La honradez, siempre recompensada

En el año 2002, el gobierno de Aznar acordó con los sindicatos de la función pública CCOO, UGT y CSIF la creación de un fondo de pensiones privado para los empleados públicos. El gobierno Zapatero santificó ese acuerdo en julio de 2004, siendo Jordi Sevilla el ministro del ramo, adjudicando al BBVA la gestión y el depósito del Plan de Pensiones de la Administración General del Estado. De esa gestora forman parte los sindicatos mencionados. A septiembre de 2018, el patrimonio del fondo asciende a 630 millones de euros y eso que en 2012, con los recortes del PP, se suspendieron las aportaciones anuales a dicho plan, que ignoro si se han reanudado.

Desde la íntima convicción de que los servidores públicos no debíamos beneficiarnos de un sistema privado de protección social financiado con caudales públicos, en noviembre de 2004 un colectivo reducidísimo de funcionarios, en el corto espacio de tiempo que nos dieron para renunciar (no para apuntarse al mismo, como debería haberse hecho), presentamos un escrito tipo (que había sido acordado colectivamente) en los registros de nuestros respectivos centros, por el que rechazábamos expresamente formar parte de ese plan de pensiones. Rechazo que, obviamente, nos ha supuesto que, muchos años después, a la hora de jubilarnos no percibiéramos ni un euro de los (ridículos) beneficios del plan. De lo cual, al menos por mi parte, no me arrepiento en absoluto. Porque, aunque uno tenga sus contradicciones, “esa” en concreto me ha permitido no hipotecar en demasía la salud de mi conciencia. En lo personal, a mí me supuso el quebranto de la desvinculación con un sindicato al que, a pesar de muchos pesares, había estado afiliado desde su fundación, con el que discrepaba radicalmente del acuerdo suscrito.

Aunque tenga una opinión negativa sobre los planes de pensiones, lo que se ventilaba aquí era si el Estado, que tiene a su cargo al conjunto de empleados públicos, debía tomar partido por una opción concreta, que es legítima en lo que cada particular haga con su dinero de su capa un sayo pero que no tiene por qué hacerlo con fondos públicos que son financiados por el conjunto de la sociedad. Sobre todo, teniendo en cuenta que ese mismo Estado es quien, a través de los organismos competentes, debe garantizar “mediante pensiones adecuadas y periódicamente actualizadas, la suficiencia económica a los ciudadanos” (art. 50 C.E.). Y no parece muy de recibo detraer de la masa salarial, que en justicia corresponda al personal que presta servicios en la AGE, una parte que, aunque sea muy pequeña en comparación con los PGE,  iría dedicada a privilegiar a su personal y a “regalarla” a las entidades financieras para, lisa y llanamente, especular.

Organizando papeles antiguos, he encontrado una copia del escrito presentado en el que, entre otras ingenuidades, decíamos lo siguiente:

“Solo hay, en mi opinión, dos modelos (antagónicos) de organización social: el basado en valores y principios de contenido competitivo, y el basado en relaciones inspiradas en la cooperación y la ayuda mutua. Al segundo le son inherentes la paz y la justicia social, y, en extensión de ellas, la erradicación del hambre, de la esclavitud, de las torturas, de los malos tratos, en definitiva, de cualquier expresión de la opresión del ser humano por otro ser humano. Una de estas formas de opresión, aunque tan general como equivocadamente aceptada por inevitable, es la del aprovechamiento del hombre por el hombre. Y digo equivocadamente porque bastaría con que las personas sencillamente eligiera la cooperación para que la competición desapareciera. Pero quienes sacan ‘provecho’ de la situación, y por ello tienen en su poder las herramientas económicas, en su sentido amplio, y de propaganda, las han convencido de que no hay alternativa. Sí la hay. La máxima expresión del primer modelo es justamente nuestra atroz ‘realidad’ mundial actual. La tragedia no requiere más comentarios, si no es para teñir la presente de un halo de horror y consternación”.

Y continuábamos el discurso ético  en los siguientes términos: “En el juego de las finanzas, para que unos ganen otros tienen necesariamente que perder. No es mi juego. El mero hecho de pensar que en mi nombre extraerán beneficio de otra persona me resulta espeluznante. No quiero más que el fruto de mi honesto trabajo”.

Incluíamos asimismo un contundente alegato contra las grandes corporaciones financieras que, a la postre, se quedarían con el pastel de las  recursos públicos. Alegato que, visto en perspectiva, no deja de ser un tanto demagógico, pero que no deja de tener vigencia en un mundo caracterizado por la dictadura de los mercados globalizados: “Pero, además, me aterra la sola idea de que el control de las ‘inversiones’ de los fondos quede en manos ajenas. Ajenas a usted y ajenas a mí. Sólo de imaginar que, directamente o a través de terceros, un ápice de ‘lo que me toca’ fuera a parar a manos de quienes, por meros intereses económicos, alimentan la explotación de niños de los países pobres, secundan la prostitución obligada, permiten las torturas, son cómplices de la esclavitud, o, sencilla y llanamente, generan cobardemente los conflictos para vender sus armas, me hace enfermar. Que alguien se oponga voluntaria e intencionadamente a que el hambre sea barrida de la faz de la tierra es muy triste; que lo haga con mi complicidad…”

En todo caso, no se trata de que fuésemos altruistas y renunciásemos a nuestros derechos laborales. Como quiera que las aportaciones que el Estado hacía al plan de pensiones era una de las formas de incremento salarial acordada con los sindicatos, en el mismo escrito decíamos que no desistíamos de nuestro derecho a percibir de otra manera las cantidades que nos correspondían del 0,5% de la masa salarial que el propio Estado “tan alegremente desvíaba” a esos fines.

Y concluíamos nuestro (inútil) razonamiento añadiendo una cita de Bertold Brecht: “Si delito tiene robar un banco, mayor delito tiene fundarlo”.

P.S. El título hace referencia a una serie televisiva de los años 70 del siglo pasado, en la que el guionista Adolfo Marsillach ironizaba sobre  el papel de los censores de la época. Tanto fue así que el título de la obra, que comenzó llamándose “La honradez en España”, tuvo que pasar a llamarse  tras varias intervenciones de la censura “La honradez en España es siempre recompensada”, para dejar claro que aquí, en las postrimerías del franquismo, los españoles, más chulos que un ocho, eran incorruptibles.

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A la calle, que ya es hora

No he de callar por más que con el dedo,
ya tocando la boca o ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo
(Francisco de Quevedo y Villegas)

 

La escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie (“Tengo dos casas, en Nigeria y en Estados Unidos”) es autora del manifiesto ‘Todos deberíamos ser feministas’. Me gustó como terminaba ese texto: “La definición que doy yo es que feminista es todo aquél hombre o mujer que dice: “Sí, hay un problema con la situación de género hoy en día y tenemos que solucionarlo, tenemos que mejorar las cosas”.

En la pasada Feria del Libro de Fráncfort hizo un discurso (El silencio es un lujo que no podemos permitirnos) del que entresaco los siguientes párrafos y recomiendo singularmente a quienes les gusta la literatura que lean la parte final dedicada al oficio de escribir:

“Me educaron en el catolicismo. De pequeña, me encantaba ir a misa. Mi familia iba todos los domingos a la capilla de St. Peter, un edificio blanco y alto situado en el campus de la Universidad de Nigeria, donde me crie.

El párroco era profesor universitario. Y en la medida de lo posible para una iglesia católica romana, era un lugar abierto, progresista y acogedor. Los sermones del domingo eran benignamente aburridos.

Años después, oí que la parroquia había cambiado de manos y que el nuevo párroco era un hombre particularmente obsesionado con el cuerpo de las mujeres.

Nombró una policía religiosa, una brigada de chicos, cuyo trabajo consistía en situarse a la puerta de la iglesia, examinar a cada mujer y decidir quién podía entrar y quién no. Rechazaban a las abuelas por llevar vestidos excesivamente escotados.

Después de llevar años fuera, fui a casa a visitar a mis padres. Y fui a misa. Llevaba una falda larga y blusa de manga corta con un estampado tradicional, un atuendo normal y de uso común. En la entrada de la iglesia, un joven se interpuso en mi camino. Su expresión era una forzada máscara de rectitud que en circunstancias diferentes me habría parecido muy divertida.

Me pidió que me fuese. Llevaba unas mangas demasiado cortas, dijo. Enseñaba demasiado los brazos. No podía entrar en la iglesia a no ser que me tapase los hombros con un chal.

