Susurros sin gritos

Poco antes de morir, Henning Mankell escribió su última obra, Botas de lluvia suecas, que nada tiene que ver con su trayectoria de escritor afamado de novela negra. Cuando le dieron el premio  Pepe Carvalho, el jurado consideró que Mankell compartía con Vázquez Montalbán la idea de utilizar ese género narrativo para abordar críticamente los retos de la sociedad actual.

Parafraseo uno de los títulos de Ingmar Bergman, Gritos y susurros, con cuya hija estuvo casado el autor, para señalar un rasgo de este excelente libro, escrito como si se tratase de una narración sosegada y dictada quedamente, desde lo más íntimo, como un susurro.

Es muy significativo que el escritor haya elegido una cita del Cantar de Roldán para prologar su relato: Mucho aprende el que bien conoce el sufrimiento. No encuentro nada mejor para reseñar este libro de sentimientos, de recuerdos, de preguntas que se hace y nos hace el autor, que escribir una tras otra las palabras que me sugieren las 400 páginas que se leen casi de corrido, en una trama que es lo de menos, porque se disfruta con lo que cuenta y con cómo lo cuenta.

Tristeza, enfermedad, soledad, vejez, infancia, juventud, hijos, nietos, inmigración, familia, amor, miedo, esperanza, recuerdo, memoria, otoño, periodismo, ecología, amistad, vecindad, paternidad, contradicciones, sufrimiento, preguntas, errores, solidaridad, compromiso.

A propósito de esta última, el editor y crítico Constantino Bértolo, tiene escrito lo siguiente: “Un compromiso es siempre con alguien, y con alguien que pueda reclamar el cumplimiento de ese compromiso, de ahí que frases como ‘compromiso con uno mismo’, ‘compromiso con la literatura’ o ‘compromiso con el lenguaje’ sean vacías y lamentables. No creo posible ningún compromiso que no comprometa, es decir, que no ponga en riesgo nuestro sueldo o nuestro estatus social o profesional, nuestros intereses”.

Mankell se comprometió y arriesgó. Recuerdo su viaje en la flotilla de la libertad que trataba de llevar ayuda humanitaria a Gaza. “En relación con esta experiencia, explicó que finalmente le entristeció darse cuenta de que era el único escritor que formaba parte de la flotilla y aseguró que colaborar en causas solidarias era el ‘principal papel’ que le correspondía como intelectual. Aunque su principal arma eran sus obras porque, decía, ‘a pesar de que un libro no cambia el mundo, no podemos cambiar el mundo sin cultura’”.

Les dejo unos breves fragmentos de las reflexiones que hace el  autor. Frases que he ido anotando durante la lectura de este muy recomendable libro.

Sobre el declive físico, la vejez y la muerte:

Evité observar mi cuerpo, que con los años me parece cada vez más repulsivo. Aquella mañana me sentí más decrépito que nunca.

Ahora tenía que apoyarme con una mano para bajar. La vejez era una niebla que llegaba silenciosamente flotando sobre el mar. Pero quizá ya no. Ahora era un hombre viejo que tenía miedo de morir. Cruzar esa barrera invisible era, en último término, lo que me quedaba en la vida. Era un paso que temía más de lo que me había imaginado.

La vejez y la muerte. En cierta ocasión leí una cita colgada en la pared de un  taller de carpintería. Decía que no había que tomarse la vida tan en serio, porque de todos modos nadie sobrevive a ella.

Antes del último sueño, uno duerme, durante una serie de años, cada vez menos. Como soy médico debería saber por qué. Pero no puedo dar una respuesta seria.

  • ¿El señor ha concluido su estancia en París por esta vez?
  • Quizá para siempre. Eso, a nuestra edad, nunca se sabe.
  • Eso es verdad. Envejecer es como caminar por un hielo cada vez más fino.

No temo a la muerte. La muerte debe ser liberarse del miedo. La máxima libertad.

Sobre ecología:

El mar Báltico estaba muriendo. La destrucción del mar se acercaba sigilosamente. Ese fondo que no podíamos ver a simple vista ya se había quedado sin vida en algunas zonas. Allí no había nada más que un desierto submarino estéril. Yo solía comparar las invasiones de algas, cada vez más frecuentes, con la aparición de psoriasis, una vez cada verano.  El mar se esquilmaba al mismo tiempo que se asfixiaba.

Los robles, los abedules, los alisos y el único fresno seguirían existiendo cuando yo muriera.

Sobre la vida cotidiana, los aviones:

Yo seguí sentado en mi asiento viendo cómo mis compañeros de viaje buscaban sus abrigos y equipaje de mano. Era como si todos hubieran perdido un tiempo importante de sus vidas y ahora se apretaran para salir lo antes posible. Yo lo observaba todo con creciente asombro, como si estuviera viendo una manada de personas huyendo en estampida. ¿Pero de qué huían? ¿De los asientos estrechos?, ¿del miedo a los aviones o a sus propias vidas? ¿Me había comportado yo antes de la misma manera? ¿Cómo una persona que consideraba el tiempo in juego de ganar o perder? Sabía positivamente que había sido así. Pero ahora ya no, ahora era realmente cuestión de ahorrar el tiempo que me quedaba.

En algún momento de la noche, acurrucada en su asiento con las luces del avión apagadas, había comprendido de veras que se encontraba a diez kilómetros de altura.

Me di cuenta de que me movía sobre los hombros del vacío, -contó-. Antes o después, el peso sería demasiado grande. Después de aquel descubrimiento no he vuelto a poner el pie en un avión.

Yo no compro El País

Hace unos días salía Juan Cruz en defensa de la versión en papel de “su” periódico. Ignoro si este periodista tiene acciones en el grupo empresarial -o financiero- que edita El País, pero tanto da, un accionista probablemente no lo haría mejor que él. Parece claro que con su discurso, a ratos enternecedor, él defiende el medio laboral que le ha permitido el sustento -y la reputación- durante muchos años y cree, honradamente, que así sale en defensa de un periodismo con mayúsculas, que desafortunadamente su periódico practica cada vez menos, y de sus colegas de profesión, por ejemplo, cuando señala que en su diario “hay un esfuerzo enorme de reporteros que se juegan cada día el oficio de contar”.

