Seguidores, siguientes y seguidos

La esencia del twitter es escribir y que te lean. Algunos empezamos en esto, hace ya siete años, para jugar y ejercitar la mente con una suerte de divertimento, pues no en balde hay que sintetizar en 140 caracteres lo que quieres contar. Lo cual no suele resultar del todo fácil, si bien, con el tiempo aprendimos que se pueden encadenar tuits en hilos que explicaran mejor lo que querrías contar en detalle.

Para eso, para que te lean, o para que tengas numerosas interacciones, o conseguir muchas impresiones, se supone que tú debes seguir a muchos y aspirar a que te sigan más. Bueno, no sé si esa es la filosofía exacta de este negocio, porque observo que en el mundo de los tuiteros hay para todos los colores. Un individuo, por ejemplo, que me contestó a una consulta técnica, veo que tiene 6.610 seguidores y él solo sigue a 2. En mi caso, me interesa más seguir a que me sigan, aunque obviamente sin renunciar a esto último. Pero no a cualquier precio y, sobre todo, sin esforzarme lo más mínimo en lo que se supone que hay que hacer para “conseguir seguidores en twitter” (si googlean ese entrecomillado obtendrán 118.000 resultados).

De vez en cuando me aparecen en el twitter una serie de followers a los que, adelanto, no tengo ninguna intención de seguir ni hacer nada para que me sigan. Supongo que pretenden -no sé si mediante herramientas de multiplicación de los contactos o por un acto volitivo- que yo les devuelva el “honor” de ser seguido y haga lo propio: seguirlos a ellos o ellas.

Suelen ser de variados tipos: páginas eróticas, emprendedores (se llaman a sí mismos de ese modo), herramientas para publicitar sus productos, empresas de marketing que venden cómo mejorar tu negocio en la red o gentes que aspiran a tener miles de seguidores para conseguir no sé qué ventajas en su vida profesional o en su imagen personal. La mayoría de estos seguidores provisionales, pasado un tiempo, te hacen unfollow, te dejan de seguir. Ignoro si detectan que no les haces caso o si siguen estrategias como las que aquí se cuentan.

Como decía al principio, me tomo el tuíter como un pasatiempo, retuiteando y repartiendo me gustas,  pero también informándome de cosas que me interesan. De tarde en tarde, incluso, descubriendo gentes o asuntos curiosos y entreviendo un mundo de solidaridad y de comunicación en todas las direcciones muy interesante. Los aspectos negativos, que los hay, se los dejo a los detractores de las redes y a los ya escasos profesionales de la prensa que no tienen intención de admitir que perdieron el monopolio de la información o que no se acostumbran a que se les saque punta a sus opiniones o a sus meteduras de pata. En algunos casos, suelo interactuar con algún que otro tuitero y, solo en escasísimas ocasiones, he sido bloqueado por algún sujeto que no admite que se le contradiga o se le descubra sus vergüenzas. El día que me canse, es fácil, click y delete, pero espero no seguir el camino de ilustres tuiteros, como @cosmejuan, que anuncia de vez en cuando que lo deja, que con tanto ruido y alboroto va camino a la locura y, a las primeras de cambio, aunque todo le torture, le hace caso al corazón, como Vicente Fernández, y se muere por volver.

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Recordaciones

Más allá de las que los medios de comunicación nos recuerdan cada día, las efemérides de cada individudo pertenecen a su intimidad. Y en ellas hay momentos para la melancolía por la ausencia de quienes quisimos o conocimos, como los hay para la añoranza de la felicidad, la evocación de su memoria o la remembranza de la auctoritas que en cualquier faceta de la vida representaron en su momento.

Todos tenemos alguna Carmen o Benito, o Feli, o Salvador, o José Antonio, o Paloma, o Manolo, o Amparo, o Carlos, o Juanita, o Javier, o Esperanza, o cualesquiera otro nombre que tendrá un significado personal e intransferible para cada uno de nosotros. En momentos así, acudir al Labordeta que tanto cantamos cuando teníamos algo de voz (hoy se cumplen siete años de su desaparición) y a sus amigos aragoneses es una buena opción para resistir: “Las albadas de mi tierra / se entonan por la mañana / para animar a las gentes / a comenzar la jornada”.

