La niña de la Expo

Los más jóvenes, obviamente, no la conocieron o eran muy chicos cuando sus padres arrearon para el Sur, a pasar calor por aquellos parajes. Pero en España hubo una vez una Expo Universal. En Sevilla. Hace 25 años. Y un AVE. Controvertidos ambos. Antes, durante y después de su celebración y puesta en marcha, respectivamente. En el caso de la Expo, además de la fantástica operación de imagen, para la ciudad y para el país, y de los réditos políticos para los gobiernos central y autonómico, del despilfarro de pabellones que fueron pasto de las llamas o abandonados y de los espacios que con el tiempo, y con buen criterio, se reciclaron para uso del personal, hubo gentes que vivieron del cuento de la Expo, de algunas corruptelas se habló y algunos aprovechados o listillos vieron la ocasión de hacer sus particulares negocios al calor de la eclosión mediática y jaranera que supuso el montaje. Pero todos estos años transcurridos no han servido para sacar a la región del secular atraso en la cuestión fundamental del empleo, causa primera de que la juventud andaluza tenga que emigrar a territorios más propicios a buscarse la vida. De las 15 ciudades españolas con mayores tasas de paro, 10 son andaluzas. Y, sin tanto ruido, lo que se ha demostrado en algunos otros lugares es que se puede y se debe hacer buena gestión de eventos multitudinarios, teniendo en cuenta criterios ambientales y de sostenibilidad, hoy mucho más presentes en la cosa pública que por aquel entonces.

Para el caso del AVE, nadie se acuerda hoy de las polémicas que por aquel 92 se daban en torno a su financiación, comisiones y chanchulletes varios. Ahora, todo el mundo dice que quiere un AVE a la puerta de su casa. Que se hayan cerrado líneas que prestan un servicio esencial en zonas desabastecidas de buen transporte público, no parece importar ya a casi nadie. Al menos, no hacen el ruido suficiente para que los escuchemos los demás. Ecologistas en Acción, y otras plataformas ciudadanas y organizaciones sociales, nos recuerdan que más que AVE lo que haría falta es “la mejora de los servicios públicos ferroviarios por sus enormes ventajas ambientales, económicas y sociales”. Y reclaman “la necesidad de un tren de calidad, accesible, asequible y de titularidad pública, cuyo objetivo primordial sea el de dar un buen servicio a personas usuarias y ser una alternativa a la carretera”.

La flor y nata de lo que hoy se conocería como la casta política se reunió hace unos días en Sevilla para felicitarse de lo bien que lo hicieron con la Expo, de cómo se lo pasaron, chico, de cómo pasa el tiempo, oye tú, y de la supuesta modernidad que se alcanzó con tal acontecimiento. Discursos tópicos, palmaditas en la espalda a los señores y besitos a las señoras, sonrisas de oreja a oreja y… mamoneo. Paralelamente, con la efeméride del AVE, la cadena SER, cómo no, perteneciente al mismo grupo del periódico cuyo director fue premiado con la medalla de oro de Andalucía por la señora presidenta de Triana, hizo su programa desde Sevilla. Con Felipe, naturalmente. Que todo quede en casita. ¿Habrían acordado previamente las preguntas con Alfredo, el flamante consejero de redacción del periódico?  Hay que ver cómo ha cambiado el país, dicen que dijo Felipe. Me imagino que se referiría al Estado, no al periódico. Maruja Torres, defenestrada por el periódico en el que había “militado” durante 32 años, hizo su particular crónica en el tuíter. Un compendio de periodismo en la mitad de caracteres que le permiten: “25 años de AVE, batallitas en la SER, por favor, una de naftalina para todos.”

Estoy seguro de que en ninguno de los dos recordatorios nadie echaría en falta a Carlos Cano y a su Verigüés Fandango. Merece la pena tararearla, especialmente el estribillo en inglés con acento y fonética granaína:

Maruja Pérez Limón, natural de Salipón,
de la provincia de Sevilla,
con más plumas que un zorzal,
y de cascos dislocá, jartica de Andalucía.

Una noche cogió el tren
y a los Madriles se fue con pena en el corazón.
Artista de porvenir, a servir fue a Chamberí,
y en la Ballesta acabó.

De Madrid saltó al Japón,
que la contrató Pulpón de artista fundamental.
Trabajó en un cabaret,
en lo alto de un tonel bailando por soleá.

Y en Nagasaki un inglés la puso a Havi Metal
y alucinó de color.
Y se fue pa Nueva York a triunfar en el rocanrol
igual que los Rolling Stones.

Verigüés fandango egüivare yu fandango,
guan tu tri fandango, bailando fandango fandango cañí.
Guan mor taim fandango, biutiful fandango
si yo me arremango, ay, míster fandango fandango for mí.

Maruja Pérez Limón volvió p’al 92 a la Expo de Sevilla.
Llamó a Jacinto Pellón no sé cómo lo lió qué atrincó una casetilla.
Un chiringuito montó pa enseñarles flamenco a los guiris con parné.
no naino naino nanó, no naino naino nanó, el fandango verigüés.

Farolillos de papel
sevillanas a granel
¡que viva el arte andaluz!

La niña por fin triunfó,
salió en la televisión una noche en Canal Sur.
Peineta, bata de cola, con la mantilla española,
¡que está de moda la copla, oye tú!
Señores pasen a ver, arsa que toma y olé, el fandango verigüés.

Entre el marketing y la corrupción

De toda la vida, este pobrecito se ha definido siempre como un afrancesado. No en vano, en la declaración de intenciones de este blog figura la simbología de los liberales del XIX que lucharon contra los absolutismos de los Borbones, y que también abrazaron los ideales de la Revolución de 1789 de liberté, egalité y fraternité. Que continúan vigentes dos siglos y pico después porque siguen estando pendientes de que se apliquen en toda su extensión en la vida cotidiana de las personas y de los pueblos. Por eso, hoy, el día después del terremoto político con epicentro en los cuatro puntos cardinales del país vecino, en el que todos -desde analistas de prestigio a cuñados tertulianos- evalúan, naturalmente, desde su particularísima posición interesada, los qués, los cuántos, los porqués y los quiénes, uno no se puede sustraer a hacer lo propio. Básicamente, porque tengo interés en dejar constancia de lo que pienso hoy, por si pierdo la memoria algún día. O para refrescármela. O para que en un mañana lejano, al menos los míos, sepan lo que se cocía en un diario de la época, que cada vez más se espacia en el tiempo para no repetirme en demasía.