No seré yo quien diga que no lee ese periódico. Lo que sí digo es que hace cinco años, harto de tanta manipulación grosera (la otra, la sutil, la soporté estoicamente durante decenios -solía decir a mis amistades que compraba El País para discrepar y mantenerme en forma mental-, al entender que esa era mejor que la que sus colegas en otros medios practicaban a diario), dejé de comprarlo. Ya no quería darle ni un duro más a los fondos de inversión, los bancos y las grandes corporaciones de eso que hoy responde al sobrenombre de “la trama” y que antes llamábamos “el sistema”, “el poder”, “los de arriba”, etc. etc.

Yo sí consulto -la lectura, a fondo, la reservo sólo para lo poquito que me interesa¹- la versión digital de El País y sólo cuando voy a un bar, a un hotel, o a mi asociación, hojeo el papel que lo contiene. Pero eso sí, para alegrarme, a renglón seguido, de que ya no lo compro y de que, ciertamente, aunque haya algún que otro contenido que mereciera la pena, no es condición suficiente para volver a comprarlo.

Soy de los que durante más de tres décadas, desde su fundación, compré diariamente el periódico. Hice el cálculo hace poco de lo que en moneda constante me he gastado durante ese tiempo. Una burrada. Pero estoy muy satisfecho de la decisión de no invertir un euro más en ese conglomerado mediático que actualmente dedica más esfuerzos a vehicular los intereses espúreos de sus dueños que a informar siguiendo lo que en la facultad nos enseñaban con el rimbombante enunciado de ética y deontología profesional. Ahora dedico una parte del dinero que antes destinaba al grupo Prisa, a financiar medios digitales que están trabajando por un periodismo independiente, riguroso y con criterios exclusivamente profesionales, sin estar condicionados por los dictados de quienes se sientan en sus consejos de administración. Por cierto, medios estos en los que junto a una hornada de jóvenes periodistas coexisten otros que provienen precisamente de la casa madre que durante años fue de referencia intelectual para la progresía patria.

Yo, efectivamente, sí consulto la versión digital de El País, pero exactamente igual que hago con la de El Mundo o la de 20Minutos, por citar dos papeles con versión en internet. Pero ya no me “informo”, o al menos, no me informo “exclusivamente” por esos medios. Para informarme necesito leer las noticias, las exclusivas, los reportajes, las crónicas, las columnas, los artículos y los análisis que publican CTXT, Público, eldiario.es, Infolibre, Cuarto Poder, La Marea, más recientemente El Salto, y otros contados digitales de derechas que incluyen en ocasiones unas cuantas firmas o informaciones rigurosas, así como los blogs de un buen puñado de periodistas a los que respeto en su integridad y profesionalidad, aunque discrepe puntualmente de algunas de sus opiniones, como-no-podía-ser-de-otra-manera.

Y, como a menudo suele pasarme (es lo que tiene compartir con otras personas el modo de ver ciertas cuestiones de la vida cotidiana), cuando tenía escrito este texto, que no publico inmediatamente y que suelo programar con tiempo, leo el post de Albéniz que, en lo sustancial, viene a coincidir con mi tesis o, diría mejor, que yo coincido con la suya. A él le reconozco un argumento de autoridad del que yo, obviamente, carezco. Y él lo escribe y argumenta mucho mejor que yo: “Cada vez leo menos El País, el mejor de los grandes periódicos nacionales, porque cada vez me interesa menos lo que dice, y porque en algunos momentos incluso se atreve a faltarme al respeto. Es decir, pone en duda mi inteligencia, mi criterio. Por ejemplo cuando habla de Podemos. O cuando intenta destruir a Pedro Sánchez (sí, destruir) en un desesperado apoyo a Susana Diaz. Podría ponerle más ejemplos. Como lector, es muy difícil creer en periódicos que insultan tu inteligencia“.


¹Por ejemplo, ayer mismo y actualizo con un post scriptum, leía el texto que Cruz escribía sobre Inda, personaje que ejerce de periodista de referencia en La Sexta de Ferreras, al que por tantas cosas se le puede criticar (yo no suelo ver los programas en los que aparezca ese fulano, por autoprescripción médica) y que había osado insinuar no sé qué insidia contra FG, amigo de la casa en que trabaja Cruz.

Micromachismos

Por su evidente interés, reproduzco  el excelente texto de María González Reyes que ha sido publicado en OMAL:

─ ¿Por qué no hacemos un vídeo sobre micromachismos y lo difundimos el 8 de marzo?
─ Pero es que vamos a contar todas lo mismo, a todas las adolescentes nos pasan las mismas cosas.
─ ¿Tú que contarías?
─ Yo que me gustaba jugar al fútbol pero no me dejaban, o me decían que si yo jugaba tenían que tener más cuidado y bajaban el nivel.
─ Yo que una vez me ofrecieron dinero cuando esperaba a mis amigos al lado del metro pensando que era una puta.
─ Yo que una vez se acercó un chico y me cogió por la cintura y al ver que yo estaba con mi novio se disculpó con él y no conmigo.
─ Yo que me silban y hacen ruiditos por la calle cuando voy sola pero no cuando voy con chicos.
─ Yo que una noche varios chicos me arrinconaron al salir del metro y tuve que salir corriendo.
─ Yo que me tocaron el culo y que cuando miré un hombre sacó unos billetes del bolsillo y me guiñó un ojo.
─ Yo que en educación física me exigieron menos de lo que podía hacer por ser chica.
─ Yo que en casa me controlan cómo visto y a mi hermano no le dicen nada.
─ Yo que un grupo de chicos me preguntó por cuánto se la chupaba.
─ Yo que me dicen puta porque me gusta el sexo.
─ Yo que…

Estuvieron toda la clase hablando de las cosas que viven cada día. Después decidieron hacer el vídeo (que les salió muy largo porque había muchas cosas que contar).

Entre la sardana y la elocuencia

Sucede que, de tarde en tarde, en el oligopolio de la comunicación, en este caso en una de sus patas, A3media, a veces se cuela algún periodista espabilado que describe perfectamente la parte más chusca del funcionamiento de la trama que nos gobierna así en la tierra catalana como en el cielo madrileño y cuenta con pelos y señales el manual de la corrupción. Recomiendo el visionado íntegro de este podcast para comprender los porqués de los sobres y de las facturas, el rol de las fundaciones, las declaraciones exculpatorias de sus máximos responsable, o el recurso lastimero de que creen, como-no-podría-ser-de-otra-manera, a pies juntillas en la justicia, a la que tanto adoran cuando les interesa, o aquello de que caiga todo el peso de la ley sobre quien lo haga que lo pague.

