Más cartas

Conocía más o menos lo sucedido pero no en todos sus términos. Leí hace poco un artículo de hace dos años que recogía, en síntesis, la historia de una carta y de unos hechos estremecedores. Se trata de la carta abierta de un escritor a la Junta Militar. El escritor era Rodolfo Walsh y la Junta era la banda de criminales que tomó el poder en la Argentina de 1976. El artículo en cuestión, de la periodista Esther Dávila, dice así:

“La historia de Rodolfo Walsh, inseparable de su obra y profesión, es una de las más reseñadas para adentrarse en el estudio de la dictadura militar argentina instaurada en 1976. Con todo, nunca será suficientemente rememorada, su alcance —tantas décadas después— sigue a años luz del que debería ser. En las apenas tres mil palabras de la Carta abierta se encuentra el más preciso y crudo testimonio humano, periodístico e histórico de la dictadura militar argentina. Su lectura es imprescindible para entender dicho período, de la misma manera que la lectura de Si esto es un hombre, de Primo Levi, lo es para comprender la naturaleza —no solo mundana— de los campos de concentración nazis.

Rodolfo Walsh era una figura intelectual relevante en la Argentina de los años 70. Fundador junto a Jorge Masetti o García Márquez de la famosa agencia periodística Prensa Latina, había destacado como uno de los escritores más importantes de la narrativa latinoamericana. Su estilo depurado y elegante, de frase corta y elección minuciosa de la palabra adecuada, dejó varias colecciones de relatos y las primeras novelas de un nuevo tipo que alumbró en el siglo pasado. Con Operación Masacre —la primera de ellas, escrita en 1957— se adelantó en casi diez años al Capote de A sangre fría, escribiendo la verdadera primera novela de “no-ficción”, con el relato de una investigación periodística sobre uno de los primeros crímenes políticos de la dictadura militar argentina instaurada en 1955.

En marzo de 1976, cuando se da el golpe que vuelve a instaurar la dictadura militar en Argentina, Rodolfo Walsh no era solo un intelectual de prestigio, sino un militante político, de la organización Montoneros, igual que su hija Victoria. El final de su historia comienza aquí. En la madrugada del 29 de septiembre de ese mismo año, su hija —Vicky para familiares y amigos— fue emboscada junto a otros guerrilleros en una casa de Buenos Aires. Había cumplido 26 años el día anterior y estaba acompañada por su hijita pequeña, a quien no había podido dejar al cuidado de nadie. Tras más de una hora de enfrentamiento con los militares —más de un centenar de hombres, con tanque incluido—, cayó en combate junto a sus compañeros. Pertrechada en la azotea del edificio, sin posibilidad de seguir resistiendo la balacera del enemigo, se incorporó y exclamó: “Ustedes no nos matan. Nosotros elegimos morir”. Y se pegó un tiro en la sien”.

Los detalles de la muerte de su hija los recogía el escritor en otra carta dirigida a sus amigos. La periodista señalaba más adelante:

“Al día siguiente, el 25 de marzo, Walsh fue interceptado por un grupo de militares cerca de Plaza Constitución, en Buenos Aires. Tan pronto como se vio descubierto, el escritor se parapetó detrás de un árbol y abrió fuego con una pequeña pistola del calibre 22. Una ráfaga de ametralladora le acribilló. Los militares recogieron rápidamente su cuerpo, quizás aún con vida, y se lo llevaron. Hoy día sigue siendo uno de los miles de desaparecidos de la dictadura argentina. Sin embargo, llegaron tarde. Rodolfo acababa de depositar en el buzón las copias de su Carta abierta, dirigidas a varios medios de la prensa argentina y extranjera.”

Muchos de los militares de la dictadura sangrienta han muerto ya. Pero las secuelas de su barbarie permanecen en la memoria de las víctimas. Creo que es necesario dar a conocer algunos de los episodios más conmovedores para ver cómo se las gastan los sicarios del terrorismo de Estado y para mostrar quiénes son los beneficiarios de las políticas que aplican cuando toman el poder por la fuerza de las armas. El propio Walsh los señala en su carta: “Dictada por el Fondo Monetario Internacional según una receta que se aplica indistintamente al Zaire o a Chile, a Uruguay o Indonesia, la política económica de esa Junta sólo reconoce como beneficiarios a la vieja oligarquía ganadera, la nueva oligarquía especuladora y un grupo selecto de monopolios internacionales encabezados por la ITT, la Esso, las automotrices, la U.S.Steel, la Siemens, al que están ligados personalmente el ministro Martínez de Hoz y todos los miembros de su gabinete”.

