su nick), pues concluye que las revoluciones, como los volcanes, tienen sus días de llamas y sus años de humo.

Una galega cincuentona, imaxinativa y soñadora (se define así), que se pregunta si  chegará o día en que gobernen nun universo paralelo os que eu vote. Un anciano, que defiende los valores de la izquierda y que a sus 89 años dice que anda aprendiendo a dar guerra por aquí. Un dibujante. Un animalista. Un escritor que mantiene un blog de literatura. Uno que está más cabreado que un mono. Una ciudadana del mundo, antropóloga e historiadora, ecopacifista y revolucionaria (eso dice). Un sociólogo que no se fía de las explicaciones simples a problemas complejos. Un barcelonés que tiene como hobby jugar y conocer juegos de rol y que dice tener la palabra como arma y el conocimiento como defensa. Una que cita a John Ruskin: “La calidad nunca es un accidente; es siempre el resultado de un esfuerzo inteligente”.  Un profesor con tendencias tan extremistas como la poesía de barrio, el rocanrol de pueblo, el provincianismo en bicicleta, las lecturas desordenadas y las amistades recurrentes. Y una soñadora que dice aprender cada día y estar guiada por el latir potente de su corazón verde claro.

La verdad no es un término medio

En estos días de zozobra, la primera víctima de la confrontación, como en las guerras, es la verdad. Quienes nos preocupamos por cuanto sucede en nuestro entorno tenemos que hacer varios ejercicios para encontrarla. En unos tiempos en los que la credibilidad de los medios tradicionales está bajo mínimos, por méritos propios, por supuesto, pero también por su control político o por la toma de su propiedad por parte de las grandes corporaciones financieras, si ya de por sí deberíamos preguntarnos siempre quién está detrás de los medios que difunden sus verdades, para así saber con quiénes nos jugamos literalmente los cuartos, a eso tenemos que añadir el esfuerzo de seleccionar a qué medios accedemos, comprobar su fiabilidad según entendamos cada cual y confiar en la honradez de sus profesionales.

El debate sobre la verdad es tan viejo como la humanidad. Hay quien la niega incluso de raíz. Para esta escuela de pensamiento, ni habría una verdad científica (deja de ser verdad cuando se demuestra lo contrario), ni histórica (de qué historiador estamos hablando), ni procesal, ni legal, ni absoluta, ni relativa. Y no digamos en el periodismo. El debate sobre la objetividad es tan viejo como el de su existencia. Leía hace poco un documento sobre una polémica periodística acerca de algunos hechos sobre la revolución e independencia de Cuba. Se titulaba La verdad histórica sobre sucesos de Cuba. Y comenzaba así:

“Ha estado publicándose en Nueva Orkans un periódico titulado ‘La Patria’ por el Sr. José de Armas y Céspedes. Su objeto principal ha sido tergiversar los acontecimientos referentes a la revolución Cubana que han tenido lugar poco antes que esta comenzara y en el curso de ella. Saturada de calumnias está ‘La Patria’ como en lo general sucede a todas las producciones del Sr. Armas, y aunque esto debiera escusarnos de prestar atención a las aseveraciones de dicho Sr., vamos a ocuparnos de ellas, no por la triste significación de su autor, sino porque nuestros conciudadanos tienen el derecho de esperar que se les suministren los verdaderos datos para que les sea dable emplear su propio criterio y discernir entre la verdad y la mentira, y porque manteniéndonos en el silencio, el historiador encontraría mañana, tan solo los escritos del Sr. Armas y bebiendo en tan impura fuente, la historia de la revolución de Cuba, sería la historia de las miserias y falsedades, que solo el cerebro enfermo del Sr. Armas es capaz de forjar, y el oprobio vendría a ser el premio de los hombres que se han sacrificado y se sacrifican por la independencia de su patria. Cuando tales cosas pasan, deber es de todo cubano contribuir al esclarecimiento de la verdad esplicando las cosas que sepa o en que tuvo intervención. El que esto escribe se encuentra en ese caso, y se propone refutar una por una, las falsas aseveraciones del Sr. Armas”.