Las fundaciones de los partidos son esos entes creados, a lo que se ve, para entre otras funciones tapar determinadas vergüenzas que no se pueden acometer por las maquinarias dedicadas a gobernar o a crear hospitales (¡faltaba más que se quisiera hurtar tan nobles propósitos!) y que son tan necesarias y determinantes para la conservación de la especie. Véase si no a la convergente Trías Fargas, que promueve o promovía algo tan entrañable y con tanta capacidad de construir pueblo como el baile de la sardana, y no darle tantos cuartos al pregonero a esa canción andaluza (sic), que se suele llevar el gato al agua allá donde gobiernan algunos contemporizadores con los insurrectos del cinturón metropolitano de Barcelona. O a la pepera Fundescam, que se dedica o dedicaba a dar clases de elocuencia, “de esto, cómo se llama, de retórica”, para hacer pedagogía entre la militancia, tan ignorante ella en los tejemanejes de la telegenia y de la comunicación, artes tan precisas y convenientes para robar adecuadamente al personal con cuatro palabritas finas, o las que sean menester para la eficacia del storytelling partidario. Dicho sea ese tremendo verbo de robar, válganme los dioses del Olimpo, con el sentido que le da la acepción 9 de la RAE, que era la que con tanta lucidez utilizaba un recordado cantautor andaluz.

Por cierto, resulta curiosa la fijación obsesiva que se gastan algunos políticos con lo andaluz, en cuantito se descuidan. El catalán parece que llevó su obsesión -ignoro si personal o colectiva- a los fines de la entidad que dirigía y, en el ámbito madrileño, hasta un concejal socialista, se supone que políticamente correcto, aunque sea partidario del anterior secretario general, asomó la patita engreída ridiculizando la expresión trianera de la presidenta andaluza con aquello del queremo un PEZOE ganadó, como si no hubiera suficientes razones para disentir de tan alto cargo socialista, o lo que sea.

Decía que esta es la parte del asunto que tiene más gracia, donaire y picardía (definición que hace el RAE del término chusco). Luego está la verdadera trama, la que se oculta o se visualiza muchíííííííísimo menos. La formada por la tela de araña de los contactos, de las participaciones en los consejos de administración, de los políticos en puertas giratorias, de los empresarios que nunca irán a prisión, de los altos responsables de administraciones o de corporaciones que comparten palcos de fútbol o cócteles institucionales para acordar -sin el incordio de las citas que dejan rastro- negocios suculentos que se sustanciarán más tarde por los pichichis de turno en formato de adjudicaciones de obra o de concesiones del espectro radioeléctrico, pongamos por caso. Pero esa, mucho más interesante, corresponde a quienes se la han trabajado durante años con investigaciones esclarecedoras que espero leer muy pronto en el libro de Rubén Juste, Ibex35, una historia herética del poder en España.

 

Literatura y redes sociales

Así como hay algunos escritores que abominan de las redes sociales (no haré publicidad gratuita de alguno que yo me sé), tengo la impresión de que otros las utilizan como un método más de marketing para publicitar sus libros, aunque también hagan notar sus opiniones en ellas sobre los eventos consuetudinarios que acontezcan en la rúa, en la nube o en cualquier otro lugar, real o virtual.

Aquí es donde está el meollo de la cuestión. Según lo veo, hay escritores que escriben en el twitter o en el Facebook y con sus opiniones se exponen o bien a atraer nuevos lectores o bien a producir un rechazo rotundo en otro segmento de usuarios. Me explico. Quien lea los tuits o retuits de, por ejemplo, Benjamín Prado o de Lorenzo Silva observará que unas veces hablan o se hacen eco de las vicisitudes de sus libros y en otras manifiestan sus puntos de vista o apoyan las opiniones de otros tuiteros sobre cualquier asunto de la actualidad. Vaya por delante que suelo compartir las opiniones de estos dos estupendos poeta y novelista, respectivamente. Quien compre sus libros a tenor de lo que escriben en el twitter creo que no se llama a engaño. Ahora bien, también digo que no le mientes la guardia civil al segundo, me refiero críticamente, porque serás oportunamente replicado. Que para algo es honorario de ese benemérito cuerpo. Y supongo que igual pasará con el primero. Si se le nombra peyorativamente a su amigo Sabina, pues lógicamente saldrá en su defensa aunque sea en 140 caracteres.

Y para qué hablar de otro conocido escritor, académico para más señas, que además de divulgar sus textos tiene la testosterona a flor de tuit y, si te descuidas, te suelta una hostia (dialéctica o vaya usted a saber), o te dice directamente que no tienes comprensión lectora de sus “muy evidentes” razonamientos. Con ello puede que gane adeptos pero, seguro, que también conseguirá que  más de uno no compre jamás sus libros. Y así podrían ponerse otros ejemplos de auténticos pedantes, sabelotodos, soberbios, engreídos o altivos literatos, hombres o mujeres, periodistas o gentes que, en general, se dediquen a comunicar su pensamiento en cualquiera de sus variantes.

Viene todo esto a cuento de una novela, Patria, de Fernando Aramburu. Ha sido loada exageradamente por muchos de sus colegas, críticos literarios y también de políticos curiosamente de un determinado signo. En mi caso particular, cuando se anunciaba la salida del libro pensé que a mí no me interesaba para nada y que conmigo no iba a contar. Reconozco que es un prejuicio, pero sigo a este autor en el twitter y en muchas ocasiones discrepaba de sus opiniones o me producían rechazo algunos de sus comentarios. Mi conclusión, posiblemente equivocada, era que para qué leer algo que aunque fuese ficción podría estar en una onda que yo intuía que no compartía de su producción textual sincopada en redes sociales.

En este caso me he sentido reconfortado de mi discutible criterio apriorístico, cuando he leído el tuit de un editor y crítico literario, Constantino Bértolo, con sabiduría contrastada en estas lides y en materia, verbi gratia, de premios literarios. Decía así: “Escribir una mala novela tiene seguramente más mérito de lo que parece. Miren sino lo de Patria de Aramburu. No deja de tener su cosa”. En mi descargo debo añadir que si uno leyera el exabrupto de un escritor, o escritora, que dijera algo parecido al que ha soltado este eurodiputado polaco, pues supongo que se pensaría muy mucho si comprar sus libros. Pues eso.

