Escribir ya no es lo que era

Secuencia 1. En la película documental The Act of Killing, de Joshua Oppenheimer, aparecen jactándose de su hazaña unos cuantos de los asesinos en masa que en la Indonesia de los años 1960, bajo el gobierno del dictador Suharto, acabaron con un millón de compatriotas. Fue una persecución en toda regla de gentes de izquierdas y de demócratas opositores al régimen, todos agrupados bajo el rótulo de ‘comunistas’, y las matanzas se llevaron a cabo por mercenarios y bandas de gánsteres, con la complicidad o dirección del gobierno. En un pasaje del documental aparece el editor de un periódico, que aún ejerce como tal, que confiesa abiertamente: “Como editor de prensa, mi trabajo era hacer que el público odiase a los comunistas”.

Secuencia 2. Steve Bannon, que ha sido el principal asesor del presidente Trump y que está considerado como una referencia para la derecha más reaccionaria, además de ser el mentor ideológico del nacionalismo populista con el que el primero ganó la elección presidencial, ha dimitido y regresa a la publicación Breitbart News, que presidió hasta entrar en la campaña de Trump y que es una plataforma clave del nacionalismo más extremista y antisistema. Bannon que, también es exdirectivo de Goldman Sachs, dijo a su salida: “Puedo luchar mejor desde fuera. No puedo luchar tanto contra los demócratas desde dentro como puedo desde fuera”.

Estas dos secuencias resumen el papel que juega una parte de la prensa en cualquier país del mundo. Tanto en dictaduras como en democracias. En las primeras son los propios gobiernos, mediante medios de comunicación sumisos o directamente a su servicio, quienes ejercen a su antojo el control social de la prensa y, por ende, de las libertades de expresión, de información y de opinión. En las segundas, los poderes financieros o las grandes corporaciones, de modo indirecto, invierten en medios que saben contra quiénes deben trabajar, como Bannon o como el editor indonesio. Y tienen claro que nunca jamás van a tirar piedras contra su propio tejado.

Naturalmente, en todos esos medios hay profesionales que creen trabajar libremente y la propia prensa cultiva una apariencia de informar libremente. Pero los límites de esos profesionales vendrán determinados por las rayas rojas -que nunca podrán cruzar- que los intereses de sus propietarios habrán señalado previamente a través de sus consejos de redacción, de sus directores y de sus redactores jefes. Directivos, todos ellos, a los que no hará falta adoctrinar en cada caso, por supuesto, porque para eso fueron elegidos en esos puestos clave.

Y pocas parcelas importantes de la sociedad se escapan a lo que es importante para los bancos. En todas las que pongan sus largas manos: el mercado inmobiliario, la privatización de las pensiones, de la sanidad o de la educación, el destino de las inversiones que realizan o dejan de realizar en sectores estratégicos o del interés general del común, etcétera. A todas ellas corresponderá el oportuno tratamiento informativo en la prensa afín y será preciso acudir a fuentes de comunicación alternativas si es que se desea estar al tanto de la actividad que realizan. Aunque siempre queda hacer como el avestruz, y hacer como si no nos diésemos cuenta de quiénes están detrás de los medios.

Pascual Serrano, autor de numerosos libros sobre el mundo de la comunicación, escribe un artículo (Prensa escrita, reinventar o morir) en el que aporta varios ejemplos de cómo la prensa de papel está buscando nuevas vías de financiación para desempeñar libremente su rol, imprescindible en una sociedad que se quiera democrática y que no debe tolerar que nos enteremos “solo de lo que algunos quieran”.

Parece claro que “los contenidos no consiguen los ingresos necesarios para cubrir los gastos de un enviado a Siria o para remunerar las muchas horas de un trabajo de investigación”. Serrano apunta: “O inventamos algo o no habrá enviados especiales ni corresponsales que nos cuenten lo que pasa en el mundo ni investigación periodística más allá de las filtraciones interesadas. Por otro lado, quizás esta crisis pueda ser una oportunidad para poner en marcha otros medios que no dependan de grandes empresas anunciantes y grandes accionistas. En realidad son estos emporios los que se están desplomando para empezar a jugar en la misma división de los medios cooperativos, comunitarios o autogestionados por periodistas y organizaciones sociales”.

Las experiencias de Le Monde Diplomatique, en España y Francia, de la Jornada, en México, de Le Courrier, en Suiza, o del semanario The Nation, en los Estados Unidos, cada una con su singularidad en lo tocante a estructura accionarial, gestión, fuentes de financiación, publicidad, etc., son relevantes y dignas de estudio y “muestran la necesidad de renovarse, de reinventarse y de una sociedad concienciada en que o apoyamos unos medios o nos quedamos sin saber lo que pasa en el mundo”.

Hace unos días me hacía eco en el twitter de dos modelos de negocio en el mundo de la prensa escrita. Uno el que se ponía de manifiesto en esta entrevista al director de El Diario Cantabria, que señalaba lo siguiente: Las redes sociales han transformado nuestra forma de comunicarnos. Los medios apostamos por tener más seguidores y más ‘me gusta’. Hemos pasado de compartir en pandilla a tener miles de ‘amigos’ que nos leen y nos siguen ávidamente y que quieren ser escuchados y participar. Comentar, apostillar, aclarar o simplemente dar su opinión. Las redes nos permiten comunicarnos a cualquier hora del día con cualquier persona, aunque viva en otro hemisferio y en otro huso horario […] ¿Cómo nos diferenciamos los medios? Estructurando contenidos. Separando el grano de la paja. No todo es noticiable. Pero entendiendo que el mensaje debe ser bidireccional y debemos escuchar y respetar las opiniones de nuestros lectores siempre y cuando no insulten, maltraten o desprecien. La interacción es positiva, siempre que sea bien gestionada”.