A falta de lo que acontezca con las legislativas que se celebrarán el mes de junio, tal como yo lo veo es del siguiente modo:

  1. El turnismo, esto es la alternancia en el poder de la derecha conservadora de los republicanos y la izquierda del partido socialista, parece haber tocado a su fin. Esto nos suena bastante Pirineos abajo. En mi anterior post recogía un pequeño texto de un libro publicado en 2012 que anticipaba lo que sucedió el domingo: “Dos partidos que se reparten el poder desde hace cincuenta años, que fingen no estar de acuerdo en nada cuando lo están en casi todo“. En un programa de Salvados, Jordi Évole entrevistaba a un sindicalista incrustado en la candidatura del PS francés, que venía a decir lo mismo autocríticamente: no se puede ser muy de izquierdas cuando se está en la oposición y hacer las mismas políticas que la derecha cuando se accede al gobierno. Dicho en términos vulgares, no se puede prometer hasta meter y una vez metido, se olvida lo prometido. La gente ya no está dispuesta a comprar ese discurso embustero y deshonesto, que sólo quiere captar los votos para hacer lo que se le antoja a los poderes que realmente cortan el bacalao en el mundo globalizado.
  2. Por lo anterior, el derrumbe del partido socialista, ahora casi residual, se asemeja a su homólogo griego en casi todo. De cómo afronten su refundación dependerá su futuro. ¿Apoyarán la opción de centro derecha, que representa Macron, un alter ego de Hollande, del que fue ministro de economía e impulsor de la reforma laboral contestada masivamente? ¿Delegarán su reconversión en una salida de centro izquierda, encarnada por Hamon? En cualquiera de las dos salidas, por irreconciliables, el partido previsiblemente se rompería.
  3. La autarquía, la xenofobia, la nueva extrema derecha patriótica, que modula su fascismo original por un nacionalismo excluyente y seduce a una quinta parte del electorado, es y ha sido tradicionalmente el espantajo que agita el establishment para perpetuarse en el poder. Se inició esa burda utilización en tiempos de Mitterrand y aún continúa, ahora dicen que potenciado por el propio Hollande.
  4. Se puede afirmar con rotundidad que el triunfador ha sido el marketing, la mercadotecnia, el producto prefabricado por el sistema para que todo siga igual. Eso es lo que viene a ser Macron. Un señor banquero, que ejerció de ministro de economía con Hollande y que lleva un programa que representa el neoliberalismo hegemónico de la globalización. Austerité, como alguien ha titulado, la macron-economía a tope; liberté ma non troppo, y de la fraternité, pues sí, muy bien para los discursos, pero en la práctica el pueblo sufrirá sus consecuencias. Lo curioso del asunto es que aquí, en estos lares, los partidos de la tripe alianza tratan de apropiárselo descarada, burda y patéticamente. Rivera*, el que más, dice que Ciudadanos comulga totalmente con su ideología liberal. El sector susanista, o sea la derecha del PSOE, lo aplaude a rabiar, creyendo que así fustiga a su contrincante por la izquierda. Ignora estúpidamente que como el PSF se identifique en las legislativas como el partido macronista, su desaparición está servida. Y el PP, pues estos se apuntan a un bombardeo, aunque lo haga Trump, con tal de seguir chupando del bote gubernamental que tantos réditos económicos y políticos le están dando.
  5. Y dejo para el final a la formación de nuevo cuño de Jean Luc Melénchon. La France Insoumise, el futuro en común. Su éxito ha sido espectacular, según todos los analistas, de izquierda, centro y derecha. Su 19 y pico por ciento son bastantes millones de votos que se traducirán, con toda probabilidad en una excelente representanción en las próximas legislativas. Triplicar a su contrincante directo, el PS, del que proviene su líder, no es sólo un sorpasso, es una convulsión en el panorama de la izquierda, por mucho que aquí sean presentados como radicales, extremistas, populistas y otros istas similares a los que se suelen estilar con Podemos. Curiosamente, la adjetivación empleada denota la completa inopia en la que viven algunos, que no saben por dónde soplan los vientos del cambio global.  Es una buena noticia que la insumisión esté al alza en los países del Sur de Europa. Eso quiere decir que las políticas que vendrán desde Bruselas ya no podrán ser tan descarada e interesadamente germanófilas como lo han sido en la última década. Los pueblos así lo perciben y si lo que se desea es que la gente quiera más Europa, tendrá que ser, necesariamente, no se olvide, de otra manera, con otras políticas más sociales y menos patrocinadas por las grandes corporaciones y poderes financieros. Que la gente note en su día a día sus efectos positivos. Hacer lo contrario sería tender a su autodestrucción, en mi opinión.

Y mientras, aquí seguimos, con la corrupción nuestra de cada día, que nos aventura una sorpresa semanal y a veces diaria. Un grupo mediático, corrompido hasta las trancas, según se demuestra por las conversaciones interceptadas, que pretende hacernos creer que lo de Marhuender es una anécdota graciosa, simpática y hasta justificable por una cuestión de amistad. Grupo que por tierra, mar y aire, o sea, a través de La Razón, Onda Cero, Antena 3 y La Sexta, nos cuentan la película según le dictan su consejo de administración, silenciando que uno de los presos es nada menos que consejero delegado del periódico. Vamos, ni una sola palabra de ese rol institucional. Pero es que desde otros grupos y medios de la competencia, caracterizados precisamente por comportamientos similares (que se lo pregunten a Pedro Jota, o a Cebrián), no se cansan de darle estopa arrimando el ascua a su sardina de forma inmisericorde.

Ahora parece que la corrupción se terminaría con la dimisión de Esperanza Aguirre y con la expulsión del partido del enchironado expresidente autonómico y factótum durante quinquenios de ese mismo partido. Y que la guay del paraguay es la señora que farda, en un alarde de postfeminismo sin complejos, de ejercer de rubia para conseguir los favores de sus interlocutores. Señora que se quiere ir de rositas y que lleva la torta de años pinchando y cortando, quizás en menos proporción que sus compas de ejecutivas, consejos y gobiernos, pero con total responsabilidad solidaria en todos los tejemanejes que ahora se están descubriendo. La pregunta es: ¿hasta cuándo el pueblo español va a seguir tolerando la desvergüenza de esta gentuza?