Sin lucha no hay progreso

He esperado a terminar el libro para ir a ver la película El nacimiento de una nación. Y no porque me pudieran destripar la trama precisamente (¿para qué utilizar el anglicismo spoiler si en castellano tenemos su correlato mucho más sonoro y descriptivo?). Los hechos históricos están ahí y así los relata Howard Zinn en su ya clásica obra La otra historia de los Estados Unidos:

En el condado de Southampton, Virginia, en el verano de 1831, un esclavo llamado Nat Turner, asegurando que tenía visiones religiosas, reunió a unos setenta esclavos, que fueron de pillaje de hacienda en hacienda, asesinando a por lo menos cincuenta y cinco personas, entre hombres, mujeres y niños. Se les unieron refuerzos, pero cuando se quedaron sin municiones fueron capturados. Turner y unos dieciocho más fueron ahorcados. Este episodio hizo cundir el pánico en el Sur negrero, y acto seguido hubo un esfuerzo concertado para reforzar la seguridad del sistema negrero. Después de eso, Virginia mantuvo una fuerza de 101.000 milicianos, casi el 10% de su población total. La rebelión, por poco frecuente que fuera, era un temor permanente entre los propietarios de esclavos.

A partir de unas notas dictadas en la cárcel a su abogado, el autor del libro, Willian Styron escribió en 1968 Las confesiones de Nat Turner. Un relato excelente, con una base histórica, obviamente, pero al fin y al cabo imaginado por el autor desde el punto de vista exclusivo del protagonista. Ese ejercicio literario fue recompensado con el premio Pulitzer y es una narración escalofriante, emotiva y que intenta comprender las razones del levantamiento y de la crudeza con la que se condujeron los esclavos sublevados.

El cuerpo de Turner, el esclavo insurgente, que sólo mataría personalmente a una mujer en la revuelta, tras el ahorcamiento, fue entregado a los médicos, quienes lo despellejaron y con su carne hicieron grasa y, según cuentan, hubo quien se hizo un monedero con la piel arrancada.

La narrativa de la película, como casi siempre suele pasar, es muy diferente a la del libro, al que no se ciñe en absoluto, y, si he querido verla después y no antes ha sido para comprobar en qué medida su director y actor protagonista, un negro llamado Nate Parker, ha interpretado los hechos históricos a la luz de la realidad actual norteamericana, en la que subsisten todavía comportamientos racistas en una parte de la sociedad civil y policial. El mensaje evangélico de que “los últimos serán los primeros” entronca muy bien con las inquietudes religiosas tanto del reverendo Turner como del cineasta Parker.

Con todo, la película a mí particularmente no me ha parecido gran cosa e incluye, a mi juicio, secuencias que me suenan ya vistas y filmadas en el género de películas sobre la esclavitud. Hay que recordar que las personas de piel negra en los Estados Unidos de América del Norte han vivido más tiempo sojuzgadas que libres y, por tanto, todavía está por escribir el mejor relato que haga justicia a la verdad histórica, con todas sus contradicciones y con todas las implicaciones políticas, económicas y sociales de los estereotipados Norte abolicionista y Sur esclavista.

Conviene contextualizar que el apoyo de los Estados Unidos a la esclavitud. en palabras del historiador Howard Zinn, “estaba basado en un hecho práctico incontestable. En 1790, el Sur producía mil toneladas anuales de algodón. En 1860, la cifra había subido ya a un millón de toneladas. En el mismo período se pasó de 500.000 esclavos a 4 millones”.

Años después de la revuelta espartaquista de Turner, hubo otro levantamiento, esta vez a cargo de un blanco, John Brown, que bien pudiera ser también objeto de un tratamiento literario o cinematográfico. El propio Zinn, en un pasaje de su historia, aporta elementos suficientes para hacer un buen guión:

Después de la violenta rebelión de Nat Turner y de la sangrienta represión ejercida en Virginia, el sistema de seguridad sureño se hizo más férreo. Quizá sólo un foráneo podía albergar esperanzas de provocar una rebelión. Efectivamente, fue una persona de estas características, un blanco de una decisión y un coraje formidables. El loco plan de John Brown contemplaba la toma del arsenal federal en Harpers Ferry, Virginia, para luego propagar una revuelta en todo el Sur.

Harriet Tubman, con su escaso metro cincuenta de altura, era veterana de múltiples misiones secretas cuya finalidad era escoltar esclavos hacia la libertad. Estaba involucrada en los planes de John Brown, pero al estar enferma, no pudo unirse a él. También Frederick Douglass se había encontrado con Brown. Le expuso su oposición al plan desde el punto de vista de sus probabilidades de éxito, pero admiraba al enfermo de sesenta años, alto, seco y de pelo blanco.

Douglass tenía razón, el plan fracasaría. La milicia local, con la ayuda de cien infantes de marina a las órdenes de Robert E. Lee, rodeó a los rebeldes. A pesar de que sus hombres habían resultado muertos o capturados, John Brown se negó a entregarse y se encerró en un pequeño edificio de ladrillos cerca de la puerta del arsenal. Las tropas derrumbaron la puerta; un teniente de los infantes de marina entró en el edificio y le dio un sablazo. Le interrogaron herido y enfermo. W.E.B. Du Bois, en su libro John Brown, escribió:

Imagínense la situación: un viejo ensangrentado, medio muerto de las heridas sufridas hacía unas pocas horas, un hombre echado en el suelo frío y sucio, que llevaba cincuenta y cinco tensas horas sin dormir, y casi otras tantas sin comer, con los cadáveres de sus dos hijos casi delante de sus ojos, los cuerpos de sus siete camaradas muertos en sus inmediaciones, y una esposa y familia afligida escuchando en vano, y una Causa Perdida, el sueño de una vida, yaciendo sin vida en su corazón.

Echado allí, e interrogado por el gobernador de Virginia, Brown dijo: “Harían bien, todos los sureños, en prepararse para una resolución de esta cuestión… De mí se pueden deshacer fácilmente -ahora ya estoy acabado-, pero esta cuestión todavía está sin arreglar, este tema de los negros, quiero decir, todavía no está acabado”. Ralph Waldo Emerson, sin ser activista, dijo que la ejecución de John Brown “Convertirá el cadalso en un lugar tan sagrado como la cruz”.

De los veintidós hombres de la fuerza de choque dirigida por John Brown, cinco eran negros. Dos de ellos murieron in situ, uno escapó, y los dos restantes fueron ahorcados por las autoridades. Antes de ser ejecutado, John Copeland escribió a sus padres: Recordad que si debo morir, muero en el intento de liberar unos pocos de mi gente pobre y oprimida de su condición de una servitud que Dios en sus Sagradas Escrituras ha denunciado de la forma más dura… no me da miedo el cadalso.