El periodista Pascual Serrano escribía hace unos días (Sobre equidistancia y periodismo):

“La hipócrita y cobarde equidistancia del periodismo se produce cuando el periodista, tratándose de hechos, en lugar de investigar la verdad o aplicar criterios éticos y humanos, se limita a exponer dos versiones enfrentadas para evitar enemistarse con nadie. Cuando aplican la equidistancia, confunden veracidad y rigor con quedarse a mitad de distancia de dos versiones. Pero a lo que nos debemos los periodistas es a la verdad, en ningún lugar está escrito que la verdad esté en el medio de dos versiones contradictorias cuando de hechos informativos se trata. Si la OTAN dice que mató a milicianos talibanes y los afganos responden que se bombardeó a los civiles que asistían a una boda, exponer las dos versiones no ayuda ni al periodismo ni a la audiencia a la que no le hemos ofrecido la verdad, porque una de las dos versiones es falsa. Si unos opositores venezolanos dicen que la policía mató a diez manifestantes y el gobierno afirma que los muertos no eran opositores, el periodismo no puede limitarse a contar las dos versiones sin indagar la verdad para contárnosla. Si unos ecologistas denuncian que hay un derrame de una sustancia contaminante en un río y la administración dice que no afecta al medio ambiente el periodista no puede citar las dos versiones sin moverse de su redacción y creer que está informando”.

Y añadía: “Debemos exigir una información que incorpore los matices y las complejidades, que no consista en una militancia que divida los conflictos entre buenos y malos; pero la alternativa no es una equidistancia que se sitúa por falta de valentía en el medio de los grupos de poder y renuncia a informar porque no quiere mancharse las manos con la verdad y los valores”.

Por su parte, Olivia Camp (La República de Henry Buckley y la necesidad de un periodismo subjetivo), a propósito de los textos de ese periodista inglés que fue testigo de primera mano de la vida política y social de la España republicana de 1931 a 1939, señala: “Lo de la objetividad periodística ha sido una de las falacias más ignominiosas que nos han dejado los últimos tiempos. O se cuenta la verdad, o se miente. Esa es la única objetividad posible. Quienes esgrimieron el falaz principio de la objetividad del cronista tejieron el manto bajo el que ocultar la realidad. Dos versiones distintas sobre una misma cosa significa que al menos una no es cierta. Por lo tanto, considerar equidistante y plural la presentación tanto de la verdad de una cosa como la falsificación de la misma, no es objetividad, sino parcialidad y complicidad con el engaño”. Y añade más adelante: “El libro de Buckley brilla —más de setenta años después— por una cuestión esencial: su subjetivismo. Estaría mal visto hoy día en muchas escuelas. Pero el libro de este inglés católico y de moderada conciencia progresista que terminará tentado de alistarse en las Brigadas Internacionales, narrado en una primera persona de poderosa y humilde honestidad, da una lección de verdadero periodismo —el que se compromete a contar la verdad— y constituye, por eso mismo, un excepcional documento histórico, una fuente de primera instancia para comprender el más determinante de los períodos de la Historia contemporánea española […] El libro de Buckley tiene el valor de buscar la verdad, sin concesiones. La primera persona narrativa “melindrosa” y sardónica toma partido, porque no hacerlo era hacerlo”.

Acaso no se sepa bien dónde está la verdad. Ni siquiera qué cosa sea. Hace un siglo, don Antonio Machado, en uno de sus cantares sentenciaba que “la verdad es lo que es y sigue siendo verdad aunque se piense al revés”. Y en otro de ellos concluía que “¿tu verdad? No, la Verdad, y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”. Quizás, puedo admitir, que en algunas cuestiones no tenga por qué ser elegida entre una dicotomía reduccionista. Y que entre el blanco del optimismo y el negro del pesimismo muchos puedan entrever grises esperanzadores. Pero coincido con el poeta en que, al menos, cada cual, y más quien tiene como profesión satisfacer el derecho a la información de la ciudadanía, deberíamos intentar honradamente (lo cual no excluye dificultades y riesgos de todo tipo) el ejercicio de buscar la luz de la verdad allá donde solo nos ofrezcan las tinieblas de eventuales mentiras. Que la encontremos es otro cantar.