* Las redes sociales publican el vídeo en el que Rivera ridiculiza a su portavoz en el parlamento europeo, Javier Nart, que había dicho que tuvieron una reunión Macron, Rivera y él mismo hace unos meses. No es que el tipo dijera que había sabido que se había producido una reunión. No, es que dijo que él había estado en ella. Y su jefe lo niega, lo deja con el culo al aire y añade: “si lo sabré yo, que no me he reunido”. En fin, la apropiación del ganador para fines partidistas muestra a las claras la impostura de los supuestos “regeneradores” de la vida política. Como decía el otro: es lo que hay.

Alonsanfandelapatri

El domingo se celebra la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas. Todo está en el aire. Veremos si el mejor competidor del reaccionarismo lepenista es la izquierda consecuente de Melénchon, el contemporizador Macron o el derechista Fillon. Acaso sean tiempos en los que, para situaciones similares, como ocurrió recientemente en los EE.UU., la gente prefiera elegir entre opciones más nítidamente enfrentadas y no, como decimos por acá, entre Málaga y Malagón. Pero eso todavía está por demostrar en más de un país y, aquí y ahora, con los vecinos del norte.

A lo que iba. Llevo una larga temporada leyendo a los mejores representantes del género noir francés. Hay quien dice que fue el poeta Jacques Prevert quien llamó negra por primera vez a lo que todo el mundo ya conoce como novela negra. Fred Vargas, Bernard Minier, Jean Claude Izzo, Jean-Luc Bannalec, Michel Bussi y Pierre Lemaitre, son autores de prestigio, reconocidos en su país y fuera de él, con una extensa literatura, que tengo trillada y que no solo aporta el interés narrativo del thriller, sino el conocimiento profundo de la sociedad en las que se insertan sus tramas, ya estén ambientadas en París, en la Bretaña, en Marsella o en Toulouse. Y que no son siempre policiales, por cierto, como bien atestigua el último libro de Lemaitre.

Con relación a este último autor, he leído todo lo que se ha publicado en España de su obra. La maestría, la solvencia, la buena literatura de Pierre Lemaitre, para mi gusto el mejor exponente de la narrativa francesa actual, hace que todos sus libros tengan un notable interés y sean altamente recomendables. El de Recursos Inhumanos, es el que más relación tiene con la crisis económica que venimos soportando desde hace una década. Las cuatrocientas páginas de vicisitudes que tiene que pasar un directivo parado son todo un compendio de thriller, humor, crónica social, reportaje periodístico y tratado sociológico. Una auténtica joya galardonada con el Premio de Novela Negra Europea y el Premio SNCF de Novela Negra. Si todavía no lo han leído, corran a la librería o a la biblioteca más cercana a pedir la vez. Transcribo un parrafito del libro:

“Catorce meses de paro. Y, en mi opinión, no va a salir fácilmente del agujero. Guéneau es como yo después de año y medio de paro. Se comporta como si todavía tuviese fe. Se agarra a ello. Me lo imagino dentro de seis meses revisando sus pretensiones a la baja en un cuarenta por ciento, dentro de nueve negociando un empleo temporal, dentro de dos años aceptando un puesto más bajo para pagar la mitad de sus letras hipotecarias. Al cabo de cinco años le pateará el culo el primer supervisor que se digne a mirarlo”.

Intercalar opiniones o reflejar el debate social y político en un relato detectivesco, policial o de suspense ya es algo consustancial al noir. Curiosamente, en una de las novelas de Bernard Minier, El Círculo, que se publicó en 2012, se recoge un diálogo que refleja muy bien el hartazgo de mucha gente para con su clase política y la encrucijada en la que se debate ahora ese país. Las concomitancias con la realidad española lo hacen más interesante. Dice así:

“La gente vota. Ellos creen que deciden… En realidad no tienen ninguna capacidad de decisión, ninguna, porque lo único que hacen es volver a colocar en el poder a la misma casta, elección tras elección, legislatura tras legislatura. Siempre se trata del mismo reducido grupo de personas que lo deciden todo por ellos […] Dos partidos que se reparten el poder desde hace cincuenta años, que fingen no estar de acuerdo en nada cuando lo están en casi todo. Hace cincuenta años que somos los dueños de este país y que vendemos al pueblo esta farsa llamada <<alternancia>>. Las cohabitaciones deberían haberles puesto la mosca tras la oreja, porque ¿cçomo pueden cohabitar dos poderes con unas opciones radicalmente opuestas? Pues no. El pueblo ha seguido tragándose la estafa como si nada, y nosotros, aprovechándonos de su generosidad […] Han olvidado que se debe representar la comedia, que hay que presentarse con un mínimo de discreción y de convicción. Se puede orinar sobre el pueblo, siempre y cuando este crea que se trata de lluvia.”

Y, por su parte, Jean Claude Izzo, en el primer libro de su trilogía marsellesa, Total Khéops, retrataba perfectamente a ese segmento de la sociedad francesa que es pasto de la identitaria concepción semiautárquica del Front National. Un parrafito:

“Todos sus rasgos eran blandos. En sus ojos, huidizos, ni una chispa de rebeldía. Amargados de nacimiento. Sólo sentirán odio por los más pobres que ellos. Y por todos esos que les comerán el pan. Árabes, negros, amarillos. Nunca estarían contra los ricos. Se veía ya lo que iban a ser. Poca cosa. En el mejor de los casos, los chicos, taxistas como su papá. Y la chica, peluquera. O dependienta del Carrefour. Franceses medios. Ciudadanos del miedo.”

Valor y precio

Hace unos días supimos que la diputación de Bizkaia había abierto un expediente a un bombero que se había negado a custodiar artefactos que iban destinados a Arabia Saudí, se supone que para bombardear Yemen. El bombero lo explicaba así: “Cuando escuché que había bombas en el contenedor y me las imaginé dentro de él, se me encogió el corazón. Me vinieron a la cabeza los continuos bombardeos a escuelas y hospitales”.

Dos días después escuché en la radio la pregunta que le hacía la periodista de si lo volvería a hacer. La respuesta de este hombre fue algo así como que, si fuera por conciencia, que sí, pero que vista la reacción de su empresa de suspenderle de empleo y sueldo al abrirle expediente, y puesto que necesita el dinero, ya que está casado, tienes dos hijos y una hipoteca que pagar, pues que no, que no lo haría de nuevo.

Comprensible. Algo parecido a lo que dicen que le decía Antonio Hernando a su mujer, cuando hubo que dilucidar si seguía de portavoz del PSOE, tras la salida de Pedro Sánchez, o si dimitía por aquello del No es No: Si sigo con Pedro, ¿cómo vamos a pagar la hipoteca?

