Miércoles otoñal

Hay días que escribiría contra casi todo. O, al menos, contra muchos. Incluso los miércoles. Contra las y los espabilados y oportunistas que tienen preparados dos discursos, uno por si sale lo que predijeron y otro por si se frustran sus expectativas. Contra la prensa que ejerce su vergonzoso rol de francotirador desde una trinchera financiada en paraísos fiscales. Contra los sabios que se la quieren colar a la peña, confundiendo academia con ideología y retórica con papanatismo. Contra los voceros de la nada y del todo, siempre arrimados al poder que más caliente a ellos o a los suyos. Contra los corporativismos de toda laya, los tribalismos excluyentes y los supremacismos de cualquier índole, cánceres que azotan las sociedades modernas, antiguas o contemporáneas. Hay días que escribiría incluso contra mí. Como diría el poeta, en estos casos es bravo decir algo que realmente no sobre. Acudo, pues, al bálsamo de la palabra. Cuatro poetas, cuatro poemas.

Síndrome, Mario Benedetti

Todavía tengo casi todos mis dientes
casi todos mis cabellos y poquísimas canas
puedo hacer y deshacer el amor
trepar una escalera de dos en dos
y correr cuarenta metros detrás del ómnibus
o sea que no debería sentirme viejo
pero el grave problema es que antes
no me fijaba en estos detalles.

El planeta Tierra, Gloria Fuertes

El planeta tierra
debería llamarse planeta agua.

En la tierra hay más agua que cuerpo,
en el cuerpo hay más cuerpo que alma,
en la tierra hay más peces que aves,
en las aves más pluma que alas.

En el verso hay más sangre que tinta,
en la tinta hay más sombra que nada,
en la nada hay más algo que alga
y ese algo se mueve y reluce
y nace la palabra.

Qué miedo, María Castrejón

Qué egoísta soy con la muerte
de los otros pienso mientras miro
los restos que dejaron las gotas
en mi ventana Muchos se están
muriendo ahora y yo sufro
por dejar bien colocados los tenedores
Es fundamental que haya
algo de chocolate en el armario
Cuanto más lejos menos miedo
Cuanto más difiere el paisaje
menos miedo Si los muertos
hablaban otro idioma
menos miedo Si no huelen
menos miedo No se muere
la gente de verdad para mi piel
Qué egoísta soy con la muerte
de los otros Si no los he visto
nunca menos miedo menos miedo
si no son familiares de nadie
que conozca menos miedo
si no son niños si no tienen
la edad de mi hijo menos miedo
Si no veo su foto menos miedo
menos miedo si son varones
de mediana edad si son de Yemen
menos miedo menos miedo
si son de Siria o Palestina
Qué egoísta soy con la muerte
de los otros Qué miedo

En dos minutos, César Poetry

No sabes la cantidad de “te quieros”
que caben en dos minutos.
Entiendo que las palabras
no se categorizan en tiempo,
pero joder,
en dos minutos en tu cintura
caben cincuenta “no te vayas todavía”:

Podría escribir en dos minutos
ciento veinte segundos
y me sobraría tiempo para besar
las treinta y tres vértebras de tu columna.

En dos minutos
daría la vuelta al mundo
y tocaría tu espalda.
Y, cuando te dieras la vuelta,
te diría que ya estoy aquí de nuevo,
dispuesto a salvar
todos y cada uno
de tus miedos.

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Preguntas frecuentes

En numerosas webs de instituciones y empresas o en las que se publicitan servicios o productos, suele haber un enlace a las preguntas más frecuentes (traducción de las famosas FAQ, Frequently Asked Questions), que suelen hacer o hacerse los internautas que navegan por esas latitudes digitales.

Supongo que habrá foros en los que los espectadores y aficionados al cine puedan interactuar con otros colegas de visionado para preguntarles o preguntarse a sí mismos qué quiso decir el protagonista en aquella escena, o el significado de esa otra secuencia que parecía decir y no decía. El otro día, sin ir más lejos, viendo la película de Hirokazu Koreeda, El tercer asesinato, me surgieron multitud de preguntas e interrogantes sobre el mundo judicial, protagonizado por jueces, abogados y fiscales y también, por supuesto, por el propio sistema que los encauza y determina. ¿Cuáles serían las más frecuentes que se harían el conjunto de espectadores de una determinada película? ¿Qué sugerencias, inquietudes o reflexiones se suscitan en el ánimo de quienes asisten a una proyección, en la que el director pretende decir, mostrar o hacer su particular interpretación de un ámbito concreto de la vida de las personas?

Estoy seguro de que se podría escribir (igual ya están hasta publicados) algún que otro libro sólo con preguntas, formuladas no sólo por filósofos, pensadores, académicos, periodistas o políticos sino también, cómo no, por las personas del común que habitualmente se las hacen sobre cualquier asunto que les concierne directamente. Y otros libros, asimismo, podrían editarse sólo con la tanda de respuestas que se diesen por todos aquellos que citaba en primer lugar a las correspondientes preguntas y también las que ofrecería la llamada gente de la calle que habitualmente no tiene acceso a pontificar sobre nada en los medios de comunicación.