Se equivocó la paloma

Todavía hay algunos recalcitrantes que niegan el cambio climático. Se trata de avestruces humanas que esconden su cabeza porque ni ven ni quieren ver lo que todo el mundo, digo bien, todo el mundo está viendo y padeciendo cada día. Aunque también hay, no lo duden, voceros a sueldo de las grandes corporaciones interesadas en mantener el status quo de sus industrias contaminantes y agresivas con el medio ambiente. Esos son los más peligrosos porque tienen púlpitos en radios, teles y periódicos, para impartir su doctrina negacionista, sin que nadie pueda rechistarles lo más mínimo.

Aunque no tenga valor científico, les hablo de mi experiencia personal. Este verano he hablado con un paisano de la montaña palentina, en un pueblecito de la ruta de los pantanos, cerca del pico del Espigüete (2.450 metros). A sus ochenta y tantos años el hombre decía que la sequía que llevaban acumulada no la había visto nunca, que las nieves y las lluvias ya no caen como hace muchos años y que los pantanos se secan sin remedio. En Centro Europa, el personal está asustado de lo que duran ahora los veranos. “Cuando era joven”, dice una guía de unos cincuenta años, “el calor en el verano alcanzaba los 30º, duraba 15 días; ahora dura 45 y llegamos a los 42º”. Los campesinos de todo el globo saben los efectos que está teniendo el cambio del clima en las regiones que habitan, en los alimentos que producen, en los animales que crían, en la falta de agua, en los efectos salvajes y devastadores de los fenómenos meteorológicos.

Como dice en este artículo Ramón Lobo, “hay estudios que vinculan la intensidad de los huracanes con el cambio climático y la subida de las temperaturas. También existen informes que sostienen lo contrario, son los financiados por la industria petrolera. Actúan igual que las tabacaleras cuando negaban que la nicotina provocaba dependencia o estuviera relacionada con algunos tipos de cáncer”.

En youtube tienen vídeos aterradores de inundaciones en Nepal, India y en otros muchos países. En el reportaje que adjunto, que recoge imágenes de La Habana tras el paso del ciclón (huracán en los Estados Unidos), dice un cubano: “Como nunca. Parece que el ciclón, se equivocaron y pasó parte por aquí por la Habana. Porque es demasiado. Esto nunca había pasado”. Una cubana señala: “Yo pienso que de sorpresa no nos ha cogido”. Y otro cubano asegura: “Cuarenta y nueve años que llevo viviendo aquí y… primera vez. Siempre ha habido un poco de penetración de mar pero, así, a este límite, no”.

No hace falta acudir muy lejos para percibir las consecuencias de todo esto. Aquí mismo, en el sur y en el norte, los efectos se están viviendo ya con gran intensidad y, lo que es peor, no dejarán de producirse impactos negativos en nuestro modo de vivir, de producir, de relacionarnos con el hábitat y el entorno ambiental. Los ecologistas, como una voz que clama en el desierto (en nuestro caso avanzará a pasos agigantados por el sur de la península), recogen un listado de estos efectos que nos deberían obligan a reflexionar y a tomar las decisiones que cada uno de nosotros podamos adoptar. Por ejemplo, negando el apoyo electoral a quienes nieguen los cambios que se están produciendo y no tomen las medidas recomendadas por los paneles de Naciones Unidas para mitigar o revertir sus tremendo efectos en la población mundial. El citado Ramón Lobo señala, por ejemplo: “Las inundaciones de Houston también están relacionadas con un capitalismo salvaje, sin límites ni regulaciones. Se ha construido masivamente sobre terrenos que servían de desagüe en los casos de lluvias torrenciales. Trump mantiene la cantinela del muro con México cuando lo que EEUU necesita son diques modernos y renovar sus infraestructuras”.