Se suele decir que todos tenemos un precio o que a partir de ciertos límites todo el mundo está en venta. Y probablemente sea verdad.  Que nosotros no sepamos el nuestro igual es porque no nos han puesto a prueba lo suficiente. O porque necios de nosotros, como diría el maestro, confundamos valor y precio. Quizás haya gente, de esa que se jacta de menospreciar a la corte y alabar a la aldea, que habrá pensado alguna vez, y a mí por qué no me tentarán, aunque sea un poquito, a ver si me vendo en la misma o en mayor proporción, o me mantengo digno y virtuoso.

“Muchas veces en la corte, estando solo, me paraba a pensar qué iba de mí a los otros y de los otros a mí, y persuadíame a mí que en sangre ninguno era tan limpio, en ciencia tan docto, en doctrina tan gracioso, en aconsejar tan cuerdo, en hablar tan limitado, en escribir tan elegante, en crianza tan comedido y en conversación tan amoroso. Y después que tornaba sobre mí y veía las faltas que había en mí, hallaba por cierto y por verdad que en todo me levantaba falso testimonio, y que en otros y no en mí se hallaba todo aquello”.

Mientras unos y otros van averiguando a lo largo de su vida el valor o el precio -vaya usted a saber- de su integridad, mucha peña se dedica a poner a caldo a quienes sí consideran que tienen un precio –alto, normalmente- y lo hacen valer. Da igual que sean futbolistas de élite, empresarios corruptos, periodistas de renombre o políticos lenguaraces. Son siempre los demás quienes se venden o se corrompen. Uno sale siempre indemne, invendible. Cuando el tiempo va tocando a su fin, empero, no todo son inconvenientes. Hay una gran ventaja en hacerse viejo: que ya te quedan menos cosas por las que te puedan comprar o por las que puedas venderte. Y eso es peligroso. Te haces más libre. Aunque puede que también algo más gruñón.

Según te va en la feria

En La Celestina se recoge el proverbio. Cada uno habla de la feria según le va en ella. Debe de ser inherente a la condición humana porque en cuatro siglos seguimos en las mismas. Que los avatares de la vida, los recuerdos, la experiencia, los pasamos por el tamiz del “daño o el provecho” que hemos tenido particularmente en cada caso. Claro que cabría extrapolar este dicho a lo colectivo. ¿Cómo nos ha ido como pueblo en la feria de la res pública?

Por ejemplo, se habla mucho de la Transición. Para bien, para mal o para regular. En mi caso concreto, cuando empecé a escribir este blog, allá por el 2005, tenía claro cuáles eran los elementos consustanciales a mi desarrollo vital y aún conservo los recuerdos, con sus luces y sus sombras, pero siempre apasionados, del tránsito de la dictadura a la democracia. Y si en lo particular uno no puede quejarse demasiado, a la vista de cómo le ha ido a millones de compatriotas, en lo colectivo y en todo este tiempo transcurrido desde entonces, la cosa sigue teniendo la misma escala de grises, de luces y de sombras, de avances y retrocesos, de cambios profundos y de parálisis permanente, de dos pasos adelante y uno atrás. O viceversa. Por momentos, incluso demasiados pasos atrás.

Se cumplen ahora cuarenta años de la legalización del PCE, como hecho histórico que dio paso a la llamada Transición. La santa Transición, para algunos. El inicio del régimen del 78, para otros. Como esas fechas emblemáticas en las que todo el mundo recuerda qué estaba haciendo en ese mismo momento, también yo me acuerdo de cómo y cuándo supe que legalizaban “al partido”. Regresábamos de un viaje a Cataluña el famoso sábado de gloria y escuchamos la noticia en la radio, a la altura del monasterio de Piedra, para más señas. Dejo para mí y para los míos las sensaciones, obviamente de entusiasmo, que vivimos. No en vano pertenecíamos a lo que Raimon denominaba clases subalternas que veníamos de un silencio, antiguo y muy largo.

Lo que vino después fue entonces y es ahora muy controvertido. Cada cual lo cuenta según lo vivió, según lo que ahora recuerda o cree que pasó, o según le dicen que pasó lo que pasó. Y siempre según la confianza que tenga en quienes cuentan aquéllo (el crítico Constantino Bértolo escribió un tuit que decía: El mundo es del color del sueldo desde el que se mira). No sé si es lo mejor, pero a mí me gusta acudir a las fuentes originales, las propias y las ajenas. Y uno tiene la convicción moral de cómo acontecieron los hechos que vivimos en primera persona. Con todas sus contradicciones, ilusiones, desencantos, éxitos o fracasos. Y para lo que no se conocía entonces, en vivo y en directo, siempre se tiene a mano una opinión, una interpretación de alguien con autoridad en la materia. Y la autoritas, por fortuna, la otorgamos cada cual a quien estimamos conveniente.

Referentes

Supongo que muchos de quienes escribimos asiduamente en la nube nos nutrimos de muchas y diversas fuentes para pergeñar nuestros textos: noticias de todo tipo, opiniones ajenas, reflexiones propias, lecturas, películas, músicas, recuerdos, vivencias, sentimientos… A veces nos asalta la idea de dejar de escribir al enfrentarnos “al odioso ritual de lo habitual: decidir qué tema derramar sobre el papel, y cómo hacerlo. Me asalta el pánico a aburrir, la fobia a carecer de punto de vista, y el vértigo a resultar tan inocuo como hollar -de nuevo- el Annapurna”. A mí no me da por subir a cumbres tan imposibles, pero hay lugares comunes de los que intento huir (no sé si lo consigo) como de la peste.

Y más allá de las ausencias más íntimas con las que uno convive a trancas y barrancas, más de una vez se echan en falta los puntos de vista de quienes considerábamos referentes intelectuales. En mi caso particular, por formación y querencia, en el mundo del periodismo hubo dos escritores que ejercieron esa función de liderazgo didáctico: Manuel Vázquez Montalbán y Javier Ortiz, por orden de desaparición.

Con todo lo que ha pasado en los últimos años, cuántas veces no habremos pensado en qué hubiese escrito Ortiz de esto, qué habría opinado Vázquez Montalbán de aquello otro. Los buenos analistas de la realidad son escasos y los charlatanes abundan en demasía y además se reproducen por esporas, azuzados por la proliferación de tertulias espectáculo, o sesgadas por el medio en que se emitan, en las que prima el griterío y las interrupciones que impiden no solo escuchar sino que alguien mínimamente sensato acierte a enlazar dos frases seguidas con sentido. Cómo será que todavía, en alguna ocasión, he acudido a consultar algún asunto del que recuerdo que Javier Ortiz escribió en su blog histórico, para ver cómo fue el tratamiento concreto que hizo del mismo.

