Liberales del XIX

Escuchaba el otro día una charla que mantenía el catedrático de derecho constitucional Javier Pérez Royo con su colega  Eugenia Rodríguez Palop y el líder de Podemos y también profesor Pablo Iglesias Turrión. En ella se cuestionaba el rol que estaba teniendo la monarquía actual en el conflicto territorial. Releí el artículo que escribió el primero en eldiario.es, en el que, entre otras cosas, se criticaba cómo se produjo la abdicación del monarca anterior. Crítica que el catedrático reflejó en un artículo para el diario El País, con el título de “Fraude de Constitución”, que -dice Pérez Royo- “por primera vez en más de veinte años de mi trayectoria en el periódico no fue publicado”.

Hace diez años, el rey emérito se fotografiaba en el museo del Prado delante del cuadro del fusilamiento de Torrijos. No pude entonces, y no puedo evitar todavía hoy -cuando escucho a su real hijo y a algunos políticos de la derecha vindicarse de la ideología liberal-, un estremecimiento al recordar la historia en la que otro Borbón, Fernando VII, ordenaba en diciembre de 1831: ”Que los fusilen a todos.  Yo, el Rey.” Y al amanecer de un día como hoy de 1831, en las malagueñas playas de San Andrés eran fusilados todos los luchadores liberales que habían conspirado contra el absolutismo de la década ominosa, incluyendo un grumete de tan solo 15 años. Nunca está de más -para algo es uno de los emblemas de este blog desde su fundación- recordar el soneto que José de Espronceda dedicó a la muerte de Torrijos y de sus compañeros, auténticos precursores en el primer tercio del XIX de lo que luego sería la izquierda política:

Helos allí: junto a la mar bravía
cadáveres están ¡ay!  los que fueron
honra del libre, y con su muerte dieron
almas al cielo, a España nombradía.

Ansia de patria y libertad henchía
sus nobles pechos que jamás temieron,
y las costas de Málaga los vieron
cual sol de gloria en desdichado día.

Españoles, llorad; mas vuestro llanto
lágrimas de dolor y sangre sean,
sangre que ahogue a siervos y opresores,

y los viles tiranos con espanto
siempre delante amenazando vean
alzarse sus espectros vengadores.

 

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Estafadores en la red

La corresponsal de El Mundo en Beirut firmaba una crónica el día 7 de junio de 2011 según la cual la bloguera siria Amina Abdallah Araf “fue detenida en nombre de una dictadura que responde a las críticas a cañonazos”. Su texto estaba plagado de juicios y opiniones de la propia periodista mezclados con textos publicados en el blog de Amina. Dos ejemplos: “La ironía de ser tachada de salafista –una conservadora escisión del Islam suní, la más estricta- siendo una declarada lesbiana que ni siquiera usa velo debió sonar a bofetada en casa de los Araf, una familia bien conectada tanto con el Gobierno como con los Hermanos Musulmanes. Pero las influencias no sirven de nada en estos tiempos de represión, donde todos son sospechosos de traicionar al dictador y su séquito.” Y continuaba más adelante: “Al principio usó su blog para incidir en los innumerables problemas de la comunidad LGBT regional. Pero comenzar a abordar las manifestaciones que exigían en un inicio reformas democráticas y más tarde el final de la dictadura resultó algo casi natural. Cuando quiso apercibirse, ya estaba padeciendo la represión. ‘El gas lacrimógeno volaba hacia nosotros. Vi gente vomitando por el gas mientras cubría mi propia boca y mis ojos ardientes. (…) Estoy segura de que no he sido la única en notarlo, pero si esto se convierte en costumbre, un niqab (velo integral) será algo muy práctico a usar en el futuro’”.

¿Qué fuentes había contrastado la periodista para esa crónica informativa? Al parecer, la única fuente, para ella y, por supuesto, para el resto de periodistas de todo el mundo que se habían hecho eco de la suerte de Amina y habían iniciado una campaña para su liberación había sido el propio blog que esta mantenía y lo que contara en el Facebook su prima, quien manifestaba lo siguiente: “Por la experiencia de otros familiares arrestados, creemos que podría ser liberada pronto. Si hubieran querido matarla, ya lo habrían hecho. Eso es por lo que todos rezamos”.

Pues bien, una semana después el mismo periódico, en una crónica esta vez sin firma, informaba del descubrimiento de la farsa y ni había existido Amina, ni había habido detención alguna, ni era una lesbiana en Damasco la que mantenía el blog con ese mismo nombre (A Gay Girl in Damascus). Por no haber no había ni prima, puesto que eran unos perfiles inventados. Se trataba del montaje de un aficionado a la cibernética, que se había inventado una falsa identidad para la que utilizó, incluso, una fotografía robada en el Facebook de otra joven. Con esa personalidad el fulano “llegó a mantener una ‘relación’ sentimental a distancia con una chica lesbiana de Canadá, con la que intercambió cientos de e-mails”.