Se equivocó la paloma, Rafael Alberti

Se equivocó la paloma.
Se equivocaba.
Por ir al norte, fue al sur.
Creyó que el trigo era agua.
Se equivocaba.

Creyó que el mar era el cielo;
que la noche, la mañana.
Se equivocaba.

Que las estrellas, rocío;
que la calor; la nevada.
Se equivocaba.

Que tu falda era tu blusa;
que tu corazón, su casa.
Se equivocaba.

(Ella se durmió en la orilla.
Tú, en la cumbre de una rama)

Dibujar una puerta violeta

SER MUJER, de Beatrice Borgia

nena
tráeme un vaso de agua
pilla unas birras para los colegas
y abre las piernas que descargue

ser mujer

y llorar callada los dolores
caer y volver a caminar
ser la elegida para traer vida
e ir debajo del brazo del hombre
para ser protegida

ser mujer

y trabajar cien días más al año
y la casa
y los niños
y los estudios
y el gimnasio
y no envejezcas

ni engordes

ser mujer

hetero lesbiana virgen sumisa rebelde
madre soltera casada loca cuerda
o puta

ser mujer

en las oficinas
los supermercados
las puertas de los colegios
las barras de los bares
los segundos pisos

y los desiertos

SER MUJER
y escribir poemas que destripen

pero también otros que pierdan plaquetas
y enfundarse camisetas negras o minifaldas de colores
lanzarse a las calles con pompas de jabón en los labios
acodarse en los garitos hasta las tantas
hablando de política y cultura
o del sexo en las barricadas

y volver sola a casa

ser mujer
ser mujer
ser mujer ser mujer ser mujer

ser ser ser ser ser ser ser ser ser
SER

MUJER

El otro 11-S

El otro 11 de septiembre. Quienes lo vivimos de aquella manera, en el directo que se podía seguir por entonces, sin redes sociales, sin internet, sin la globalización informativa, siempre lo tendremos presente. En todos sus detalles. En todos sus matices. En todos sus pormenores. Una ficha más en el archivo personal que pretendo que sea este blog. Por si mañana un eclipse neuronal se cruza por estos pagos.

El discurso del doctor Allende en la ONU fue pronunciado el 4 de diciembre de 1972, nueve meses antes del golpe militar. Dedicó una apartado a hablar sobre el papel nefasto y la falta de control de las multinacionales, “el capítulo anterior al neoliberalismo que hoy domina el mundo”. De los 2:55 del vídeo, 1:05 son de aplausos.

Una noche de verano

De esto que sabes que tienes una dormida prolífica y una producción onírica de dimensiones siderales. Vamos, que sueñas mogollón. Y que algunos sueños, incluso, los recuerdas perfecta y vívidamente. De esto que tienes más o menos pergeñado en tu mente somnolienta un texto esplendoroso para tu blog. Original. Atrevido. Con rasgos de humor e ironía. Y lo tienes perfectamente estructurado. Con una sintaxis perfecta. Te parece magnífico para lo que tú sueles dar de sí. Pero todo eso dormitando. O durmiendo. O dormido. Que vaya usted a saber si esa distinción tiene sentido, a tenor de la que dicen que hizo el senador real Camilo José Cela entre estar jodiendo y estar jodido.

De esto que dejas pasar las primeras horas del día siguiente. Que sabes el asunto, la matriz, el núcleo de lo que querías decir, pero que te pones a escribir creyendo que te saldría de corrido, tal como lo habías soñado, como lo has hecho en otras ocasiones,  pero que… ¡naranjas de la China! Que aquello no sale ni a la de tres. Que comienzas a rellenar el papel en blanco con frases supuestamente brillantes y que… ¡verdes las han segado! Que no te sale nada medianamente inteligible ni, sobre todo, publicable.

De esto que vas borrando párrafos enteros a medida que los vas releyendo, porque el texto es infumable, lleno de anacolutos, de inconsistencias, de lugares comunes. Pero, ¿cómo es posible que no te salga nada de lo que habías enhilado en la dormida de la noche anterior? ¿Cómo se puede esfumar una construcción tan perfecta, unas figuras retóricas tan atrayentes, una elipsis tan sugerente, un hipérbaton tan inédito, una anástrofe tan arcaica?

