Escribir ya no es lo que era

Secuencia 1. En la película documental The Act of Killing, de Joshua Oppenheimer, aparecen jactándose de su hazaña unos cuantos de los asesinos en masa que en la Indonesia de los años 1960, bajo el gobierno del dictador Suharto, acabaron con un millón de compatriotas. Fue una persecución en toda regla de gentes de izquierdas y de demócratas opositores al régimen, todos agrupados bajo el rótulo de ‘comunistas’, y las matanzas se llevaron a cabo por mercenarios y bandas de gánsteres, con la complicidad o dirección del gobierno. En un pasaje del documental aparece el editor de un periódico, que aún ejerce como tal, que confiesa abiertamente: “Como editor de prensa, mi trabajo era hacer que el público odiase a los comunistas”.

Secuencia 2. Steve Bannon, que ha sido el principal asesor del presidente Trump y que está considerado como una referencia para la derecha más reaccionaria, además de ser el mentor ideológico del nacionalismo populista con el que el primero ganó la elección presidencial, ha dimitido y regresa a la publicación Breitbart News, que presidió hasta entrar en la campaña de Trump y que es una plataforma clave del nacionalismo más extremista y antisistema. Bannon que, también es exdirectivo de Goldman Sachs, dijo a su salida: “Puedo luchar mejor desde fuera. No puedo luchar tanto contra los demócratas desde dentro como puedo desde fuera”.

Estas dos secuencias resumen el papel que juega una parte de la prensa en cualquier país del mundo. Tanto en dictaduras como en democracias. En las primeras son los propios gobiernos, mediante medios de comunicación sumisos o directamente a su servicio, quienes ejercen a su antojo el control social de la prensa y, por ende, de las libertades de expresión, de información y de opinión. En las segundas, los poderes financieros o las grandes corporaciones, de modo indirecto, invierten en medios que saben contra quiénes deben trabajar, como Bannon o como el editor indonesio. Y tienen claro que nunca jamás van a tirar piedras contra su propio tejado.

Naturalmente, en todos esos medios hay profesionales que creen trabajar libremente y la propia prensa cultiva una apariencia de informar libremente. Pero los límites de esos profesionales vendrán determinados por las rayas rojas -que nunca podrán cruzar- que los intereses de sus propietarios habrán señalado previamente a través de sus consejos de redacción, de sus directores y de sus redactores jefes. Directivos, todos ellos, a los que no hará falta adoctrinar en cada caso, por supuesto, porque para eso fueron elegidos en esos puestos clave.

Y pocas parcelas importantes de la sociedad se escapan a lo que es importante para los bancos. En todas las que pongan sus largas manos: el mercado inmobiliario, la privatización de las pensiones, de la sanidad o de la educación, el destino de las inversiones que realizan o dejan de realizar en sectores estratégicos o del interés general del común, etcétera. A todas ellas corresponderá el oportuno tratamiento informativo en la prensa afín y será preciso acudir a fuentes de comunicación alternativas si es que se desea estar al tanto de la actividad que realizan. Aunque siempre queda hacer como el avestruz, y hacer como si no nos diésemos cuenta de quiénes están detrás de los medios.

Pascual Serrano, autor de numerosos libros sobre el mundo de la comunicación, escribe un artículo (Prensa escrita, reinventar o morir) en el que aporta varios ejemplos de cómo la prensa de papel está buscando nuevas vías de financiación para desempeñar libremente su rol, imprescindible en una sociedad que se quiera democrática y que no debe tolerar que nos enteremos “solo de lo que algunos quieran”.

Parece claro que “los contenidos no consiguen los ingresos necesarios para cubrir los gastos de un enviado a Siria o para remunerar las muchas horas de un trabajo de investigación”. Serrano apunta: “O inventamos algo o no habrá enviados especiales ni corresponsales que nos cuenten lo que pasa en el mundo ni investigación periodística más allá de las filtraciones interesadas. Por otro lado, quizás esta crisis pueda ser una oportunidad para poner en marcha otros medios que no dependan de grandes empresas anunciantes y grandes accionistas. En realidad son estos emporios los que se están desplomando para empezar a jugar en la misma división de los medios cooperativos, comunitarios o autogestionados por periodistas y organizaciones sociales”.

Las experiencias de Le Monde Diplomatique, en España y Francia, de la Jornada, en México, de Le Courrier, en Suiza, o del semanario The Nation, en los Estados Unidos, cada una con su singularidad en lo tocante a estructura accionarial, gestión, fuentes de financiación, publicidad, etc., son relevantes y dignas de estudio y “muestran la necesidad de renovarse, de reinventarse y de una sociedad concienciada en que o apoyamos unos medios o nos quedamos sin saber lo que pasa en el mundo”.