Estaba furiosa. Esta iglesia formaba parte de mi feliz niñez, parte de mis recuerdos de una época llena de alegría. Y ahora se había convertido en un lugar que no trataba a las mujeres como seres humanos sino como cuerpos que había que controlar y acosar. ¿Y para qué? Para proteger a los hombres de sí mismos.

De modo que decidí escribir un artículo sobre este incidente en un periódico nigeriano de gran tirada. Pensé que el artículo haría que se tomaran medidas, que la comunidad universitaria se levantaría por fin y diría “basta”, y que presentaría una petición al obispo o al Papa o a quien fuera que tomara estas decisiones, y echarían a este párroco y volverían a convertir la parroquia en un lugar acogedor, libre de misoginia.

Pero no fue así. En lugar de eso, me asombró la recepción hostil que tuvo el artículo. El resumen de la misma fue: cállate. ¿Cómo te atreves tú, una mujer joven, a retar a un hombre de Dios?

Me pareció interesante que tanto la respuesta a mi artículo como la actitud del sacerdote hacia las mujeres procediesen de un impulso similar: la necesidad de controlarnos.

Y este impulso de negar a las mujeres total autonomía sobre su cuerpo, esta incapacidad para ver a las mujeres como seres humanos plenos, existe en todo el mundo: la mujer de Oriente Próximo que no quiere pero es obligada a cubrirse, la mujer occidental a la que llaman puta por ser un ser sexual, la mujer asiática grabada secretamente en un baño público.

Es la hora de la valentía, que no es la ausencia de miedo sino la decisión de actuar a pesar de tenerlo.

Y este impulso existe también en el mundo literario progresista, en el que se espera que las escritoras hagan a sus personajes femeninos “simpáticos”, como si toda la humanidad de una persona del sexo femenino debiese, a fin de cuentas, encajar en las cuidadosas limitaciones de la simpatía.

Y para terminar el relato de lo ocurrido ese día en la iglesia. Evidentemente mi reacción se basó en una cuestión de principios: de la misma manera que los hombres podían decidir qué ponerse para ir a la iglesia, las mujeres también deberían poder hacerlo. Pero desde un punto de vista práctico, ese día hacía calor y los ventiladores de la iglesia no funcionaban y lo último que yo quería era echarme un chal rasposo sobre los hombros.

De modo que hice caso omiso del policía religioso, entré y me senté. El sacerdote fue informado de que una persona testaruda había entrado sin permiso en la iglesia, y que era culpable de mostrar en exceso los brazos. Me amonestó desde el altar, y después de la misa intercambiamos unas palabras. Decir que esas palabras fueron desagradables sería quedarse muy corto, la verdad.

Esa experiencia me hizo abandonar mi idea boba y romántica de que “hablar claro” va unido a la certeza de un apoyo generalizado. Pero me aclaró la importancia de hablar de lo que importa: no se debe hablar porque uno esté seguro de que le van a apoyar, sino porque no puede permitirse el silencio. Yo sabía lo que había sido la iglesia en otro tiempo, y vi en qué se había convertido, y no podía mantenerme callada”.

[…]

“Hace unos años, el Gobierno nigeriano aprobó una ley que declara ilegal la homosexualidad, una ley que no solo me parece profundamente inmoral sino también cínica desde el punto de vista político.

Fue este mismo conocido quien me dijo que no entendía por qué decidí manifestar mi oposición a esta ley que muchos nigerianos apoyan de hecho.

“No tienes nada que ganar”, me dijo. “Y posiblemente mucho que perder”. Su intención era buena. A su manera, intentaba protegerme. Pero se equivocaba respecto a que yo no tenía nada que ganar. Porque vivir en una sociedad que trata a cada ciudadano de manera justa e igual es una ventaja.”

[…]

“Este es el momento de la valentía, y para mí la valentía no es la ausencia de miedo. Es la determinación de actuar a pesar de tener miedo. Es el momento de relatos más complejos: no basta saber cómo sufren los refugiados o de qué modo no encajan en una nueva sociedad; también debemos saber qué hiere su orgullo, a qué aspiran, y quién arma las guerras que los convirtieron en refugiados para empezar, de quién es la responsabilidad.

Es el momento de proclamar que la superioridad económica no significa superioridad moral. Es el momento de analizar el tema de la inmigración, de ser sinceros respecto a ella. De preguntar si la cuestión es la inmigración o la inmigración de tipos concretos de personas: musulmanes, negros, morenos”[…]

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P.S. El título de este post se corresponde con un verso del poema España en marcha, de Gabriel Celaya.

Obispos sin escrúpulos

Leo escandalizado una noticia de un diario de Salamanca que dice que “el obispo de la Diócesis de Salamanca, Carlos López, ha quedado en evidencia tras unas grabaciones publicadas por El País en las que este ofrece una compensación económica a la víctima de abusos sexuales por parte de un cura para frenar el escándalo público”.

Pero es que, además, lo escandaloso del asunto es que el Santo Oficio de la Inquisición, que ahora se llama Congregación para la Doctrina de la Fe, decreta sancionar al sacerdote acusado con, agárrense, “la prohibición del ejercicio público del ministerio pastoral”. ¡¡¡Toma ya, castigo!!! Y los tribunales de aquí, mutis por el foro. ¿Por qué no se aprende algo , pongamos por caso, de la justicia francesa?

Hace dos años y medio escribí un post en la versión anterior de este blog en el que refería una escena en la película Spotlight en la que el cardenal Law (acusado de encubrir los abusos sexuales a niños por parte de uno de sus curas y actualmente destinado en el Vaticano) regala un libro al nuevo editor de un periódico que le va a presentar sus respetos en una visita de cortesía y que sabe que es judío. El libro es el catecismo. El mensaje que, en mi opinión, quiere trasladar el prelado es el siguiente: “usted dedíquese a informar de lo que quiera y como quiera, pero a ‘mi’ iglesia ni la nombre, de ella me encargo yo”.

Eso es lo que ha hecho durante décadas, y al parecer sigue haciendo, la jerarquía de la iglesia católica , representada por sus delegados en todo el orbe cristiano: cardenales y obispos. Esto es, tapar, ocultar, silenciar los crímenes de pedofilia más siniestros y repugnantes de parte de los curas de su comunidad eclesiástica. Lo que investigó y publicóThe Boston Globe en el año 2002, circunscrito a la Archidiócesis de Boston (Massachusetts) se inició con 13 curas pederastas y después se amplió a 90 para, finalmente, llegar a casi tres centenares de clérigos.

Pero en esa misma película los títulos de crédito finales nos mostraron cómo esa práctica, terrible, ha estado extendida a todo el mundo. La retahíla de nombres de centros, colegios, academias y países en los que se han producido abusos sexuales de niños y niñas por parte de sacerdotes católicos supongo que será insoportable para muchos católicos, de buena fe, que no terminarán de entender cómo se pudo atentar tan gravemente contra criaturas que fueron presas de la confianza en sus “pastores”. Niños y niñas, víctimas de sus supuestos protectores y educadores, que se vieron engañadas y violentadas en su inocencia. Porque, “¿cómo se dice ‘no’ a Dios?”.

En este asunto, en el que se transmite que el Papa Francisco está siendo contundente de boquilla, pareciera que las declaraciones no van acompañadas de medidas igual de contundentes para apartar y denunciar a sus ovejas descarriadas. De vez en cuando sale el caso de algún cura implicado en abusos sexuales. Y la prensa se hace eco de que se le traslada de diócesis, o se le aparta del ejercicio (como en el caso de Salamanca), o se le destierra a otro destino. Pero, ¿hay alguno que haya sido condenado y sufrido prisión? ¿Y en qué centro penitenciario? Desconozco si en España sigue en vigor el concordato que establecía una cárcel especial para el cumplimiento de las penas de los clérigos.

Igual que entre los periodistas que intervienen en el relato de la película citada los hay que están alejados de la Iglesia o enfadados con ella, hay también algún católico no practicante y hasta un presbiteriano. ¿Por qué razón la pederastia se da con más frecuencia (que se sepa) en la iglesia católica y no en otras confesiones? Supongo que a ello no serán ajenos ni la prohibición del casamiento (no aplicable en otras ramas del cristianismo) ni el voto de castidad exigible al sacerdocio.