De esto que piensas que deberías haberte despertado y tomar notas, como has hecho en otras ocasiones, aunque a la mañana siguiente no hubieras entendido lo que quisiste apuntar entre sueños. De esto que sabes que la cosa iba de por qué no ves televisión, de por qué no sirve de nada cambiar de canal porque en todos es lo mismo, de por qué la sustituyes por la lectura, de por qué eso no te hace mejor ni peor frente a los demás ni a los demás frente a ti, de para qué ver lo que te irrita, te aburre o sencillamente te produce erisipela mental, de para qué tener que ver la jeta o escuchar las soflamas de tanto cantamañanas, masculino o femenino, que pulula por cualquiera de las cadenas públicas o privadas…

De esto que recuerdas que tu sueño iba de literatura, o de su antagónica televisión, y que en él aparecían, no sabes a cuento de qué, el Tesoro de la Lengua Castellana o Española, de Sebastián de Covarrubias, y el Diccionario ideológico de la lengua española, de Julio Casares, que tienes tan desencuadernados por trillados y que un día de estos tendrás que plantearte muy seriamente empastarlos como se merecen. De esto que sabes que ya no podrás reproducir aquel artículo tan chispeante, tan sobresaliente, que tanto te deslumbró… entre sueños. De esto que sientes que has perdido tu oportunidad y que, aunque con toda seguridad se presenten otras, nunca jamás podrá ser como aquella que soñaste en la dormida de una noche de verano.

La risa

Advertido por el tuíter, leí ayer lo que escribía mosqueado Juan Cruz, el columnista de guardia en el verano de El País. La contrariedad del columnista se debía a que la peña, en esa red social, se había descojonado con un joven de barbas, al parecer de origen andaluz, que había reivindicado para el DAESH la autoría de los atentados de Barcelona y Cambrils. Junto a obviedades (“Reír es saludable, pero no siempre”), lanza su soflama anti-risas a sus lectores: “Esta broma infinita con la que ahora queremos reducir el terror a la nada la pagaremos; es decir, la seguimos pagando”. No sé si será por la edad o por andar un tanto fuera de juego, lo que parece claro, es que a don Juan no le gusta que en estos asuntos la gente utilice el humor. No sé qué diría (porque seguro que algo escribió) cuando el atentado de Charlie Hebdo, pero si esa revista satírica le hubiera hecho caso, y no se hubiera sobrepuesto a la barbarie mediante el humor, ahora habría unos cuantos trabajadores en la calle. Porque viven de la risa, la sonrisa y el jolgorio, y hay gente, a lo que se ve, que la repele su utilización en casos tan dramáticos como estos.

A mí también me hizo gracia hace algunos meses un hilo que leí en el tuíter (red en la que el prolífico periodista nos anuncia periódicamente que se va, que se va, que se va, pero nunca se ha ido). Sucedía que criticaba Juan Cruz, cómo no, el tramabús de Podemos, en el que aparecía su jefe, Cebrián, y otro de sus santos laicos: Felipe González. Y eso para él son palabras mayores. Y escribía al respecto Isidro López (@suma_cero): “Si a Juan Cxxz, conocido gafe cuyo nombre no me atrevo a reproducir sin tocar madera, no le mola, el tramabus vivirá”. Y seguía: “Gafe evidente. Yo ya he arriesgado bastante enlazando su artículo”. Y terminaba: “Cuantas necrológicas de ‘grandes amigos’ ha escrito Juan Cxxz. Miles. No puede ser casualidad. Es gafe seguro.” Y le contestaba otro, no recuerdo el nombre: “Pero es que, además, siempre les había visto por última vez ‘hace unos días’, ‘esta misma semana’, ‘en su última visita a España’ “.