Obviamente, según se recoge en la información, le faltó tiempo al gobierno sirio para utilizar el engaño de ese farsante como “ejemplo” de las “continuas fabricaciones y mentiras contra Siria en términos de secuestrar blogueros y activistas”.

El daño que había causado el bloguero estadounidense con su estafa de inventar las aventuras y desventuras de una mujer siria, en su condición de activista lesbiana, fue en múltiples direcciones: a la actividad insurreccional de la oposición democrática al gobierno dictatorial sirio; al resto de movimientos de la primavera democrática en otros países árabes; al movimiento gay de ese país y de todo el mundo; a personas concretas que habían seguido apasionadamente el supuesto drama de una mujer en condiciones de sufrimiento y persecución; a los verdaderos internautas que denunciaban la represión de Siria; a la fama de las propias redes sociales, que ven dañada su imagen como fuente informativa de primer orden.

Todo esto ha sido recogido en una película documental excelente de 2015, que vi la semana pasada en Sundance, A Gay Girl in Damascus: The Amina Profile. Ahí se recoge con detalle toda esta monumental estafa y las manifestaciones y declaraciones de todos los implicados, activos y pasivos. Aunque el spoiler no lo hice yo, sino la misma prensa que había informado y contrainformado sobre este asunto, anticipando la trama de la película que se haría años después, si pueden y tienen ocasión no se la pierdan. Por la complejidad y diversidad de los matices y asuntos tratados, sería una buenísima cinta para debatir en cine fórum. Y más en estos tiempos que desde tantos medios se intenta legislar sobre las redes sociales. El debate está servido.

El derecho de contarlo

Para culminar la semana dedicada a la poesía, qué mejor que acudir a nuestra propia historia, silenciada durante los terribles años del tiempo del silencio, y aún hoy no explicada a nuestros jóvenes. No es que en los libros de texto se puedan, a día de hoy, escribir barbaridades, es que, como señala el historiador Julián Casanova en esta entrevista, “la Guerra Civil y el franquismo nunca han entrado en las aulas, y se conocen a través de la propaganda o de la militancia en un sentido u otro”. Sucede que a la derecha española por antonomasia (hay otras que se esconden en siglas menos corrompidas pero con el mismo tufillo a naftalina), al PP, continúa Casanova, “le pone nervioso la Historia, porque la memoria histórica, la gente que no encuentra los restos de sus familiares en las cunetas, los historiadores que investigan todo lo que fue la memoria franquista, a ellos les irritan, por que les desarma lo que fue su parte afectiva y sentimental con la dictadura. Y les recuerda que el franquismo dejó de ser un elemento modernizador y acabó siendo una dictadura levantada sobre las cenizas de los vencidos, que torturaba y violaba sistemáticamente los derechos”. Una de esas víctimas, Consuelo Ruiz, escribió un poema, Las mujeres de los rojos, que sintetiza no sólo su padecimiento sino el de muchas mujeres que desempeñaron un rol fundamental para que no se perdiera esa parte de la memoria colectiva que muchos quisieran eliminar. Al final de este texto, Paquita Martín, militante comunista, a sus 91 años pone voz trémula y muy digna al poema mencionado:

Quisiera escribir un himno
a un pobre racimo humano:
las mujeres de los rojos
que en España nos quedamos,
para las que no hubo escape,
para las que no hubo barco.
Las que nos quedamos solas
con sus niños en los brazos.
Sin más sostén ni más fuerza
que el que daba el estrecharlos
como prendas de un amor
contra nuestros pechos flácidos.
Todos perdimos la guerra,
todos fuimos humillados.
Pero para las mujeres
el trance fue aún más amargo.
Largas colas en Porlier
con nuestros pobres capachos.
Caminatas bajo el sol
con los pies semi descalzos.
Caminatas sobre el hielo
tiritando en los harapos.
Largas, duras caminatas
en busca de algún trabajo.
Cansancio y humillación
si lograbas encontrarlo.
Y si no lo conseguías,
humillación y cansancio.
por el pan de nuestros hijos,
siempre un combate diario.
¡Esos días siempre solas,
esos días largos, largos,
que fueron semanas, meses,
que duraron tanto, tanto,
que entre dolor y entre lágrimas,
se convirtieron en años!
Nuestros hombres en la cárcel,
nuestros hombres exiliados,
nuestros hombres cada día
cayendo como rebaños
en manos de furia ciega
de matarifes fanáticos.
Y las mujeres seguimos,
a nuestro modo luchando
y esa guerra, sólo nuestra
Esa guerra la ganamos.
Los hijos de nuestros hombres
Quedaron en nuestras manos
Y supimos inculcarles
un culto casi sagrado
Por los nuestros, los ausentes,
los padres que les faltaron.
Se los pusimos de ejemplo
porque siguieran sus pasos
y logramos convencerles
de que eran buenos y honrados,
aunque en la calle, en la escuela,
les dijeran lo contrario.
Éramos pobres mujeres
y supimos elevarnos
sobre el dolor, sobre el miedo,
sobre el hambre y el fracaso.
Y criamos nuestros hijos
dignos de sus padres, bravos,
serios, dignos, responsables.
Los íbamos cultivando
pilares para un futuro
que aún parecía lejano
y en el que siempre creímos
con los puños apretados.
Quisiera escribir un himno,
grande, estupendo, fantástico,
de pobres mujeres débiles
con heroísmos callados,
de esfuerzos y sufrimientos
que eran el vivir diario
Y, a pesar de ello supieron,
con un esfuerzo titánico
ir manteniendo la llama
de amor al padre lejano,
al padre que estaba preso
o al que habían fusilado.
Yo quisiera a voz en grito
poder entonar un cántico
Que dijera todo eso,
que bastante hemos callado.
Las mujeres de los rojos
que en España nos quedamos
creemos tener, al menos,
el derecho de contarlo.

 

Un siglo atrás (y II)

Leía el otro día una información sobre las lenguas que comparten muy poquitas personas de una región fronteriza con Portugal, allá por las lindes entre Cáceres y Salamanca. Supongo que las hablas (la fala) que allí se denominan según el gentilicio de la población que las acoge (valverdeiru en Valverde del Fresno, lagarteiru en Eljas y mañegu en San Martín de Trevejo), serán variantes o derivaciones del castúo, una suerte del dialecto extremeño que popularizara Gabriel y Galán en las postrimerías del siglo XIX y comienzos del XX.

Cada vez que la prensa trae uno de esos desahucios dramáticos (¿cuál no lo es?), pienso en la grandeza y en la dignidad de la gente que supo reflejar con maestría el poeta salmantino-extremeño. Tenía escrita esta introducción hace semanas y el otro día me topé en la prensa con este titular: “Hallan a un anciano muerto hace cuatro años cuando fueron a desahuciarle”. Él, a diferencia de la mujer del poema, a lo que se ve, no tenía quien lo cuidara, ni lo quisiera. Los embargos de hace un siglo. Los desahucios del presente. La vida, y la muerte, de las personas. Qué poquita cosa somos.

El embargo, (José María Gabriel y Galán)

Señol jues, pasi usté más alanti
y que entrin tos esos.
No le dé a usté ansia,
no le dé a usté mieo…
Si venís antiayel a afligila
sos tumbo a la puerta. ¡Pero ya s’ha muerto!

Embargal, embargal los avíos
que aquí no hay dinero;
lo he gastao en comías pa ella
y en boticas que no le sirvieron;
y eso que me quea,
porque no me dio tiempo a vendello,
ya m’está sobrando,
ya m’está jediendo.

Embargal esi sacho de pico
y esas jocis clavás en el techo,
y esa segureja
y ese cacho e liendro…
¡Jerramientas, que no quedi una!
¿Ya pa qué las quiero?
Si tuviá que ganalo pa ella,
¡cualisquiá me quitaba a mí eso!

Pero ya no quieo vel esi sacho,
ni esas jocis clavás en el techo,
ni esa segureja,
ni ese cacho e liendro…

¡Pero a vel, señol jues: cuidaíto
si alguno de esos
es osao de tocali a esa cama
ondi ella s’ha muerto:
la camita ondi yo la he querío
cuando dambos estábamos güenos;
la camita ondi yo la he cuidiau,
la camita ondi estuvo su cuerpo
cuatro meses vivo
y una nochi muerto…

Señol jues: que nenguno sea osao
de tocali a esa cama ni un pelo
porque allí lo jinco
delanti usté mesmo.