La wikipedia dice a este respecto: “La decisión de castidad por parte de la Iglesia Católica sobre el cuerpo de sacerdotes, diáconos, subdiáconos y monjes, parte de una clara intención recaudatoria y de control sobre sus miembros. Al carecer estos de familia y gastos y distracciones consecuentes, los convertía en almas dedicadas al servicio de la congregación, sin más preocupación que esta, y con la regulación propia de sueldos y alojamientos. Todo esto ocurre en el Concilio de Letrán I, convocado por el papa Calixto II en 1123”.

Feminismo: teoría y práctica

Si ya, a algunas personas, más allá de los simplismos, estereotipos reduccionistas y chascarrillos, les puede resultar un tanto difícil hablar de feminismo (hasta la señora Ana Botín se declara feminista o, incluso, es muy posible que, si se le pudiera preguntar a los monarcas, también hicieran lo propio), hacerlo de ecofeminismo, como se hace en este libro (La vida en el centro. Voces y relatos ecofeministas), la cuestión empieza a ser ardua y compleja. Se trata de dos disciplinas sobre las que, por separado, hay montañas de textos, estudios y marcos teóricos y prácticos. Así que si se juntan en un vocablo y en un tratado que las engloba, su discernimiento, en principio, viene a ser doblemente peliagudo.

Sin embargo, el mérito de las autoras es haberlo intentado –y, a mi entender, conseguido–, dando contexto teorizador riguroso tanto a la ilustración de los dibujos como a las imágenes de los mini relatos, al modo de los haiku japoneses, que muchas veces, aunque valgan mucho, requieren ser enmarcados en unos cuantos miles de palabras, para hacer así relativamente más fácil y perfectamente inteligible su lectura y comprensión. Veamos algunos ejemplos.

Comienzan desgranando algunas “creencias nefastas” en las que se basa la economía capitalista y dicen: “El primero de los errores es la reducción del concepto de valor al de precio. Solo tiene valor económico aquello que se puede expresar en unidades monetarias”. Y por ello “la polinización, el ciclo del agua, la regulación del clima o los trabajos que las llamadas amas de casa hacen en los hogares no tienen asignado un valor monetario”. ¿Qué sucede entonces? Pues que “la reducción del valor al precio invisibiliza y expulsa del campo de estudio económico la complejidad de la regeneración natural y todos los trabajos humanos que sostienen la vida pero que, por no estar pagados, no se traducen en crecimiento económico”.

Y añaden: “La economía convencional celebra cualquier tipo de producción que genere beneficio económico, aunque por el camino se destruya el presente y el futuro de personas y ecosistemas. El dinero se convierte en una creencia sagrada. Las mayorías sociales creen y sienten que antes que agua, cobijo, alimentos o cuidados necesitan dinero. Y la creencia está tan asentada que se asume una especie de ‘lógica sacrificial’. Si lo que necesitamos es dinero, todo merece la pena ser sacrificado si la contrapartida es que crezcan la economía y el dinero. El crecimiento justifica que se arrebaten derechos laborales, se destruya el territorio, se elimines servicios públicos, se expulse y asesine a personas que resisten al extractivismo, se cemente el territorio, se privatice la sanidad, el agua o la educación o se cambie el clima. Cualquier cosa merece ser sacrificada ante el fin superior de los beneficios”.

¿Cómo pues vincular la economía a la satisfacción de las necesidades humanas? La respuesta la dan en este párrafo: “Para construir una economía adecuada a los seres humanos, la producción y el trabajo tienen que vincularse al mantenimiento de las condiciones de vida de las personas. Hay producciones y trabajos que son socialmente necesarios y otros socialmente indeseables. Distinguir entre ambos es imprescindible, y los indicadores monetarios no permiten discriminar entre la actividad que satisface necesidades humanas y la que agota recursos, altera los ciclos, explota diferentes formas de vida sin, además, garantizar las condiciones de vida de las mayorías sociales”.

Las autoras describen los condicionantes sobre “los que se construye el relato cultural de nuestras sociedades”: los límites físicos del planeta, que obligarían a las sociedades a ser más austeras en el uso de materiales y en la generación de residuos, a basarse en las energías renovables y limpias y articularse en la cercanía; la interdependencia humana, que viene a ser la “representación de nuestra vulnerabilidad”; y el reparto de la riqueza, que es “la única posibilidad de justicia”.

“Poner la vida en el centro”, al que hace referencia el título del libro, se puede resumir en las siguientes frases entresacadas de su exposición:

  • “supone recuperar las percepciones, el sentimiento de ecodependencia e interdependencia como señas de identidad de lo humano y derruir los ídolos del progreso ligado al crecimiento. Son tareas tan pendientes como urgentes para conseguir un vuelco en la hegemonía cultura que ha conquistado el capitalismo”;
  • “es también ser consciente del nacimiento, el crecimiento y la muerte; es aprender el respeto a los animales no humanos y reconocernos parecidos y diferentes a ellos; es desentrañar las relaciones complejas y dinámicas de los ecosistemas que no funcionan como máquinas”;
  • “requiere también valorar y cuidar la diversidad en la forma de vivir la sexualidad o el deseo, en las formas de caminar, en las formas de organización, en los tipos de familia, en la procedencia, en las culturas, en la diversidad de formas de vida”
  • “requiere aprender dela experiencia de las mujeres, de su historia, de sus miradas, de sus relatos, de sus luchas y resistencias, de sus formas de construir movimiento”.

Tras un primer capítulo dedicado a desgranar el ecofeminismo, otro de los adjetivos que podían calificar a las mujeres sería el de “invisibles”. Dicen al respecto: “Parece una paradoja que aquello que sostiene nuestras vidas no tenga valoración, a veces ni siquiera presencia. Se llama población inactiva a la que realiza horas ingentes de trabajo doméstico y de cuidados, pero no cobra y se llama terreno improductivo al que regenera el suelo y el aire, el que acoge la biodiversidad imprescindible para sobrevivir, pero no da mercancías para vender”.

La invisibilidad –escriben las autoras– es una construcción amasada con diferentes herramientas de discriminación. Y citan varios ejemplos:

  • “El lado de la cultura, de la razón, del espacio público, de la producción o la civilización es el lado masculino. Las mujeres quedan vinculadas a la naturaleza, la emoción, el espacio privado y las tareas reproductivas”;
  • ridiculizar, sería otra manera de construir secundariedad: “Reírse, por ejemplo, del arquetipo de la suegra y del paleto, es decir, de las mujeres que quieren mantener su poder y de la población campesina que nos alimenta. También cabe reírse de las sufragistas (por feas), de las feministas (por exageradas), de las ecologistas (por catastrofistas)… o trivializar sus demandas”;
  • “El trabajo de la casa entra normalmente en la categoría de ‘ni agradecido ni pagado’. Y si es necesario asignar un valor monetario a los trabajos domésticos y de cuidados, a la tierra o las aguas, será un precio a la baja. Basta comparar la retribución del notario que estampa su firma con la de quien recoge patatas o pone lavadoras”;
  • “Despreciar, insultar, acosar, arrojar basura… Estrategias diversas de la cultura de la violación y de la impunidad. Porque quien no existe o no vale, ni sufre ni tiene derecho a denunciar o exigir”.

El de “trabajadoras” sería otro calificativo que merece un capítulo muy ilustrativo de la actividad de las mujeres. “Queremos empleo, trabajo nos sobra”, es un grito feminista, señalan, “que denuncia el reduccionismo con el que la palabra ‘trabajo’ ha dejado fuera las interminables y absorbentes tareas domésticas y de cuidados que se realizan en las casas. Sólo aquello que puede medirse en dinero tiene categoría de realidad económica”. Y en él se explica una idea “tan sencilla como revolucionaria” como es que la economía feminista y la ecológica “nos muestran que el objetivo no puede ser las cuentas de resultados de bancos y grandes empresas, sino la posibilidad de vivir con dignidad y suficiencia en un planeta limitado”.

En ese marco teórico (y bien práctico que a mí me resulta) del ecofeminismo, se abordan otros conceptos, imprescindibles y esclarecedores a mi juicio, para describir los roles de las mujeres, como el de “cuidadoras”, “luchadoras”, “sabias” o “comunitarias”.