Ahora en el tuit que el propio Cruz ha escrito para enlazar su artículo, alguien le ha recordado una frase de Umberto Eco: “La risa mata el miedo y sin el miedo no hay lugar para Dios”. A mí me parece que quedarse de guardia en el verano da para escribir muchas simplezas (la gente anda despistada por playas y montes) y la del artículo citado es una más de las que le he leído a este periodista. Tiene derecho, faltaría más, a escribir lo que se le ponga, pero tanto como el nuestro a que lo consideremos como tengamos a bien. Las percepciones son libres. Y a mí tampoco me gustó su alegato contra la risa. Terminemos con un canto que lo contrarreste. El poema Tu risa, de Pablo Neruda:

Quítame el pan, si quieres,
quítame el aire, pero
no me quites tu risa.

No me quites la rosa,
la lanza que desgranas,
el agua que de pronto
estalla en tu alegría,
la repentina ola
de plata que te nace.

Mi lucha es dura y vuelvo
con los ojos cansados
a veces de haber visto
la tierra que no cambia,
pero al entrar tu risa
sube al cielo buscándome
y abre para mi todas
las puertas de la vida.

Amor mío, en la hora
más oscura desgrana
tu risa, y si de pronto
ves que mi sangre mancha
las piedras de la calle,
ríe, porque tu risa
será para mis manos
como una espada fresca.

Junto al mar en otoño,
tu risa debe alzar
su cascada de espuma,
y en primavera, amor,
quiero tu risa como
la flor que yo esperaba,
la flor azul, la rosa
de mi patria sonora.

Ríete de la noche,
del día, de la luna,
ríete de las calles
torcidas de la isla,
ríete de este torpe
muchacho que te quiere,
pero cuando yo abro
los ojos y los cierro,
cuando mis pasos van,
cuando vuelven mis pasos,
niégame el pan, el aire,
la luz, la primavera,
pero tu risa nunca
porque me moriría.

En tiempos de tribulación

No sé si Ignacio de Loyola tuvo o no razón cuando aconsejó no hacer mudanza en tiempos de desolación, de turbación o de tribulación (que de todo se atribuye al dicho jesuítico). Si por mudanza se entiende cambio, parece claro que algunos se lo están tomando al pie de la letra y están dejando que pase la congoja y el desconcierto para retomar sus afanes. Unos, para que todo cambie. Otros, para que todo permanezca. Unos terceros, que prefieren cambiar pero para que todo siga igual. A las gentes que nunca saldrán por la tele, salvo que les toque el gordo de navidad, me creo que no le consultarán sus preferencias.

En estos tiempos convulsos, en los que, unos gestionan correctamente la incertidumbre y otros tratan de aprovecharse de ella, para pescar en río revuelto, conviene de vez en cuando, y no sólo cuando vienen mal dadas, acudir a los clásicos, que siempre sosiegan el espíritu y nos estimulan para no perder el norte, el hilo que debería ser conductor de nuestras acciones u omisiones. Y no me dirán que la Declaración Universal de Derechos Humanos no es uno de esos textos, clásicos donde los haya, al que se acude demasiado poco. Empecemos, como siempre, por el principio. Dos articulitos tan solo. Dedicados especialmente a esa caterva de intolerantes que anteponen sus ombligos, rebosantes de odio, al mínimo común múltiplo del bienestar colectivo.

ARTICLE_01

Artículo 1º

Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

Artículo 2º

ARTICLE_02

Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición. Además, no se hará distinción alguna fundada en la condición política, jurídica o internacional del país o territorio de cuya jurisdicción dependa una persona, tanto si se trata de un país independiente, como de un territorio bajo administración fiduciaria, no autónomo o sometido a cualquier otra limitación de soberanía.

Y continuemos, para terminar, leyendo a Mohamed Beldris Benhmida, estudiante de psicología en la Universidad de Barcelona, para quien es primordial luchar para “hacer de este mundo un lugar más digno, más justo y mejor”. ¡Ea! Salud, pues.