Lleváisoslo todu,
todu, menus eso,
qu’esas mantas tienin
suol de su cuerpo…
¡y me güelin, me güelin a ella
ca ves que las güelo!…

Un siglo atrás (I)

Conservo un libro, editado en Buenos Aires y en 1948 (el color amarillento de sus páginas denota su longevidad), con las poesías castellanas y extremeñas de José Mª Gabriel y Galán. Según se recoge en la solapa del libro, el poeta “hijo de labradores, se graduó de maestro en Madrid, ejerciendo en Salamanca y Ávila, pero profundamente apegado a la vida campesina abandonará la carrera del magisterio y se dedica, como confiesa en una carta a la condesa Pardo Bazán, al ‘cultivo de unas tierras y al cuidado y cariño de mi gente’, frase esta que sintetiza la esencia de su poesía de pura raigambre racial y que, como han coincidido en ello críticos y panegiristas, entronca con el realismo del Mío Cid y de los viejos romances, repitiendo sus coplas el propio pueblo que se las inspiraba”.

El poema, en forma de carta, que transcribo a continuación (la obra completa del poeta se puede consultar en la biblioteca virtual Miguel de Cervantes), seguro que impactará a los más jóvenes, por la forma de relacionarse y de “pedida de la mano” de una moza casadera por parte de quien optaba a ser su pareja in illo tempore. Casi ná.

Las cartas

1
«Apreciable Ana María:
Me alegraré que te halles
al recibo de estas letras
que te dirige tu amante,
tan bien como yo deseo,
en compañía de tus padres,
pues yo estoy bueno, a Dios gracias,
pa lo que gustes mandarme.
Pues sabrás, Ana María,
que el motivo de mandarte
por el dador esta esquela,
es porque dice mi madre
que antes de dir a tu casa
debo de manifestarte
las intenciones que tengo
determinao de expresarte,
y son el tratar contigo,
si son gustosos tus padres,
y si tú también lo eres
como este tu fino amante.
Pues el motivo de ello
sabrás que es el de apreciarte
y el de casarme contigo,
si no encontraras achaques
que ponerle a mi persona,
como tampoco a mis padres.
Pues sabrás que a mí me corre
bastante prisa el casarme,
por causa de que mi hermana
por mí tiene que esperarse,
y el novio le mete prisa
por mor de no tener madre.
Pues sabrás que yo deseo
que, cuantis puedas, me mandes
a decir el resultado
de si todos sois gustantes,
pues el saber que me quieres
será un alegrón bien grande,
pues sabrás que yo te quiero
ya hace tres años cabales,
y por ser uno algo corto
pues no te lo he dicho antes.
Sin más, les darás memorias
a tu padre y a tu madre,
y tú recibes el alma
y el corazón de tu amante,
que te aprecia y que lo es,
Juan Manuel Sánchez y Sánchez.»

2
«Apreciable Juan Manuel:
Me alegraré que recibas
la presente disfrutando
de igual salud que la mía,
en compaña de tus padres
y de la demás familia.
Pues sabrás por la presente
que recibí hace tres días
la esquela que me mandaste
diciéndome que te escriba
mandándote el resultao
de lo que en ella decías.
Pues sabrás que se lo dije,
a mis padres en seguida,
lo cual les ha parecido
que vienes con mucha prisa,
y dicen que yo no tengo
prisas ninguna hoy día.
Pues sabrás por la presente
lo mucho que te se estima
el acuerdo que has tenido
y el decir que a mí me escribas
con licencia de tus padres
y de toda la familia.
Pues de aquello que tú quieres
el resultao en seguida,
sabrás que no hemos pensao
el asunto entodavía;
por lo cual no puedo ahora
darte entrada ni salida;
pero si vas a Cabrera
quizás allí te lo diga,
porque hemos determinao
de dir hogaño a la misa
que va mi padre, a motivo
de ser de la cofradía.
Sin más, les darás memorias,
de parte de mi familia,
a tu padre y a tu madre,
y se las das también mías.
Y tú también las recibes
de tu afectísima amiga,
que te aprecia y que lo es,
Ana García y García

Miércoles otoñal

Hay días que escribiría contra casi todo. O, al menos, contra muchos. Incluso los miércoles. Contra las y los espabilados y oportunistas que tienen preparados dos discursos, uno por si sale lo que predijeron y otro por si se frustran sus expectativas. Contra la prensa que ejerce su vergonzoso rol de francotirador desde una trinchera financiada en paraísos fiscales. Contra los sabios que se la quieren colar a la peña, confundiendo academia con ideología y retórica con papanatismo. Contra los voceros de la nada y del todo, siempre arrimados al poder que más caliente a ellos o a los suyos. Contra los corporativismos de toda laya, los tribalismos excluyentes y los supremacismos de cualquier índole, cánceres que azotan las sociedades modernas, antiguas o contemporáneas. Hay días que escribiría incluso contra mí. Como diría el poeta, en estos casos es bravo decir algo que realmente no sobre. Acudo, pues, al bálsamo de la palabra. Cuatro poetas, cuatro poemas.