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La carta

Me mandaron una carta
por el correo temprano
y en esa carta me dicen
que cayó preso mi hermano
y sin lástima con grillos
por la calle lo arrastraron, si.

La carta dice el motivo
que ha cometido Roberto
haber apoyado el paro
que ya se había resuelto
si acaso esto es un motivo
presa también voy sargento, si.

Yo que me encuentro tan lejos
esperando una noticia
me viene a decir la carta
que en mi patria no hay justicia
los hambrientos piden pan
plomo les da la milicia, si.

De esta manera pomposa
quieren conservar su asiento
los de abanicos y de frac
sin tener merecimiento
van y vienen de la iglesia
y olvidan los mandamientos, si.

Violeta Parra

Uno de los suyos

Tras 41 años en el machito, bien como director de El País o como directivo del grupo PRISA, propietario del periódico, a Cebrián le dan voleta. Cierto que la hora de la jubilación llega inexorablemente para todos, pero el baranda se jubilará a la provecta edad de 73 tacos. Que ya va siendo hora, ¿no? Por cierto, ¿por qué todos los hombres de negocios (pocas féminas se ven en tales circunstancias) tienen que jubilarse tan tarras?

Aunque parece que pasa a ocupar un lugar simbólico en la empresa, la prensa ya ha comenzado a glosar la figura del susodicho, como si se tratase de su desaparición de este mundo. En El Salto, Pablo Elorduy escribe: “La historia de Juan Luis Cebrián sería la historia del éxito de una persona ambiciosa si no fuera por quienes le conocieron y escribieron sobre él” y recoge, por ejemplo, lo que de él dijo Maruja Torres, periodista de referencia en ese diario durante años: “Cebrián es un cateto pijo, rencoroso y sin conciencia. Y las redacciones de los periódicos son hoy un entorno de peloterismo salvaje”.

Por lo que la prensa de la competencia ha venido recogiendo en los últimos tiempos, se lo lleva por delante una deuda galopante “que la banca y los inversores no tienen problema en refinanciar si siguen viendo interés en mantener los medios de comunicación“. Los lectores tienen que saber siempre quién está detrás del medio que consumen y, en este caso, el accionariado del grupo (Banco Santander, La Caixa, HSBC, Telefónica, fondos de inversión y hasta un jeque catarí) es suficientemente explícito para entender su actual línea informativa.

Como se dice en el editorial del magazine cultural Drugstore, : “El País exige mucho más que unos centenares de palabras para abordar su papel en la sociedad española. Es necesario hacer un análisis riguroso, en profundidad, sobre documentos, con testimonios de quienes han sido parte de su historia interna, etcétera, para entender su alcance”. En esta misma revista digital se recoge un poco de historia sobre el periódico en el que mandó Cebrián, supongo que hasta el último momento, puesto que el último defenestrado ha sido el periodista británico John Carlin, asiduo colaborador, según algunos por su postura sobre Cataluña distinta de la línea editorial, por ejemplo, en este artículo en el que se manifestaba abiertamente por un referéndum legal (Juan Cruz, siempre al quite de todo lo que tenga que ver con su jefe, saldrá rápidamente a decir que la empresa tiene derecho a tener la suya propia y a elegir libremente a quien se le ponga. Faltaría más, colega). Dice así la revista:

“Una parte de la culpa fue nuestra, por creer a quien no debimos, durante mucho tiempo. Aunque hay que reconocer que mentían muy bien —para algo habían estudiado en los mejores colegios—. Tampoco había nadie diciendo verdades en un altavoz tan potente como el suyo, quienes dudaban de sus versiones o sabían que lo dicho era falso, callaron, les compraron la aquiescencia —no estuvo mal pagada—. Y así nos quedamos expuestos a esa verdad oficial presuntamente progresista del ‘diario independiente de la mañana’, hoy ‘periódico global en español’, El País, que cumple 40 años.