Más cartas

Conocía más o menos lo sucedido pero no en todos sus términos. Leí hace poco un artículo de hace dos años que recogía, en síntesis, la historia de una carta y de unos hechos estremecedores. Se trata de la carta abierta de un escritor a la Junta Militar. El escritor era Rodolfo Walsh y la Junta era la banda de criminales que tomó el poder en la Argentina de 1976. El artículo en cuestión, de la periodista Esther Dávila, dice así:

“La historia de Rodolfo Walsh, inseparable de su obra y profesión, es una de las más reseñadas para adentrarse en el estudio de la dictadura militar argentina instaurada en 1976. Con todo, nunca será suficientemente rememorada, su alcance —tantas décadas después— sigue a años luz del que debería ser. En las apenas tres mil palabras de la Carta abierta se encuentra el más preciso y crudo testimonio humano, periodístico e histórico de la dictadura militar argentina. Su lectura es imprescindible para entender dicho período, de la misma manera que la lectura de Si esto es un hombre, de Primo Levi, lo es para comprender la naturaleza —no solo mundana— de los campos de concentración nazis.

Rodolfo Walsh era una figura intelectual relevante en la Argentina de los años 70. Fundador junto a Jorge Masetti o García Márquez de la famosa agencia periodística Prensa Latina, había destacado como uno de los escritores más importantes de la narrativa latinoamericana. Su estilo depurado y elegante, de frase corta y elección minuciosa de la palabra adecuada, dejó varias colecciones de relatos y las primeras novelas de un nuevo tipo que alumbró en el siglo pasado. Con Operación Masacre —la primera de ellas, escrita en 1957— se adelantó en casi diez años al Capote de A sangre fría, escribiendo la verdadera primera novela de “no-ficción”, con el relato de una investigación periodística sobre uno de los primeros crímenes políticos de la dictadura militar argentina instaurada en 1955.

En marzo de 1976, cuando se da el golpe que vuelve a instaurar la dictadura militar en Argentina, Rodolfo Walsh no era solo un intelectual de prestigio, sino un militante político, de la organización Montoneros, igual que su hija Victoria. El final de su historia comienza aquí. En la madrugada del 29 de septiembre de ese mismo año, su hija —Vicky para familiares y amigos— fue emboscada junto a otros guerrilleros en una casa de Buenos Aires. Había cumplido 26 años el día anterior y estaba acompañada por su hijita pequeña, a quien no había podido dejar al cuidado de nadie. Tras más de una hora de enfrentamiento con los militares —más de un centenar de hombres, con tanque incluido—, cayó en combate junto a sus compañeros. Pertrechada en la azotea del edificio, sin posibilidad de seguir resistiendo la balacera del enemigo, se incorporó y exclamó: “Ustedes no nos matan. Nosotros elegimos morir”. Y se pegó un tiro en la sien”.

Los detalles de la muerte de su hija los recogía el escritor en otra carta dirigida a sus amigos. La periodista señalaba más adelante:

“Al día siguiente, el 25 de marzo, Walsh fue interceptado por un grupo de militares cerca de Plaza Constitución, en Buenos Aires. Tan pronto como se vio descubierto, el escritor se parapetó detrás de un árbol y abrió fuego con una pequeña pistola del calibre 22. Una ráfaga de ametralladora le acribilló. Los militares recogieron rápidamente su cuerpo, quizás aún con vida, y se lo llevaron. Hoy día sigue siendo uno de los miles de desaparecidos de la dictadura argentina. Sin embargo, llegaron tarde. Rodolfo acababa de depositar en el buzón las copias de su Carta abierta, dirigidas a varios medios de la prensa argentina y extranjera.”

Muchos de los militares de la dictadura sangrienta han muerto ya. Pero las secuelas de su barbarie permanecen en la memoria de las víctimas. Creo que es necesario dar a conocer algunos de los episodios más conmovedores para ver cómo se las gastan los sicarios del terrorismo de Estado y para mostrar quiénes son los beneficiarios de las políticas que aplican cuando toman el poder por la fuerza de las armas. El propio Walsh los señala en su carta: “Dictada por el Fondo Monetario Internacional según una receta que se aplica indistintamente al Zaire o a Chile, a Uruguay o Indonesia, la política económica de esa Junta sólo reconoce como beneficiarios a la vieja oligarquía ganadera, la nueva oligarquía especuladora y un grupo selecto de monopolios internacionales encabezados por la ITT, la Esso, las automotrices, la U.S.Steel, la Siemens, al que están ligados personalmente el ministro Martínez de Hoz y todos los miembros de su gabinete”.