John Brown fue ahorcado por el estado de Virginia con la aprobación del gobierno nacional. Era el gobierno nacional el que, a la vez que aplicaba tímidamente la ley que tenía que acabar con el comercio de los esclavos, aplicaba sin contemplaciones las leyes que fijaban el retorno de los fugitivos a la esclavitud. Fue el gobierno nacional el que, durante la administración de Andrew Jackson, colaboró con el Sur para eliminar el envío de literatura abolicionista por correo en los estados sureños. Fue el Tribunal Supremo de los Estados Unidos el que declaró en 1857 que el esclavo Dred Scott no podía exigir su libertad porque no era una persona, sino una propiedad.

Ahora que parece que soplan ráfagas de vientos trumpistas y amenazantes por aquellos territorios del Norte de América, quiero terminar esta reseña reproduciendo un fragmento del discurso pronunciado por Frederick Douglass, antiguo esclavo, que incluye Howard Zinn en el libro citado. El propio Douglass hablaba así en 1853, pero bien podía decirlo hoy en cualquier parte del mundo: La historia entera del progreso de la libertad humana muestra que todas las concesiones que se han hecho hasta la fecha a sus augustas exigencias han nacido de la lucha. Si no hay lucha no hay progreso. El poder no concede nada sin una exigencia. Nunca lo ha hecho, y nunca lo hará. Según escribe Zinn, este orador y escritor extraordinario sabía que la verguenza de la esclavitud no sólo era cosa del Sur y que toda la nación era cómplice de la misma. El discurso que dio el 4 de julio de 1852, Día de Independencia, decía así:

Ciudadanos, amigos ¿Qué representa para el esclavo americano el Cuatro de Julio? Respondo, un día que le revela más que ningun otro del año la gran injusticia y la crueldad de que es víctima constante. Para él vuestra celebración es falsa, vuestra tan cacareada libertad una licencia inmunda, vuestra grandeza nacional, una vanidad sin igual, vuestros cantos de alegría están vacíos, desprovistos de corazon, vuestra denuncia de los tiranos, una desfachatez impúdica, vuestros gritos de libertad e igualdad, un hueco sarcasmo, para él vuestros rezos e himnos, vuestros sermones y acciones de gracias, con toda su pompa religiosa y solemnidad son mera ampulosidad, fraude, decepción, impiedad e hipocresía, una delgada cortina para cubrir crímenes que avergonzarían a una nación de salvajes. Actualmente no hay nación en la tierra que peque de practicas más chocantes y sangrientas que el pueblo de los Estados Unidos.

Calar al personal

Hace unos días, el periodista Jorge Bezares escribía un artículo (El himno contra la presidenta) en el que advertía del “escándalo político de primer nivel” que sería la aspiración de la presidenta andaluza de compatibilizar su cargo institucional con la secretaría general de su partido. Tal pretensión, “asumida al parecer por todos los barones que participaron en el golpe político contra Pedro Sánchez”, le hace preguntarse al periodista si acaso Andalucía no se merece una presidenta que tenga puesto los cincos sentidos y dedique todo su tiempo a solucionar sus numerosos problemas.

Pero, aunque Iñaki Gabilondo suelte en su homilía diaria que “se dice” que ya cuenta con los apoyos suficientes para dar el salto, Susana tiene un problema. La gente. Y es que no parece contar la sevillana presidenta, o viceversa, con que la sabiduría popular, por bajo o por cima de Despeñaperros, puede que no siempre acierte con la papeleta cada cuatro años, o cuando toque, pero se gasta cierta sabiduría para calar al personal. Sobre todo a ese – o a esa- que se le llena la boca de mi tierra, la más grande, mi tierra, la más güena, mi tierra… y cuando menos se antoja se larga y te deja en la estacá.

Cuestión esta, la de conocer las cualidades o intenciones de alguien, que suelen tenerla muchas comparsas y chirigotas del carnaval gaditano (véase Esa palabra) así como el público asistente a los concursos y fiesta carnavaleras. Bezares lo entiende así:

“En el Carnaval de Cádiz, un termómetro de la realidad con una notable fiabilidad, la chirigota ¡Qué penita de concurso! y el público del teatro Falla entonaron el himno de Andalucía contra la presidenta de la Junta. Sí, contra Susana Díaz. Y no fue porque todos se hayan vuelto podemitas y estén al servicio del Kichi, como mantiene la propaganda susanista que emana de Canal Sur. Es por esa sabiduría tan gaditana de calar al personal un cuarto de hora antes que el resto de la humanidad”.

Merece la pena escuchar -y disfrutar- el pasodoble y la reacción del público a su término, entre los minutos 5:10 al 8:40 del siguiente vídeo:

 

Un día cualquiera

Ya no tendría que ser noticia que El País no tenga a bien incluir entre su cincuentena de noticias de portada de su digital la de la sentencia a tres años y medio impuesta a un rapero por una canción. Sea el rey o sea quien sea el objeto de la irreverencia condenada. La falta de credibilidad de este medio, y de su grupo mediático, hace tiempo que es conocida. No lo digo yo. Lo dicen las decenas de miles de lectores que otrora tuvo ese periódico y lo fueron abandonando paulatinamente. La gente ya no paga fácilmente por mentir, que también es no decir toda la verdad, manipular ad infinitum y sesgar las informaciones, atendiendo las directrices que emanan a buen seguro de su consejo de administración en el que se sientan las grandes corporaciones financieras del IBEX 35. Y no se nos diga, como dice Cebrián con todo el morro, que ellos no dan instrucciones a sus periodistas. Evidente. No hace falta. Sólo es preciso colocar en los puestos clave a quienes corresponde adoptarlas.

También hace tiempo que dejó de ser noticia que en el PSOE haya mucha militancia que no se siente de izquierdas. Sin contar los zombis que frecuentan la cadena de los obispos -los Corcuera, Leguina y otros compañeros mártires-, me quedo aquí y ahora con el alcalde de Vigo. Se llama Abel y se apellida Caballero. Este buen señor dice que “El PSOE es la socialdemocracia, no la izquierda“. Y se queda tan ancho. Renuncio a que me lo expliquen. Será que soy muy antiguo pero yo pensaba que el socialismo estaba situado a la izquierda del dios padre. Pero se ve que eso ya no debe ser noticia.