Está por ver qué habrían escrito Manolo y Javier, o viceversa, de los asuntos más relevantes de los últimos años. Qué habrían opinado, pongamos por caso, del 15M, de Podemos, del desencuentro de Vistalegre, del declive de la prensa tradicional, de las tertulias, del significante de Venezuela para uso interno, del tenemos a Rajoy hasta en la sopa, de Carmena, de Le Pen, de Merkel, de la Gürtel, de la caja B del PP, de los tuits enchironados, de la libertad de expresión, de Cataluña, del papa Francisco, del Brexit y de Trump.

Porque, como decía, Rafael Chirbes, la clave en el caso de Javier Ortiz era  “que buscaba siempre saber el porqué de las cosas al margen de capillas, de historias, de partidos, de ideologías, y aunque atentara contra su salud o contra la nuestra. Y precisamente yo creo que le gustaba más cuando atentaba contra la nuestra, porque era una manera yo no sé si de masoquismo, de buscar la moral cristiana (que tampoco es tan mala porque ha dado a Caravaggio), o si era una manera… ¡yo qué sé! Pues a lo mejor de no dejar de ser nunca el adolescente o el niño que fuimos y que quería ajustar las palabras con la verdad y que tan difícil es muchas veces a medida que te vas haciendo mayor.”

Por su parte, del autor de un libro tan apasionante como Galíndez, aunque vivió una época tecnológica anterior (murió en 2003 y Ortiz en abril del 2009), recuerdo sus finísimos y atinadísimos análisis sobre los asuntos de la política nacional e internacional más relevantes de su época en el diario que por entonces ejercía también de referente de la prensa nacional. Desafortunadamente, o por ley de vida, ya ni tenemos a Manolo Vázquez Montalbán ni tenemos un diario en papel que ejerza liderazgo alguno. La credibilidad de la prensa ha caído en picado por méritos propios y ahora la información se ha vuelto digital y fragmentada, lo que obliga a un mayor esfuerzo para informarse, puesto que hay que recurrir a diversas fuentes y medios alternativos.

Recojo a continuación el texto que leyó Rafael Chirbes en un homenaje que se le hizo a Javier Ortiz en Radio Euskadi:

Tan generoso, como cuidadoso. Escribía como los ángeles, pero él lo negaba. “Me conformo con no maltratar la gramática”, decía. Sabía lo importante que es cumplir con las reglas del lenguaje, convencido de que la sintaxis y la gramática son una forma de lucha por la razón, la verdad y, si se me apura, hasta por la justicia.

Cuando uno hace trampas con el lenguaje es que está queriendo hacerlas en la vida. Odiaba la pedantería, la marrullería, la falta de lógica disfrazada de genialidad. Las detectaba en lo que leía, y se reía de ellas a carcajada limpia.

Cuando, a fines de los ochenta, escribí mi primera novela, le pedí que me ayudase a corregirla. Fueron ocho o diez horas en compañía de una botella de whisky, que nos abandonó a mitad de trayecto: destripamos el libro sin dejar acento, punto ni coma sin discutir.

Pasados seis años, al leer otra de mis novelas, le extrañó encontrarse con cierta palabra*. “No parece tuya”, me dijo. Le parecía cursi, y no me veía escribiéndola.

Acertó de pleno: había detectado la única palabra en todo el libro que no era mía. Me había decidido a cambiarla a última hora, aceptando la opinión del corrector. A mí, una vez impresa, también me perseguía.

Así de fino tenía Javier el olfato para detectar las imposturas. Así de cuidadoso era con los códigos –también con el de la amistad-; y así de bien me conocía, y, no sé por qué -a pesar de conocerme-, me quería. Yo a él también lo quería mucho, precisamente porque lo conocía.

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* El propio Rafael Chirbes desvelaría que la palabra que descubrió Javier fue “turgente”. Chirbes había escrito “pechos inflados” y Ortiz le sugirió “pechos turgentes”.

No son paraísos, son guaridas

Fue nada menos que en 1976, cuando Luis Eduardo Aute cantaba aquello de Ay Suiza, patria querida. Cuarenta y un años después, escuchándolo de nuevo ayer en la plaza del Callao, pensé en la miseria de la condición humana y en que seguimos estando en las mismas. Que sigue teniendo la misma validez cada una de las estrofas de la letra de Forges, sin cambiar ni una coma. Que quien hizo y hace la ley hizo y hace las suficientes trampas para no pagar, para evadir o para eludir impuestos. Lo que, lisa y llanamente, consiste en robar, mangar, desvalijar o atracar. Porque no pagar los impuestos que están reglamentados es conjugar todos esos verbos teniendo como sujeto pasivo a la ciudadanía que, sabiéndolo, no se rebela ni a la de tres.

Porque, aunque el gasto social podría ser mayor si no se destinara una parte del mismo a quienes se forran con las privatizaciones de todo tipo, también podría incrementarse sustancialmente con los impuestos evadidos -o eludidos, como dicen sus abogados- que se ocultan en los llamados paraísos fiscales, que no son otra cosa que guaridas donde se refugian los mangantes e insolidarios de toda la vida. Y con lo que sisan, sustraen, expolian, afanan o despojan, se resienten notablemente servicios esenciales de la comunidad como la educación, la sanidad, la dependencia, la cultura, las pensiones, las infraestructuras, etc.  Hacen leyes de techos de gasto, que son aprobadas por las derechas y por quienes se autodenominan socialistas al 100%, pero el techo podría elevarse unos cuantos pisos, unas cuantas cimas, unas cuantas leguas, si se pudiera contar con los 90.000 millones que se calculan de fraude fiscal. Sus paraísos fiscales, nuestros infiernos sociales.

En un libro de  Jean Claude Izzo, Soleá, que novela los crímenes de la mafia marsellesa, se recogen las palabras que se pronunciaron hace ya unos cuantos años en un encuentro de jueces europeos. “¡Hay que acabar con los paraísos fiscales, detergentes de dinero sucio! ¡No se puede dictar normas y, al mismo tiempo, ofrecer los medios para saltárselas!”, exclamaba el español Baltasar Garzón cuando veía cómo acababan enterrándose los casos relacionados con Gibraltar, Andorra o Mónaco. “Hoy día, basta con interponer empresas fantasma y multiplicar los filtros para que no haya nada que hacer, aunque se sepa positivamente que se trata de dinero de la droga”, apostillaba la estrella de los jueces anticorrupción de Francia Renaud van Ruymbeke.