Entremezclados con el “ensayo”, descriptivo, pedagógico y vindicativo, se incluyen un sinfín de relatos que van de la prosa poética (“El colegio ahora es una casa. No es exactamente un hogar, es más bien un refugio”) a la insumisión contra la injusticia (“Se enfadó con su madre porque tenía hambre y ella no le daba comida. Se enfadó y le gritó durante un rato, hasta que se dio cuenta de que no conseguiría nada. Tenía hambre. Su madre, quieta, no le decía nada. Gritos sin respuesta”); a la denuncia de los modo de producir y consumir (“La dinamizadora del taller les cuenta a las niñas y a los niños de dónde vienen muchos de los alimentos que comen. Kiwis de Nueva Zelanda. Piñas de Costa Rica. Aguacates de Brasil. Plátanos de Colombia. Mangos de Ecuador. Y hablan de cómo el transportes de mercancías, entre otras cosas, está haciendo que la temperatura del planeta sea cada vez más alta”); al apunte de las discriminaciones por género (“No salen por la tele los cuerpos de las mujeres cuidando la tierra ni las semillas creciendo gracias al sol, por eso gran parte de la humanidad vive sin sospechar cómo son de imprescindibles para sus vidas”); a la explotación laboral (“Decenas de mujeres salen por la puerta de la maquila, situada en una zona franca, donde todo vale para el capital, donde solo tienen derecho a entras las mujeres que van a ser explotadas y sus explotadores. Nadie más tiene acceso”); a la descripción de las penalidades de las personas migrantes (“En el telediario sale la imagen de una niña que murió ahogada al tratar de llegar, por mar, al otro lado de la frontera. Tiene la cara pixelada”); al derecho al pan pero también a las rosas (“La angustia de la supervivencia en ese lugar hace que las familias se despedacen, pero la escuelita tiene un huerto y una sala de cine y procesos de acompañamiento de las niñas y los niños y prácticas de defensa del territorio, que es lo mismo que decir defender el agua, la tierra, las mujeres, la participación. Y una sala de baile, porque para imaginarse diferente a donde te empuja la supervivencia hace falta bailar…”); a la esperanza de otras formas de vivir (“Echo de menos vivir a ras de tierra. Sentir la tierra en cualquiera de sus formas. En la ciudad no hay tierra. Aquí se vive a ras de asfalto. En otro lugar más hermoso pensaría en otras cosas. Cuando te rodeas de cosas hermosas es más fácil pensarlas. Aquí no hay otra forma de escapar que no sea cerrando los ojos. Solo así se roza el silencio de la ciudad dormida. Solo así aparecen cosas hermosas. Ojos cerrados”) o de amar (“Preparan la cama con el cuidado de las parejas que se siguen queriendo después de muchos años […] El colchón está en el suelo de una calle poco céntrica. Ya no hay somier ni techo. Desahucio […] Quitar arrugas de la sábana, colocar la almohada en el lugar adecuado. Mirar otra cara antes de dormir”).

Un libro recomendable para todos los públicos que, justo es decirlo, está ilustrado primorosamente, dando resultado un texto literario difícilmente encajable en uno solo de los géneros clásicos (ensayo, poesía, filosofía, narrativa, historia, economía, etc.). Es más bien un compendio holístico de sabiduría, de didáctica, de activismo ecologista y feminista, esto es, de la vida cotidiana de los seres humanos.

Si, como decía al principio, definir el feminismo puede ser controvertido, la lectura del libro de Yayo Herrero, Marta Pascual y María González Reyes, ilustrado por Emma Gascón, puede ayudar a mucha gente a entenderlo –y practicarlo- un poco más.

Aunque, como escribía un amigo, “cuando alguien se reconoce feminista debería aclarar qué entiende por ser feminista, puesto que el feminismo ha derivado desde una lucha por la consecución de la libertad, la igualdad y la fraternidad, también para la mujer, hacia otros objetivos y ha dado lugar a distintos tipos de feminismo: cultural, feminismo de la diferencia, anarcofeminismo, ecofeminismo… no todos ellos compatibles entre sí”, pudiera ser que, a la postre, su definición no estuviera muy lejos de la que daba la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, “feminista es todo aquél, hombre o mujer, que dice: Sí, hay un problema con la situación de género hoy en día y tenemos que solucionarlo, tenemos que mejorar las cosas. Y tenemos que mejorarlas entre todos, hombres y mujeres”.

Derecho a la cultura

A quienes nos ha gustado leer desde siempre y hemos acumulado a lo largo de nuestra dilatada existencia un porrón de libros, la entrada en eso que se llama la tercera edad, o sea la adquisición de la condición de jubilata (bien es verdad que -para mí- merecidísima, tras haber cotizado casi 47 años a la seguridad social y, por ende, haber contribuido al pago de las pensiones de los demás), tiene sus ventajas y sus inconvenientes.

Como servidor es de mirar la botella medio llena -ya saben, el optimismo de la voluntad-, me referiré a las primeras para constatar que una de ellas es disponer de algo más de tiempo de ocio que cuando dedicaba buena parte de la jornada a sangrar mis capacidades por cuenta ajena. O a vender mi fuerza de trabajo, que decían los marxistas in illo tempore.

Pero no omitiré los inconvenientes, que por algo no se habla de la botella completa. Entre estos, obviamente, está la limitación de la pensión, que da para lo que da. O sea, que la compra de libros, por cierto, carísimos, necesariamente debe reducirse proporcionalmente a la cuantía de la pensión de cada cual.

¿Cómo, pues, atender la afición por la lectura sin menoscabar los ingresos pecuniarios? Ahí entran diversas posibilidades que, confieso, estoy explotando lo que puedo. Mientras el cuerpo aguante, mis fuentes de inputs literarios son de cuatro tipos: compra, regalo, préstamo e internet.

La compra, como ha quedado dicho, se reduce al mínimo. Aunque de tarde en tarde visito algunas, procuro evitar el mal rato que supone pasear por los estantes de la librerías viendo lo que me estoy perdiendo. En esas visitas, siempre cae algo. El regalo, por lo común, se suele presentar dos veces al año: por el cumpleaños y por el año nuevo. Suelen ser generosas mis donantes. La tercera fuente, el préstamo, la vengo cultivando desde hace años, y ahora con mayor intensidad, acudiendo a las bibliotecas municipales. Nadie, repito, nadie debe quedarse sin poder leer, sin poder tener acceso a la cultura del libro, teniendo a mano una de las miles de bibliotecas que nuestras instituciones públicas ponen al servicio de la gente. Tiene sus inconvenientes, sí, pero qué cosa no los tiene. Por ejemplo, no siempre tienen disponible el libro que deseas o, incluso, dependiendo de los fondos que ayuntamientos y comunidades les den, ni siquiera lo han adquirido para prestar a su red ciudadana. Para esos casos siempre se puede acudir a cualquiera de las otras fuentes.

Hoy, sin ir más lejos, he sacado nada menos que cuatro ejemplares que debo devolver en el plazo de un mes y con los que espero pasar unos grandes ratos. Un cómic prometedor del que supe por Pérez de Albéniz (“Cuando creía haberlo leído, y oído, todo sobre Robert Johnson, la leyenda del blues de Mississippi, llega a mis manos este “Love In Vain” y me deja con la boca abierta. Publicado hace tres años, se trata de un cómic en grandioso blanco y negro (mucho negro), con un gran guión, editado primorosamente en formato apaisado. Una obra maestra. Tanto por la calidad de las ilustraciones, puesto que cada página es un hermoso cuadro en sí mismo, como por el texto, la vida de Johnson contada de manera apasionada por un narrador digamos que… a la altura del músico”). El último premio RBA de novela policíaca 2018, Traición, de Walter Mosley. Y dos tomos de La balada del Norte, de Alfonso Zapico. Se trata de una novela gráfica, también denominada cómic, sobre la revolución de Asturias de 1934, dividida en dos partes. De la primera citaré tan solo una frase de su prologuista Enric González: “Una obra colosal y delicadamente detallista, hace revivir la Comuna de Asturias, la última gran revolución obrera en territorio europeo. Y deja al lector sin aliento”. En la segunda, prologada por Javier Pérez de Albéniz, se puede leer lo siguiente: “Este segundo tomo de La balada del norte confirma que estamos ante el gran festín de la novela gráfica española, una obra ambiciosa que huye del panfleto y reivindica la memoria histórica. Episodios nacionales divididos en viñetas, situados en escenarios que reflejan la grandeza de la batalla o reivindican la humildad del retablo teatral, en los que los protagonistas utilizan voces habladas en el lenguaje del bocadillo. Conciencias disgregadas en bandos, héroes condenados a caer bajo fuego hermano, corazones errantes en amores de estraperlo, vidas que se vivieron en las calles, en los establos, en los cuarteles, en las minas. Hombres y mujeres que estallaron con la revolución… pero que ‘tuvieron que seguir ordeñando a unas vacas que no entendían de revoluciones’”.