El otro modelo sería el de la prensa escrita que no se lleva nada bien con las redes sociales, a las que ve como competidoras directas en una parcela en la que tenían un rol preponderante. Rol que ha devenido obsoleto o irrelevante en buena parte, cuestión esta que no es fácil de digerir por quienes han echado los dientes como periodistas en esos medios. Juan Cruz, periodista de El País, en un artículo reciente en el que ponía a caldo la red twitter, vendría a representar lo que una parte de esa prensa ve como una intromisión, una injerencia, una puesta en cuestión de su monopolio secular a la hora de informar y opinar: “Se está utilizando la red para amedrentar a periodistas, a políticos, a profesores o a gente que se toma en serio la existencia de estas redes como vehículo en el que es posible intercambiar puntos de vista. Ya no son aceptables los puntos de vista”. “Ese ruido infernal, esa falta de respeto, está creciendo hasta el contagio, y ya salta a los informativos, a los periódicos digitales y de papel; todo lo que es susceptible de debate se comprime en un número mínimo de caracteres en los que siempre cabe, sobre todo, la descalificación, el insulto o el irrespeto”.

No sé si escribir en España sigue siendo llorar, como diría Larra, el Pobrecito Hablador. Lo que parece seguro es que ya no es lo que un día fue. No solo por la propiedad oligopolística de los medios de comunicación, que está limitando gravemente el derecho a la información, sino porque las nuevas tecnologías están transformando los modos y maneras de escribir. Las hordas de prosumidores ya no se limitan a desayunarse con los periódicos de turno, que cada vez más se están convirtiendo en las hojas parroquiales de las iglesias de la globalización neoliberal, sino que están reclamando una participación mucho más activa que como meros consumidores: están actuando, interactuando en el ruido mediático con toda contundencia y desparpajo. Que hay excesos, es más que evidente*. Que no se pueden considerar periodismo en sentido estricto, también. Pero que son imparables estas nuevas vías para comunicarse y para estar informados es un hecho tan significativo que hoy en día, cualquiera que tenga algo que decir, si no lo dice en el twitter, no es nadie. Mañana… mañana es posible que cambien las secuencias del guión. Como se dice en las series: to be continued.

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* A horas del atentado en Barcelona, tres individuos que ejercen de periodistas, Hermann Tertsch, Alfonso Rojo e Isabel San Sebastián, aprovechándose del dolor y la conmoción del salvaje asesinato, pusieron la nota con sendos tuits, en las que mezclaron deliberadamente el yihadismo con el debate que se venía produciendo sobre la masificación turística que padece la ciudad o con la religión musulmana y la historia de la presencia árabe en España. No voy a reproducir sus textos, sería darles  una cancha a sus delirios cuasi fascistas. Son tres ejemplos de los excesos que pueden cometer en esta red miserables de esta calaña. Hubo colegas que, refiriéndose a uno de los tres satélites, apuntaron la solución: “Si los medios no van a dejar de contar con este miserable, a lo mejor otros tertulianos se podrían negar a compartir espacio con él, ¿no?”.

La ignorancia es atrevida

Tengo amistades castellanas y, de tarde en tarde, hablamos de semántica, de sintaxis y de lenguas. Desde bien chiquito, yo les cuento, tuve que sobrellevar las primeras correcciones por mi forma de hablar, que no era otra que la del pueblo jiennense en el que me crie. Recuerdo que mis primos de Málaga, por ejemplo, en una de las estancias en mi ciudad de nacimiento, me corrigieron la expresión de “alivia”, que yo utilizaba para demandar rapidez a alguien que se atrasaba en alguna actividad, por la de “aligera”. Se ve que en la capital malagueña no conocían todavía la sexta acepción que da el DRAE al verbo aliviar (“Acelerar el paso, aligerar o abreviar alguna actividad”).

Más tarde, en el instituto, padecí algo similar por parte de algún que otro profesor, ajeno a nuestra tierra, empeñado en “castellanizar” la expresión y la vocalización de sus alumnos (en aquella época el instituto público albergaba a chicos y chicas pero en clases diferenciadas). Y más adelante, la migración forzosa a latitudes de promisión, donde se pega todo menos la hermosura, arramblaron en buena parte con el acento de la tierra mamado hasta la adolescencia, básicamente para hacerte entender por quienes no comprendían, o no hacían esfuerzos por comprender, determinadas expresiones castellanas que habían decaído en la gran capital.

Veníamos de un tiempo que ya era un poco nuestro, de un país que íbamos haciendo, en donde Raimon cantaba –en catalán- las esperanzas y lloraba la poca fe. A pesar del tiempo transcurrido desde el particular éxodo familiar, aún conservo algún que otro giro del lenguaje, algunos vocablos y fonemas que, alimentados por el intercambio con mis iguales de acá o el de mis frecuentes visitas al Sur, hacen que todavía deba explicar la utilización de significantes, aclarar el significado de algunos términos, matizar el de otros y argumentar contra la crítica frecuente de que en el Sur hablamos «mu malamente».

Quien así dice, desconoce la diferencia entre arcaísmos y vulgarismos; entre el uso correcto de los artículos en Andalucía y los laísmos, leísmos y loísmos que proliferan de Despeñaperros p’arriba; entre las hablas y los dialectos; entre las lenguas y los modos de hablarla; entre la comunicación de los sures y de los nortes realmente existentes. Vamos, que la ignorancia es muy osada y que a cualquier expresión que no se utiliza, que se desconoce, se la suele descalificar con frecuencia por incorrectamente manifestada. Como diría el poeta, todo lo que se ignora, se desprecia.

Un estudioso –y maestro- de las lenguas andaluzas (porque no hay un dialecto andaluz, hay, como él dice, una enorme variedad de lenguas en Andalucía, no ya entre provincias, sino entre pueblos limítrofes; vaya usted, si no, a Lanjarón o a Aracena, a Chiclana o a Baeza, a Rute o a Mojácar, a Dos Hermanas o a Fuente Vaqueros, a Ronda o a Cabra, y observe cómo hablan en cada una de esas localidades ), José Mª Pérez Orozco, catedrático de Lengua y Literatura Española, daba una lección rotunda sobre la economía del lenguaje en Andalucía, a través del significado de una anáfora que no se puede aguantar: No, ni, ná.