La carta

Me mandaron una carta
por el correo temprano
y en esa carta me dicen
que cayó preso mi hermano
y sin lástima con grillos
por la calle lo arrastraron, si.

La carta dice el motivo
que ha cometido Roberto
haber apoyado el paro
que ya se había resuelto
si acaso esto es un motivo
presa también voy sargento, si.

Yo que me encuentro tan lejos
esperando una noticia
me viene a decir la carta
que en mi patria no hay justicia
los hambrientos piden pan
plomo les da la milicia, si.

De esta manera pomposa
quieren conservar su asiento
los de abanicos y de frac
sin tener merecimiento
van y vienen de la iglesia
y olvidan los mandamientos, si.

Violeta Parra

Uno de los suyos

Tras 41 años en el machito, bien como director de El País o como directivo del grupo PRISA, propietario del periódico, a Cebrián le dan voleta. Cierto que la hora de la jubilación llega inexorablemente para todos, pero el baranda se jubilará a la provecta edad de 73 tacos. Que ya va siendo hora, ¿no? Por cierto, ¿por qué todos los hombres de negocios (pocas féminas se ven en tales circunstancias) tienen que jubilarse tan tarras?

Aunque parece que pasa a ocupar un lugar simbólico en la empresa, la prensa ya ha comenzado a glosar la figura del susodicho, como si se tratase de su desaparición de este mundo. En El Salto, Pablo Elorduy escribe: “La historia de Juan Luis Cebrián sería la historia del éxito de una persona ambiciosa si no fuera por quienes le conocieron y escribieron sobre él” y recoge, por ejemplo, lo que de él dijo Maruja Torres, periodista de referencia en ese diario durante años: “Cebrián es un cateto pijo, rencoroso y sin conciencia. Y las redacciones de los periódicos son hoy un entorno de peloterismo salvaje”.

Por lo que la prensa de la competencia ha venido recogiendo en los últimos tiempos, se lo lleva por delante una deuda galopante “que la banca y los inversores no tienen problema en refinanciar si siguen viendo interés en mantener los medios de comunicación“. Los lectores tienen que saber siempre quién está detrás del medio que consumen y, en este caso, el accionariado del grupo (Banco Santander, La Caixa, HSBC, Telefónica, fondos de inversión y hasta un jeque catarí) es suficientemente explícito para entender su actual línea informativa.

Como se dice en el editorial del magazine cultural Drugstore, : “El País exige mucho más que unos centenares de palabras para abordar su papel en la sociedad española. Es necesario hacer un análisis riguroso, en profundidad, sobre documentos, con testimonios de quienes han sido parte de su historia interna, etcétera, para entender su alcance”. En esta misma revista digital se recoge un poco de historia sobre el periódico en el que mandó Cebrián, supongo que hasta el último momento, puesto que el último defenestrado ha sido el periodista británico John Carlin, asiduo colaborador, según algunos por su postura sobre Cataluña distinta de la línea editorial, por ejemplo, en este artículo en el que se manifestaba abiertamente por un referéndum legal (Juan Cruz, siempre al quite de todo lo que tenga que ver con su jefe, saldrá rápidamente a decir que la empresa tiene derecho a tener la suya propia y a elegir libremente a quien se le ponga. Faltaría más, colega). Dice así la revista:

“Una parte de la culpa fue nuestra, por creer a quien no debimos, durante mucho tiempo. Aunque hay que reconocer que mentían muy bien —para algo habían estudiado en los mejores colegios—. Tampoco había nadie diciendo verdades en un altavoz tan potente como el suyo, quienes dudaban de sus versiones o sabían que lo dicho era falso, callaron, les compraron la aquiescencia —no estuvo mal pagada—. Y así nos quedamos expuestos a esa verdad oficial presuntamente progresista del ‘diario independiente de la mañana’, hoy ‘periódico global en español’, El País, que cumple 40 años.