Una de las cuestiones suscitadas en la cinta de Koreeda es la discordancia que podría plantearse entre la verdad judicial y la realidad de los hechos. El propio director dice que en la preparación del guion escuchó cómo diversos letrados le aseguraron que “no se descubre la verdad en los tribunales” y, según se recoge en la hoja de mano que se entrega en el cine, esos mismos letrados “solían añadir que en la mayoría de los casos no se llegaba a saber la verdad”.

La verdad. Pero, ¿cuál de ellas? ¿La verdad de los hechos? ¿La de los acusados? ¿La de los fiscales? ¿La de los defensores? ¿La de las víctimas colaterales? ¿La que conviene al sistema? ¿La verdad judicial final? Ignoro las diferencias que puedan existir entre el sistema judicial japonés y el europeo, y aún menos con el español. Pero aquí la gente también se hace preguntas sobre ese mundo. Y con frecuencia. Algunas de ellas, por ejemplo: ¿Qué hace que la justicia castigue tan levemente, o deje sin castigar, o indulte determinados delitos que afectan a quienes se sientan cerca del Poder, de los poderes institucionales, políticos, económicos, militares, religiosos o mediáticos? ¿Qué clase de justicia es la que tarda años en sustanciar procesos que afectan a todos esos poderes y enjuicia y sentencia rápidamente otros que deberían disfrutar de las ventajas del sosiego de la instrucción y de las suficientes garantías procedimentales o, al contrario, por qué se eternizan medidas cautelares sin juicio a según qué personas en las antípodas de esos mismos poderes por la tipología de los supuestos delitos cometidos? ¿Es normal tanta celeridad en unos casos y tanta lentitud en otros, según afecten o no a las proximidades del poder, o la rapidez está en función de la percepción subjetiva y, por tanto, de los intereses particulares de los sujetos encausados? ¿Por qué la ley está pensada para el robagallinas y no para el gran defraudador?

Escribidor ocupacional

Aunque el nombre genérico del blog lo puse hace ya más de 12 años como particular homenaje al Pobrecito Hablador que escribía allá por los años 30 del siglo XIX, nunca he renegado de la acepción etimológica del término Veedor, que viene del latín Videre. La definición de este vocablo ha tenido su evolución a lo largo de  los siglos. Así, en el Tesoro de la Lengua Castellana o Española, de Sebastián de Covarrubias, fechado en 1611, se recogen las siguientes: “Algunas veces es dignidad militar y otras oficio de ciudad. 2. En casa de los señores llaman veedor el que asiste a lo que ha de comprar el despensero”, siendo el despensero “el que tiene a su cuenta la despensa y el gasto de lo que se compra en las casa de los señores”. Por su parte, Julio Casares, en su Diccionario ideológico de la lengua española (1ª edición, Barcelona 1942), la primera acepción del Veedor o Veedora es quien “ve o mira con atención las acciones de los otros”. Y, finalmente, el actual RAE señala esencialmente, dos acepciones. La de “Inspector, visitador, observador” y la de “Jefe militar cuyas funciones eran semejantes a las de los modernos inspectores y directores generales”.

Cumple pues este blog la función del voyeur, del fisgón, del curioso, del observador que mira, vigila, examina, descubre, admira o contempla, y que en justa correspondencia precisa pensar, reflexionar, apreciar, valorar o criticar lo visto, escuchado y curioseado.

A su vez, la utilidad de este blog es puramente personal. Si alguien quiere asentir o disentir con lo que aquí se escriba, pues bienvenido sea el compartir o el impugnar argumentos. Pretendo, por lo común, aportar razonamientos, explicaciones, fundamentaciones y considerandos, aunque también reconozco que aquí caben los juicios de valor, que para algo uno escribe muchas veces con las tripas, dejándose llevar por la necesaria terapia de la escritura.

Porque, aunque en sentido estricto la terapia ocupacional está circunscrita a un ámbito patológico, quién dice que no estamos todas y todos un tanto chalados en este mundo de alienados que vivimos y en el que nos quieren tener sumisos, obedientes, maleables y acríticos.  Supongo que escribiendo aquí y en el tuíter (las otras redes sociales las trabajo poco), aparte de haber aprendido medianamente a escribir y haber contribuido a conocerme y conocer mejor a los demás, me ahorro tiempo y dinero con psiconanalistas y no doy demasiado la brasa a quienes tengo más a mano.

Procuro dejar el blog para expresar reflexiones algo más elaboradas que el mero exabrupto, arrebato, admiración o indignación, cuestiones estas que cultivo profusamente en el tuíter*. No suelo faltar el respeto a los demás, aunque disienta radicalmente de muchas de las opiniones que se vierten en las redes sociales. Soy un defensor de estas nuevas herramientas de la comunicación entre los seres humanos, que pienso que han democratizado los derechos y libertades fundamentales de expresión, información y opinión.

El que haya personas que utilicen estas vías de comunicación con fines denigratorios e intimidatorios no es razón, en mi criterio, para cercenar la libertad de expresión que implica escribir en las redes sociales. A la mayoría de medios tradicionales de comunicación (la prensa escrita, pero también la radio y la televisión) acostumbrados a tener durante siglos el monopolio de la información, la opinión y la manipulación, le está viniendo largo competir en esos menesteres con las numerosas redes sociales que ellos no controlan. Creían que con las filtradas cartas al director, o la entrada en antena con cuentagotas de radioyentes y espectadores, cumplían con el derecho de acceso a la información.