Escribir ya no es lo que era

Secuencia 1. En la película documental The Act of Killing, de Joshua Oppenheimer, aparecen jactándose de su hazaña unos cuantos de los asesinos en masa que en la Indonesia de los años 1960, bajo el gobierno del dictador Suharto, acabaron con un millón de compatriotas. Fue una persecución en toda regla de gentes de izquierdas y de demócratas opositores al régimen, todos agrupados bajo el rótulo de ‘comunistas’, y las matanzas se llevaron a cabo por mercenarios y bandas de gánsteres, con la complicidad o dirección del gobierno. En un pasaje del documental aparece el editor de un periódico, que aún ejerce como tal, que confiesa abiertamente: “Como editor de prensa, mi trabajo era hacer que el público odiase a los comunistas”.

Secuencia 2. Steve Bannon, que ha sido el principal asesor del presidente Trump y que está considerado como una referencia para la derecha más reaccionaria, además de ser el mentor ideológico del nacionalismo populista con el que el primero ganó la elección presidencial, ha dimitido y regresa a la publicación Breitbart News, que presidió hasta entrar en la campaña de Trump y que es una plataforma clave del nacionalismo más extremista y antisistema. Bannon que, también es exdirectivo de Goldman Sachs, dijo a su salida: “Puedo luchar mejor desde fuera. No puedo luchar tanto contra los demócratas desde dentro como puedo desde fuera”.

Estas dos secuencias resumen el papel que juega una parte de la prensa en cualquier país del mundo. Tanto en dictaduras como en democracias. En las primeras son los propios gobiernos, mediante medios de comunicación sumisos o directamente a su servicio, quienes ejercen a su antojo el control social de la prensa y, por ende, de las libertades de expresión, de información y de opinión. En las segundas, los poderes financieros o las grandes corporaciones, de modo indirecto, invierten en medios que saben contra quiénes deben trabajar, como Bannon o como el editor indonesio. Y tienen claro que nunca jamás van a tirar piedras contra su propio tejado.

Naturalmente, en todos esos medios hay profesionales que creen trabajar libremente y la propia prensa cultiva una apariencia de informar libremente. Pero los límites de esos profesionales vendrán determinados por las rayas rojas -que nunca podrán cruzar- que los intereses de sus propietarios habrán señalado previamente a través de sus consejos de redacción, de sus directores y de sus redactores jefes. Directivos, todos ellos, a los que no hará falta adoctrinar en cada caso, por supuesto, porque para eso fueron elegidos en esos puestos clave.

Y pocas parcelas importantes de la sociedad se escapan a lo que es importante para los bancos. En todas las que pongan sus largas manos: el mercado inmobiliario, la privatización de las pensiones, de la sanidad o de la educación, el destino de las inversiones que realizan o dejan de realizar en sectores estratégicos o del interés general del común, etcétera. A todas ellas corresponderá el oportuno tratamiento informativo en la prensa afín y será preciso acudir a fuentes de comunicación alternativas si es que se desea estar al tanto de la actividad que realizan. Aunque siempre queda hacer como el avestruz, y hacer como si no nos diésemos cuenta de quiénes están detrás de los medios.

Pascual Serrano, autor de numerosos libros sobre el mundo de la comunicación, escribe un artículo (Prensa escrita, reinventar o morir) en el que aporta varios ejemplos de cómo la prensa de papel está buscando nuevas vías de financiación para desempeñar libremente su rol, imprescindible en una sociedad que se quiera democrática y que no debe tolerar que nos enteremos “solo de lo que algunos quieran”.

Parece claro que “los contenidos no consiguen los ingresos necesarios para cubrir los gastos de un enviado a Siria o para remunerar las muchas horas de un trabajo de investigación”. Serrano apunta: “O inventamos algo o no habrá enviados especiales ni corresponsales que nos cuenten lo que pasa en el mundo ni investigación periodística más allá de las filtraciones interesadas. Por otro lado, quizás esta crisis pueda ser una oportunidad para poner en marcha otros medios que no dependan de grandes empresas anunciantes y grandes accionistas. En realidad son estos emporios los que se están desplomando para empezar a jugar en la misma división de los medios cooperativos, comunitarios o autogestionados por periodistas y organizaciones sociales”.