Síndrome, Mario Benedetti

Todavía tengo casi todos mis dientes
casi todos mis cabellos y poquísimas canas
puedo hacer y deshacer el amor
trepar una escalera de dos en dos
y correr cuarenta metros detrás del ómnibus
o sea que no debería sentirme viejo
pero el grave problema es que antes
no me fijaba en estos detalles.

El planeta Tierra, Gloria Fuertes

El planeta tierra
debería llamarse planeta agua.

En la tierra hay más agua que cuerpo,
en el cuerpo hay más cuerpo que alma,
en la tierra hay más peces que aves,
en las aves más pluma que alas.

En el verso hay más sangre que tinta,
en la tinta hay más sombra que nada,
en la nada hay más algo que alga
y ese algo se mueve y reluce
y nace la palabra.

Qué miedo, María Castrejón

Qué egoísta soy con la muerte
de los otros pienso mientras miro
los restos que dejaron las gotas
en mi ventana Muchos se están
muriendo ahora y yo sufro
por dejar bien colocados los tenedores
Es fundamental que haya
algo de chocolate en el armario
Cuanto más lejos menos miedo
Cuanto más difiere el paisaje
menos miedo Si los muertos
hablaban otro idioma
menos miedo Si no huelen
menos miedo No se muere
la gente de verdad para mi piel
Qué egoísta soy con la muerte
de los otros Si no los he visto
nunca menos miedo menos miedo
si no son familiares de nadie
que conozca menos miedo
si no son niños si no tienen
la edad de mi hijo menos miedo
Si no veo su foto menos miedo
menos miedo si son varones
de mediana edad si son de Yemen
menos miedo menos miedo
si son de Siria o Palestina
Qué egoísta soy con la muerte
de los otros Qué miedo

En dos minutos, César Poetry

No sabes la cantidad de “te quieros”
que caben en dos minutos.
Entiendo que las palabras
no se categorizan en tiempo,
pero joder,
en dos minutos en tu cintura
caben cincuenta “no te vayas todavía”:

Podría escribir en dos minutos
ciento veinte segundos
y me sobraría tiempo para besar
las treinta y tres vértebras de tu columna.

En dos minutos
daría la vuelta al mundo
y tocaría tu espalda.
Y, cuando te dieras la vuelta,
te diría que ya estoy aquí de nuevo,
dispuesto a salvar
todos y cada uno
de tus miedos.

Preguntas frecuentes

En numerosas webs de instituciones y empresas o en las que se publicitan servicios o productos, suele haber un enlace a las preguntas más frecuentes (traducción de las famosas FAQ, Frequently Asked Questions), que suelen hacer o hacerse los internautas que navegan por esas latitudes digitales.

Supongo que habrá foros en los que los espectadores y aficionados al cine puedan interactuar con otros colegas de visionado para preguntarles o preguntarse a sí mismos qué quiso decir el protagonista en aquella escena, o el significado de esa otra secuencia que parecía decir y no decía. El otro día, sin ir más lejos, viendo la película de Hirokazu Koreeda, El tercer asesinato, me surgieron multitud de preguntas e interrogantes sobre el mundo judicial, protagonizado por jueces, abogados y fiscales y también, por supuesto, por el propio sistema que los encauza y determina. ¿Cuáles serían las más frecuentes que se harían el conjunto de espectadores de una determinada película? ¿Qué sugerencias, inquietudes o reflexiones se suscitan en el ánimo de quienes asisten a una proyección, en la que el director pretende decir, mostrar o hacer su particular interpretación de un ámbito concreto de la vida de las personas?

Estoy seguro de que se podría escribir (igual ya están hasta publicados) algún que otro libro sólo con preguntas, formuladas no sólo por filósofos, pensadores, académicos, periodistas o políticos sino también, cómo no, por las personas del común que habitualmente se las hacen sobre cualquier asunto que les concierne directamente. Y otros libros, asimismo, podrían editarse sólo con la tanda de respuestas que se diesen por todos aquellos que citaba en primer lugar a las correspondientes preguntas y también las que ofrecería la llamada gente de la calle que habitualmente no tiene acceso a pontificar sobre nada en los medios de comunicación.

Una de las cuestiones suscitadas en la cinta de Koreeda es la discordancia que podría plantearse entre la verdad judicial y la realidad de los hechos. El propio director dice que en la preparación del guion escuchó cómo diversos letrados le aseguraron que “no se descubre la verdad en los tribunales” y, según se recoge en la hoja de mano que se entrega en el cine, esos mismos letrados “solían añadir que en la mayoría de los casos no se llegaba a saber la verdad”.