Las nuevas tecnologías han posibilitado que millones de personas en todo el mundo hayan pasado de ser meros consumidores de información a auténticos productores de la misma. Los llamados prosumidores están poniendo de los nervios a numerosos voceros y creadores de opinión de los grandes medios, que con mucha frecuencia denuestan en sus poderosos púlpitos la creciente influencia que supone la democratización digital que, paralelamente, va en consonancia con la caída en picado de la credibilidad y capacidad de influir en la opinión pública de esos poderosos medios.

Sólo citaré un ejemplo. Un editorial del diario El País de hace pocas fechas comenzaba así su perorata: “La manipulación informativa a través de Internet, y especialmente de las redes sociales, ha demostrado en los últimos meses que, lejos de ser un tema de discusión entre estudiosos en el campo de la comunicación, supone una amenaza real de desestabilización en el funcionamiento institucional de democracias occidentales asentadas”. Lo dicho, nos quieren estúpidos, calladitos y sin tocarle demasiado los cataplines al poder, a los poderes realmente existentes. Entre otros, al suyo.

——
* Me sorprendió sobremanera hace unos días la proyección que tuvo un tuit que escribí, haciéndome eco de la opinión de un jurista con relación al encarcelamiento de algunos miembros del Govern catalán. Acostumbrado a la modestísima actividad de mis tuits, las impresiones (personas que lo vieron) e interacciones que obtuvo el tuit citado llegaron a unas cifras impensables en mis nulas aspiraciones de influencia:
tuit

Apeadero: 2 minutos

A finales del siglo XIX y comienzos del XX se construyeron numerosas vías de ferrocarril en España y el tren llegaba a muchos lugares hoy abandonados por los caballos de hierro. Numerosas de esas vías desaparecieron con el llamado progreso y las inversiones megalómanas en la Alta Velocidad arrasaron con las muchas líneas de trenes regionales y provinciales que recorrían el paisaje de la península (ignoro si también el de las islas). Los primeros recuerdos de mi más tierna infancia están ligados al tren y a alguna de sus estaciones: al caballo de cartón en el que te encaramabas para hacerte una foto en la de Córdoba, a la vieja y enorme marquesina de la de Málaga. A aquella vieja locomotora, de la que aún puedo escuchar -con muy poco esfuerzo- el traqueteo de sus vagones de madera. Al humo del carbón y al vapor de agua que lanzaban sus enormes chimeneas. A su olor a carbonilla y a los efectos que la misma dejaba en el rostro o en la ropa cuando te asomabas a las ventanillas que entonces sí se podían bajar a voluntad de los intrépidos y jóvenes viajeros, siempre a hurtadillas de las prohibiciones de los mayores. Al silbato del jefe de estación o al pitido de salida de la enorme y pesada máquina de hierro. Al espléndido y sobrecogedor paisaje del Desfiladero de los Gaitanes y al Caminito del Rey, en torno a la estación de El Chorro malagueño…

El recuerdo de muchas de las líneas de tren que desaparecieron* se mantiene actualmente por la existencia de las llamadas vías verdes, que tan bien conocen senderistas y amantes del ciclismo de naturaleza. El poema de Agustín García Calvo, gentileza de mi amigo Ricardo, debe de ser de cuando estaba en funcionamiento el ferrocarril del Tajuña (“El tren de Arganda, que pita más que anda”) y había un apeadero en Valdelaguna.

Valdelaguna. 2 minutos.

En la estación del alba

suena el chirrido de los frenos agrios

de esta centella asmática.

Valdelaguna. 2 minutos.

Y la áspera parada

ahuyenta de los párpados viajeros

la modorra agitada.

¡Si todavía parpadean

estrellas pálidas!

Y por la ventanilla

mete la aurora su primera ráfaga,

brisa de trigos y rocío,

¡primer aire imprevisto de la entreazul mañana!

La estación sola pequeñita

también comienza

a restregarse las legañas.

No subirán ni bajarán viajeros

ente su puerta desolada.

El reló viejo

tiene una hora de la noche helada.

Mas de nada le vale: no hay más que 2 minutos

para Valdelaguna- ¿No veis?: detrás se alzan

unas casas de barro y cal borrosa

y verdinosa teja

por la torre pastoreadas;

y alguna chimenea

eleva rezos a las ánimas.

Casas que amodorrados

pasamos sin mirarlas,

en ellas ahora a hacer la lumbre

se ha levantado un ama,

y el mozo en el corral los mansos unce

para ir a la arada.

Donde yo paro 2 minutos

alguien la muerte aguarda,

y aquí en Valdelaguna ven el centro

del mundo dos mil almas;

es de esa tierra roja

de donde sus raíces beben savia,

y luego abonarán la roja tierra

ahí detrás de esas bardas.

Nuestro tren para ellos, nada más

un tren que pasa.

¡Y yo tragando leguas

a buscar bienandanza!