Mucho se habló de Juan Luis Cebrián, trasunto real de Charles Foster Kane, cuando decidió despedir de la Cadena Ser —medio de PRISA, el grupo del que es Consejero Delegado— al periodista Ignacio Escolar, director de eldiario.es, por publicar que la anterior esposa de Cebrián aparecía en los Papeles de Panamá. El escándalo le estalló al primer director de El País precisamente cuando se encontraba ultimando los fastos para celebrar el 40º aniversario del periódico. Lo sorprendente es que el comportamiento de Cebrián siga sorprendiendo. Es uno de esos fenómenos que dibujan de manera muy gráfica el poder de subyugación del sistema, la enorme capacidad de generar consensos sociales favorables a sus intereses, de mantener unos niveles de alienación en la población verdaderamente dramáticos. Son fenómenos tan pasmosos como la creencia de que El País es una fuente objetiva de información o que el PSOE es —o fue alguna vez— de izquierdas. Pasmoso, pero real. 

La primera portada de El País data del 4 de mayo de 1976, seis meses después de la muerte de Franco. Cebrián fue elegido como su primer director por méritos propios. Era una persona de toda la confianza para el objetivo político que había inspirado la fundación del diario: la consolidación de una nueva estructura mediática acorde a los nuevos tiempos, en la que fuese vocero de la socialdemocracia, como pata fundamental en la nueva fase del capitalismo español tras la dictadura. Cebrián era de máxima confianza porque el oficio le venía de familia, en primer lugar, su padre, Vicente Cebrián, había sido secretario general de la Prensa del Movimiento, director y redactor jefe de Arriba, el diario oficial de Falange. Como hijo de un alto cargo del régimen, Juan Luis Cebrián tuvo una pronta y profusa experiencia como periodista en los medios del franquismo —o como intelectual orgánico del fascismo, a fin de cuentas—. Por ascendencia de apellido, entró en la Escuela Oficial de Periodismo con solo 15 años, y salió graduado de ella en 1963, con dos carreras. Todo un prodigio. Con 19 años Juan Luis Cebrián se hizo directamente con el puesto de redactor jefe del diario Pueblo, el periódico de los sindicatos verticales. En 1974, el último gobierno de la dictadura le nombró director de los informativos de RTVE. Lo cierto es que el pequeño Cebrián no podía tener, a sus poco más de 30 años, mejor currículo para ocupar la dirección del periódico que estaba llamado a ser el más influyente del país en los años de transición de la dictadura fascista a la monarquía parlamentaria, y a convertiste en tal para asegurar el sostenimiento del bloque de poder tradicional.

Durante décadas, El País publicó a algunas de las mejores firmas de España. Periodistas enormes y honestos levantaron su voz en sus páginas. No podía ser de otra manera, porque no hay otra manera de conseguir que un medio se consolide y gane prestigio entre millones de personas, más si sabe cuando el objetivo, además, es seducir a las sensibilidades de izquierda. Algunas columnas de El País fueron durante años la válvula de escape que aliviaba la conciencia social de muchos trabajadores que habían luchado contra la dictadura. La deriva socialdemócrata del PCE de Carrillo y sucesores favoreció también este fenómeno, quedando desierto, en lo que se refiere a los medios de masas, el terreno a la izquierda del diario de PRISA, que se convertiría en portavoz oficioso del PSOE.

La actual deriva derechista de El País sigue sorprendiendo, pero no debería hacerlo en demasía, si se tiene en cuenta el papel de los grandes medios en el contexto actual de poder de los monopolios. Cuando El País llevó a cabo el ERE que dejó en la calle a 129 periodistas, en 2012, el propio diario publicó un editorial donde acusaba, y declaraba: “Pero las presiones no vienen solo de los poderes tradicionales. A veces son fruto de la demagogia populista, las tendencias libertarias de muchos de quienes ocupan las redes sociales, la insidia que mana del fracaso de algunos competidores, o la envidia y los celos de determinados profesionales que sobrevaloran su propia capacidad e influencia en el universo de las letras y el periodismo. Frente a todos ellos queremos volver a expresar nuestra firme convicción de que una empresa como EL PAÍS se debe, como cualquier otra, a sus accionistas…”. Ellos sí que lo tienen claro.”