Y en este otro vídeo, se recoge una conferencia entretenidísima en la universidad sobre lenguaje, rica en anécdotas y chascarrillos, y basada en tres puntales: el andaluz, el flamenco y Cádiz. ¡Que lo disfruten!

https://www.youtube.com/watch?v=6-Hy2jwkSAo

El retorno de los tópicos

Hubo una vez alguien que avanzó una teoría apocalíptica, según la cual se dibujaba un futuro en el que la hinchada del fútbol correría peligro de extinción a causa del fenómeno de las retransmisiones televisivas. Tal teoría fue desactivada por Manuel Vázquez Montalbán, a quien le interesaba el fútbol “porque es una religión benévola que ha hecho muy poco daño. Existirá fútbol mientras la gente crea en un club y en unos colores como señales de identidad en una sociedad en que cada vez faltan más referencias”. El comentario de M.V.M ., hecho en 1997, se ha demostrado acertado y los campos de fútbol siguen llenándose de miles de espectadores domingo tras domingo y mucho tienen que cambiar las cosas para que no suceda otro tanto en la actual temporada y en las siguientes, dado el nivel de figuras que correrán en un rectángulo de hierba verde de 105 x 68 m.

Pues bien, de forma ya consustancial al inicio de la temporada futbolera, vuelven los tópicos a los medios periodísticos, tanto de prensa como de radio y televisión. Cada medio con su particular impronta, con sus singulares latiguillos; cada periodista con sus típicos tópicos, con sus formas de cantar los goles, con su particular manera de decir y entrevistar, con sus manidas polémicas sobre los árbitros, los presidentes de federación, los dirigentes del fútbol (o furbo, o fúlbol, o fúrgol). Aún no me explico que, con los programas de radios y teles que proliferan, y que cada año se renuevan buscando mayor clientela, se vendan todavía periódicos deportivos de papel. Por supuesto, con su chica de contraportada ligerita de ropa. ¿Acaso no leen ese tipo de prensa las mujeres? ¿O es que es un terreno acotado por el machismo imperante al que hay que ponerle algún anzuelo visual para que compre?

Aunque se han escrito cositas al respecto, creo que todavía está por hacer la antología de los tópicos del fútbol. Algún estudiante de doctorado podría plantearse seriamente trabajarlo. Todos hablan (hablamos) de los tópicos de este deporte-espectáculo, algunos redactan artículos y columnas livianos sobre el particular, pero no hay tratados en profundidad sobre el asunto.

Soy oyente de programas radiofónicos pero solo cuando me coinciden con las horas de comer y, sin embargo, creo que sabría decirles, sin riesgo de equivocarme demasiado, lo que van a decir los protagonistas del espectáculo-deporte y cómo y cuándo lo van a expresar. Y tampoco sería mucho adivinar lo que les preguntará la tribu periodística (cada cual, si quieren, con su particular manera de inquirir). O sea, lo de siempre, y quiénes van a ser los protagonistas, dónde y porqué.

Los protagonistas de la colección de tópicos la forman por igual jugadores, entrenadores y presidentes, pero también los periodistas que no hacen esfuerzo alguno por innovar. Bien es cierto que algunos se justifican por tener que rellenar largos espacios deportivos perorando por la radio o emborronando decenas de páginas cada semana y, en definitiva, estirando algo que de por sí creo que no daría tanto juego. Aunque esta es la opinión de un cuasi lego en la materia y, por tanto, alejada del sentir mayoritario de esta sociedad del espectáculo banal.

Como cada año, la rentrée política y social, la vuelta a empezar a dar por saco, el comienzo del curso y de los concursos de averquiénlatienemásgrande, no los marca el inicio de las escuelas e institutos; ni los consejos de ministros adelantados, ni el final de las vacaciones agosteñas para quien pudiera tenerlas. La vuelta a la supuesta normalidad viene determinada por el fútbol. Por el negocio del fútbol, más bien. Hoy mismo, con eso que llaman supercup, otro invento para hacer caja de esas superestructuras futboleras de dudosa dirigencia.

La peña, entusiasmada por los fichajes de relumbrón. Las audiencias, disparadas una vez más. Nadie, ni el más reacio a este deporte, espectáculo, negocio o lo que diantres sea, se podrá sustraer al influjo de la publicidad. Los sonidos del gol se escucharán, seguro estoy, en Marte. O más allá. Y si no, ya habrá algún magnate -de los países del Golfo, off course– que se encargará del boyante emprendimiento. Las voces sensatas de este mundillo, escasas, deberán competir con el desbarre de comentaristas sectarios, tertulianos fanatizados o hinchas desnortados. Los políticos se alegrarán y tuitearán las proezas de sus equipos. El negocio del fútbol de pago está servido. Los partidos en abierto quedaron en el olvido. El personal deberá pasar por taquilla o arrejuntarse en el bar de su preferencia. Quizás no sea mala cosa para ese gremio. A ver si se creían que la libertad de mercado era elegir la plaza de abastos o el super del barrio en los que comprar el pescado.

Quienes no tenemos colores en esto del fútbol, aunque nos guste, lo tenemos crudo. A mí, por ejemplo, no me importaría tener algún equipo, a ser posible que ganase de vez en cuando para saciar mis apetitos competitivos. Pero mucho me temo, empero, que si en mi vida cotidiana estuve siempre más cerca de los perdedores, cualquier equipo al que me aficionara tendría también esa condición. Y para eso, casi prefiero quedarme como estoy: compuesto y sin equipo.

Despacito, ma non troppo

De chico, tuve un maestro del que recuerdo muy pocas cosas. Una de ellas es que nos exhortaba muy a menudo a sus alumnos a que nos condujéramos despacio por la vida. Que leyéramos lento. Que no tuviéramos prisa en contestar cuando nos preguntaba y que pensáramos antes nuestras respuestas. Piano, piano, nos decía. Parece que estoy viéndolo. Muchos años después supe de la existencia de ese refrán italiano: Piano, piano, si va lontano. Esto es, Poco a poco, se va lejos. Me gustan los sinónimos que recoge el Centro Virtual Cervantes: A passo a passo, si va a Roma; Chi agisce adagio e bene, buon risultato ottiene (Quien actúa despacio y bien, tiene éxito); Chi fa in fretta, ha disdetta (Quien hace (algo) con prisa, tiene mala suerte); Chi ha fretta, vada adagio (Quien tiene prisa, que vaya despacio); Chi va pian va ratto (Quien anda despacio, anda bien); Più lunga la strada, più corto il passo (Cuanto más largo el camino, más corto el paso).