Mucho se habló de Juan Luis Cebrián, trasunto real de Charles Foster Kane, cuando decidió despedir de la Cadena Ser —medio de PRISA, el grupo del que es Consejero Delegado— al periodista Ignacio Escolar, director de eldiario.es, por publicar que la anterior esposa de Cebrián aparecía en los Papeles de Panamá. El escándalo le estalló al primer director de El País precisamente cuando se encontraba ultimando los fastos para celebrar el 40º aniversario del periódico. Lo sorprendente es que el comportamiento de Cebrián siga sorprendiendo. Es uno de esos fenómenos que dibujan de manera muy gráfica el poder de subyugación del sistema, la enorme capacidad de generar consensos sociales favorables a sus intereses, de mantener unos niveles de alienación en la población verdaderamente dramáticos. Son fenómenos tan pasmosos como la creencia de que El País es una fuente objetiva de información o que el PSOE es —o fue alguna vez— de izquierdas. Pasmoso, pero real. 

La primera portada de El País data del 4 de mayo de 1976, seis meses después de la muerte de Franco. Cebrián fue elegido como su primer director por méritos propios. Era una persona de toda la confianza para el objetivo político que había inspirado la fundación del diario: la consolidación de una nueva estructura mediática acorde a los nuevos tiempos, en la que fuese vocero de la socialdemocracia, como pata fundamental en la nueva fase del capitalismo español tras la dictadura. Cebrián era de máxima confianza porque el oficio le venía de familia, en primer lugar, su padre, Vicente Cebrián, había sido secretario general de la Prensa del Movimiento, director y redactor jefe de Arriba, el diario oficial de Falange. Como hijo de un alto cargo del régimen, Juan Luis Cebrián tuvo una pronta y profusa experiencia como periodista en los medios del franquismo —o como intelectual orgánico del fascismo, a fin de cuentas—. Por ascendencia de apellido, entró en la Escuela Oficial de Periodismo con solo 15 años, y salió graduado de ella en 1963, con dos carreras. Todo un prodigio. Con 19 años Juan Luis Cebrián se hizo directamente con el puesto de redactor jefe del diario Pueblo, el periódico de los sindicatos verticales. En 1974, el último gobierno de la dictadura le nombró director de los informativos de RTVE. Lo cierto es que el pequeño Cebrián no podía tener, a sus poco más de 30 años, mejor currículo para ocupar la dirección del periódico que estaba llamado a ser el más influyente del país en los años de transición de la dictadura fascista a la monarquía parlamentaria, y a convertiste en tal para asegurar el sostenimiento del bloque de poder tradicional.

Durante décadas, El País publicó a algunas de las mejores firmas de España. Periodistas enormes y honestos levantaron su voz en sus páginas. No podía ser de otra manera, porque no hay otra manera de conseguir que un medio se consolide y gane prestigio entre millones de personas, más si sabe cuando el objetivo, además, es seducir a las sensibilidades de izquierda. Algunas columnas de El País fueron durante años la válvula de escape que aliviaba la conciencia social de muchos trabajadores que habían luchado contra la dictadura. La deriva socialdemócrata del PCE de Carrillo y sucesores favoreció también este fenómeno, quedando desierto, en lo que se refiere a los medios de masas, el terreno a la izquierda del diario de PRISA, que se convertiría en portavoz oficioso del PSOE.

La actual deriva derechista de El País sigue sorprendiendo, pero no debería hacerlo en demasía, si se tiene en cuenta el papel de los grandes medios en el contexto actual de poder de los monopolios. Cuando El País llevó a cabo el ERE que dejó en la calle a 129 periodistas, en 2012, el propio diario publicó un editorial donde acusaba, y declaraba: “Pero las presiones no vienen solo de los poderes tradicionales. A veces son fruto de la demagogia populista, las tendencias libertarias de muchos de quienes ocupan las redes sociales, la insidia que mana del fracaso de algunos competidores, o la envidia y los celos de determinados profesionales que sobrevaloran su propia capacidad e influencia en el universo de las letras y el periodismo. Frente a todos ellos queremos volver a expresar nuestra firme convicción de que una empresa como EL PAÍS se debe, como cualquier otra, a sus accionistas…”. Ellos sí que lo tienen claro.”