Pasto de la censura

Si, como cantaba Silvio Rodríguez, nadie sabe qué cosa es eso del comunismo (y, añadía, eso puede ser pasto de la censura) y repiten los jóvenes indonesios, como señala ahora el profesor de historia Yosef Djakababa, ¿por qué en Indonesia y en todas partes se inculca el miedo o, lo que es peor, se persigue cualquier tipo de relación con esa ideología como método eficaz para imponer políticas que atentan contra los intereses de las gentes y favorecen las de los poderosos, los privilegiados, los que detentan los grandes medios de producción y de comunicación?

El año pasado pude asistir en el Zinemaldia a la proyección de la película The Look of Silence y hace unos meses pude ver en la televisión, canal Sundance, The Act of Killing, precuela de la anterior. Dos películas documentales estremecedoras, que ponen de manifiesto dos puntos de vista, el de los verdugos en El acto de matar y el de las víctimas en La mirada del silencio.

Ambas tratan sobre el exterminio sistemático de comunistas y, de paso, de todo aquel que fuera sospechoso de izquierdista en la Indonesia de Suharto en 1965. Como explica Joshua Oppenheimer, director de ambos films, “hay una escena que me sirvió de inspiración para los dos películas. Es cuando aquellos asesinos me llevan al río y me escenifican cómo ayudaron a matar a 10.500 personas. Me di cuenta de que más allá de presumir delante de mí, lo que hacían era algo estructural, una manera de mantener el clima de terror en la sociedad. Era como si, 40 años después del holocausto, los nazis siguieran en el poder y el miedo fuera el legado del genocidio”.

Decenas de años después de la matanza llevada a cabo por gánsteres y paramilitares a las órdenes del dictador Suharto, los militares indonesios reviven otra película, La traición de los comunistas, una película propagandística que en su momento fue considerada por el régimen como “crucial para que la gente entendiese la versión correcta de la historia”.

169 años después de que Karl Marx y Friedrich Engels escribieran  que “un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo” y que “todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma: el Papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes”, los poderosos realmente existentes continúan temblando ante la emancipación de los seres humanos y se siguen aplicando los viejos métodos de motejar de comunistas -en sus diferentes variantes- a quienes pongan en cuestión el status quo. Como se preguntaba en el Manifiesto del Partido Comunista, “¿qué partido de oposición no ha sido motejado de comunista por sus adversarios en el poder? ¿Qué partido de oposición a su vez, no ha lanzado, tanto a los representantes de la oposición, más avanzados, como a sus enemigos reaccionarios, el epíteto zahiriente de comunista?”.

Es evidente, cómo se puede negar, que algunas de las experiencias que la historia ha dado en nombre del comunismo, singularmente la estaliniana y la de los jémeres rojos, no han sido precisamente un dechado de progreso y de emancipación para nadie, sino más bien todo lo contrario, de barbarie y de dolor. Pero tengo la convicción moral de que, lejos de ser una ideología anacrónica, las gentes que luchan y trabajan en todo el mundo -desde el llamado primero, o civilizado, al que denominan como tercero, o subdesarrollado- con el rótulo de comunistas, aunque no sepan qué cosa es eso del comunismo o no se autodenominen como tales, tienen poco que ver con el horror que impusieron en el pasado algunas de las figuras emblemáticas de esa ideología, y lo hacen por el bienestar de sus compatriotas y para desfacer los infinitos e inacabables entuertos e injusticias realmente existentes,  en condiciones difíciles, adversas y en muchos casos sufriendo persecución y jugándose literalmente el pellejo por sus convicciones y su actividad política en beneficio de los demás.