Que TVE manipule diariamente sus noticias hasta la náusea, tampoco es noticia, desafortunadamente. No basta con que 2.200 trabajadores del ente público hayan denunciado múltiples casos de tergiversación graves y la falta de neutralidad exigible por ley, o que continuamente los telediarios mezclen opinión con información “saltándose todas las normas deontológicas que establecen el Estatuto de la Información y el Libro de Estilo“, trasladando una imagen “de sumisión al poder político, al Gobierno y al partido que lo sustenta”. La periodista Rosa María Artal, que conoce bien el medio por haber formado parte del ente, incluía la siguiente encuesta en el tuíter.

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A las pocas horas, la periodista incluyó otro tuit dando el resultado. “Acierto mayoritario, 1º tema abriendo el telediario y 1º en el desarrollo, tras titulares”. La gente que había contestado el cuestionario acertó plenamente el bingo. Para qué hacer más comentarios.

Y en estos días están siendo noticia (recurrente en todos los años del turnismo, cuando se producen los relevos de los cargos) los nombramientos y ceses que se están produciendo en el ámbito de la Fiscalía. Que se formen equipos nuevos tras la designación de un nuevo Fiscal General parece lógico. Pero que se quiten de en medio a los fiscales que han destapado, denunciado y perseguido la corrupción en una provincia concreta, Murcia, huele a chamusquina. Se pongan como se pongan en el gobierno y en el ministerio de justicia.

En este contexto, empero, resulta llamativo que la SER y El País, ignoren por un lado la sentencia que ha recaído contra el exministro Soria (él no se paga sus viajes), supongo que por haber sido una exclusiva de un medio digital dirigido por su antiguo y defenestrado colaborador, y no hayan hecho referencia alguna a la pregunta de Pablo Iglesias a Mariano Rajoy , en la que le instaba a interesar de la Fiscalía del Estado la investigación de si pudiera haber habido un delito de cohecho en los viajes del entonces ministro de turismo, y sin embargo y por otro lado, tras entrevistar al fiscal destituido, que hace unas acusaciones graves contra “alguien”, exijan la necesidad de que fiscalía y gobierno den las explicaciones correspondientes. Para ello, llaman rápidamente a representantes de tres grupos parlamentarios (PSOE, Ciudadanos y Unidos Podemos) para poco menos que instarles (“¿van a apoyar que se investigue…?”) a que se sumen a la explotación de su scoop radiofónico. Como si los tres formaran parte de la misma oposición. Como ignorando que los dos primeros sostienen al gobierno del PP en lo esencial (el mantenimiento del statu quo) que el grupo PRISA consideraba necesario apoyar en su momento. Se trata de montar el pollo de rigor (probablemente con razón, no lo discuto), en esta ocasión porque así conviene a los intereses periodísticos tanto del grupo como de la gestora del partido al que apoya con toda su artillería mediática.

En fin, un día cualquiera. En este país.

Historia de un bloqueo

Vaya por delante que en mi twitter sólo hago uso de la acción de bloquear  cuando se trata de spam publicitario. Observo, sin embargo, que algunos usuarios dicen haber sido bloqueados por el hecho de haberle llevado la contraria a alguien. Vaya por delante que los “bloqueadores” están en su derecho. Pero resulta más raro que algunos de ellos pasen por ser adalides de la libertad de expresión y se dediquen, paradójicamente, al mundo de la comunicación. Es cuando menos chocante que no entiendan que comunicar (se supone que para eso están en el tuíter) es un proceso interactivo, de feed-back, de toma y daca, de ida y vuelta, en el que alguien informa al resto de seguidores de sus opiniones, informaciones, comentarios o gracietas y, al tiempo, se expone (o se debería exponer) a ser criticado, replicado o complementado.

Mi cuenta, que ya tiene siete años, ha “sufrido” el bloqueo de tres personas. En este orden: Manuel Marlasca, Antonio Maestre y Arturo Pérez Reverte. Los dos primeros, periodistas en ejercicio y el tercero en fase terminal de académico de la lengua. No han soportado la correspondiente crítica, aunque sea ácida. Con 140 caracteres no se pueden introducir demasiados matices.

Al primero, Manuel Marlasca, a la sazón jefe de investigación de La Sexta, le afeé su aplauso entusiasta al recién nombrado presidente de Telefónica. Le dije que en la facultad no me enseñaron que los periodistas tuvieran que congraciarse en público con los representantes del poder. Y Telefónica, voto a bríos, lo es en grado superlativo. Me contestó, antes de bloquearme, que hablara y escribiera de lo que supiera y que si no, me callara. Yo le repliqué lo siguiente:

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Y es que este periodista, creador de opinión en un medio masivo de comunicación y, por ende, con el deber deontológico de cuidar especialmente sus manifestaciones públicas, recién producido el encarcelamiento de los titiriteros (más tarde absueltos de todo por la justicia), se permitió el lujo de escribir lo siguiente:

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El comentario a tan desafortunados tuits se lo hizo otro colega, Javier Pérez de Albéniz. Me ahorro hacer los míos sobre este sujeto. Pero he de hacer notar que cuando a un periodista se le recuerda la deontología, salta como un resorte. Se ve que ellos sienten que tienen el monopolio de exégesis de esa cosa tan confusa.

Del segundo, Antonio Maestre, un periodista de La Marea, me dolió más su bloqueo, porque le pasó un poco como al anterior. Este informador se las da de ser un defensor de la libertad de expresión y de las causas de los más desfavorecidos y excluidos de la sociedad. Vamos, pasa por ser un espécimen de izquierdas. Pero eso sí, no le mientes algunos comportamientos que podía tener y no los tiene ni de lejos. Las habichuelas, aunque sean escasas, hay que cuidarlas. Ya comprendo, es de humanos, que cuando a alguien nos sacan a relucir nuestras contradicciones, nos resulta difícil el trago. Pero me parece que la servidumbre de escribir en una red social lleva aparejada el apechugar con lo que te critiquen y no bloquear al disidente, como harán con él sus enemigos de clase. Si no, es mejor abandonarla.

A este plumilla con ínfulas le hice un comentario indirecto. Escribí un tuit que lo mencionaba, pero sin dirigirme directamente a él, en el que ante la avalancha de comentarios que había leído sobre el comportamiento del sedicente periodista Eduardo Inda, escribí que la única forma de echarlo de La Sexta Noche sería que los Maraña, Escolar, Aroca y él mismo tuvieran el gesto de dimitir como había hecho Ana Pardo de Vera, actual directora de Público, que se fue de ese espacio abochornada por las mentiras reiteradas del sujeto referido. Es decir, en mi criterio, cuando no se asiste a un intercambio de opiniones, sino de insultos, falacias y patrañas, lo decente es no darle bolilla con tu presencia a gentes que denigran la nobilísima función del periodismo.