Las experiencias de Le Monde Diplomatique, en España y Francia, de la Jornada, en México, de Le Courrier, en Suiza, o del semanario The Nation, en los Estados Unidos, cada una con su singularidad en lo tocante a estructura accionarial, gestión, fuentes de financiación, publicidad, etc., son relevantes y dignas de estudio y “muestran la necesidad de renovarse, de reinventarse y de una sociedad concienciada en que o apoyamos unos medios o nos quedamos sin saber lo que pasa en el mundo”.

Hace unos días me hacía eco en el twitter de dos modelos de negocio en el mundo de la prensa escrita. Uno el que se ponía de manifiesto en esta entrevista al director de El Diario Cantabria, que señalaba lo siguiente: Las redes sociales han transformado nuestra forma de comunicarnos. Los medios apostamos por tener más seguidores y más ‘me gusta’. Hemos pasado de compartir en pandilla a tener miles de ‘amigos’ que nos leen y nos siguen ávidamente y que quieren ser escuchados y participar. Comentar, apostillar, aclarar o simplemente dar su opinión. Las redes nos permiten comunicarnos a cualquier hora del día con cualquier persona, aunque viva en otro hemisferio y en otro huso horario […] ¿Cómo nos diferenciamos los medios? Estructurando contenidos. Separando el grano de la paja. No todo es noticiable. Pero entendiendo que el mensaje debe ser bidireccional y debemos escuchar y respetar las opiniones de nuestros lectores siempre y cuando no insulten, maltraten o desprecien. La interacción es positiva, siempre que sea bien gestionada”.

El otro modelo sería el de la prensa escrita que no se lleva nada bien con las redes sociales, a las que ve como competidoras directas en una parcela en la que tenían un rol preponderante. Rol que ha devenido obsoleto o irrelevante en buena parte, cuestión esta que no es fácil de digerir por quienes han echado los dientes como periodistas en esos medios. Juan Cruz, periodista de El País, en un artículo reciente en el que ponía a caldo la red twitter, vendría a representar lo que una parte de esa prensa ve como una intromisión, una injerencia, una puesta en cuestión de su monopolio secular a la hora de informar y opinar: “Se está utilizando la red para amedrentar a periodistas, a políticos, a profesores o a gente que se toma en serio la existencia de estas redes como vehículo en el que es posible intercambiar puntos de vista. Ya no son aceptables los puntos de vista”. “Ese ruido infernal, esa falta de respeto, está creciendo hasta el contagio, y ya salta a los informativos, a los periódicos digitales y de papel; todo lo que es susceptible de debate se comprime en un número mínimo de caracteres en los que siempre cabe, sobre todo, la descalificación, el insulto o el irrespeto”.

No sé si escribir en España sigue siendo llorar, como diría Larra, el Pobrecito Hablador. Lo que parece seguro es que ya no es lo que un día fue. No solo por la propiedad oligopolística de los medios de comunicación, que está limitando gravemente el derecho a la información, sino porque las nuevas tecnologías están transformando los modos y maneras de escribir. Las hordas de prosumidores ya no se limitan a desayunarse con los periódicos de turno, que cada vez más se están convirtiendo en las hojas parroquiales de las iglesias de la globalización neoliberal, sino que están reclamando una participación mucho más activa que como meros consumidores: están actuando, interactuando en el ruido mediático con toda contundencia y desparpajo. Que hay excesos, es más que evidente*. Que no se pueden considerar periodismo en sentido estricto, también. Pero que son imparables estas nuevas vías para comunicarse y para estar informados es un hecho tan significativo que hoy en día, cualquiera que tenga algo que decir, si no lo dice en el twitter, no es nadie. Mañana… mañana es posible que cambien las secuencias del guión. Como se dice en las series: to be continued.