Pasto de la censura

Si, como cantaba Silvio Rodríguez, nadie sabe qué cosa es eso del comunismo (y, añadía, eso puede ser pasto de la censura) y repiten los jóvenes indonesios, como señala ahora el profesor de historia Yosef Djakababa, ¿por qué en Indonesia y en todas partes se inculca el miedo o, lo que es peor, se persigue cualquier tipo de relación con esa ideología como método eficaz para imponer políticas que atentan contra los intereses de las gentes y favorecen las de los poderosos, los privilegiados, los que detentan los grandes medios de producción y de comunicación?

El año pasado pude asistir en el Zinemaldia a la proyección de la película The Look of Silence y hace unos meses pude ver en la televisión, canal Sundance, The Act of Killing, precuela de la anterior. Dos películas documentales estremecedoras, que ponen de manifiesto dos puntos de vista, el de los verdugos en El acto de matar y el de las víctimas en La mirada del silencio.

Ambas tratan sobre el exterminio sistemático de comunistas y, de paso, de todo aquel que fuera sospechoso de izquierdista en la Indonesia de Suharto en 1965. Como explica Joshua Oppenheimer, director de ambos films, “hay una escena que me sirvió de inspiración para los dos películas. Es cuando aquellos asesinos me llevan al río y me escenifican cómo ayudaron a matar a 10.500 personas. Me di cuenta de que más allá de presumir delante de mí, lo que hacían era algo estructural, una manera de mantener el clima de terror en la sociedad. Era como si, 40 años después del holocausto, los nazis siguieran en el poder y el miedo fuera el legado del genocidio”.

Decenas de años después de la matanza llevada a cabo por gánsteres y paramilitares a las órdenes del dictador Suharto, los militares indonesios reviven otra película, La traición de los comunistas, una película propagandística que en su momento fue considerada por el régimen como “crucial para que la gente entendiese la versión correcta de la historia”.

169 años después de que Karl Marx y Friedrich Engels escribieran  que “un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo” y que “todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma: el Papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes”, los poderosos realmente existentes continúan temblando ante la emancipación de los seres humanos y se siguen aplicando los viejos métodos de motejar de comunistas -en sus diferentes variantes- a quienes pongan en cuestión el status quo. Como se preguntaba en el Manifiesto del Partido Comunista, “¿qué partido de oposición no ha sido motejado de comunista por sus adversarios en el poder? ¿Qué partido de oposición a su vez, no ha lanzado, tanto a los representantes de la oposición, más avanzados, como a sus enemigos reaccionarios, el epíteto zahiriente de comunista?”.

Es evidente, cómo se puede negar, que algunas de las experiencias que la historia ha dado en nombre del comunismo, singularmente la estaliniana y la de los jémeres rojos, no han sido precisamente un dechado de progreso y de emancipación para nadie, sino más bien todo lo contrario, de barbarie y de dolor. Pero tengo la convicción moral de que, lejos de ser una ideología anacrónica, las gentes que luchan y trabajan en todo el mundo -desde el llamado primero, o civilizado, al que denominan como tercero, o subdesarrollado- con el rótulo de comunistas, aunque no sepan qué cosa es eso del comunismo o no se autodenominen como tales, tienen poco que ver con el horror que impusieron en el pasado algunas de las figuras emblemáticas de esa ideología, y lo hacen por el bienestar de sus compatriotas y para desfacer los infinitos e inacabables entuertos e injusticias realmente existentes,  en condiciones difíciles, adversas y en muchos casos sufriendo persecución y jugándose literalmente el pellejo por sus convicciones y su actividad política en beneficio de los demás.

Comer el coco

El personal sabe bien qué significa, pero siempre es práctico acudir a la Academia*. Veamos. “Comer el coco a alguien: Ocupar insistentemente su pensamiento con ideas ajenas, induciéndole a hacer cosas que de otro modo no haría”. Se habla mucho en estos días de lo que estarían haciendo los grupos independentistas con sus conciudadanos, en las escuelas, en las radios y teles públicas. Y, sin poder rebatir tal cuestión, pues no tengo elementos de juicio suficientes para opinar, sé lo que se hace en otros territorios del Estado en escuelas, en radios y en televisiones estatales y autonómicas, para concluir que en todas partes cuecen habas y en la casa de más de uno –la cosa va por barrios-, a calderadas.