Allá a la espalda del poblado asoma

el Sol su cara amoratada:

solícitas las nubes

le abren la blanda cama;

en el cielo la mano monaguilla

de un querubín la última estrella apaga.

Valdelaguna, 2 minutos

y nada más. En marcha.

Todo el andén desierto

el silbido traspasa;

gimen los émbolos,

el tren escupe su vapor de agua,

y poco a poco jadeante,

pobre Titán, avanza.

Del monte, entero y rojo

soltó el sol las amarras;

y, rey del mundo, un gallo

en la última casa

se arrancó del gaznate

la ronca aurora desgarrada.

Abre un bostezo enorme que me sorbe

el viajero de enfrente. El tren ya traga

por desayuno campos

y campos y más campos:

todo se escapa.

Valdelaguna (2 minutos) queda,

y otro día se alza.


* Fomento da los primeros pasos para eliminar líneas de trenes regionales
Renfe estudia eliminar líneas de trenes de media distancia
Fomento prevé eliminar el tren regional de Zamora a Puebla desde el 1 de junio
Fomento suprimirá 48 líneas de Renfe
Feve quiere eliminar dos trenes en la línea que une Viveiro y Ribadeo
Fomento propone eliminar en La Rioja dos trenes a Miranda
El Gobierno se propone eliminar trenes en los que los ingresos cubran menos del 20% del coste
Activistas exigen otra política ferroviaria a bordo del tren regional Barcelona-Madrid
Segovia: la mitad de trenes y con transbordo en Cercedilla
El tren que ya no pasa: 19 paradas y 94 circulaciones semanales menos en Andalucía
Último tren con destino al pueblo
El ahorro por reabrir el Directo

Canciones de los veintitantos

Ahora que ha muerto el uruguayo Daniel Viglietti, muchos hemos echado la vista atrás y hemos recordado alguna de sus canciones que canturreábamos solos o en compañía de muchos, allá cuando disfrutábamos de los veintitantos. A su desalambrar se unían las canciones, que casi sabíamos de memoria, de la maestra de todos ellos, Violeta Parra, y del gran maestro Atahualpa Yupanqui; y de Soledad Bravo; y de Facundo Cabral; y de Jorge Cafrune; y de Mercedes Sosa; y de Chico Buarque; y de Caetano Veloso; y de Víctor Jara; y de Carlos Puebla; y de Pablo Milanés; y de Silvio Rodríguez; y de Alfredo Zitarrosa; y de los Inti Illimani; y de Quilapayún; y de tantos otros que se me olvidan los nombres. En este día de difuntos, cómo no recordar a quienes ya no están entre nosotros, pero que formaron parte de aquella panda de locos que el mundo no traga y que nos juntábamos al anochecer para ahuyentar la melancolía e intentar así salvar la piel.

Canciones populares que contaban historias de los perdedores de cualquier país, de solidaridades, de ternuras, de amores también, sin duda, pero sobre todo relataban y cantaban las ilusiones, las alegrías y las tristezas, los sueños, las luchas y las esperanzas de las gentes sencillas del pueblo. Ahí cabían los Gracias a la vida y El pueblo unido jamás será vencido; Me matan si no trabajo y Pobrecito mi patrón; Volver a los 17 y Hasta siempre comandante; Soldadito boliviano y Te recuerdo Amanda; La vida no vale nada y Qué dirá el santo padre; Zamba de mi esperanza y Duerme, duerme negrito; Plegaria a un labrador y Doña Soledad; Guantanamera y Pobre del cantor; Adagio en mi país y la Cantata de Santa María de Iquique; No sé por qué piensas tú y cientos y cientos de letras y de músicas que tarareábamos o cantábamos a coro, alrededor del amigo que tocaba la guitarra con unos pocos acordes.

Y unos entonábamos mal que bien, o desafinábamos, que era igual, pero sentíamos unos juntos a otros la fraternidad, la libertad que en común anhelábamos, la solidaridad con los de aquí y los de allá, sin patrias que nos dividieran, sin lenguas que nos separaran, sin utopías que no quisiéramos compartir. Y se nos saltaban las lágrimas cuando nos acercábamos, a través de la canción, a quienes sufrían y tenían hambre y sed de justicia, a quienes habían caído en el camino. Y juntábamos todas las manos para abrir o cerrar murallas, según se tratara de la paloma y el laurel o del alacrán y el ciempiés. Y nunca supusimos que habría un mundo lleno de internet y de grandes hermanos que nos vigilasen a todas horas. Y creíamos ingenuamente que podía haber otro mundo mejor, sin guerras, sin refugiados, sin hambres y sin sed, sin nortes y sures que nos distanciara. Y pensábamos que la igualdad entre mujeres y hombres tenía que llegar, inexorablemente, para poder avanzar en cualquier sentido. Y que la emancipación del género humano llegaría algún día. Eso creíamos. Ingenuos de nosotros.