Y me queda, por último, referirme a la descarga de libros, perfectamente legal en multitud de webs que pululan en la red. Y hay otras, también accesibles gracias a las nuevas tecnologías y a la democratización que supone internet, conocidas como las redes P2P. La mayoría de usos de estas redes, como sostiene David Bravo, abogado especializado en derecho informático, especialmente en propiedad intelectual, “dan beneficios a los ciudadanos sin causar perjuicios, por la sencilla razón de que son inocuos. Personas que se bajan música, películas o libros que jamás se habrían comprado, son señalados con el dedo por hacer algo que (dicen) ‘saben que está mal’. Resulta sin embargo un misterio que esté mal algo que no hace mal a nadie”.

Como recoge este autor en su Copia este libro, “La cultura sólo puede defenderse compartiéndola. El acceso a la cultura que te brindan las nuevas tecnologías pretende ser frenado por una industria obsoleta que quiere controlar lo incontrolable a golpe de pleito. Lo que está en juego es poder elegir por dónde discurrirá nuestro desarrollo cultural o personal, el mismo que estanca la dieta anémica a la que nos condena la televisión o nuestro bolsillo. En lugar de aceptarse este avance como un milagro para beneficiar a los muchos que lo disfrutan, es elevado a amenaza para no perjudicar a los pocos que lo temen. La adaptación a los nuevos tiempos no está en la agenda de los que han decidido librar una batalla por una propiedad que los avances técnicos han convertido en difusa, etérea e inapropiable”.

Y es que, como escribe Bravo, “el derecho al acceso a la cultura no es el derecho al ocio, ni el derecho a disfrutar del tiempo libre. Es mucho más. El crecimiento de cada persona es muy distinto dependiendo de la cultura que come y digiere. Tus aficiones, inquietudes, deseos e ideologías están directamente relacionadas con los libros que lees, las películas que ves y las canciones que escuchas. Lo que está en juego es el derecho al desarrollo de la personalidad. Lo que está en juego es el derecho a ser”.

El tiempo venidero

No conozco una frase con tintes egoístas que haya sido más replicada que la que se le atribuye a Woody Allen: “Me interesa el futuro porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida.” No por lo que pueda pasarle a sus hijos, a sus nietos, a sus compatriotas, a la raza humana, sino por lo que lo eventualmente le afecte a su venerado ombligo. Me parece a mí que esa visión está un tanto alejada de la que repetidamente mostró, por ejemplo, un científico como Stephen Hawking sobre el futuro de la humanidad (“El incremento de constante de la población mundial y el abusivo consumo de recursos y energía al que en conjunto estamos sometiendo a nuestro planeta, hacen del mismo modo que la humanidad, si quiere sobrevivir como especie, está abocada a encontrar un segundo hogar. Nuestra supervivencia depende de ello”) o la que con frecuencia muestran las personas que se dedican a predecir, evaluar, calcular cómo será la Tierra en ese tiempo venidero, que no dudo que irá acompañada al mismo tiempo de las correspondientes dosis de angustia, preocupación o alegría, según los casos, con lo que previsiblemente nos aguarde en adelante.

¿Qué estaría sucediendo hoy, cómo sería hoy el presente y, por ende, qué pasaría en el futuro si 50, 100 o 200 años atrás los hechos históricos hubieran acontecido de otra manera a como realmente se desarrollaron?

¿Cómo imaginamos hoy el futuro dentro de 50, 100 o 200 años, no sólo teniendo en cuenta el estado de la ciencia a día de hoy y los progresos logrados en todos los ámbitos de la vida, sino a partir de la cantidad de datos negativos de las sociedades actuales y  los males que está soportando el género humano en forma de hambres, guerras, desplazamientos, penalidades y penurias?

¿Sabríamos recrear, por casualidad o por intuición, cómo sería un futuro lejano en materia de ciencia, de investigación, de desarrollo humano?

Alguna gente, se supone que documentada de alguna manera, ha respondido a estas preguntas a lo largo de la historia. Unos reconstruyendo la historia sobre datos que finalmente no se produjeron (ucronías). Otros imaginándose una sociedad futura con aquellas características negativas causantes de la alienación humana (distopías). Unos pocos, incluso, concibiendo, figurándose acontecimientos, avances sociales o científicos que después, por casualidad o no, se han venido verificando con sorprendente exactitud (ciencia ficción). Dijo precisamente Julio Verne, un exponente de esta corriente, que “todo lo que un hombre pueda imaginar, otros podrán hacerlo realidad”.

Quienes carecemos de habilidades para imaginarnos el futuro más inmediato, difícilmente podremos representarnos cómo será el mundo dentro de unas decenas de años. Y más si consideramos la extraordinaria rapidez con que se suceden algunos avances en medicina, ciencia, tecnología y, en definitiva, en los niveles de información que el ser humano acumula para la resolución de los infinitos problemas que tiene la existencia en un planeta acosado por tantas adversidades.

Como se recoge en la contraportada del libro que me acaba de llegar La vida en el centro (Yayo Herrero, Marta Pascual y María González Reyes, ilustraciones de Emma Gascó), “La palabra futuro es cada vez más corta para muchas de las especies que habitan la tierra, incluida la nuestra. Por eso es necesario colocar en el centro lo que realmente importa. Necesitamos colocar la vida en el centro. No solo unas pocas, sino todas las vidas en condiciones de dignidad. Este libro recoge voces y relatos que buscan tejer feminismo y ecologismo en una urdimbre necesaria para que la palabra futuro pueda pronunciarse sin miedo”.

Sobre algo mucho menos pretencioso y, por ende, más prosaico, como es el cambio de hora o cómo han cambiado los hábitos de lectura o simplemente para ver cine, el escritor Alberto Olmos decía lo siguiente:

“Porque pienso en el futuro, en esos niños que ahora no saben del reloj, y en cómo algún día estudiarán o serán informados por su abuelo de que, hace décadas, el tiempo se adelantaba o se atrasaba a voluntad, y les veo ya la cara de conmiseración, un semblante barnizado de hiper-progreso que apenas puede creerse la época cavernícola en la que vivieron sus abuelos. Una época en la que se les quitaba una hora de vida; en la que, más tarde, se vivía la misma hora dos veces. Daremos pena, como daban pena nuestros padres yendo a estudiar con Franco segregados por sexos, y como dieron pena nuestros abuelos teniendo que ir a por agua al caño. Creo que los españoles del futuro harán bien en reírse de nosotros, en preguntar por qué dos y dos no sumaban cinco los domingos o por qué la Tierra no era plana en fin de año. Esto de cambiar las grandes magnitudes a capricho sonó siempre a novela distópica, a esas películas de ciencia ficción donde la gente se deja avasallar por un sistema social represivo y vigilante en el que la discrepancia era tomada siempre como prueba de enajenación”.

Fiesta plurinacional

Con ocasión del 12-0, a la sazón día de la fiesta nacional , se suscita, como todos los años, un debate acerca de la idoneidad de la fecha para esa celebración. En las redes hay opiniones para todos los gustos. Una cosa parece bastante obvia desde hace muchos años: que una fiesta que divide así a la sociedad y que sólo levanta adhesiones en la nada santa trinidad de la derecha (PP-CS-VOX), debería cambiarse o suprimirse. No hay más solución. Respondía yo así a un tuit del periodista Carlos Hernández que decía lo siguiente: “Resumen de la Fiesta Nacional en los informativos de televisión: el Ejército desfila, mientras la derecha y la extrema derecha toman las calles. Esta no es mi fiesta”.