Seguimos en las mismas y no tiene visos de que se vaya a solucionar pronto esta injusticia descomunal de los ricos y poderosos que defraudan y saquean el bienestar colectivo. Pero mientras no se consiga eliminar las guaridas fiscales se podrían adoptar otras medidas. Por ejemplo, como ha hecho recientemente Ecuador, que hace dos meses aprobaba en referéndum que ningún servidor público puede tener bienes o capitales, de cualquier naturaleza, en paraísos fiscales. O estas otras que plantea ATTAC: reforzar el control sobre las grandes fortunas y las grandes corporaciones, incrementando los recursos humanos en la lucha contra el fraude; elaborando leyes que establezcan un sistema impositivo justo, favoreciendo a las rentas del trabajo frente a las de capital; haciendo pública la identidad de quienes tienen cuentas en el extranjero con el fin de evadir impuestos; sancionando duramente a las empresas que utilicen o incentiven el uso de los llamados paraísos fiscales; obligando a las multinacionales que operan en España a declarar aquí los beneficios obtenidos y los impuestos pagados.

Ay Suiza, patria querida

Con las maletas bien repletas de pesetas
vuelo a Laussane una vez a la semana
pequeñas sisas pa que viajen mis divisas
que siempre el capital es internacional.
Ser patriota no es sinónimo de idiota
yo la bandera la llevo en la billetera
me da canguelo si me huelo algún revuelo
y me sienta fatal la reforma fiscal.

Ay, Suiza patria querida
Ay, Suiza de mis amores
Yo tengo una cuenta en Suiza
con muchísimos millones.
Vivan las cuentas en clave
la fuga de capital
el tráfico de divisas
viva la Suiza neutral
viva la Suiza neutral
refugio de mi chequera
viva la banca extranjera
con capital nacional.

A mí el futuro no me deja sin un duro
lo que he afanado ya lo tengo bien guardado
si la tortilla da la vuelta no me pilla
con una mano alante y con la otra detrás.
Yo tengo en Suiza una cuenta muy maciza
es la vacuna que protege mi fortuna
teniendo pelas no me quedo yo a dos velas
viva el país de “iras y nunca volverás”.

Durruti

No frecuento demasiado las biografías y las memorias. No es un género de mi predilección. Sin embargo, hay algunas de ellas en las que no solo me interesa lo que se cuenta de una persona sino el contexto histórico en el que se inserta su vida y también la personalidad, el estilo de quien las escribe. Eso me ha pasado con el libro de Hans Magnus Enzensberger,  El corto verano de la anarquía. Vida y muerte de Durruti. Conocía grosso modo (como cualquiera de ustedes puede consultar en la Wikipedia) quién era uno de los símbolos más famosos y denostados del anarquismo español, pero quería saber algo más. Nada mejor que el ensayo de Enzensberger, que se lee como una novela de aventuras, y que está construido a partir de un sinfín de documentos de todo tipo: memorias y entrevistas con testigos coetáneos del personaje, reportajes, discursos, octavillas, folletos, así como periódicos y revistas de la época, siendo el más importante de ellos Solidaridad Obrera, el diario más importante de Barcelona en su tiempo.

Es un libro altamente recomendable para quien esté interesado no solo en profundizar en la vida de un hombre muy humilde, con una clara conciencia de clase, sino también en la visión que el escritor, ensayista polémico y prolífico, hace de esa España que vivió el biografiado. Como dice el autor alemán, “después de leer todo lo que sabe de él, Durruti sigue siendo lo que siempre fue: un desconocido, un hombre de la multitud”. José Buenaventura Durruti, según todos los testimonios recogidos, no era un orador extraordinario y “sus discursos daban la impresión de incoherencia; no conocía el arte de la retórica. Sin embargo, la gente venía sobre todo para escucharle a él. Su voz fuerte y clara sugestionaba a las masas. Hablaba con mucha sencillez, sin adornos. Lo que atraía a las masas era su vehemente y desbordante sentimiento”.

H.M. Enzensberger insiste en esta idea: “Es sorprendente comprobar cómo se repiten en los relatos las definiciones negativas: ‘No era un orador’, ‘No pensaba en sí mismo’, ‘No era un teórico’, ‘No me lo imagino como general’, ‘No era orgulloso’, ‘No se conducía como el dirigente de un partido’, ‘De militar no tenía nada’, ‘El trabajo organizativo no era su fuerte’. ‘En nuestro movimiento hubo muchos Durrutis’, ‘No era un funcionario, ni un intelectual o estratega’. Lo que era en realidad no lo sabemos. Lo esencial es inexpresable. Lo que se destaca en los detalles anecdóticos es su actitud social, incluso en sus acciones más privadas. Las descripciones retienen un inconfundible perfil proletario; dibujan una silueta sin darle un contenido psicológico”.

Recojo algunos pasajes del libro que contextualizan y enmarcan la importancia del anarquismo español, en Andalucía y en Cataluña, en los finales del siglo XIX y comienzos del XX. Hay que pensar que cuando se produce el levantamiento militar en julio del 36, los cálculos oscilaban entre un millón y 1.600.000 afiliados a la CNT.

“En 1923 la guerra colonial en Marruecos, que condujo al ejército español a una ignominiosa derrota, dio el golpe de gracia al antiguo régimen. La única salida era la dictadura. Primo de Rivera era ante todo el candidato de la burguesía industrial; subió al poder con un programa de ‘modernización’ entresacado de lemas de Kemal Ataturk y Mussolini. Dependía naturalmente del apoyo del ejército, al que tuvo que hacer toda clase de concesiones. La CNT fue proscrita. La socialdemocracia resolvió colaborar; su dirigente Largo Caballero ingresó en el gabinete del dictador[…] La oposición intelectual fue aplastada, Primo de Rivera ignoró la cuestión catalana. Las reformas no se realizaron. Las contradicciones de la sociedad española no pudieron ser ‘saneadas’ desde el despacho del dictador. El experimento autoritario de Primo de Rivera fracasó al producirse la crisis económica de 1929. El ejército se tambaleó. La monarquía había tocado a su fin. Los intereses del capital industrial español impusieron otra forma de gobierno: la República. En marzo de 1931 abdicó Alfonso XIII”.