Siete vidas tenga el ajo

Hace diez años, cuando todavía leía El País en papel, me enteré de que Berlusconi, los herederos del Agnelli presidente de la Fiat y hasta la actriz Mónica Bellucci retiraban el ajo de su dieta y recomendaban a los restaurantes que se eliminase de la carta los alimentos que llevaran este condimento.  La noticia me mereció en su momento un exabrupto en forma de romance que publiqué cuando este blog se alojaba en otro hosting. Me acordé de esta anécdota comiendo hace poco “patatas chulas”, bien rociadas de ajo of course, en una bonita plaza de Colmenar de Oreja, al sureste de la comunidad de Madrid, donde se cultivan los mejores ajos del mundo, según sus agricultores. Ahí van esos versitos, esta vez en honor de las gentes que (mal) viven de los productos del campo:

Quieren suprimir el ajo
del buen condumio italiano.
¿No es quitar la quintaesencia?
Para mí que están chiflados.

Porque un dientecito de ajo,
finamente rebanado,
es consuelo y condimento,
es la gracia de un colmado.

El chalote y el ajete
son precisos, son sagrados.
¿Quién le dice al Adriá,
al Arzak o al Arguiñano,
que el ajo se acabará
antes que llegue el verano?

Sus propiedades son muchas,
sus efectos inmediatos;
su origen viene del Asia,
lo daban a los soldados
antes de entrar en combate.
¡Y luchaban empalmados!

Griegos, sumerios y hebreos,
los egipcios y romanos
descubrieron el remedio
para anginas y catarros;
sus efectos curativos
hacen al enfermo sano.

Es un buen desinfectante,
da excelentes resultados
para tratar la reuma
o incluso quitar los callos;
fortalece el corazón,
es un buen afrodisíaco.

Para obviar el mal aliento,
basta con un buen lavado.
Repetir allium sativum
nunca puede ser insano.

Y si después de un banquete
quiere besar a un extraño,
tome un zumo de limón
y el aliento está salvado;
o si no, tómese un vino,
de ribera o del priorato,
o una cuchara de miel
o un perejil masticado,
su boca será un portento
del buen sabor que da el ajo.

La dieta mediterránea
más el arte culinario
no conciben prescindir
ni se entienden sin el ajo.

Y como dice el refrán,
dicho, proverbio o adagio,
que si cocido, perdido,
pues tómese crudo del frasco:
mézclese con ensaladas,
o en gazpacho triturado,
con champiñones y setas,
sobre pimientos asados,
huevo frito, escalivada,
o frotado en pan tostado,
patatas con alioli,
como quiera ser gustado.

Y si el duce Berlusconi
abomina de los aglios,
que se joda Il Cavaliere,
que el aliento aderezado
es patrimonio del pueblo,
no del antiajista bando.

Pues si Agnelli, la Pirelli,
la Bellucci o el papado,
desprecian la especie excelsa,
por mor del aliento ‘malo’,
ajo.. derse y aguantarse,
¡siete vidas tenga el ajo!

Instancia sin destinatario

La instancia que presentaba Serrat hace casi cuatro décadas, dirigida A quien corresponda, la podría suscribir cualquiera de nosotros -firmada, rubricada y timbrada, si es menester- contra los muchos “chapuceros” y locos con o sin carnet realmente existentes. Cada cual pondrá los nombres y apellidos que estime oportuno y conveniente, conforme a su leal saber, entender y discurrir, a quienes considere como los auténticos responsables de tanto desmán.

Un servidor,
Joan Manuel Serrat,
casado, mayor de edad,
vecino de Camprodón, Girona,
hijo de Ángeles y de Josep,
de profesión cantautor,
natural de Barcelona,
según obra en el Registro Civil,
hoy, lunes 20 de Abril de 1981,
con las fuerzas de que dispone,
atentamente

EXPONE (dos puntos)

Que las manzanas no huelen,
que nadie conoce al vecino,
que a los viejos se les aparta
después de habernos servido bien.

Que el mar está agonizando,
que no hay quien confíe en su hermano,
que la tierra cayó en manos
de unos locos con carnet.

Que el mundo es de peaje y experimental,
que todo es desechable y provisional.

Que no nos salen las cuentas,
que las reformas nunca se acaban,
que llegamos siempre tarde,
donde nunca pasa nada.

Por eso
y muchas deficiencias más
que en un anexo se especifican,
sin que sirva de precedente,
respetuosamente

SUPLICA

Se sirva tomar medidas
y llamar al orden a esos chapuceros
que lo dejan todo perdido
en nombre del personal.

Pero hágalo urgentemente
para que no sean necesarios
más héroes ni más milagros
pa’ adecentar el local.

No hay otro tiempo que el que nos ha “tocao”,
acláreles quién manda y quién es el “mandao”.

Y si no estuviera en su mano
poner coto a tales desmanes,
mándeles copiar cien veces
que “Esas cosas no se hacen”.

Gracia que espera merecer
del recto proceder
de quien no suele llamarse a engaño,
a quien Dios guarde muchos años.

AMÉN.