En tiempos en los que la controversia sobre el patriotismo está en auge, unos porque consideran nación a su comunidad, otros porque aspiran a la independencia de esa nación, muchos más porque reaccionan vehementemente contra todo lo que huela a sentimientos identitarios distintos del que en épocas periclitadas respondía al lema de Una, Grande y Libre (sic, aunque hubiese sido creado en una dictadura), y otros, más jóvenes y nuevos en la ágora política, porque estiman que “la patria no es un rey desfilando en un Rolls-Royce con un séquito a caballo y envolver todo en banderas”, sino que es “la sanidad, la educación, los salarios, las facturas de luz y los alquileres asequibles”, y en definitiva “las cosas de comer de la gente”, viene bien recordar lo que escribía (12-O) hace 31 años un intelectual al que se le echa mucho de menos, Manuel Vázquez Montalbán, “al que hoy hubieran crucificado”:

“Si el presidente González no consiguió desfranquizar el Azor por el procedimiento de navegar en él, los ilustres padres democráticos de la patria que han decidido que el 12 de octubre sea fiesta nacional no han conseguido disimular el carácter imperialista, chulesco, majadero e impresentable de la Fiesta de la Raza. Que un aventurero genovés, una reina que llevó durante 20 años la misma camisa y unos cuantos echaos palante de la provincia de Huelva se fueran a hacer las Américas no es motivo para que la conciencia de los españoles quede hipotecada para siempre por tan pintoresco enredo. Está demostrado que los asiáticos hicieron lo mismo en sentido contrario y no han exhibido nunca esta recta ética. La diferencia entre los asiáticos y los europeos en relación con el llamado descubrimiento de América es que hasta hace poco los asiáticos estaban obligados a leer la historia tal como la escribían los europeos. Por una parte la historia escrita por patriotas y por otra los juegos florales han conseguido que fechas como el 12-O enorgullezcan a alguien, incluso a personajes que en el pasado denunciaron la maldad intrínseca del imperialismo y ahora se reconcilian con el imperialismo español por la vía del pasodoble. Otra cosa es que nos admiremos del valor personal, nunca el moral, de algunos conquistadores. Pero no por eso declaramos día de fiesta nacional el aniversario del nacimiento de Cabeza de Vaca o de Orellana o de Lope de Aguirre, por citar sólo un tríptico de civilizadores, equivalente a cualquier otro tríptico aportado por el imperialismo británico, francés, mongol, árabe o malayo, La rapiña es inmoral, practíquela quien la practique. No es que proponga ahora pedir perdón a los mapuches, quechuas o mayas por haberles robado los puntos cardinales y haberles dejado en manos de los criollos, que también a ésos hay que echarles de comer aparte. Sólo pido un discreto, prudente silencio histórico y a lo sumo que en el 12-O arrojemos un ramito de siemprevivas al océano. A qué océano no importa.”

Y algo de nostalgia imperialista debe de quedar en el pensamiento del conservadurismo español. Véanse si no algunas de las respuestas que muchachitos y muchachitas, con pinta de ser más de derechas que la acera de los pares y de hablar como supongo que les enseñan en los colegios de élite a los que a buen seguro irán, le dieron a los reporteros de CTXT el día del desfile militar.

Quedan pues, dos debates pendientes de resolver. Uno, si se quiere accesorio, éste de la fecha más idónea para que la mayor parte de la gente se sintiese representada y cómo se debería celebrar, si con desfiles militares, espectáculos folclóricos o manifestaciones vindicativas o solidarias. Y eso teniendo en cuenta, además, que siempre habrá gente que nos identifiquemos más con lo que cantaba George Brassens en la mala reputación que con los llamados de Casado a ver quién tiene la bandera más grande. Este sujeto, aunque le regalaran un máster, tiene luces suficientes para haber aprendido que la agitación de banderas anulan los argumentos que una sociedad democrática y adulta precisa para avanzar. La ralea de este patriota -y de otros de su espectro ideológico- se dibuja nítidamente cuando declara que hará “lo posible para impedir que el Salario Mínimo Interprofesional suba a 900 euros”. ¡Toma ya patriotismo!

Y otro, más de fondo, si la monarquía es la institución más moderna y conveniente para aunar las identidades de todos los pueblos de las Españas, como se decía no hace tanto tiempo, y recordaba hace unos años el catedrático José Luis Abellán.

Para ambos debates, necesarios de todo punto, mucho me temo que no existe el sosiego suficiente para acometerlos y que, en la conjugación gramsciana, el pesimismo de la razón se impone, desafortunadamente y una vez más, al optimismo de la voluntad.

A las cinco de la tarde

Hace unas semanas, leí un tuit que incorporaba un vídeo brutal y decía: “Un toro grita de dolor en las fiestas de San Mateo de Cuenca. Dónde cojones verán la fiesta”. Recientemente, Pablo Iglesias proponía un referéndum para decidir sobre la prohibición de las corridas de toros.

Por cosas del azar, estaba enfrascado por entonces en la lectura del libro de Jesús Mosterín -antropólogo, filósofo y matemático- que lleva por título A favor de los toros. Con ocasión de su muerte, hace ahora un año, otro filósofo, Javier Sádaba, escribió un brillante obituario a su amigo (“Su insistencia en la lucha contra el sufrimiento inútil infligido a los toros hay que insertarla en su no menor insistencia en que somos nietos de los grandes monos y que al menos los primates deben ser tratados como nuestros primos”). Piénsese que con los toros compartimos el 80% de nuestros genes y con los chimpancés el 98% (datos del propio Mosterín).

Apabullado por los datos y consideraciones éticas, filosóficas y sociológicas del autor (“Espero que sirva para algo, al menos para elevar el nivel de conciencia e información sobre estos animales y sobre su vil maltrato, así como para romper el muro de sofismas, falsedades y mitos que la caverna taurina ha ido tejiendo en torno a este negocio de la crueldad”), reproduzco a continuación algunos pasajes del libro, que recomiendo tanto a detractores como partidarios de los espectáculos que incluyen como protagonista a estos animales.

“Con la suavización de las costumbres que trajo la Ilustración, estos espectáculos de la crueldad desaparecieron en casi toda Europa, pero el movimiento de las Luces apenas penetró en España. Los pocos intelectuales ilustrados que hubo, como Gaspar Melchor de Jovellanos, propugnaron la prohibición de los crueles festejos con toros, y los reyes algo ilustrados que tuvimos los prohibieron: Carlos III en 1771 y Carlos IV en 1805”.

“La España negra de toreros, borrachos e inquisidores, caricaturizada por Goya, había perdido todos los trenes de la Ilustración, sobre todo después del ostracismo de los afrancesados y liberales, como el mismo Goya, y del restablecimiento del absolutismo por Fernando VII. El grito de ‘vivan las caenas’ caracterizó la época más oscura de la España moderna, en la que cuajó la actual corrida de toros, surgida de la variedad plebeya o de a pie de la tortura de bovinos. Fernando VII acabó con las pocas libertades anteriores, restableció la censura y la Inquisición, instauró las escuelas taurinas y fomentó la tauromaquia como un medio para embrutecer al populacho y apartarle de cualquier veleidad pensativa. ‘Lejos de nosotros, Majestad, la funesta manía de pensar’, era otra de las frases famosas con las que lo halagaban sus seguidores”.

“Los toros han sido siempre pacíficos rumiantes, herbívoros sin la más mínima predisposición a atacar a nadie, por lo cual a menudo, y a pesar de los puyazos que sufrían, se quedaban quietos y ‘no cumplían’ con las expectativas de la plebe soez y excitada que los contemplaba. Como ‘castigo’ se les ponían banderillas de fuego, es decir, cartuchos de pólvora que estallaban en su interior quemándoles las carnes y exasperando aún más su dolor. En 1929 las banderillas de fuego fueron suprimidas, sobre todo para no horrorizar a los extranjeros, a los que se suponía una sensibilidad menos embotada que a los encallecidos aficionados hispanos. También en 1929 se introdujo la protección de los caballos y la prohibición de que los menores de 14 años fueran expuestos al sangriento espectáculo, aunque más tarde, en 1991, el ministro socialista José Luis Corcuera volvió a permitir la entrada de los niños en las plazas de toros, contribuyendo así al embrutecimiento de las siguientes generaciones”.

“El Estado, en vez de prohibir la corrida de toros, como en el resto de Europa se hizo, la fomentó, la reguló y la convirtió en un acto oficial presidido por la autoridad gubernativa. Tal desaguisado fue ‘justificado’ mediante una serie de mitos sobre el toro basados en la ignorancia de la biología de este animal. El primer mito es el de la presunta agresividad del toro. El toro español no sería un bovino de verdad, sino una especie de fiera agresiva, un ‘toro bravo’. Como rumiante que es, el toro es un especialista en la huida, un herbívoro pacífico que solo desea escapar de la plaza y volver a pastar y rumiar en paz, como se comprueba fácilmente dejando una puerta abierta. Como la corrida de toros es un simulacro de combate y los toros no quiere combatir, el espectáculo taurino resultaría imposible, a no ser por toda la panoplia de torturas a las que se somete al pacífico bovino a fin de irritarlo, lacerarlo y volverlo loco de dolor, a ver si de una vez se decide a pelear. Antes de aparecer en público es sometido a maltratos diversos, que lo dejan tundido y mareado y dificultan su respiración y su ya de por sí mala visión. Al salir al ruedo, siguiendo su tendencia natural, el toro se quedaría quieto o se volvería de cara a la puerta cerrada. A fin de evitarlo se le clava la divisa, un doble arpón que se hinca en sus carnes para despertarlo y provocar una agresividad de la que carece.”