El tercer bloqueo experimentado en mis carnes digitales, del que me siento realmente orgulloso, se corresponde con un personaje (él ya actúa como si se tratase de alguno de los que aparecen en sus libros) que se ha dignado rebajarse a bloquearme por hacerle un comentario a propósito de alguna de esas afirmaciones estentóreas a las que nos tiene acostumbrados, en las que hablaba de valientes y cobardes. Escribí lo siguiente: “El mundo se divide entre los que ganan porque tienen cojones y los que no los tienen y pierden. Él, entre los primeros”. Este individuo, que se dedica a la escritura profesionalmente, y en sus ratos libres a la Academia de la Lengua, no está dispuesto a tolerar ninguna crítica. La última ha sido descalificar a una formación política, En Marea, porque ha osado pedir cuentas al ministerio que ha premiado un artículo suyo, en el que se compara a las personas refugiadas con las invasiones bárbaras. Su respuesta, muy en su línea, desde la soberbia de quien considera que cualquier disonancia con su planteamiento ideológico, o literario, es un ataque personal, ha sido la siguiente: “Además de analfabetos y faltos de comprensión lectora, estúpidos”.

Este experiodista, como otros colegas suyos que micro en mano, insultan un día sí y otro también a quien no comulgue con los de su cuerda (estoy pensando en los Herrera, Losantos, Tertsch, etc.), no es la primera vez que a quien discrepa de él lo fulmina. Acudo de nuevo a Albéniz, que escribía lo siguiente:

“Arturo Pérez Reverte, pedazo de académico, está que trina: ¡un político desalmado quería saber cuánto cobra el escritor! ¿La cifra del adelanto editorial por su nueva novela? No, eso queda entre Alfaguara y él. ¿Su sueldo como columnista de ABC? No, eso queda entre el director del periódico y él. El político curioso se llama Sebastián Terrada, y es concejal de Izquierda Unida en el Ayuntamiento de Cádiz. Terrada quiso saber cuánto iba a cobrar Reverte en calidad de comisario de la exposición conmemorativa del bicentenario de la Constitución de 1812, y en qué iba a consistir el trabajo para el que había sido contratado por el Ayuntamiento de su ciudad. ¡Será impertinente el tal Terrada! Enfadado y digno como sólo un miembro de la Real Academia Española de la Lengua puede estarlo, Reverte ha dimitido: “me conozco un poco y sé que al final acabaré ciscándome públicamente en la puta madre de alguien, y la liaremos. Así que mejor me quito de en medio”, aseguró en un arrebato de genialidad lingüística.”

Y lo definía así en un artículo titulado Macho man:

“España es un país de machotes. Aquí vas por la calle, le das una patada a un bote y llenas la acera de testosterona. Y si pones la tele, escuchas la radio o lees a determinados verracos, también. Cuando no es el alcalde de Valladolid quien se pone choto con Leire Pajín es Pérez Reverte quien se descojona de las lágrimas blandengues de Moratinos (“Ni para irse tuvo huevos”). Por no hablar de esa máquina de seducir llamada Hermann Tertsch. Tipos de una virilidad antigua, de esa que no pierde fuelle con los años. Sementales que eyaculan hasta por la boca, dejándolo todo lleno de kleenex pringosos, palabras sucias y olor a acetona.”

El efecto mariposa

Últimamente (será que la actualidad da mucho de sí), algunos columnistas de la prensa alternativa (nada que envidiar a la de papel, salvo por los escasos medios con los que cuentan y se financian) están que se salen. Por su interés social, laboral o, simplemente, cívico, reproduzco un extracto de tres artículos que a mí me han parecido magníficos. El primero es de Isaac Rosa, Prepárate para odiar a los estibadores, publicado en eldiario.es:

“Hacía ya tiempo que no teníamos un colectivo de trabajadores al que odiar con todas nuestras fuerzas y poder gritarles “¡privilegiados!”. Hemos odiado a funcionarios (¡parásitos!), mineros (¡subvencionados!), profesores (¡vagos, todo el día de vacaciones!), y por supuesto a los más odiables de entre los odiosos: los controladores aéreos, que tan buenos ratitos de odio nos dieron un verano.

Pero estamos de enhorabuena, porque en los próximos días nos van a echar un nuevo hueso: los estibadores de puerto. No sabíamos nada de ellos hasta ahora, solo que son los que cargan y descargan barcos; pero resulta que también son unos privilegiados. Ahora el Gobierno prepara un decreto para liberalizar la actividad, y los trabajadores están dispuestos a ir a la huelga para defender sus derechos. Perdón, quiero decir que “los privilegiados están dispuestos a chantajearnos para defender sus privilegios”.

La secuencia es la habitual, la hemos visto muchas veces:

1.- Cogemos un colectivo que todavía no haya sucumbido a reformas laborales y precarización.
2.- Anunciamos recortes de sueldos y derechos, porque “lo manda Europa”, y con el argumentario habitual: liberalizar, ganar competitividad, modernizar, crear empleo…
3.- Señalamos a los trabajadores como “privilegiados”, “restos de un modelo anacrónico” (a ser posible del franquismo, para odiarlos más), y por supuesto “aristocracia sindical”.
4.- Informamos a la ciudadanía de los privilegios (sueldos altos, eso lo primero).
5.- Rompemos la negociación, por muy avanzada que esté, y no les dejamos más salida que la huelga.
6.- Acusamos a los huelguistas de dañar un “sector estratégico”.
7.- Lanzamos una campaña de desprestigio por tierra, mar y aire.

Además, hay que asegurarse de que los representantes sindicales no tengan voz, que ya sabemos lo manipuladores que son: si les dejamos, dirán que lo suyo no son privilegios sino derechos ganados en décadas de lucha, que la suya es una profesión especialmente dura y con alta siniestralidad, que hay otras opciones para cumplir con Europa, que los puertos son rentables y lo único que buscan gobierno y patronal es abaratar costes laborales (rebaja salarial ¡del 60%!, más horas de trabajo, flexibilidad laboral…).