Personas que tuitean

Mirando el perfil de quienes retuitearon mis tuits en lo que llevamos de mes, o los marcaron con un me gusta (hay muchos que no incorporan señal curricular alguna que permita intuir quiénes son y por dónde respiran), descubrí un mundo de mujeres y hombres, de jóvenes y mayores de muchos lugares, procedencias y lenguas, con todo tipo de saberes, profesiones, gustos e ideologías, que parecen tener dos rasgos como denominador común: el libre pensamiento y el respeto a los demás. Estos son algunos de los tuiteros y tuiteras que leyeron lo que escribí:

Una abogada, amante de la música. Un feo agnóstico sentimental (lo siento, así se califica), un poco escéptico pero todavía con ganas de gritar aquello de si luchas podemos perder pero si no lo haces estamos perdidos. Una mujer que ama la belleza (I love beauty). Otra que tiene como lema If criticism is not free, praise is meaningless. Algo así como si la crítica no es libre, el elogio no tiene sentido. Uno que dice que no queda sino batirse. Un periodista y escritor, con 11 libros publicados. Un gafitas que dice que es mejor reír que sonreír. Una investigadora y docente en el campo de la biomedicina. Un escatológico que escribe: Pienso, luego desisto. Uno que toca instrumentos, a veces escribe, tiene mucho ego y es culé (nadie es perfecto). Una mañica que recoge los versos de Benedetti:  …y en la calle, codo a codo, somos mucho más que dos. Un catalán somniador, activista e interessat en mil coses.

Un diputado en la Asamblea de Madrid. Un profesor de la Universidad del País Vasco. Una republicana con un bonito eslogan (Vive y deja vivir) que apunta que tu libertad (la de quien lo lee) termina donde empieza la mía (o sea, la suya), pero podemos compartirla. Un médico de la Escuela Andaluza de Salud Pública. Una joven, con nombre de dios egipcio, que dice que despacito, que al oído, pero que la puta verdad siempre. Un escribidor calvo y ateo, que sobrevive escribiendo cualquier cosa que le permita mantener su dieta de bocadillos de chopped y cerveza. Una catalana que señala que ningú pot aprendre el que creu que ja sap. Un nómada del éterweb. Un co-fundador de un foro ecológico, aficionado a los castellers y a cantar en la coral de su pueblo. Uno que sentencia que mientras unos dicen que todo es posible y otros que hay cosas imposibles, él decidirá en cada momento. Una que tiene los pies en la tierra (sic).

Una andaluza que filosofa de aquesta manera: cuando la sociedad valore más a los humanistas que a los tecnócratas caminaremos hacia un futuro mejor. Una feminista, historiadora de saberes y emociones, que le gusta nadar y a la que le interesa conocer el poder y la sabiduría que genera el escapar de sus garras (las del poder, se entiende). Una lacaniana que dice compartir nacimiento con Lenin y Kant (¿¿¿???). Uno que me desea (a mí y a todo quien entre en su perfil) buen viento. Un periodista que se define como andaluz universal, que dice viajar por lugares, personas y tiempos. Un doctor en sociología y periodista en activo (no citaré los medios en que dice escribir). Un señor que debe de estar hasta ahí mismo (se deduce de su nick), pues concluye que las revoluciones, como los volcanes, tienen sus días de llamas y sus años de humo.

Una galega cincuentona, imaxinativa y soñadora (se define así), que se pregunta si  chegará o día en que gobernen nun universo paralelo os que eu vote. Un anciano, que defiende los valores de la izquierda y que a sus 89 años dice que anda aprendiendo a dar guerra por aquí. Un dibujante. Un animalista. Un escritor que mantiene un blog de literatura. Uno que está más cabreado que un mono. Una ciudadana del mundo, antropóloga e historiadora, ecopacifista y revolucionaria (eso dice). Un sociólogo que no se fía de las explicaciones simples a problemas complejos. Un barcelonés que tiene como hobby jugar y conocer juegos de rol y que dice tener la palabra como arma y el conocimiento como defensa. Una que cita a John Ruskin: “La calidad nunca es un accidente; es siempre el resultado de un esfuerzo inteligente”.  Un profesor con tendencias tan extremistas como la poesía de barrio, el rocanrol de pueblo, el provincianismo en bicicleta, las lecturas desordenadas y las amistades recurrentes. Y una soñadora que dice aprender cada día y estar guiada por el latir potente de su corazón verde claro.

La verdad no es un término medio

En estos días de zozobra, la primera víctima de la confrontación, como en las guerras, es la verdad. Quienes nos preocupamos por cuanto sucede en nuestro entorno tenemos que hacer varios ejercicios para encontrarla. En unos tiempos en los que la credibilidad de los medios tradicionales está bajo mínimos, por méritos propios, por supuesto, pero también por su control político o por la toma de su propiedad por parte de las grandes corporaciones financieras, si ya de por sí deberíamos preguntarnos siempre quién está detrás de los medios que difunden sus verdades, para así saber con quiénes nos jugamos literalmente los cuartos, a eso tenemos que añadir el esfuerzo de seleccionar a qué medios accedemos, comprobar su fiabilidad según entendamos cada cual y confiar en la honradez de sus profesionales.