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* A horas del atentado en Barcelona, tres individuos que ejercen de periodistas, Hermann Tertsch, Alfonso Rojo e Isabel San Sebastián, aprovechándose del dolor y la conmoción del salvaje asesinato, pusieron la nota con sendos tuits, en las que mezclaron deliberadamente el yihadismo con el debate que se venía produciendo sobre la masificación turística que padece la ciudad o con la religión musulmana y la historia de la presencia árabe en España. No voy a reproducir sus textos, sería darles  una cancha a sus delirios cuasi fascistas. Son tres ejemplos de los excesos que pueden cometer en esta red miserables de esta calaña. Hubo colegas que, refiriéndose a uno de los tres satélites, apuntaron la solución: “Si los medios no van a dejar de contar con este miserable, a lo mejor otros tertulianos se podrían negar a compartir espacio con él, ¿no?”.

La ignorancia es atrevida

Tengo amistades castellanas y, de tarde en tarde, hablamos de semántica, de sintaxis y de lenguas. Desde bien chiquito, yo les cuento, tuve que sobrellevar las primeras correcciones por mi forma de hablar, que no era otra que la del pueblo jiennense en el que me crie. Recuerdo que mis primos de Málaga, por ejemplo, en una de las estancias en mi ciudad de nacimiento, me corrigieron la expresión de “alivia”, que yo utilizaba para demandar rapidez a alguien que se atrasaba en alguna actividad, por la de “aligera”. Se ve que en la capital malagueña no conocían todavía la sexta acepción que da el DRAE al verbo aliviar (“Acelerar el paso, aligerar o abreviar alguna actividad”).

Más tarde, en el instituto, padecí algo similar por parte de algún que otro profesor, ajeno a nuestra tierra, empeñado en “castellanizar” la expresión y la vocalización de sus alumnos (en aquella época el instituto público albergaba a chicos y chicas pero en clases diferenciadas). Y más adelante, la migración forzosa a latitudes de promisión, donde se pega todo menos la hermosura, arramblaron en buena parte con el acento de la tierra mamado hasta la adolescencia, básicamente para hacerte entender por quienes no comprendían, o no hacían esfuerzos por comprender, determinadas expresiones castellanas que habían decaído en la gran capital.

Veníamos de un tiempo que ya era un poco nuestro, de un país que íbamos haciendo, en donde Raimon cantaba –en catalán- las esperanzas y lloraba la poca fe. A pesar del tiempo transcurrido desde el particular éxodo familiar, aún conservo algún que otro giro del lenguaje, algunos vocablos y fonemas que, alimentados por el intercambio con mis iguales de acá o el de mis frecuentes visitas al Sur, hacen que todavía deba explicar la utilización de significantes, aclarar el significado de algunos términos, matizar el de otros y argumentar contra la crítica frecuente de que en el Sur hablamos «mu malamente».

Quien así dice, desconoce la diferencia entre arcaísmos y vulgarismos; entre el uso correcto de los artículos en Andalucía y los laísmos, leísmos y loísmos que proliferan de Despeñaperros p’arriba; entre las hablas y los dialectos; entre las lenguas y los modos de hablarla; entre la comunicación de los sures y de los nortes realmente existentes. Vamos, que la ignorancia es muy osada y que a cualquier expresión que no se utiliza, que se desconoce, se la suele descalificar con frecuencia por incorrectamente manifestada. Como diría el poeta, todo lo que se ignora, se desprecia.

Un estudioso –y maestro- de las lenguas andaluzas (porque no hay un dialecto andaluz, hay, como él dice, una enorme variedad de lenguas en Andalucía, no ya entre provincias, sino entre pueblos limítrofes; vaya usted, si no, a Lanjarón o a Aracena, a Chiclana o a Baeza, a Rute o a Mojácar, a Dos Hermanas o a Fuente Vaqueros, a Ronda o a Cabra, y observe cómo hablan en cada una de esas localidades ), José Mª Pérez Orozco, catedrático de Lengua y Literatura Española, daba una lección rotunda sobre la economía del lenguaje en Andalucía, a través del significado de una anáfora que no se puede aguantar: No, ni, ná.

Y en este otro vídeo, se recoge una conferencia entretenidísima en la universidad sobre lenguaje, rica en anécdotas y chascarrillos, y basada en tres puntales: el andaluz, el flamenco y Cádiz. ¡Que lo disfruten!

https://www.youtube.com/watch?v=6-Hy2jwkSAo