“En otras regiones, sobre todo en la costa de Levante y en Andalucía, la naciente burguesía propietaria se abrió paso violentamente a partir de 1836. En España la palabra liberalismo significó en realidad la parcelación de las viejas tierras comunales, y su ‘libre’ venta, la expropiación de las pequeñas fincas y la constitución de latifundios. La introducción del régimen parlamentario en 1843 confirmó la dominación de los nuevos hacendados, los cuales, por supuesto, vivían en la ciudad, consideraban sus latifundios como lejanas colonias y los explotaban por medio de administradores y arrendatarios. De este modo se formó un enorme proletariado rural. Hasta el estallido de la Guerra Civil, las tres cuartas partes de los habitantes de Andalucía eran braceros, esto es, jornaleros que vendían su mano de obra por un salario de hambre. Durante la cosecha el horario laboral era por lo general de doce horas. Durante la mitad del año reinaba un desempleo casi total. Las consecuencias eran una pobreza endémica, la desnutrición y el éxodo rural”.

“En los pueblos el poder del Estado se manifestaba principalmente como potencia ocupante. Un año después de apoderarse del aparato gubernamental, la nueva clase política de los hacendados creó un ejército de ocupación propio, la Guardia Civil, una gendarmería acuartelada, con el supuesto fin de eliminar el bandolerismo, la forma más primitiva de autodefensa campesina. En realidad, su verdadero objetivo era tener en jaque al proletariado rural, que ya adoptaba nuevas formas de lucha. La Guardia Civil se compone de individuos cuidadosamente seleccionados, siempre ubicados lejos de sus pueblos. A estas tropas se les prohíbe casarse con la población autóctona o confraternizar con ella. No se les permite salir de sus acantonamientos desarmados o solos; todavía actualmente la gente del campo los llama la pareja, porque siempre salen de dos en dos a patrullar. En los pueblos andaluces el evidente odio de clase se manifestó hasta los años treinta en una permanente guerra de guerrillas, una primitiva guerrilla campesina que tendía a convertirse de improviso en espontánea insurrección campesina. Estas rebeliones desencadenaban una irresistible violencia colectiva, se luchaba con increíble arrojo. Las insurrecciones seguían un desarrollo estereotipado: los trabajadores rurales mataban a los guardias civiles, secuestraban a los curas y funcionarios, incendiaban las iglesias, quemaban los registros catastrales y los contratos de arrendamiento, abolían el dinero, se declaraban independientes del Estado, proclamaban comunas libres y decidían explotar colectivamente la tierra. Es sorprendente comprobar cómo estos campesinos, en su mayoría analfabetos, seguían exactamente  las consignas de Bakunin, sin saberlo, por supuesto. Como las sublevaciones eran únicamente locales y faltas de coordinación, sólo duraban en general algunos días, hasta que las tropas del gobierno las sofocaban sangrientamente. El anarquismo español echó sus primeras raíces en los pueblos de Andalucía […]”.

“Cataluña es la antípoda económica de las empobrecidas y áridas zonas del sur y oeste de España. Siempre ha sido la región más rica y la de desarrollo industrial más elevado del país […] los industriales y banqueros catalanes no pensaban sólo en dilapidar, como los hacendados, sino también en acumular. Entre 1870 y 1930 se formó en Barcelona y sus alrededores un inmenso y superconcentrado proletariado industrial. Pero en contraste con otras regiones parecidas de Europa, los trabajadores catalanes no se adhirieron a la socialdemocracia ni a los sindicatos reformistas, sino al anarquismo, el cual echó aquí sus segundas raíces, sus bases urbanas. Ya en 1918 el 80% de los obreros de Cataluña pertenecían a organizaciones anarquistas […]. Sólo una mínima proporción de los obreros de la zona industrial de Barcelona son nativos de la región; la mitad proceden de las áridas provincias de Murcia y Almería; es decir, del sur; estas migraciones internas han proseguido hasta el presente, debido a la desocupación de origen estructural existente en el campo […]”.

“Muchas provincias españolas se caracterizan por su fuerte regionalismo, un ansia de independencia y autonomía y una tenaz oposición al dominio del gobierno central de Madrid; pero en ninguna parte esto es tan evidente como en Cataluña, una región que en muchos aspectos podría considerarse como una nación, y que ya en el siglo XVII dirigió una guerra de independencia contra la monarquía española. Su especial desarrollo económico ha contribuido a fortalecer esta tendencia. El nacionalismo catalán tiene dos caras. Su ala derecha representa los intereses de la burguesía regional y utiliza el problema de la autonomía para mistificar la lucha de clases. Pero para las masas la cuestión catalana adquiere un sentido enteramente revolucionario. El deseo de autoadministración, el odio contra el poder central estatal y la insistencia en la radical descentralización del poder, eran elementos que volvían a encontrarse en el anarquismo.”

Como curiosidad recojo a continuación una síntesis del reglamento para el ejército que proponían los anarquistas al inicio de la guerra. Supongo que, ochenta años después, seguirán chocando algunos de sus postulados para una milicia que aquí y supongo que en otros países está demandando mayores niveles de democracia interna:

  1. Abolición del saludo.
  2. Igual salario para todos.
  3. Libertad de prensa para los periódicos del frente.
  4. Libertad de discusión.
  5. Consejo de soldados por batallón.
  6. Ningún delegado puede ser comandante.
  7. El consejo de soldados convocará a asamblea general a los soldados del batallón, si así lo desean los 2/3 de los representantes de la compañía.
  8. También los regimientos formarán un consejo de soldados […]
  9. Se enviará un delegado observador al estado mayor de la brigada.
  10. La organización de la representación de los soldados debe extenderse a todo el ejército.
  11. El consejo general de soldados estará representado en el estado mayor general mediante un delegado.
  12. Los tribunales de guerra en campaña estarán integrados exclusivamente por soldados. Sólo en caso de comparecer un oficial ante el tribunal, podrán participar en éste un oficial.