Cosas de la globalización. Una cancioncilla sin pretensiones, una letrilla a ratos subidilla de tono, una música pegadiza se ha hecho famosa en todo el mundo. No entiendo demasiado de modas ni de estéticas musicales, pero dejo constancia de la controversia que arrastra consigo el reggaeton, cuyas letras algunos las califican directamente de machistas. Me interesa de este caso, más allá de la letra, que haya posibilitado y popularizado la divulgación de una sintonía con numerosas versiones acústicas. Incluso que se haya publicado en redes una letra muy apropiada contra la violencia machista. Y, como ha pasado con otras tonadillas conocidas (estoy pensando en el Resistiré del Dúo Dinámico), a veces se convierten en hitos populares que, en este caso, tienen una tremenda virtud:  hacer un elogio de la lentitud. “Creo que vivir deprisa no es vivir, es sobrevivir. Nuestra cultura nos inculca el miedo a perder el tiempo, pero la paradoja es que la aceleración nos hace desperdiciar la vida”. Decía el autor de ese libro, Carl Honoré, que añadía: “La velocidad en sí misma no es mala. Lo que es terrible es poner la velocidad, la prisa en un pedestal…Al principio era sólo el terreno laboral pero ahora ha contaminado todas las esferas de nuestras vidas, como si fuera un virus: nuestra forma de comer, de educar a los hijos, las relaciones, el sexo… hasta aceleramos el ocio. Vivimos en una sociedad en que nos enorgullecemos de llenar nuestras agendas hasta límites explosivos”.

Efectivamente, pienso que conviene que nos tomemos algunas cosas con un poco más de sosiego. Otras, sin embargo, no tanto. Convendrán conmigo, por ejemplo, en cómo es posible que se mantenga todavía en el poder un partido, del que las noticias nos traen un día sí y otro también múltiples casos de corrupción y en la urgencia, aquí sí, que convendría que tuviera su abandono de los poderes del Estado.

En todo caso, apliquémonos el cuento, dejemos que pase la canícula, que no aconseja tomarse las cosas con demasiadas prisas y retomemos más pronto que tarde ese objetivo tan patriótico. Este pobrecito veedor hará lo propio en este mes y se tomará también la pausa acorde con el tiempo de asueto. Sin que sirva de precedente (o sirviendo, que da igual), les dejo los enlaces a los youtubes de tres versiones chulísimas de la famosa melodía, dos de ellas acústicas. ¡Que las disfruten!

La realidad no se va de veraneo

La cruda realidad, en estas fechas, se suele llevar el primer premio al aguafiestas del año. Veamos sus méritos. Los conflictos interminables en numerosas partes del planeta; las hambrunas inmisericordes en el sur de todos los sures; los accidentes laborales, que no se terminan de extinguir allá en donde dicen que se produce un crecimiento de la economía; la desidia, la burocracia inclemente y los servicios que no te sirven en el norte de los sures; la explotación de los recursos humanos; la sobrexplotación de los recursos naturales no renovables; la subexplotación de los recursos renovables; las migraciones de los seres humanos, que vienen desde el origen de los tiempos y que se agudizan como consecuencia de las guerras, de las desigualdades socioeconómicas y de la vulneración de los derechos humanos, en busca de espacios de bienestar, de oportunidades, de libertad y de felicidad; los desplazamientos que llevará aparejado, ineludiblemente, los efectos del cambio climático; los llamados desastres naturales que siempre acontecen en los mismos lugares, lo que hace que cada vez sea más natural que ocurran y menos naturales sus perniciosos efectos…

Parece evidente que las condiciones objetivas de la realidad no se van de veraneo.

A esta dura realidad no hay modas que la domeñen. En esta realidad, asfixiante para muchos, no hay estaciones climáticas, ni solsticios ni equinoccios, porque lo del eje terrestre y el movimiento alrededor del Sol, lo de las zonas frías y las templadas, lo de las noches cortas o largas no acontece para todos los seres humanos del mismo modo, aunque todos sobrevivan en la misma zona de la corteza terrestre. Es de rigor reconocer que el Sol no sale ni calienta a todos por igual, que nunca llueve a gusto de todos y que el azaroso comportamiento de la climatología no está ni justa ni medianamente repartido.

Aquí, en lo que llaman Norte, tan ansiado para tantos sureños que vienen en pateras, cayucos, lanchas, barcazas o barcos negreros, la realidad es que muchos querrían irse de veraneo, pero casi no tienen dónde caerse vivos y no digamos lo de caerse muertos, que a muchas familias les resulta, como a Oscar Wilde, por encima de sus posibilidades. A muchos les gustaría viajar por placer y no por necesidad. La dura realidad es que a muchas mujeres, por ejemplo, les gustaría no tener que estar sobrecargadas y atadas a sus afectos, cuidando mayores impedidos que les impide vivir en condiciones mínimamente gratificantes. Dicen que en los países nórdicos (los del norte del Norte), no son las familias las que cubren determinadas necesidades y servicios, sino que es el Estado quien se ocupa de ellas, y que en los países meridionales (los del sur del Norte) estas carencias son cubiertas precisamente por las redes familiares, que atienden lo que el Estado no les proporciona y dedica al pago de la deuda infinita.

Decididamente, la realidad no se va de veraneo.

El cuento de nunca acabar

Yo no sé muchas cosas, es verdad. Digo tan sólo lo que he visto. Y he visto: que la cuna del hombre la mecen con cuentos, que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos, que el llanto del hombre lo taponan con cuentos, que los huesos del hombre los entierran con cuentos, y que el miedo del hombre… ha inventado todos los cuentos. Yo no sé muchas cosas, es verdad, pero me han dormido con todos los cuentos… y sé todos los cuentos.