El debate sobre la verdad es tan viejo como la humanidad. Hay quien la niega incluso de raíz. Para esta escuela de pensamiento, ni habría una verdad científica (deja de ser verdad cuando se demuestra lo contrario), ni histórica (de qué historiador estamos hablando), ni procesal, ni legal, ni absoluta, ni relativa. Y no digamos en el periodismo. El debate sobre la objetividad es tan viejo como el de su existencia. Leía hace poco un documento sobre una polémica periodística acerca de algunos hechos sobre la revolución e independencia de Cuba. Se titulaba La verdad histórica sobre sucesos de Cuba. Y comenzaba así:

“Ha estado publicándose en Nueva Orkans un periódico titulado ‘La Patria’ por el Sr. José de Armas y Céspedes. Su objeto principal ha sido tergiversar los acontecimientos referentes a la revolución Cubana que han tenido lugar poco antes que esta comenzara y en el curso de ella. Saturada de calumnias está ‘La Patria’ como en lo general sucede a todas las producciones del Sr. Armas, y aunque esto debiera escusarnos de prestar atención a las aseveraciones de dicho Sr., vamos a ocuparnos de ellas, no por la triste significación de su autor, sino porque nuestros conciudadanos tienen el derecho de esperar que se les suministren los verdaderos datos para que les sea dable emplear su propio criterio y discernir entre la verdad y la mentira, y porque manteniéndonos en el silencio, el historiador encontraría mañana, tan solo los escritos del Sr. Armas y bebiendo en tan impura fuente, la historia de la revolución de Cuba, sería la historia de las miserias y falsedades, que solo el cerebro enfermo del Sr. Armas es capaz de forjar, y el oprobio vendría a ser el premio de los hombres que se han sacrificado y se sacrifican por la independencia de su patria. Cuando tales cosas pasan, deber es de todo cubano contribuir al esclarecimiento de la verdad esplicando las cosas que sepa o en que tuvo intervención. El que esto escribe se encuentra en ese caso, y se propone refutar una por una, las falsas aseveraciones del Sr. Armas”.

El periodista Pascual Serrano escribía hace unos días (Sobre equidistancia y periodismo):

“La hipócrita y cobarde equidistancia del periodismo se produce cuando el periodista, tratándose de hechos, en lugar de investigar la verdad o aplicar criterios éticos y humanos, se limita a exponer dos versiones enfrentadas para evitar enemistarse con nadie. Cuando aplican la equidistancia, confunden veracidad y rigor con quedarse a mitad de distancia de dos versiones. Pero a lo que nos debemos los periodistas es a la verdad, en ningún lugar está escrito que la verdad esté en el medio de dos versiones contradictorias cuando de hechos informativos se trata. Si la OTAN dice que mató a milicianos talibanes y los afganos responden que se bombardeó a los civiles que asistían a una boda, exponer las dos versiones no ayuda ni al periodismo ni a la audiencia a la que no le hemos ofrecido la verdad, porque una de las dos versiones es falsa. Si unos opositores venezolanos dicen que la policía mató a diez manifestantes y el gobierno afirma que los muertos no eran opositores, el periodismo no puede limitarse a contar las dos versiones sin indagar la verdad para contárnosla. Si unos ecologistas denuncian que hay un derrame de una sustancia contaminante en un río y la administración dice que no afecta al medio ambiente el periodista no puede citar las dos versiones sin moverse de su redacción y creer que está informando”.

Y añadía: “Debemos exigir una información que incorpore los matices y las complejidades, que no consista en una militancia que divida los conflictos entre buenos y malos; pero la alternativa no es una equidistancia que se sitúa por falta de valentía en el medio de los grupos de poder y renuncia a informar porque no quiere mancharse las manos con la verdad y los valores”.

Por su parte, Olivia Camp (La República de Henry Buckley y la necesidad de un periodismo subjetivo), a propósito de los textos de ese periodista inglés que fue testigo de primera mano de la vida política y social de la España republicana de 1931 a 1939, señala: “Lo de la objetividad periodística ha sido una de las falacias más ignominiosas que nos han dejado los últimos tiempos. O se cuenta la verdad, o se miente. Esa es la única objetividad posible. Quienes esgrimieron el falaz principio de la objetividad del cronista tejieron el manto bajo el que ocultar la realidad. Dos versiones distintas sobre una misma cosa significa que al menos una no es cierta. Por lo tanto, considerar equidistante y plural la presentación tanto de la verdad de una cosa como la falsificación de la misma, no es objetividad, sino parcialidad y complicidad con el engaño”. Y añade más adelante: “El libro de Buckley brilla —más de setenta años después— por una cuestión esencial: su subjetivismo. Estaría mal visto hoy día en muchas escuelas. Pero el libro de este inglés católico y de moderada conciencia progresista que terminará tentado de alistarse en las Brigadas Internacionales, narrado en una primera persona de poderosa y humilde honestidad, da una lección de verdadero periodismo —el que se compromete a contar la verdad— y constituye, por eso mismo, un excepcional documento histórico, una fuente de primera instancia para comprender el más determinante de los períodos de la Historia contemporánea española […] El libro de Buckley tiene el valor de buscar la verdad, sin concesiones. La primera persona narrativa “melindrosa” y sardónica toma partido, porque no hacerlo era hacerlo”.