Piojos y revolución

Advertido por el artículo de Belén Gopegui (Olas que golpean), he tenido la oportunidad de releer un famoso texto de Chesterton que conocí en la Facultad, gracias a un catedrático, Felicísimo Valbuena, conocedor de la obra del escritor y periodista británico. Como en las páginas que he consultado se ofrecía el texto recortado del leitmotiv que quería transmitir el creador del famoso sacerdote y detective Padre Brown, reproduzco a continuación, por su evidente interés, los párrafos casi completos de la conclusión de la parte quinta de su libro Lo que está mal en el mundo, que contextualiza su defensa de los pobres y remarco en negrita las ideas a las que se refería Gopegui:

“Hace un tiempo algunos médicos y otras personas a las que la ley moderna autorizó a dictar normas a sus conciudadanos menos elegantes emitieron una orden que decía que había que cortar el pelo muy corto a las niñas pequeñas. Me refiero, naturalmente, a aquellas niñas pequeñas cuyos padres fueran pobres. Muchas costumbres antihigiénicas son habituales entre las niñas ricas, pero pasará mucho tiempo antes de que los médicos se metan con ellas. Ahora bien, la cuestión que provocó esta interferencia concreta fue que los pobres se encuentran tan presionados desde arriba, en submundos de miseria tan apestosos y sofocantes, que no se les debe permitir tener pelo, pues en su caso eso significa tener piojos. En consecuencia, los médicos sugieren suprimir el pelo. No parece habérseles ocurrido suprimir los piojos. Y, sin embargo, eso se podría hacer. Como suele ocurrir en muchas conversaciones modernas, lo innombrable es la base de toda la discusión. A cualquier cristiano (es decir, a cualquier hombre con un alma libre) le resulta evidente que cualquier coacción ejercida sobre la hija de un cochero debería ser aplicada, si es posible, a la hija de un ministro del gabinete. No preguntaré por qué los médicos no aplican de hecho su norma a las hijas de los ministros del gabinete. No lo preguntaré porque lo sé. No lo hacen porque no se atreven. Pero ¿qué excusa esgrimirán, qué argumento plausible utilizarán, para cortar el pelo de los niños pobres y no el de los ricos? Su argumento consistirá en decir que la plaga aparecerá más probablemente en el pelo de los pobres que de los ricos. ¿Y por qué? Porque los niños pobres se ven obligados (contra todos los instintos de las sumamente domésticas clases trabajadoras) a apiñarse en habitaciones pequeñas según un sistema de instrucción pública sumamente ineficaz, y porque en uno de cada cuarenta niños puede encontrarse el mal. ¿Y por qué? Porque el hombre pobre está tan por debajo de las grandes rentas de los grandes terratenientes que es frecuente que su mujer también tenga que trabajar. Por tanto, no tiene tiempo de cuidar a los niños, y, por tanto, uno de cada cuarenta está sucio. Como el obrero tiene a esas dos personas por encima de él, el terrateniente sentado (literalmente) sobre su barriga, y el maestro de escuela sentado (literalmente) sobre su cabeza, el obrero tiene que dejar que el pelo de su hijita, primero, sea descuidado por culpa de la pobreza y, segundo, sea abolido en nombre de la higiene. Es posible que él estuviera orgulloso del pelo de su niña. Pero él no cuenta.”

“Sobre este sencillo principio (o, más bien, precedente), el médico sociólogo sigue adelante con alegría. Cuando una tiranía libertina pisotea a los hombres en el polvo hasta que se les ensucia el pelo, el camino de la ciencia queda expedito. Sería largo y laborioso cortar las cabezas de los tiranos; es más fácil cortar el pelo de los esclavos. Del mismo modo, si alguna vez llegara a ocurrir que los niños pobres, gritando de dolor de muelas, molestaran a un maestro de escuela o un artístico caballero, sería fácil sacarles todos los dientes; si sus uñas estuviesen muy sucias, se les podrían arrancar; si sus narices moquearan, se les podrían cortar. La apariencia de nuestros humildes conciudadanos podría simplificarse de manera notable antes de que acabáramos con ellos. Pero todo esto no es peor que el hecho brutal de que un médico pueda entrar en la casa de un hombre libre, con una hija cuyo pelo puede estar más limpio que las flores de primavera, y ordenarle que se lo corte. Esa gente nunca parece darse cuenta de que la lección de los piojos en los suburbios es que lo que está mal son los suburbios, no el pelo. El pelo es, por así decirlo, una cuestión enraizada. Su enemigo (como los demás insectos y los ejércitos orientales de los que hemos hablado) rara vez cae sobre nosotros. En realidad, sólo por medio de instituciones eternas como el pelo podemos someter a prueba instituciones pasajeras como los imperios. Si una casa está construida de manera que al entrar nos arranca la cabeza, es que está mal construida […]”.

“Las grandes tijeras de la ciencia que cortarían los rizos de los pobres niñitos de las escuelas se acercan, cada vez más amenazantes, para cortar todas las esquinas y los flecos de las artes y los honores de los pobres. Pronto estarán retorciendo pescuezos para que se adapten a los cuellos limpios, y destrozando pies para que encajen en nuevas botas. No parecen darse cuenta de que el cuerpo es algo más que vestimenta; de que el sábado se hizo para el hombre; de que todas las instituciones serán juzgadas y condenadas por no haberse adaptado a la carne y al espíritu normales. La prueba de la cordura política consiste en conservar la cabeza. La prueba de la cordura artística consiste en conservar el pelo. Ahora bien, la parábola y el propósito de estas últimas páginas, y sin duda de todas ellas, es ésta: afirmar que debemos empezarlo todo de nuevo enseguida, y empezar por el otro extremo. Yo empiezo por el pelo de una niña. Sé que eso es una buena cosa en cualquier caso. Cualquier otra cosa es mala, pero el orgullo que siente una buena madre por la belleza de su hija es bueno. Es una de esas ternuras inexorables que son las piedras de toque de toda época y raza. Si hay otras cosas en su contra, hay que acabar con esas otras cosas. Si los terratenientes, las leyes y las ciencias están en contra, habrá que acabar con los terratenientes, las leyes y las ciencias. Con el pelo rojo de una golfilla del arroyo prenderé fuego a toda la civilización moderna. Porque una niña debe tener el pelo largo, debe tener el pelo limpio; porque debe tener el pelo limpio, no debe tener un hogar sucio; porque no debe tener un hogar sucio, debe tener una madre libre y disponible; porque debe tener una madre libre, no debe tener un terrateniente usurero; porque no debe haber un terrateniente usurero, debe haber una redistribución de la propiedad; porque debe haber una redistribución de la propiedad, debe haber una revolución. La pequeña golfilla de pelo rojo dorado, a la que acabo de ver pasar junto a mi casa, no debe ser afeitada, ni lisiada, ni alterada; su pelo no debe ser cortado como el de un convicto; todos los reinos de la tierra deben ser destrozados y mutilados para servirla a ella. Ella es la imagen humana y sagrada; a su alrededor, la trama social debe oscilar, romperse y caer; los pilares de la sociedad vacilarán y los tejados más antiguos se desplomarán, pero no habrá de dañarse ni un pelo de su cabeza.”