Así habló León Felipe. Si quieren, con el acompañamiento de fondo del Zaratustra de Strauss. No se le puede criticar que utilizara la parte del genérico masculino por el todo de los seres humanos. Aún hoy, tengo amigos que mantienen y defienden el uso de esa metonimia para referirse a la humanidad. Al Gobierno y a sus voceros no le hacen falta demasiadas figuras retóricas. Para ellos y ellas, la crisis ya habría concluido y se otorgarían a sí mismos, sin complejo alguno, un sobresaliente cum laude por su resolución.

Poco importan para su relato los vientos de cola que han favorecido la evolución de determinadas magnitudes macroeconómicas. Cierto que se cuidan muy mucho de decirlo así con todas las letras, no vaya a ser que cesen esos vientos favorables y la locomotora del crecimiento se pare o dé marcha atrás. Frente a las cifras que suelen propagar, unas ciertas y otras falaces (el empleo, por ejemplo, que tanto citan, tiene que ir necesariamente contextualizado en el tipo de contratos que se realizan y las condiciones precarias en que se prestan), nunca jamás hablan de la igualdad. ¿Por qué? ¿Porque les trae al pairo que nuestro país encabece el ranking de desigualdad de la distribución de la riqueza? ¿Porque no comparten el valor republicano de la egalité? ¿Porque entienden, como ha hecho el papa Francisco que ese concepto no lo arregla ni la varita mágica de Dios?

Si, como señalé en un post anterior (Pobreza y exclusión), el informe anual de la fundación de Cáritas recogía que “siete de cada diez hogares no perciben en absoluto la tan cacareada recuperación económica”, ahora es la Confederación Sindical de Comisiones Obreras quien en un informe sobre la protección social en la España de 2017 recoge unas cifras escalofriantes sobre la desigualdad realmente existente, que se resumen en este artículo:

“Hay dos millones y medio de personas que deberían estar recibiendo una ayuda por dependencia que no lo están haciendo; 650.000 hogares sin ningún tipo de ingreso, más de un millón de personas; el 43% de los parados no recibe ninguna prestación del Estado, frente al 22% de 2008 y el 18% de 2010; El 62% de las prestaciones son asistenciales, frente al 39% de 2008; y las pensiones, único colectivo que ha mantenido su estatus, empiezan a peligrar tras la reforma del sistema por el PP en 2012”.

El caso de las pensiones es verdaderamente sangrante. Que las pensiones sólo puedan subir como máximo un 0,25%, según la ley que promulgó el PP y como quiere el FMI , del que tan fervorosa seguidora es la Unión Europea, me parece uno de los mayores atropellos que nos han colado como sociedad.

La gente joven, casi por definición, no es consciente todavía de lo que le aguarda cuando se haga muy mayor y día que pase sin que se movilice desde ya contra la barbaridad que supone tanto el aumento de la edad de jubilación como el conjunto de medidas que se promueven desde instancias gubernamentales, con la complicidad de los partidos de derecha y de una prensa infecta y conchavada con la banca que fomenta los fondos de pensiones privados, estará jugando en su contra, haciendo prácticamente irreversible los recortes que, transversales y masivos, se han llevado a cabo en la gestión de esta crisis que, una vez más, están ganando los ricos por goleada (¿verdad, míster Buffet?).

Pasado el verano asistiremos en el Parlamento al debate de la proposición de ley que ha presentado el grupo confederal de Unidos Podemos / En Común Podem / En Marea. Ahí veremos qué plantean -y votan- unos y otros y ahí deberían estar atendiendo no sólo los y las pensionistas, vigilando y defendiendo el escaso futuro que por ley de vida les espera, sino la gente joven más responsable y concienciada que se preocupa por el bienestar de sus mayores y lucha por la igualdad de sus conciudadanos, tengan estos la edad que tengan.

Naturalmente, los grandes medios de comunicación, los que crean opinión, nos guste o no, se retratarán. Y no hace falta jugar a las adivinanzas para intuir por dónde irán los editoriales que dictarán sus dueños banqueros. Algunos ya han empezado a mojarse y los portavoces del neoliberalismo que preconizan el desmantelamiento del Estado de medioestar ya andan poniendo el grito en el cielo con los engaños y previsiones mentirosas de siempre. Se impone la pedagogía. La batalla de las ideas y de la propaganda está servida. ¿Se llevarán una vez más el gato al agua?, ¿conseguirán desviar el agua a su molino? o ¿arrimarán el ascua a su sardina? sin que se lo podamos impedir.

Mundo rural

Mucho me temo que en las ciudades, y más si se trata de las grandes, desconocemos bastante de lo que acontece en el denominado mundo rural. Supongo que muchos argüirán que ellos sí conocen los pueblos; que quien más quien menos visita el de sus padres o abuelos; que en las vacaciones se visitan algunos pueblitos pintorescos perdidos en el monte o en el valle; o que en infantil o en primaria se hacen excursiones a granjas escuelas en donde se enseña a niñas y niños las vacas, ovejas y gallinas, que nos suministran de leche, de queso o de huevos para las tortillas.

¿Por qué creo que sabemos poco de lo que pasa por esos pueblos del plurinacional Estado Español? Les cuento. Hace unos días Podemos celebró un Consejo Ciudadano Estatal, dedicado monográficamente al mundo rural. Quien presentó el informe inicial fue Irene de Miguel, ingeniera agrónoma y diputada en Extremadura. A un servidor, que es de pueblo, estas cosas me interesan y, por fortuna, prefiero ilustrarme con cuestiones que desconozco, en lugar de asistir a los campeonatos diarios del tedio que se emiten en las aparente y falsamente plurales cadenas de televisión. Además, tenemos disponible para ese menester otra red social, la del youtube, que nos facilita estar al cabo de la calle de lo que nos concierne como seres humanos.

A mí me ilustró sobremanera la brillante exposición de la diputada, pues me aportó una serie de datos y fui conocedor de una problemática que, aunque me sonara ligeramente, entiendo que es suficientemente importante y estratégica para cualquiera que se dedique a la cosa pública. Y más si a esa dedicación contribuimos todos con nuestros impuestos.