La verdad. Pero, ¿cuál de ellas? ¿La verdad de los hechos? ¿La de los acusados? ¿La de los fiscales? ¿La de los defensores? ¿La de las víctimas colaterales? ¿La que conviene al sistema? ¿La verdad judicial final? Ignoro las diferencias que puedan existir entre el sistema judicial japonés y el europeo, y aún menos con el español. Pero aquí la gente también se hace preguntas sobre ese mundo. Y con frecuencia. Algunas de ellas, por ejemplo: ¿Qué hace que la justicia castigue tan levemente, o deje sin castigar, o indulte determinados delitos que afectan a quienes se sientan cerca del Poder, de los poderes institucionales, políticos, económicos, militares, religiosos o mediáticos? ¿Qué clase de justicia es la que tarda años en sustanciar procesos que afectan a todos esos poderes y enjuicia y sentencia rápidamente otros que deberían disfrutar de las ventajas del sosiego de la instrucción y de las suficientes garantías procedimentales o, al contrario, por qué se eternizan medidas cautelares sin juicio a según qué personas en las antípodas de esos mismos poderes por la tipología de los supuestos delitos cometidos? ¿Es normal tanta celeridad en unos casos y tanta lentitud en otros, según afecten o no a las proximidades del poder, o la rapidez está en función de la percepción subjetiva y, por tanto, de los intereses particulares de los sujetos encausados? ¿Por qué la ley está pensada para el robagallinas y no para el gran defraudador?

Escribidor ocupacional

Aunque el nombre genérico del blog lo puse hace ya más de 12 años como particular homenaje al Pobrecito Hablador que escribía allá por los años 30 del siglo XIX, nunca he renegado de la acepción etimológica del término Veedor, que viene del latín Videre. La definición de este vocablo ha tenido su evolución a lo largo de  los siglos. Así, en el Tesoro de la Lengua Castellana o Española, de Sebastián de Covarrubias, fechado en 1611, se recogen las siguientes: “Algunas veces es dignidad militar y otras oficio de ciudad. 2. En casa de los señores llaman veedor el que asiste a lo que ha de comprar el despensero”, siendo el despensero “el que tiene a su cuenta la despensa y el gasto de lo que se compra en las casa de los señores”. Por su parte, Julio Casares, en su Diccionario ideológico de la lengua española (1ª edición, Barcelona 1942), la primera acepción del Veedor o Veedora es quien “ve o mira con atención las acciones de los otros”. Y, finalmente, el actual RAE señala esencialmente, dos acepciones. La de “Inspector, visitador, observador” y la de “Jefe militar cuyas funciones eran semejantes a las de los modernos inspectores y directores generales”.

Cumple pues este blog la función del voyeur, del fisgón, del curioso, del observador que mira, vigila, examina, descubre, admira o contempla, y que en justa correspondencia precisa pensar, reflexionar, apreciar, valorar o criticar lo visto, escuchado y curioseado.

A su vez, la utilidad de este blog es puramente personal. Si alguien quiere asentir o disentir con lo que aquí se escriba, pues bienvenido sea el compartir o el impugnar argumentos. Pretendo, por lo común, aportar razonamientos, explicaciones, fundamentaciones y considerandos, aunque también reconozco que aquí caben los juicios de valor, que para algo uno escribe muchas veces con las tripas, dejándose llevar por la necesaria terapia de la escritura.

Porque, aunque en sentido estricto la terapia ocupacional está circunscrita a un ámbito patológico, quién dice que no estamos todas y todos un tanto chalados en este mundo de alienados que vivimos y en el que nos quieren tener sumisos, obedientes, maleables y acríticos.  Supongo que escribiendo aquí y en el tuíter (las otras redes sociales las trabajo poco), aparte de haber aprendido medianamente a escribir y haber contribuido a conocerme y conocer mejor a los demás, me ahorro tiempo y dinero con psiconanalistas y no doy demasiado la brasa a quienes tengo más a mano.

Procuro dejar el blog para expresar reflexiones algo más elaboradas que el mero exabrupto, arrebato, admiración o indignación, cuestiones estas que cultivo profusamente en el tuíter*. No suelo faltar el respeto a los demás, aunque disienta radicalmente de muchas de las opiniones que se vierten en las redes sociales. Soy un defensor de estas nuevas herramientas de la comunicación entre los seres humanos, que pienso que han democratizado los derechos y libertades fundamentales de expresión, información y opinión.