Comer el coco

El personal sabe bien qué significa, pero siempre es práctico acudir a la Academia*. Veamos. “Comer el coco a alguien: Ocupar insistentemente su pensamiento con ideas ajenas, induciéndole a hacer cosas que de otro modo no haría”. Se habla mucho en estos días de lo que estarían haciendo los grupos independentistas con sus conciudadanos, en las escuelas, en las radios y teles públicas. Y, sin poder rebatir tal cuestión, pues no tengo elementos de juicio suficientes para opinar, sé lo que se hace en otros territorios del Estado en escuelas, en radios y en televisiones estatales y autonómicas, para concluir que en todas partes cuecen habas y en la casa de más de uno –la cosa va por barrios-, a calderadas.

Véanse si no las continuas denuncias del Consejo de Informativos de TVE sobre la manipulación vergonzosa y sistemática de los telediarios y programas informativos de la casa. Si eso, que es una gota malaya, una lluvia fina constante que va calando en la audiencia (no se olvide que más de las ¾ partes de la gente se informa exclusivamente por televisión), no es una comedura de coco en toda regla, que venga don Marshall McLuhan y lo vea.

Y en otro orden de comeduras, y en lo que a las radios se refiere, ¿no están ustedes hasta el moño de que los anunciantes los tomen por imbéciles y traten de zamparles las meninges con esos anuncios en los que cada sábado nos venden las “últimas unidades” de no sé qué cojines anatómicos; o nos ofrecen cualquier cachivache diciéndonos que “corramos que se acaba”, y así todos los días de la semana? ¿No creen que ya está bien de que algunos anuncios se ceben con la masa escuchante metiendo un miedo prescindible para vender su negocio, poniéndonos la conversación de una pareja en la que ella a él o él a ella le dice que hay que hacerse de la correspondiente compañía de seguridad porque le han entrado a robar a los vecinos del cuarto o del adosado de al lado?

A veces pienso, visto lo visto, que a la peña le gusta sobremanera sentirse como seres estúpidos, gregarios, que ni piensan ni quieren ponerse a la tarea, que prefieren que se lo den todo mascado para no tener que hacer el esfuerzo de razonar con sus neuronas atrofiadas por la inactividad. Quizás todo esto sean apreciaciones mías, infundadas, exageradas. O será acaso que a los seres humanos nos place comerle el coco al prójimo. Para que piense como nosotros. De cualquier manera. Al precio que sea. Al menos, al que se deje.

*No es el mejor día para acudir al argumento de autoridad. La RAE, con un comunicado alineándose gregariamente con el gobierno, ha perdido una enorme oportunidad para hacer valer la palabra (objeto de su actividad) como forma de solucionar los conflictos.

Ficción y realidad

Tras una semana en el Zinemaldia, en la que he podido ver películas de ficción y documentales sobre la realidad, asistir y compartir el glamour propio del famoseo y, como siempre, disfrutar de las gentes, el paisaje y la gastronomía de Donosti, se impone la cruda y dura realidad de los hechos consuetudinarios que acontecen en la rúa. O carrer.

A la vuelta, cuando contemplaba entristecido, indignado y preocupado lo que se vivía en Cataluña, tenía la impresión de continuar asistiendo a esa mezcla entre lo real y lo inventado. ¿Sucedía de verdad lo que, permítaseme el pleonasmo, estaba viendo con mis propios ojos? ¿Era preciso el ensañamiento a diestro y siniestro de la fuerza bruta? Si no hubieran existido las redes sociales y las decenas de imágenes viralizadas, ¿nos habrían escamoteado la verdad de lo que estaba ocurriendo?

Los protagonistas actuales de la política, con honrosas excepciones, no han aprendido nada de los excelentes guionistas que ha dado el séptimo arte. Lo que está pasando obedece a un pésimo guión, escrito al alimón entre los de acá y los de allá. Y entienda e incluya cada cual a quienes prefiera en esos adverbios demostrativos.