Por ejemplo, unas breves pinceladas para comprobar lo que sabemos en realidad de nuestro mundo rural:

¿Sabíamos que el 80% del territorio está gestionado por el 20% de la población? Sensu contrario habrá que concluir que el 80% de la gente vive, apiñada, adosada, arrejuntada en el reducido cuchitril que representa el 20% del territorio.

¿Sabíamos que de los 8.117 municipios españoles, 5.831 (el 72%) tienen menos de 2.000 habitantes y, por ende, pueden ser considerados como mundo rural?

¿Sabemos que el concepto de soberanía alimentaria es el derecho que cada pueblo tiene a decidir sus políticas agrarias y de alimentación?

¿Sabemos que la tierra está siendo acaparada por la gran industria agroalimentaria y que ahora mismo está en menos manos que antes de la guerra civil?

¿Sabemos que si ya España es el país más envejecido del planeta, el mundo rural se halla sobreenvejecido y masculinizado?

¿Sabíamos que nos han hecho creer que mantener el mundo rural vivo es un privilegio que no nos podemos permitir y que, sin embargo, a pesar de la marginación y olvido secular por todos los gobiernos, es innegable la importancia de este espacio para el bienestar de toda la sociedad, pues no sólo nos provee de alimentos, de energía, de agua, de paisaje, sino que es donde se encuentra nuestro patrimonio arquitectónico histórico y nuestro patrimonio cultural que forja nuestra identidad como pueblo?

¿Sabemos que el aspecto plurinacional de nuestro país se sustenta precisamente en la diversidad cultural de nuestro mundo rural? A este propósito, recomiendo una interesantísima entrevista con el filósofo Daniel Innerarity para entender un poco más de eso de la plurinacionalidad. Estoy seguro de que a muchas personas hablar de confederación, de federalismo, les suena a chino. Pero, de hecho, ya convivimos con regímenes fiscales diferenciados y estructuras nacionales consolidadas y específicas (País Vasco, Navarra), sin que pase nada ni nadie tenga que estar a cada momento recordando que ya somos iguales en la desigualdad y desiguales ma non troppo en la igualdad (entre paréntesis, mejor sería para el bien común y para el Estado, que la ínclita Susana Díaz, por ejemplo, cuando hablara para los socialistas andaluces, españoles y la humanidad, se informara un poquitín e hiciera un poco menos de demagogia y un mucho más de pedagogía de esta singular cuestión, en lugar de exacerbar diferencias de trato entre territorios).

¿Sabemos en qué medida afectan los tratados internacionales como el CETA  a la industria agroalimentaria, al tipo de agricultura y ganadería que se va imponiendo a escala global y al tipo de alimentación que nos obligan a consumir?

Parece claro que, aunque aporten menos votos al granero partidario, los 10 millones de personas (población equivalente a la de nuestra vecina Portugal) que habitan los núcleos rurales precisan también –igual que se hace con los urbanos, que concentran mayoritariamente el voto- de escuelas, de servicios públicos, de hospitales y servicios sanitarios, de políticas específicas para la violencia machista, de una política agraria que deje de subvencionar más a quienes tengan más tierras que a quienes producen, etc.  Sólo puedo añadir que quienes consigan incluir en su agenda estratégica de prioridades las necesidades de esta población olvidada tendrán todo mi apoyo y, supongo, que el de todas las personas sensatas y razonables, que diría el otro.

Puertas azules y gente sin casa

Hay gente que confunde la autoría de algún poema del que proviene una canción con el intérprete que lo versiona. Pasa, por ejemplo, con Serrat y Machado, que ya no se sabe quién fue el primer compositor de tanta belleza. Con la canción de La muralla sucede otro tanto. Aquí, en España, la promocionaron Víctor Manuel y Ana Belén. Y, si acaso, algún coetáneo pensaría que sus autores fueron los Quilapayún. Pero pocos conocen -intuyo- que quien escribió esos versos fue Nicolás Guillén. Aquí, en el Centro Virtual Cervantes, sí lo saben.

Me vino a la cabeza esa cancioncilla, que hablaba de abrir puertas, digo murallas, a la rosa y al clavel, leyendo el relato de María González Reyes sobre el proyecto autogestionado de crianza en el que participa. La web de OMAL acoge desde hace algún tiempo los textos de esta singular escritora, que, con frecuencia, hace poesía cuando escribe prosa y música cuando construye un poema. Y leyendo este relato de puertas y de niñas y niños que crecen y de adultos que acompañan, me topé en las redes con un trabajo, muy cortito pero muy eficaz, sobre infancia y desahucios. Por su evidente interés, me hago eco de ambas creaciones, reproduzco el relato mencionado e incluyo el enlace a la web de la PAH.

1. La puerta azul

La puerta tiene el borde pintado de azul. Se abre y se cierra tirando de una barra que hace de tirador. Azul también. Cada día se abre y se cierra muchas veces. Se abre para que entre Pablo (siempre un rato antes de las 9) que coloca y cuida que todo esté preparado. Después llegan. Unos en bici, otras caminando, otros en brazos, otras en carrito. Ninguno de ellos ni ellas puede abrir la puerta. La puerta azul requiere de la ayuda adulta para ser abierta. Tiran de la barra. Se abre. Entran. Buenos días Palo. Y comienzan a jugar, a leer un cuento, a comer fruta. Me voy, luego te vendrá a buscar la abuela. Vale, beso, yo cierro la puerta. Y salen las personas adultas. Y se quedan las niñas y los niños dentro. Dicen adiós por la ventana y lanzan más besos.

Entonces, en un mundo diminuto, comienza la magia…

Detrás de la puerta azul las cuerdas se convierten en mangueras que riegan, los rulos de la cabeza son macarrones, las piezas de madera se colocan unas sobre otras formando torres imposibles.

Detrás de la puerta azul se puede saltar en los colchones que sirven también para echarse la siesta y las niñas y niños se comen los caramelos que aparecen dibujados en los cuentos.

Detrás de la puerta azul hay conflictos y aprenden a resolverlos diciendo con voces pequeñas no me gusta que hagas eso, cuando yo acabe de jugar te lo doy, ahora no me apetece.