El que haya personas que utilicen estas vías de comunicación con fines denigratorios e intimidatorios no es razón, en mi criterio, para cercenar la libertad de expresión que implica escribir en las redes sociales. A la mayoría de medios tradicionales de comunicación (la prensa escrita, pero también la radio y la televisión) acostumbrados a tener durante siglos el monopolio de la información, la opinión y la manipulación, le está viniendo largo competir en esos menesteres con las numerosas redes sociales que ellos no controlan. Creían que con las filtradas cartas al director, o la entrada en antena con cuentagotas de radioyentes y espectadores, cumplían con el derecho de acceso a la información.

Las nuevas tecnologías han posibilitado que millones de personas en todo el mundo hayan pasado de ser meros consumidores de información a auténticos productores de la misma. Los llamados prosumidores están poniendo de los nervios a numerosos voceros y creadores de opinión de los grandes medios, que con mucha frecuencia denuestan en sus poderosos púlpitos la creciente influencia que supone la democratización digital que, paralelamente, va en consonancia con la caída en picado de la credibilidad y capacidad de influir en la opinión pública de esos poderosos medios.

Sólo citaré un ejemplo. Un editorial del diario El País de hace pocas fechas comenzaba así su perorata: “La manipulación informativa a través de Internet, y especialmente de las redes sociales, ha demostrado en los últimos meses que, lejos de ser un tema de discusión entre estudiosos en el campo de la comunicación, supone una amenaza real de desestabilización en el funcionamiento institucional de democracias occidentales asentadas”. Lo dicho, nos quieren estúpidos, calladitos y sin tocarle demasiado los cataplines al poder, a los poderes realmente existentes. Entre otros, al suyo.

——
* Me sorprendió sobremanera hace unos días la proyección que tuvo un tuit que escribí, haciéndome eco de la opinión de un jurista con relación al encarcelamiento de algunos miembros del Govern catalán. Acostumbrado a la modestísima actividad de mis tuits, las impresiones (personas que lo vieron) e interacciones que obtuvo el tuit citado llegaron a unas cifras impensables en mis nulas aspiraciones de influencia:
tuit

Apeadero: 2 minutos

A finales del siglo XIX y comienzos del XX se construyeron numerosas vías de ferrocarril en España y el tren llegaba a muchos lugares hoy abandonados por los caballos de hierro. Numerosas de esas vías desaparecieron con el llamado progreso y las inversiones megalómanas en la Alta Velocidad arrasaron con las muchas líneas de trenes regionales y provinciales que recorrían el paisaje de la península (ignoro si también el de las islas). Los primeros recuerdos de mi más tierna infancia están ligados al tren y a alguna de sus estaciones: al caballo de cartón en el que te encaramabas para hacerte una foto en la de Córdoba, a la vieja y enorme marquesina de la de Málaga. A aquella vieja locomotora, de la que aún puedo escuchar -con muy poco esfuerzo- el traqueteo de sus vagones de madera. Al humo del carbón y al vapor de agua que lanzaban sus enormes chimeneas. A su olor a carbonilla y a los efectos que la misma dejaba en el rostro o en la ropa cuando te asomabas a las ventanillas que entonces sí se podían bajar a voluntad de los intrépidos y jóvenes viajeros, siempre a hurtadillas de las prohibiciones de los mayores. Al silbato del jefe de estación o al pitido de salida de la enorme y pesada máquina de hierro. Al espléndido y sobrecogedor paisaje del Desfiladero de los Gaitanes y al Caminito del Rey, en torno a la estación de El Chorro malagueño…

El recuerdo de muchas de las líneas de tren que desaparecieron* se mantiene actualmente por la existencia de las llamadas vías verdes, que tan bien conocen senderistas y amantes del ciclismo de naturaleza. El poema de Agustín García Calvo, gentileza de mi amigo Ricardo, debe de ser de cuando estaba en funcionamiento el ferrocarril del Tajuña (“El tren de Arganda, que pita más que anda”) y había un apeadero en Valdelaguna.

Valdelaguna. 2 minutos.

En la estación del alba

suena el chirrido de los frenos agrios

de esta centella asmática.

Valdelaguna. 2 minutos.

Y la áspera parada

ahuyenta de los párpados viajeros

la modorra agitada.

¡Si todavía parpadean

estrellas pálidas!

Y por la ventanilla

mete la aurora su primera ráfaga,

brisa de trigos y rocío,

¡primer aire imprevisto de la entreazul mañana!

La estación sola pequeñita

también comienza

a restregarse las legañas.

No subirán ni bajarán viajeros

ente su puerta desolada.

El reló viejo

tiene una hora de la noche helada.

Mas de nada le vale: no hay más que 2 minutos

para Valdelaguna- ¿No veis?: detrás se alzan

unas casas de barro y cal borrosa

y verdinosa teja

por la torre pastoreadas;

y alguna chimenea

eleva rezos a las ánimas.