Tiempo habrá de volver sobre las miserias y dignidades de unos y otros. Retomo el quid de esta entrada y con la intención de dejar constancia en mi archivo particular de mis preferencias cinematográficas en esta edición festivalera, el orden en el que yo calificaría las películas que he visto es el siguiente:

1. The Square
2. Le sens de la fête / C’est la vie!
3. Matar a Jesús
4. Cargo
5. La educación del Rey
6. La cordillera
7. La novia del desierto
8. Imbarco a mezzanotte / Stranger on the Prowl
9. Visages, villages / Faces, places
10. Pok-ryuk-eui Ssi-at / The Seeds of Violence
11. Licht
12. 12 jours / 12 Days
13. Alanis
14. Muchos Hijos, un Mono y un Castillo
15. Marrowbone
16. Las olas
17. Geu-hu / The Day After
18. Bi txirula
19. Arábia / Araby
20. He ri jun zai lai / From Where We’ve Fallen

Es el vecino el que escribe al alcalde

Unos bancos, ¡por favor!, Carta abierta, de Luis Fernández Valdés, “Ludi”

Estimado don Dionisio,
progenitor en pequeño
de los honrados vecinos
de este culto y noble pueblo,
ponga atención a mis quejas,
a mis súplicas y ruegos.
Aparte un poco la vista
de este condenado censo,
que de puro depurado
lo han dejado casi enteco;
atúsese usté el mostacho,
y escuche sólo un momento.
En la variolosa plaza
de ese ilustre Ayuntamiento,
disfrutaban los vecinos
desde muy lejanos tiempos,
de unos bancos de madera
con cuatro patas de hierro,
tan bien pintados, tan monos,
tan cómodos, tan bien hechos,
que eran la dicha y encanto
de propios y forasteros.
En las noches de verano,
cuando a nuestro padre Febo
se le agotaba el fluido,
después del penoso y recio
trajín de nuestros negocios,
con fundado y justo empeño
machos, hembras, chicos, grandes,
y hasta los términos medios,
buscábamos en los bancos
el medio cómodo y fresco
de dar expansión al alma
y descanso a nuestro cuerpo.
Esta situación bancaria
nos era grata en extremo;
mas, vino luego un alcalde,
cuyo nombre no recuerdo,
pero que según las trazas
debió de estudiar derecho,
y sin miramiento alguno
nos reventó en un momento;
ordenó quitar los bancos,
fundándose en que, sobre ellos,
se daban citas los puntos
más sinvergüenzas del pueblo,
que con gestos y ademanes
abusivos y groseros,
promovían casi a diario
escándalos estupendos.
Tan enérgica medida
nos partió de medio a medio.
Yo iceberg en un escrito
a aquel alcalde severo,
que tan extraña conducta,
que tan vil procedimiento,
era cruel e inadecuado,
y que el medio más directo
de expulsar a tanto vago
de aquel sitio tan ameno,
era hacer del cuerpo honroso
de urbanos, un uso serio,
e imponer a tales golfos
un correctivo severo.
Pero nadie me hizo caso;
mis nobles y justos ruegos
cayeron en saco roto…
Aquí corramos un velo.
… … … … … … … … … …
Usted, amigo Velasco,
que es un alcalde moderno
con todos los adelantos,
y que entiende mucho de eso
de la estética y ornato
de las plazas de los pueblos,
encontrará razonables
mis insistentes deseos,
y entenderá que no hay
derecho a tener derechos
a unos cientos de vecinos,
por el gusto tonto y necio,
de un alcalde veleidoso,
antojadizo y… aquello.
Pónganos usté unos bancos
que sean más o menos viejos,
la cuestión es que tengamos,
después del penoso y recio
trajín de nuestros affaires
(lo de affaires no es camelo),
medio de pasar el rato
tranquilos, tomando el fresco.
Si logra que nos los pongan,
de veras le prometemos
darle un soberbio banquete
de a tres duros el cubierto,
o llevarle en nuestros hombros
lo mismo que a los toreros,
a la antigua y dulce casa
de Fernando el confitero,
y obsequiarle allí con yemas,
canutillos, jerez seco,
merengues y pitituses
sin jalapa, por supuesto.
Si acaso usted no encontrara
a mano los bancos esos,
por tenerlos ocupados
en otras partes del pueblo,
mande usted a Terranova
por unos bancos de hielo,
que en aquellas bravas aguas
los hay en número inmenso;
son muy blancos, muy bonitos,
limpios y de poco precio,
y sobre todo, en verano,
han de resultar muy frescos.