Detrás de la puerta azul cuando alguien tiene ganas de gritar se va al cuarto de la siesta para no molestar al resto.

Detrás de la puerta azul se come comida ecológica no solo para cuidar la salud de los cuerpos sino para cuidar al planeta.

Detrás de la puerta azul, chicas y chicos a los que el sistema educativo expulsó a programas para gente “diversa”, se convierten en cuidadores de peques, en generadoras de cuentos, en dadores de caricias, en lo que no se les permite ser en otros lugares.

Detrás de la puerta azul los adultos son acompañantes respetuosos, que miran más que intervienen, que dan muchos más abrazos de los que serían suficientes.

Detrás de la puerta azul se hacen asambleas de las familias con Pablo para ver cómo organizar, cómo construir, como gestionar, cómo cuidar y cuidarse.

Detrás de la puerta azul se hacen pompas de jabón en las clases de música y se reparte la comida ecológica de la cooperativa de consumo en cajas de cartón.

Detrás de la puerta azul las familias dan la merienda de manera compartida mientras hablan de las cosas del día a día, de lo que les preocupa, de distintas iniciativas de movimientos sociales, de a quién le toca el turno de limpieza. Se ríen.

Detrás de la puerta azul se construye una red que se extiende más allá de la puerta, que llega al centro de mayores, al instituto, al huerto que se hizo en medio de una plaza, a cada una de la casas, a cada persona a la que se le cuenta que es posible un proyecto así.

Detrás de la puerta azul las niñas y los niños construyen los hilos para tejer la red. Todas, todos, han aprendido a tejer la red.

Detrás de la puerta azul se construye otra manera de caminar, pisando suave la arena, otra forma de ver el mundo, un ensayo de lo que podría ser.

La puerta se abre, poco a poco van saliendo.

Todas. Todos. Adultas. Pequeños. Han vivido el ensayo de lo que podría ser.

2. Infancia y desahucios

¿Quiénes son los bárbaros?

Para hablar sobre las personas refugiadas llegadas a Europa, “el académico condenado por plagio” recurría a la comparación con las invasiones bárbaras que destruyeron el Imperio romano. Por escribir un artículo con esa premisa el tipo recibió 6.000 euracos de un premio. No me extraña lo más mínimo viendo la composición del jurado.

Dejando de lado el olor “a criadillas, rabo de toro y sesos escalfados” del “gran macho man de las letras españolas”, me parece a mí que los que podíamos ser denominados como bárbaros somos nosotros. Los que vivimos desde que nacimos en esta Europa que ahora se cierra a cal y canto a la acogida de quienes huyen despavoridos de la guerra, del hambre o de la persecución política.

Resulta que nosotros, tan modernos, civilizados y avanzados, vamos por el mundo avasallando. Y allá donde aposentamos nuestros reales, viajando por doquier, a los lugares más recónditos o más afamados, vamos destruyendo lo que se pone a nuestro paso. Pondré ejemplos cercanos para ilustrar lo que digo. Barcelona, 2017. Las organizaciones vecinales de la ciudad reniegan del turismo masivo que la invaden durante todo el año. Palma de Mallorca, 2017. La asamblea vecinal ‘La ciutat per a qui l’habita’ protesta por el encarecimiento de la vivienda originado por el turismo a gran escala. Igual se podría decir de Venecia, de Lisboa, de Valencia… El fenómeno se llama turistificación y empieza a tener tintes preocupantes para millones de personas.

¿Quiénes son los bárbaros, pues? Recuerdo haber visitado en otra época, y sin limitación ni reserva alguna, sin citas previas ni colas, sin masificación de ninguna clase, las cuevas de  Altamira, o las de Tito Bustillo, o la Alhambra; haber recorrido los Pirineos casi entre amigos; haber atravesado en cualquiera de sus sentidos el cañón de Añisclo, o visitar el parque de Ordesa sin tener que pedir permiso ni para acceder al parque ni para hacer senderismo por la senda de los cazadores… Y eso en los meses en que se suponía que había más personal por esos pagos.

No. Desgraciadamente, mucho me temo que la forma de vida moderna, con el consumo y el impacto ambiental derivados de la famosa globalización, también la de los viajes a cualquier sitio de millones de personas, contribuye a que la huella ecológica esté generando un planeta cada vez más visitado, sí, pero también más vulnerable y más insostenible. Cualquiera de nosotros, en este aspecto del transporte, podemos comprobar cuál es nuestra huella ecológica personal. Entonces, ¿quiénes son los bárbaros?

La banca siempre gana

Todavía hay quien habla de la “gran banca” para referirse a algunas instituciones financieras, como si hubiera otra, pequeña, digna de aparecer como tal. Creo que ya no hace falta calificarla según el tamaño porque los procesos de absorción están dejando un panorama oligopolístico, que se está adueñando de las grandes corporaciones de todo tipo. También, por supuesto, de las mediáticas. Aquí y en todas partes.

Por deformación académica, he seguido con interés diversas intervenciones de periodistas  en la Universidad de verano de Podemos: de Enric Juliana, de Esther Palomera, de Andrés Gil o de Gregorio Morán. Y el sábado pude ver, también gracias al streaming, una interesantísima mesa redonda titulada El día que la prensa dejó de leernos (https://youtu.be/1AfwUOz8iGA), en la que han participado otros cuatro periodistas, excelentes, dicho sea de paso (Pere Rusiñol, Olga Rodríguez, Fernando Berlín y Cristina Fallarás), que han aportado su particular visión de cómo están hoy las relaciones del periodismo con el poder. Recomiendo, y no sólo para quienes estén interesados en el mundo del periodismo, ver el vídeo al menos en la parte expositiva inicial de los ponentes, por lo que de didáctico tiene y porque las opiniones allí manifestadas, muy jugosas y muy contundentes, no se tiene el gusto de escucharlas a menudo en los grandes medios de comunicación, escritos, radiados o televisivos.