Casas que amodorrados

pasamos sin mirarlas,

en ellas ahora a hacer la lumbre

se ha levantado un ama,

y el mozo en el corral los mansos unce

para ir a la arada.

Donde yo paro 2 minutos

alguien la muerte aguarda,

y aquí en Valdelaguna ven el centro

del mundo dos mil almas;

es de esa tierra roja

de donde sus raíces beben savia,

y luego abonarán la roja tierra

ahí detrás de esas bardas.

Nuestro tren para ellos, nada más

un tren que pasa.

¡Y yo tragando leguas

a buscar bienandanza!

Allá a la espalda del poblado asoma

el Sol su cara amoratada:

solícitas las nubes

le abren la blanda cama;

en el cielo la mano monaguilla

de un querubín la última estrella apaga.

Valdelaguna, 2 minutos

y nada más. En marcha.

Todo el andén desierto

el silbido traspasa;

gimen los émbolos,

el tren escupe su vapor de agua,

y poco a poco jadeante,

pobre Titán, avanza.

Del monte, entero y rojo

soltó el sol las amarras;

y, rey del mundo, un gallo

en la última casa

se arrancó del gaznate

la ronca aurora desgarrada.

Abre un bostezo enorme que me sorbe

el viajero de enfrente. El tren ya traga

por desayuno campos

y campos y más campos:

todo se escapa.

Valdelaguna (2 minutos) queda,

y otro día se alza.


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Canciones de los veintitantos

Ahora que ha muerto el uruguayo Daniel Viglietti, muchos hemos echado la vista atrás y hemos recordado alguna de sus canciones que canturreábamos solos o en compañía de muchos, allá cuando disfrutábamos de los veintitantos. A su desalambrar se unían las canciones, que casi sabíamos de memoria, de la maestra de todos ellos, Violeta Parra, y del gran maestro Atahualpa Yupanqui; y de Soledad Bravo; y de Facundo Cabral; y de Jorge Cafrune; y de Mercedes Sosa; y de Chico Buarque; y de Caetano Veloso; y de Víctor Jara; y de Carlos Puebla; y de Pablo Milanés; y de Silvio Rodríguez; y de Alfredo Zitarrosa; y de los Inti Illimani; y de Quilapayún; y de tantos otros que se me olvidan los nombres. En este día de difuntos, cómo no recordar a quienes ya no están entre nosotros, pero que formaron parte de aquella panda de locos que el mundo no traga y que nos juntábamos al anochecer para ahuyentar la melancolía e intentar así salvar la piel.

Canciones populares que contaban historias de los perdedores de cualquier país, de solidaridades, de ternuras, de amores también, sin duda, pero sobre todo relataban y cantaban las ilusiones, las alegrías y las tristezas, los sueños, las luchas y las esperanzas de las gentes sencillas del pueblo. Ahí cabían los Gracias a la vida y El pueblo unido jamás será vencido; Me matan si no trabajo y Pobrecito mi patrón; Volver a los 17 y Hasta siempre comandante; Soldadito boliviano y Te recuerdo Amanda; La vida no vale nada y Qué dirá el santo padre; Zamba de mi esperanza y Duerme, duerme negrito; Plegaria a un labrador y Doña Soledad; Guantanamera y Pobre del cantor; Adagio en mi país y la Cantata de Santa María de Iquique; No sé por qué piensas tú y cientos y cientos de letras y de músicas que tarareábamos o cantábamos a coro, alrededor del amigo que tocaba la guitarra con unos pocos acordes.

Y unos entonábamos mal que bien, o desafinábamos, que era igual, pero sentíamos unos juntos a otros la fraternidad, la libertad que en común anhelábamos, la solidaridad con los de aquí y los de allá, sin patrias que nos dividieran, sin lenguas que nos separaran, sin utopías que no quisiéramos compartir. Y se nos saltaban las lágrimas cuando nos acercábamos, a través de la canción, a quienes sufrían y tenían hambre y sed de justicia, a quienes habían caído en el camino. Y juntábamos todas las manos para abrir o cerrar murallas, según se tratara de la paloma y el laurel o del alacrán y el ciempiés. Y nunca supusimos que habría un mundo lleno de internet y de grandes hermanos que nos vigilasen a todas horas. Y creíamos ingenuamente que podía haber otro mundo mejor, sin guerras, sin refugiados, sin hambres y sin sed, sin nortes y sures que nos distanciara. Y pensábamos que la igualdad entre mujeres y hombres tenía que llegar, inexorablemente, para poder avanzar en cualquier sentido. Y que la emancipación del género humano llegaría algún día. Eso creíamos. Ingenuos de nosotros.