Seguidores, siguientes y seguidos

La esencia del twitter es escribir y que te lean. Algunos empezamos en esto, hace ya siete años, para jugar y ejercitar la mente con una suerte de divertimento, pues no en balde hay que sintetizar en 140 caracteres lo que quieres contar. Lo cual no suele resultar del todo fácil, si bien, con el tiempo aprendimos que se pueden encadenar tuits en hilos que explicaran mejor lo que querrías contar en detalle.

Para eso, para que te lean, o para que tengas numerosas interacciones, o conseguir muchas impresiones, se supone que tú debes seguir a muchos y aspirar a que te sigan más. Bueno, no sé si esa es la filosofía exacta de este negocio, porque observo que en el mundo de los tuiteros hay para todos los colores. Un individuo, por ejemplo, que me contestó a una consulta técnica, veo que tiene 6.610 seguidores y él solo sigue a 2. En mi caso, me interesa más seguir a que me sigan, aunque obviamente sin renunciar a esto último. Pero no a cualquier precio y, sobre todo, sin esforzarme lo más mínimo en lo que se supone que hay que hacer para “conseguir seguidores en twitter” (si googlean ese entrecomillado obtendrán 118.000 resultados).

De vez en cuando me aparecen en el twitter una serie de followers a los que, adelanto, no tengo ninguna intención de seguir ni hacer nada para que me sigan. Supongo que pretenden -no sé si mediante herramientas de multiplicación de los contactos o por un acto volitivo- que yo les devuelva el “honor” de ser seguido y haga lo propio: seguirlos a ellos o ellas.

Suelen ser de variados tipos: páginas eróticas, emprendedores (se llaman a sí mismos de ese modo), herramientas para publicitar sus productos, empresas de marketing que venden cómo mejorar tu negocio en la red o gentes que aspiran a tener miles de seguidores para conseguir no sé qué ventajas en su vida profesional o en su imagen personal. La mayoría de estos seguidores provisionales, pasado un tiempo, te hacen unfollow, te dejan de seguir. Ignoro si detectan que no les haces caso o si siguen estrategias como las que aquí se cuentan.

Como decía al principio, me tomo el tuíter como un pasatiempo, retuiteando y repartiendo me gustas,  pero también informándome de cosas que me interesan. De tarde en tarde, incluso, descubriendo gentes o asuntos curiosos y entreviendo un mundo de solidaridad y de comunicación en todas las direcciones muy interesante. Los aspectos negativos, que los hay, se los dejo a los detractores de las redes y a los ya escasos profesionales de la prensa que no tienen intención de admitir que perdieron el monopolio de la información o que no se acostumbran a que se les saque punta a sus opiniones o a sus meteduras de pata. En algunos casos, suelo interactuar con algún que otro tuitero y, solo en escasísimas ocasiones, he sido bloqueado por algún sujeto que no admite que se le contradiga o se le descubra sus vergüenzas. El día que me canse, es fácil, click y delete, pero espero no seguir el camino de ilustres tuiteros, como @cosmejuan, que anuncia de vez en cuando que lo deja, que con tanto ruido y alboroto va camino a la locura y, a las primeras de cambio, aunque todo le torture, le hace caso al corazón, como Vicente Fernández, y se muere por volver.

Recordaciones

Más allá de las que los medios de comunicación nos recuerdan cada día, las efemérides de cada individudo pertenecen a su intimidad. Y en ellas hay momentos para la melancolía por la ausencia de quienes quisimos o conocimos, como los hay para la añoranza de la felicidad, la evocación de su memoria o la remembranza de la auctoritas que en cualquier faceta de la vida representaron en su momento.

Todos tenemos alguna Carmen o Benito, o Feli, o Salvador, o José Antonio, o Paloma, o Manolo, o Amparo, o Carlos, o Juanita, o Javier, o Esperanza, o cualesquiera otro nombre que tendrá un significado personal e intransferible para cada uno de nosotros. En momentos así, acudir al Labordeta que tanto cantamos cuando teníamos algo de voz (hoy se cumplen siete años de su desaparición) y a sus amigos aragoneses es una buena opción para resistir: “Las albadas de mi tierra / se entonan por la mañana / para animar a las gentes / a comenzar la jornada”.