“En el primer tercio o tercio de varas, según el reglamento taurino promulgado bajo el ministro Corcuera, ‘el toro será sometido al castigo apropiado’. Resulta sorprendente que una barbaridad semántica de este calibre haya aparecido en el BOE. Según el Diccionario de la R.A.E, castigo es ‘la pena que se impone a quien ha cometido un delito o falta’. Pero el toro no ha cometido ningún delito ni falta, por lo que no se le puede castigar, aunque se le puede torturar, como a cualquier víctima inocente. En cualquier caso, el matador da instrucciones al picador para que ‘castigue’ al toro, es decir, para que le rompa los músculos del cuello y de la espalda. El encargado de ‘castigar’ es el picador, un sádico que normalmente goza de pocas simpatías incluso entre el encallecido público taurino. Apalancado en su enorme caballo acorazado, perfora una y otra vez con su vara o pica a su víctima. El picador busca el sitio de un puyazo anterior y sigue barrenando, es decir, moviendo circularmente la pica, que penetra hasta 40 cm en el animal, destrozando sus músculos mientras chorrea sangre. Este es, sin duda, el momento más cruel y repugnante de toda la corrida”.

“La pervivencia en España de espectáculos de la crueldad como las corridas de toros no es explicable sin el continuo apoyo que han recibido desde las instancias del poder político, más interesadas en mantener una población de súbditos embrutecidos que en permitir el desarrollo de un pensamiento libre y racional y una sensibilidad refinada y compasiva”.

“Aunque los socialistas llegaron al poder en España en 1982 con un discurso regeneracionista y prometiendo la modernización del país, su sector más populista se decantó enseguida por la línea de Fernando VII, reavivando y fomentando no solo el cutrerío taurino oficial sino incluso las tradiciones pueblerinas más bestiales y atroces”.

“Todo nacionalismo, también el españolista, nubla la visión y deforma la imagen de la realidad. Lamentablemente, algunos brillantes autores hispanos han sido afectados por el casticismo”.

“En contraste con el silencio de la jerarquía católica, el Dalai Lama ha reclamado públicamente la abolición de las corridas de toros. Al rey Juan Carlos, ya desprestigiado por sus continuas cacerías, no se le ocurre otra cosa que salir ahora en defensa de la tauromaquia. Más le valdría identificarse con su antecesor ilustrado Carlos III, que prohibió las corridas de toros, que con el cutre y absolutista Fernando VII, que las promovió”.

“Todavía peores que las corridas regulares y urbanas son las salvajadas pueblerinas tradicionales en las que la chusma municipal incontrolada, en estado de intoxicación etílica, maltrata cobardemente a un pobre toro bajo el pretexto de ciertas fiestas patronales. Las corridas son todas iguales y uniformemente cruentas. Las salvajadas pueblerinas, por el contrario, son todas distintas y cada una es bestial a su manera. Ninguna de ellas sirve para nada, excepto para dar salida a la mezcla explosiva de mala leche, alcohol y testosterona que acumulan los mozos más cerriles del pueblo”.

Cita el autor y se extiende en los casos del Toro de la Vega, en Tordesillas; de Torrelobatón; de Pamplona; del Bajo Aragón; de la Comunidad Valenciana; de Cataluña; de Coria. Sobre este último pueblo, en las fiestas de San Juan, “se suelta el toro por las calles empedradas del casco antiguo. Los mozos del pueblo lo persiguen durante horas hasta que le arden las pezuñas y se le astillan los cuernos por los continuos golpes de la testuz con los barrotes. Cuando el toro ya no puede más, se lo mata de un tiro en la cabeza. De todos modos, hasta el año 2009 (cuando los dardos fueron prohibidos) la fiesta era todavía más bestial, pues los mozos excitados y ebrios acribillaban la piel y los testículos del toro con gran cantidad de dardos provistos de alfileres, le lanzaban petardos y a veces incluso le clavaban banderillas. Finalmente, los energúmenos borrachos se abalanzan sobre el toro, pues el primero que agarraba el cadáver por los testículos tenía el privilegio de comérselos. Cuando en 1987 un eurodiputado inglés describió como cruel y sádica la celebración del toro de Coria que acababa de presenciar, el presidente de la Junta de Extremadura, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, salió de inmediato en defensa de la bestialidad, asistió ostentosamente a la feria de Coria y al encierro, y calificó las críticas del inglés de ‘campaña contra Extremadura’. Más le habría valido usar su influencia para hacer pedagogía y lograr una Extremadura más civilizada y presentable”.

“Al final, tanto las corridas de toros regladas como las fiestas bestiales incontroladas serán prohibidas, las radios y televisiones hispanas dejarán definitivamente de chorrear sangre, las plazas de toros será derribadas (excepto las que tengan algún interés artístico, como la de Ronda o la Maestranza de Sevilla), las dehesas ganaderas serán convertidas en parques naturales y los picadores, toreros y demás ralea recibirán una beca para que aprendan un oficio con el que ganarse la vida honradamente. Cuanto antes llegue ese día, tanto mejor”.

Aprobado alto

Un año más acudí al SSIFF, siglas en inglés del Festival de Cine Internacional de San Sebastián. 20 películas, 20, en 5 días, no está mal. El atracón mereció para mí lo que antes se conocía como un aprobado alto. Ya saben, una media en torno al 6. Esto es, seis suspensos, ocho aprobados, cinco notables y un sobresaliente. No las calificaré en público, pero sí citaré todas la películas vistas, clasificadas según la sección en las que estaban seleccionadas. Más que nada para mi archivo bloguero personal. Que nunca se sabe cuando tendrá uno dificultades para recordar el año 2018 del Zinemaldia.

Entre mis notas, tomadas a vuela móvil entre proyección y proyección, encuentro las siguientes:

  • una sucesión de bellas imágenes y una lentitud casi exasperante
  • una historia sin pretensiones de mala conciencia
  • what you see is what you get
  • no hay guión que prevea los diálogos de los protagonistas
  • mostrar la realidad que no se ve
  • dilemas morales
  • tó er mundo no es malo
  • el drama de las personas desplazadas
  • quién dará a tu casa color y a tu lecho calor
  • un polvo frío, sin emociones, mola poco en el cine
  • no deja títere con cabeza
  • con pretensiones de denuncia racial
  • averiguar algo más de la historia real
  • inclasificable, giallo
  • esfuerzo documental
  • ¿dos psicoanalistas argentinos?
  • zorros para la caza
  • qué bien se ríen los ingleses de sí mismos
  • melodrama para una tarde televisiva
  • uso de las redes sociales y aislamiento
  • película necesaria más allá de sus valores cinematográficos
  • ajuste de cuentas con su pasado

De la Sección Oficial:

  • Tiempo después
  • Entre dos aguas
  • Quién te cantará
  • In fabric
  • Beautiful boy
  • Angelo
  • Rojo

De Horizontes Latinos:

  • Los silencios
  • Ferrugem – Rust
  • El motoarrebatador
  • Sueño Florianópolis
  • La noche de 12 años

De Nuevos Directores:

  • Neon heart
  • Core of the world
  • The third wife

De Zabaltegi – Tabakalera:

  • Trote

De Zinemira:

  • Ízaro

De Proyecciones Especiales:

  • Red Joan

De Muriel Box:

  • Acacia avenue

De Made in Spain:

  • Amb el vent

Hablando de identidades

Mira si soy desgraciao
que estoy deseando morirme
pa’ dormir bajo techao

Miguel Mora, director de CTXT y “morentista convicto”, según se autodefine, ha publicado una serie de artículos reproduciendo extractos del libro La voz de los flamencos. Al final de este post dejo los enlaces a todos ellos, que suponen el particular diccionario de Morente: “Un diccionario de cante, sí, pero que resume también su mundo: vital, moral e ideológico. Sus maestros principales, su visión de cada estilo, los lugares clave de su vida y su carrera, su alergia a las etiquetas y el dogmatismo; muchos de los artistas que más le han influido y gustado, los amigos y poetas que han forjado su sensibilidad y su oído; algunas personas cruciales de su entorno, las sensaciones y los ecos que alientan su proceso creativo, su visión de la vida”.