Acaso no se sepa bien dónde está la verdad. Ni siquiera qué cosa sea. Hace un siglo, don Antonio Machado, en uno de sus cantares sentenciaba que “la verdad es lo que es y sigue siendo verdad aunque se piense al revés”. Y en otro de ellos concluía que “¿tu verdad? No, la Verdad, y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”. Quizás, puedo admitir, que en algunas cuestiones no tenga por qué ser elegida entre una dicotomía reduccionista. Y que entre el blanco del optimismo y el negro del pesimismo muchos puedan entrever grises esperanzadores. Pero coincido con el poeta en que, al menos, cada cual, y más quien tiene como profesión satisfacer el derecho a la información de la ciudadanía, deberíamos intentar honradamente (lo cual no excluye dificultades y riesgos de todo tipo) el ejercicio de buscar la luz de la verdad allá donde solo nos ofrezcan las tinieblas de eventuales mentiras. Que la encontremos es otro cantar.

Más cartas

Conocía más o menos lo sucedido pero no en todos sus términos. Leí hace poco un artículo de hace dos años que recogía, en síntesis, la historia de una carta y de unos hechos estremecedores. Se trata de la carta abierta de un escritor a la Junta Militar. El escritor era Rodolfo Walsh y la Junta era la banda de criminales que tomó el poder en la Argentina de 1976. El artículo en cuestión, de la periodista Esther Dávila, dice así:

“La historia de Rodolfo Walsh, inseparable de su obra y profesión, es una de las más reseñadas para adentrarse en el estudio de la dictadura militar argentina instaurada en 1976. Con todo, nunca será suficientemente rememorada, su alcance —tantas décadas después— sigue a años luz del que debería ser. En las apenas tres mil palabras de la Carta abierta se encuentra el más preciso y crudo testimonio humano, periodístico e histórico de la dictadura militar argentina. Su lectura es imprescindible para entender dicho período, de la misma manera que la lectura de Si esto es un hombre, de Primo Levi, lo es para comprender la naturaleza —no solo mundana— de los campos de concentración nazis.

Rodolfo Walsh era una figura intelectual relevante en la Argentina de los años 70. Fundador junto a Jorge Masetti o García Márquez de la famosa agencia periodística Prensa Latina, había destacado como uno de los escritores más importantes de la narrativa latinoamericana. Su estilo depurado y elegante, de frase corta y elección minuciosa de la palabra adecuada, dejó varias colecciones de relatos y las primeras novelas de un nuevo tipo que alumbró en el siglo pasado. Con Operación Masacre —la primera de ellas, escrita en 1957— se adelantó en casi diez años al Capote de A sangre fría, escribiendo la verdadera primera novela de “no-ficción”, con el relato de una investigación periodística sobre uno de los primeros crímenes políticos de la dictadura militar argentina instaurada en 1955.

En marzo de 1976, cuando se da el golpe que vuelve a instaurar la dictadura militar en Argentina, Rodolfo Walsh no era solo un intelectual de prestigio, sino un militante político, de la organización Montoneros, igual que su hija Victoria. El final de su historia comienza aquí. En la madrugada del 29 de septiembre de ese mismo año, su hija —Vicky para familiares y amigos— fue emboscada junto a otros guerrilleros en una casa de Buenos Aires. Había cumplido 26 años el día anterior y estaba acompañada por su hijita pequeña, a quien no había podido dejar al cuidado de nadie. Tras más de una hora de enfrentamiento con los militares —más de un centenar de hombres, con tanque incluido—, cayó en combate junto a sus compañeros. Pertrechada en la azotea del edificio, sin posibilidad de seguir resistiendo la balacera del enemigo, se incorporó y exclamó: “Ustedes no nos matan. Nosotros elegimos morir”. Y se pegó un tiro en la sien”.

Los detalles de la muerte de su hija los recogía el escritor en otra carta dirigida a sus amigos. La periodista señalaba más adelante:

“Al día siguiente, el 25 de marzo, Walsh fue interceptado por un grupo de militares cerca de Plaza Constitución, en Buenos Aires. Tan pronto como se vio descubierto, el escritor se parapetó detrás de un árbol y abrió fuego con una pequeña pistola del calibre 22. Una ráfaga de ametralladora le acribilló. Los militares recogieron rápidamente su cuerpo, quizás aún con vida, y se lo llevaron. Hoy día sigue siendo uno de los miles de desaparecidos de la dictadura argentina. Sin embargo, llegaron tarde. Rodolfo acababa de depositar en el buzón las copias de su Carta abierta, dirigidas a varios medios de la prensa argentina y extranjera.”

Muchos de los militares de la dictadura sangrienta han muerto ya. Pero las secuelas de su barbarie permanecen en la memoria de las víctimas. Creo que es necesario dar a conocer algunos de los episodios más conmovedores para ver cómo se las gastan los sicarios del terrorismo de Estado y para mostrar quiénes son los beneficiarios de las políticas que aplican cuando toman el poder por la fuerza de las armas. El propio Walsh los señala en su carta: “Dictada por el Fondo Monetario Internacional según una receta que se aplica indistintamente al Zaire o a Chile, a Uruguay o Indonesia, la política económica de esa Junta sólo reconoce como beneficiarios a la vieja oligarquía ganadera, la nueva oligarquía especuladora y un grupo selecto de monopolios internacionales encabezados por la ITT, la Esso, las automotrices, la U.S.Steel, la Siemens, al que están ligados personalmente el ministro Martínez de Hoz y todos los miembros de su gabinete”.