Véanse si no las continuas denuncias del Consejo de Informativos de TVE sobre la manipulación vergonzosa y sistemática de los telediarios y programas informativos de la casa. Si eso, que es una gota malaya, una lluvia fina constante que va calando en la audiencia (no se olvide que más de las ¾ partes de la gente se informa exclusivamente por televisión), no es una comedura de coco en toda regla, que venga don Marshall McLuhan y lo vea.

Y en otro orden de comeduras, y en lo que a las radios se refiere, ¿no están ustedes hasta el moño de que los anunciantes los tomen por imbéciles y traten de zamparles las meninges con esos anuncios en los que cada sábado nos venden las “últimas unidades” de no sé qué cojines anatómicos; o nos ofrecen cualquier cachivache diciéndonos que “corramos que se acaba”, y así todos los días de la semana? ¿No creen que ya está bien de que algunos anuncios se ceben con la masa escuchante metiendo un miedo prescindible para vender su negocio, poniéndonos la conversación de una pareja en la que ella a él o él a ella le dice que hay que hacerse de la correspondiente compañía de seguridad porque le han entrado a robar a los vecinos del cuarto o del adosado de al lado?

A veces pienso, visto lo visto, que a la peña le gusta sobremanera sentirse como seres estúpidos, gregarios, que ni piensan ni quieren ponerse a la tarea, que prefieren que se lo den todo mascado para no tener que hacer el esfuerzo de razonar con sus neuronas atrofiadas por la inactividad. Quizás todo esto sean apreciaciones mías, infundadas, exageradas. O será acaso que a los seres humanos nos place comerle el coco al prójimo. Para que piense como nosotros. De cualquier manera. Al precio que sea. Al menos, al que se deje.

*No es el mejor día para acudir al argumento de autoridad. La RAE, con un comunicado alineándose gregariamente con el gobierno, ha perdido una enorme oportunidad para hacer valer la palabra (objeto de su actividad) como forma de solucionar los conflictos.

Ficción y realidad

Tras una semana en el Zinemaldia, en la que he podido ver películas de ficción y documentales sobre la realidad, asistir y compartir el glamour propio del famoseo y, como siempre, disfrutar de las gentes, el paisaje y la gastronomía de Donosti, se impone la cruda y dura realidad de los hechos consuetudinarios que acontecen en la rúa. O carrer.

A la vuelta, cuando contemplaba entristecido, indignado y preocupado lo que se vivía en Cataluña, tenía la impresión de continuar asistiendo a esa mezcla entre lo real y lo inventado. ¿Sucedía de verdad lo que, permítaseme el pleonasmo, estaba viendo con mis propios ojos? ¿Era preciso el ensañamiento a diestro y siniestro de la fuerza bruta? Si no hubieran existido las redes sociales y las decenas de imágenes viralizadas, ¿nos habrían escamoteado la verdad de lo que estaba ocurriendo?

Los protagonistas actuales de la política, con honrosas excepciones, no han aprendido nada de los excelentes guionistas que ha dado el séptimo arte. Lo que está pasando obedece a un pésimo guión, escrito al alimón entre los de acá y los de allá. Y entienda e incluya cada cual a quienes prefiera en esos adverbios demostrativos.

Tiempo habrá de volver sobre las miserias y dignidades de unos y otros. Retomo el quid de esta entrada y con la intención de dejar constancia en mi archivo particular de mis preferencias cinematográficas en esta edición festivalera, el orden en el que yo calificaría las películas que he visto es el siguiente:

1. The Square
2. Le sens de la fête / C’est la vie!
3. Matar a Jesús
4. Cargo
5. La educación del Rey
6. La cordillera
7. La novia del desierto
8. Imbarco a mezzanotte / Stranger on the Prowl
9. Visages, villages / Faces, places
10. Pok-ryuk-eui Ssi-at / The Seeds of Violence
11. Licht
12. 12 jours / 12 Days
13. Alanis
14. Muchos Hijos, un Mono y un Castillo
15. Marrowbone
16. Las olas
17. Geu-hu / The Day After
18. Bi txirula
19. Arábia / Araby
20. He ri jun zai lai / From Where We’ve Fallen