Enrique Morente fue, junto a Menese, El Lebrijano, Gerena o El Cabrero, uno de los primeros artistas flamencos que conocí, de los que entonces se consideraban subversivos, que además de inocular la afición en muchos de nosotros, cantaron a la libertad, a la justicia y a la democracia y se arriesgaron, con distinto grado de compromiso en su antifranquismo manifiesto. Todavía me acuerdo de alguno de sus conciertos, compartidos con otros colegas de profesión, entonando los clásicos gritos de libertad y de amnistía. No en vano, el poeta Félix Grande, llegó a decir que el flamenco es “la más importante tradición de la canción protesta, debido a que los originarios tenían un profundo conocimiento del dolor, del miedo, del desprecio y la persecución”.

Tienen los artículos el valor histórico de conocer la identidad, el pensamiento íntimo del artista granaíno y de aprender, cómo no, una mijita más del arte declarado patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. Con el afán, pues, de abrir boca y de contribuir a la lectura de los textos publicados en CTXT, reproduzco a continuación la definición de unas pocas palabras, términos, conceptos o personalidades que repasó Morente, con su personal e intransferible forma de decir, en el mencionado libro:

Ahe (de ángel). En argot representa una forma de expresar la gracia. También se usa en sentido sarcástico: “Qué ahe tiene Fulano. Asfixiado se vea”. Generalmente es cariñoso y positivo. Lo contrario es malaje. O guasa. “Qué guasa tiene. Qué mala uva.”

“Ay”. Pepe de la Matrona criticaba mucho a los cantaores que no sabían decir “ay”. Siempre nos daba una disertación: “Señores, el ay es un lamento, no un rebuzno”.

Caracol, Manolo. El niño prodigio del Concurso de Granada de 1922. Casi todos los prodigios, o pasan a genios o se terminan. Caracol nunca se acabó. Es uno de los metales más flamencos: una voz ancha, grande, gorda, con velocidad y con pellizco. Un cantaor largo, enorme fandanguero, uno de los más grandes. Pero por siguiriyas, por soleá y por todo a lo que le metía mano salía airoso. Tuvo mala prensa. Era impulsivo, pero yo no conocí a ese Carcacol agitado, siempre lo vi cordial, tranquilo, con educación. Y muy inteligente. Los buenos artistas suelen tener un punto de listos, de inteligentes, aunque hay de todo, claro. Camarón por ejemplo, era muy inteligente; Caracol, Matrona y Marchena, también. A Marchena lo oyes hablar y es un fuera de serie. Caracol además era chaconero, porque el padre trabajó de ayudante con Chacón. Y él lo defendió en el 22 para que ganara.

Compás. La forma, la técnica de medir el ritmo. Unos lo entienden de una manera, otros de otra, pero es una de las riquezas del flamenco, una forma de medir que no existe en otras músicas, sobre todo cuando hablamos de soleás, bulerías, siguiriyas o tientos… La medida del fandango es más universal, está en la jota aragonesa por ejemplo, pero si la aceleras y le cambias un poco el carácter, te descuidas y te sale una bulería. Ese tipo de juego rítmico existe mucho en el flamenco. El compás es para escribirlo y el tiempo para sentirlo. Hay trabajos perfectamente cuadrados, muy medidos, pero que están sin arte. Hay gente que tiene mucho compás y no es artista. Chocolate cantaba totalmente libre, fuera de los cánones del compás y de la guitarra, y es un artista que ha quedado en la historia. La Paquera no tenía el estilo moderno de la bulería de Jerez, pero mejor que ella no ha cantado nadie por bulerías… Casos y cosas así se dan mucho en el laberinto, a veces confuso, del flamenco. Una prueba más de que en el arte los dogmas no valen para nada.

Duende: una palabra inventada, una invención romántica para no decir pellizco, pero es lo mismo: la inspiración, el corazón, la transmisión.

Flamencólicos. Dicen que yo inventé la palabra, pero también se me acusa de otras cosas. Incluye melancólico;cólico; coliflor; alcohólico, y seguramente tiene connotaciones más graves. Viene de flamencólogo, claro, que es una palabra que inventó Anselmo González Climent, un argentino que era buen aficionao. La flamencología es un mundo de hombres apasionados que han hecho una labor por una parte buena, cuando los libros estén bien hechos; porque un libro siempre es importante pero una copia de un libro de otro libro de otro libro es menos importante, ¿no? Lo que ha sucedido es que algunos empezaron a representar la Real Academia del Cante Flamenco y a dirigir los sentimientos de la gente y de los artistas; a decir lo que se tenía que hacer y lo que no, y se perdieron en partidismos, y entonces muchos artistas se aprovecharon para conveniencia de sus carreras personales. Hay trabajos muy válidos y respetables, aunque han contribuido a algunos equívocos. Pero siempre que un género musical tiene muchos libros escritos sobre él es porque merece la pena. ¿No?

Jaén. Dos grandes cantaores: Valderrama y El Gallina. Curiosamente, más artistas en los pueblos, más que en la capital.

Martinete. Uno de los cantes grandes, aunque muchas variantes antiguas se han perdido, como la debla, por ejemplo. El Gallina cantaba un martinete que no era la debla; Tomás Pavón, lo mismo. Pero era el mejor martinetero. El único que se sabía la debla era Manolo de Huelva, pero no hubo forma de sacársela: cantaba como mi perro. Otras cosas más sencillas sí las aprendí de él. El martinete es una toná. Son sólo nombres que les ponen, es el cante por tonás. A veces se hace acompañado con los golpes de un martillo, pero un señor que está en la fragua dando martillazos no puede dar esos gritos. Es imposible. Es como el cante de las minas: ¿cómo va a cantar un minero metido en la mina? Pero en la taberna sí. Ahí, sí. El cante de trilla, en agosto, en Écija, nadie lo ha cantado. Aunque alguna relación tendrá. Al martinete lo han llamado carceleras y cante de conducción (de presos). Es una melodía muy antigua. Yo le he dado una forma nueva de verlo, más bien escenográfica. Es un trabajo sin terminar.

Morente, Estrella. Una sorpresa dentro del panorama flamenco. Grabó el primer disco y a los pocos meses era un reguero de pólvora. Eso sucede muy esporádicamente en el flamenco. No me gustan las posturas de decir “es la mejor que ha salido en no sé cuántos años” porque eso es un desprecio inmediato al resto de los jóvenes, y los buenos no son superiores a los otros, son diferentes. Lo que puedo decir es que mejor que Estrella no ha cantado nadie hasta la fecha. Y que está en la edad de aprender y competir dentro de su grupo de población.

Pericón. De esos casos que se han dado más en la historia: su faceta de contador de cuentos ocultaba o anulaba la de gran cantaor. Por soleá, por siguiriyas, por todos los palos cantaba con grandeza y con mucho sabor a Cádiz. Le recuerdo con mucho cariño. ¿Mi maestro?  Sí, pero en el cante los maestros no existen, sólo existen los discípulos. Ninguno sabe enseñar. El cante es muy difícil enseñarlo. No me molesta nada esa faceta de discípulo, es la única etiqueta que no me quito.

Romero, Rafael (El Gallina). Cantaor con una voz maravillosa, lo traté mucho en Zambra, aunque lo conocí antes, en el bar El Cortijo. Tenía una personalidad tremenda, y fue actor en la primera película de Saura, Llanto por un bandido; era un gran conocedor del cante, todo lo que hacía era bueno y grande; y tenía una voz muy rara y muy personal.

Tangos. Un cante de muchos sitios. Extremadura, Granada… En los recitales suele ser un cante de descanso, pero también se pueden cantar en plan cante grande y son tremendos, aunque suelen tener más alivio, más apoyo rítmico. Yo, de cada siete letras por tangos, hago cinco de descanso. El baile por tangos es precioso.

Valderrama, Juan. Otra maravilla. Independientemente de ser uno de los más grandes, fue un gran empresario, un gran cancionero, un rey de ese género que se ha perdido prácticamente por falta de capacidad de evolución. Valderrama se tiraba 40 días seguidos en el Teatro Calderón de Madrid y lo ponía a reventar cantando por fandangos, un palo que nadie ha cantado tan flamenco como él. Uno de los más grandes aficionados e investigadores del cante flamenco; si no, no habría sido la clase de conocedor tan grandísimo que fue.