Me quedo, en este post, con una extensa reseña, y hasta con algunos párrafos transcritos de la intervención de Pere Rusiñol, redactor y socio fundador de la revista Alternativas Económicas y responsable de la sección Reality News en la revista Mongolia. Hace tres años, el Coordinador del Observatorio de Multinacionales en América Latina, escribió un artículo en la revista Pueblos (La propiedad de los medios, la propiedad de la información) en el que ya se hablaba de estos mismos asuntos.

Este periodista insiste en algo que en este blog se ha dicho con reiteración: la necesidad de conocer quiénes están detrás de los medios de comunicación, quiénes son sus propietarios, para comprobar hasta qué punto nos están informando, manipulando o simplemente están haciendo propaganda.

Rusiñol, aunque extendió su análisis a otros periódicos y grupos mediáticos, se fijó en El País por ser el medio de referencia y no por ser el periódico en el que trabajó y del que salió voluntariamente. La situación en el periodismo, para él, ha cambiado sustancialmente porque, paralelamente, ha cambiado radicalmente la estructura de la propiedad de los medios.

Él viene a decir lo siguiente: hasta 2007-2008, todos los medios, con el grupo PRISA a la cabeza, se endeudaron de una manera impresionante. Ese grupo, concretamente, llegó a tener una deuda de 5 mil millones de euros, que se dice pronto. Cuando llega la crisis no se pueden devolver los créditos y, si en una empresa convencional la lógica empresarial habría llevado a que hubiesen cerrado, en la prensa, por ser un sector clave en la configuración de la opinión pública, la deuda que estaba en manos de la banca, en lugar de ser exigida, llevó a que la banca se quedara directamente con los medios.

Y ese es el gran cambio que Rusiñol ve en el periodismo reciente. Desde 2010-2011, aproximadamente. En su opinión esa es “la madre del cordero”, porque es de sentido común que nadie tiene un medio para perjudicarse a sí mismo. Nadie, en ningún medio, va a publicar portadas que perjudiquen a su propietario. Y si el propietario es el banco, “la verdad es que no se puede hablar de nada”. El banco ya no sólo da dinero y créditos, sino que, como consecuencia de la crisis, se ha quedado con todo. El periodista pone el ejemplo de La Caixa (en el accionariado de PRISA): es accionista de Telefónica, Abertis, Gas Natural, Repsol… A la hora de informar de los desahucios, de las preferentes, del sistema de pensiones -en peligro de privatizarse con los fondos de pensiones-, de la sanidad pública versus privada,  y un largo etcétera, hay que pensar que siempre hay un banco detrás.

Para Rusiñol no es lo mismo tener un editor, que tendrá sus intereses particulares, como era la familia Polanco, que tener a la banca como editora, porque todo tiene que ver con la banca. Y en ese contexto, el margen para el periodismo es muy pequeño y el panorama se va haciendo cada vez más estrecho y difícil. Es decir, aunque haya buenos periodistas que escriban en los medios, éstos pueden escribir de todo pero sin explicar lo fundamental del periodismo: los porqués. El ejemplo son las preferentes, con un millón de afectados. O los desahucios. El periodismo puede contar, y sabe hacerlo muy bien, miles de historias y de dramas humanos, pero no explica quiénes son los responsables y por qué le han quitado el piso.

Puso varios ejemplos de cómo está el patio mediático en cuanto a la propiedad.

Grupo Prisa (SER, El País, editorial Santillana), que tiene en su accionariado desde Qatar, hasta empresarios amigos de Peña Nieto, grandes fondos de inversiones, Caixabank, Banco Santander, Telefónica… y un banco clave que, según el congreso americano, está considerado como uno de los más sucios del mundo y el principal responsable en la defraudación de dinero hacia paraísos fiscales: HSBC. Y pone el ejemplo Rusiñol del tipo de periodismo que se hace cuándo salen los papeles de Panamá, en el que está implicado uno de los bancos propietarios de PRISA y aparece nombrado colateralmente Cebrián. El País titula en portada que están implicados Putin y Venezuela.

En el grupo Unidad Editorial de El Mundo, se ven más cosas de la banca española, pero como consecuencia de que es la banca italiana su propietaria, con los mismos intereses que los bancos de todo el mundo a la hora de ir por las pensiones privadas, el rescate financiero, etcétera.

En ABC, Vocento, su presidente era el albacea de Botín y vicepresidente del Santander.

La Razón, dirigido por un comisario de policía, Marhuenda, y un presidente, Mauricio Casals, que también es comisario de policía (Rusiñol llega a decir que eso no es un título honorario sino efectivo), pertenece al grupo Planeta, que están en el consejo de administración del Banco de Sabadell. Fusión mediática-bancaria que afecta también a las teles del propio grupo, A3 y LaSexta.

El dueño del grupo Godó, con La Vanguardia, es vicepresidente de La Caixa

El Periódico de Cataluña, como su principal acreedor es La Caixa, es ésta quien le pone el consejero delegado.

Y en el Heraldo de Aragón está detrás Ibercaja. Y así, sucesivamente, en casi toda la prensa regional y local.

Naturalmente todo eso significa que hay asuntos y empresas que son, dice Rusiñol, in-to-ca-bles, así, silabeando.

Y quiero resaltar un último punto que trata Pere Rusiñol: la legitimación de la crítica a los medios, que generalmente éstos suelen aceptar de muy mal grado. Hasta tal punto no la aceptan que, como dice el enunciado de la mesa redonda, llegó un día en que la prensa dejó de leer lo que realmente le pasaba a la gente. Porque cualquier crítica a los medios, de partidos o de otros colegas, es machacada automáticamente por los propios medios y denunciada como si se tratara de una falta de respeto a la democracia. La crítica a los medios, para Pere Rusiñol y para muchos de nosotros, es necesaria porque la prensa ha sido tomada por el poder y necesita que alguien la fiscalice. Precisamente, en nombre de la democracia y no, como dicen los medios, para criticar a la democracia. La sección de Mongolia, Perro come perro, sería el ejemplo de este tipo de crítica, porque ayuda a identificar los intereses que hay detrás de los medios, expresados en según qué clase de informaciones y noticias, y ayuda a comprender por qué los medios actúan con la agresividad y virulencia que actúan según contra quienes consideren sus enemigos.