Se equivocó la paloma

Todavía hay algunos recalcitrantes que niegan el cambio climático. Se trata de avestruces humanas que esconden su cabeza porque ni ven ni quieren ver lo que todo el mundo, digo bien, todo el mundo está viendo y padeciendo cada día. Aunque también hay, no lo duden, voceros a sueldo de las grandes corporaciones interesadas en mantener el status quo de sus industrias contaminantes y agresivas con el medio ambiente. Esos son los más peligrosos porque tienen púlpitos en radios, teles y periódicos, para impartir su doctrina negacionista, sin que nadie pueda rechistarles lo más mínimo.

Aunque no tenga valor científico, les hablo de mi experiencia personal. Este verano he hablado con un paisano de la montaña palentina, en un pueblecito de la ruta de los pantanos, cerca del pico del Espigüete (2.450 metros). A sus ochenta y tantos años el hombre decía que la sequía que llevaban acumulada no la había visto nunca, que las nieves y las lluvias ya no caen como hace muchos años y que los pantanos se secan sin remedio. En Centro Europa, el personal está asustado de lo que duran ahora los veranos. “Cuando era joven”, dice una guía de unos cincuenta años, “el calor en el verano alcanzaba los 30º, duraba 15 días; ahora dura 45 y llegamos a los 42º”. Los campesinos de todo el globo saben los efectos que está teniendo el cambio del clima en las regiones que habitan, en los alimentos que producen, en los animales que crían, en la falta de agua, en los efectos salvajes y devastadores de los fenómenos meteorológicos.

Como dice en este artículo Ramón Lobo, “hay estudios que vinculan la intensidad de los huracanes con el cambio climático y la subida de las temperaturas. También existen informes que sostienen lo contrario, son los financiados por la industria petrolera. Actúan igual que las tabacaleras cuando negaban que la nicotina provocaba dependencia o estuviera relacionada con algunos tipos de cáncer”.

En youtube tienen vídeos aterradores de inundaciones en Nepal, India y en otros muchos países. En el reportaje que adjunto, que recoge imágenes de La Habana tras el paso del ciclón (huracán en los Estados Unidos), dice un cubano: “Como nunca. Parece que el ciclón, se equivocaron y pasó parte por aquí por la Habana. Porque es demasiado. Esto nunca había pasado”. Una cubana señala: “Yo pienso que de sorpresa no nos ha cogido”. Y otro cubano asegura: “Cuarenta y nueve años que llevo viviendo aquí y… primera vez. Siempre ha habido un poco de penetración de mar pero, así, a este límite, no”.

No hace falta acudir muy lejos para percibir las consecuencias de todo esto. Aquí mismo, en el sur y en el norte, los efectos se están viviendo ya con gran intensidad y, lo que es peor, no dejarán de producirse impactos negativos en nuestro modo de vivir, de producir, de relacionarnos con el hábitat y el entorno ambiental. Los ecologistas, como una voz que clama en el desierto (en nuestro caso avanzará a pasos agigantados por el sur de la península), recogen un listado de estos efectos que nos deberían obligan a reflexionar y a tomar las decisiones que cada uno de nosotros podamos adoptar. Por ejemplo, negando el apoyo electoral a quienes nieguen los cambios que se están produciendo y no tomen las medidas recomendadas por los paneles de Naciones Unidas para mitigar o revertir sus tremendo efectos en la población mundial. El citado Ramón Lobo señala, por ejemplo: “Las inundaciones de Houston también están relacionadas con un capitalismo salvaje, sin límites ni regulaciones. Se ha construido masivamente sobre terrenos que servían de desagüe en los casos de lluvias torrenciales. Trump mantiene la cantinela del muro con México cuando lo que EEUU necesita son diques modernos y renovar sus infraestructuras”.

Se equivocó la paloma, Rafael Alberti

Se equivocó la paloma.
Se equivocaba.
Por ir al norte, fue al sur.
Creyó que el trigo era agua.
Se equivocaba.

Creyó que el mar era el cielo;
que la noche, la mañana.
Se equivocaba.

Que las estrellas, rocío;
que la calor; la nevada.
Se equivocaba.

Que tu falda era tu blusa;
que tu corazón, su casa.
Se equivocaba.

(Ella se durmió en la orilla.
Tú, en la cumbre de una rama)