Hace unos días me hacía eco en el twitter de dos modelos de negocio en el mundo de la prensa escrita. Uno el que se ponía de manifiesto en esta entrevista al director de El Diario Cantabria, que señalaba lo siguiente: Las redes sociales han transformado nuestra forma de comunicarnos. Los medios apostamos por tener más seguidores y más ‘me gusta’. Hemos pasado de compartir en pandilla a tener miles de ‘amigos’ que nos leen y nos siguen ávidamente y que quieren ser escuchados y participar. Comentar, apostillar, aclarar o simplemente dar su opinión. Las redes nos permiten comunicarnos a cualquier hora del día con cualquier persona, aunque viva en otro hemisferio y en otro huso horario […] ¿Cómo nos diferenciamos los medios? Estructurando contenidos. Separando el grano de la paja. No todo es noticiable. Pero entendiendo que el mensaje debe ser bidireccional y debemos escuchar y respetar las opiniones de nuestros lectores siempre y cuando no insulten, maltraten o desprecien. La interacción es positiva, siempre que sea bien gestionada”.

El otro modelo sería el de la prensa escrita que no se lleva nada bien con las redes sociales, a las que ve como competidoras directas en una parcela en la que tenían un rol preponderante. Rol que ha devenido obsoleto o irrelevante en buena parte, cuestión esta que no es fácil de digerir por quienes han echado los dientes como periodistas en esos medios. Juan Cruz, periodista de El País, en un artículo reciente en el que ponía a caldo la red twitter, vendría a representar lo que una parte de esa prensa ve como una intromisión, una injerencia, una puesta en cuestión de su monopolio secular a la hora de informar y opinar: “Se está utilizando la red para amedrentar a periodistas, a políticos, a profesores o a gente que se toma en serio la existencia de estas redes como vehículo en el que es posible intercambiar puntos de vista. Ya no son aceptables los puntos de vista”. “Ese ruido infernal, esa falta de respeto, está creciendo hasta el contagio, y ya salta a los informativos, a los periódicos digitales y de papel; todo lo que es susceptible de debate se comprime en un número mínimo de caracteres en los que siempre cabe, sobre todo, la descalificación, el insulto o el irrespeto”.

No sé si escribir en España sigue siendo llorar, como diría Larra, el Pobrecito Hablador. Lo que parece seguro es que ya no es lo que un día fue. No solo por la propiedad oligopolística de los medios de comunicación, que está limitando gravemente el derecho a la información, sino porque las nuevas tecnologías están transformando los modos y maneras de escribir. Las hordas de prosumidores ya no se limitan a desayunarse con los periódicos de turno, que cada vez más se están convirtiendo en las hojas parroquiales de las iglesias de la globalización neoliberal, sino que están reclamando una participación mucho más activa que como meros consumidores: están actuando, interactuando en el ruido mediático con toda contundencia y desparpajo. Que hay excesos, es más que evidente*. Que no se pueden considerar periodismo en sentido estricto, también. Pero que son imparables estas nuevas vías para comunicarse y para estar informados es un hecho tan significativo que hoy en día, cualquiera que tenga algo que decir, si no lo dice en el twitter, no es nadie. Mañana… mañana es posible que cambien las secuencias del guión. Como se dice en las series: to be continued.

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* A horas del atentado en Barcelona, tres individuos que ejercen de periodistas, Hermann Tertsch, Alfonso Rojo e Isabel San Sebastián, aprovechándose del dolor y la conmoción del salvaje asesinato, pusieron la nota con sendos tuits, en las que mezclaron deliberadamente el yihadismo con el debate que se venía produciendo sobre la masificación turística que padece la ciudad o con la religión musulmana y la historia de la presencia árabe en España. No voy a reproducir sus textos, sería darles  una cancha a sus delirios cuasi fascistas. Son tres ejemplos de los excesos que pueden cometer en esta red miserables de esta calaña. Hubo colegas que, refiriéndose a uno de los tres satélites, apuntaron la solución: “Si los medios no van a dejar de contar con este miserable, a lo mejor otros tertulianos se podrían negar a compartir espacio con él, ¿no?”.

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Autor: elpobrecitoveedor

Este blog es continuación de otro, que fue creado en junio de 2005 y que se publicaba con la url www.elpobrecitoveedor.net/blog

Un comentario en “Escribir ya no es lo que era”

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