Nada, ni caso. No escuchen a los trabajadores, que son capaces de convencernos. Yo ayer lo hice, atendí a sus razones, y me entraron dudas: a ver si van a tener razón… A ver si en realidad no son unos privilegiados… A ver si es que el único “privilegio” que tienen (el mismo “privilegio” que controladores, mineros o funcionarios; el mismo “privilegio” que hemos perdido la mayoría; el que les quieren quitar) es el “privilegio” de ser capaces de defender sus derechos, de tener conciencia de clase, organización y capacidad de lucha. […]“.

El segundo extracto es de Daniel Bernabé, Una historia de indiferencia y esoterismo, publicado en La Marea:

“Sábado por la noche, ciudad de Nueva York. Un cocinero de 36 años llamado Jared Neid coge el metro después de acabar su turno de trabajo. Nota algo raro en las caras del resto del pasaje, pronto advierte lo que ocurre. El vagón del suburbano está lleno de pintadas nazis y cruces gamadas. Una mujer, sentada bajo una de ellas, al percibir su estupefacción le mira y dice en alto lo que piensa: “Son absolutamente horribles. ¿Crees que las podríamos borrar de alguna forma?”. Neid recuerda que en la pizarra donde apuntan las comandas borran lo escrito con toallitas higiénicas y pide al resto del pasaje que miren en sus bolsos y abrigos. Al instante la mayoría de los viajeros se ponen manos a la obra y en un par de minutos las pintadas han desaparecido. El suceso es fotografiado por otro ciudadano que vuelve a su casa tras cenar con unos amigos. Esa noche lo sube a sus redes sociales. A la mañana siguiente medio millón de personas lo han compartido. El lunes la noticia es recogida por los grandes medios estadounidenses. […]

El gran triunfo de la reacción conservadora que se inició a finales de los 70 del pasado siglo no fue librar un combate de ideas donde por mayor pertinencia o acierto práctico ganaron las suyas. Eso nunca sucedió. El gran triunfo fue separar la política de la vida diaria de las personas, haciendo coincidir sus intereses con un mero ejercicio de supuesta gestión y las resistencias de los gobernados con actos de radicalidad que venían a turbar el normal devenir de la vida en sociedad. Una forma determinada de hacer política, aquella que favorecía los intereses de unos pocos, pasaba así a ser la única forma de hacer política, de ser políticos. Una semilla de totalitarismo que asumía de forma exitosa las formas electorales convirtiéndolas en un proceso de resultado controlado, que cerraba la sociedad a su propio fin último, la vida común consensuada, para convertirla en un conglomerado de recursos, transacciones y algoritmos.

Por eso, y no por una maldad intrínseca de un individuo, el pasado sábado en el metro de Nueva York alguien escribió en un vagón que los judíos pertenecían al horno. Por eso, cuando la afición del Rayo Vallecano rechaza que su equipo fiche a un jugador declaradamente nazi, se les sitúa como los que alteran el orden razonable de las cosas y no como unas personas actuando de manera cívica ante unas ideas que atentan contra la civilización. Por eso cerrar una empresa, aun dando beneficios, para especular con el trabajo es una inteligente diversificación de sus activos y la resistencia de los empleados por proteger el trabajo, que es suyo pero de todos, es la necia actitud de quien no quiere evolucionar con los tiempos. Por eso al director de cine que tiene un ojo atento con el presente se le dice que es un cineasta comprometido y a quien está comprometido con los valores hegemónicos tan sólo factura películas de entretenimiento sin carga ideológica alguna. Por eso ustedes leen prensa alternativa mientras que su jefe lee prensa a secas. Por eso echar a la gente de sus casas es un suceso cotidiano y tratar de impedirlo un acto radical. Por eso si las mujeres son asesinadas por su pareja tan sólo mueren y si se deciden a volverse políticas, esto es, feministas, pasan automáticamente al ámbito de lo despreciable.[…]“.

Y el tercero es de @gerardotc, el tuitero con más inteligencia de las redes sociales. Se titula Querido gilipollas con ruedas caras y está dirigido a un tipo que se jacta de ser el propietario de un Ferrari que aparca en una zona reservada a personas discapacitadas porque la gente, dice, no es “cuidadosa” con su coche:

Querido gilipollas con ruedas caras: bienvenido a este museo de la caspa.

Has entrado por la puerta grande y no de cualquier manera, sino como merecedor de una carta personalizada para ti solito. En un país en el que ser un gañán se tolera e incluso se aplaude a menudo, no era sencillo que las cabezas se giraran a tu paso al comentario de “¿pero cómo se puede ser tan gilipollas y tener tan poca vergüenza, todo al mismo tiempo?”. Pues lo has conseguido. En las redes y en los medios se habla de ti y de tu hazaña:

1) Aparcar tu coche en una zona reservada para personas con discapacidad.

2) Que alguien señale que hay un tonto anónimo que ha aparcado de esa manera.

3) Que decidas salir a reivindicar la autoría de la estupidez y la poca vergüenza (esto te honraría si no fuese por el punto 4).

4) Que te presentes como víctima de los comportamientos incívicos de otros (la gente no es cuidadosa con mi coche).

Eres la polla. Esta sería mi conclusión rápida en un primer análisis pericial sobre ti. Pero vamos a profundizar un poco más. Vamos por partes. A quienes les robas la plaza de aparcamiento no son minusválidos, como dices. Si así fuera, tú podrías aparcar y yo no estaría escribiéndote esta carta. Minusválido significa “menos válido” y quienes aparcan ahí no son, por lo general, ni más ni menos válidos que cualquier persona. No, ese lugar está reservado para personas con alguna discapacidad. Una persona que carece de la capacidad de andar, por ejemplo. Tal vez alguien que se cruzó con un idiota a 200 kilómetros por hora en una carrera de esas que te gustan. A esta persona que, por no poder caminar, usa una silla de ruedas, sería a la que tú le estás complicando la vida por preocuparte más de tu coche que de tu vergüenza.

La culpa de que aparques ahí, dices, es de los demás, de “la gente”, que no es nada cuidadosa. No como tú, que eres todo un detallista. Mucho Ferrari, pero como persona pareces el salpicadero de un Seat Panda (esta frase la escuché de niño, me gustó, pero ahí se ha quedado toda la vida, la verdad; nuca le había dado salida hasta este momento contigo). Me encantan los tíos que dicen “es que la gente es muy tal”. A un lado del cuadrilátero, tú y al otro, la humanidad, que no tiene ni idea. Puto cuñao… La gente es que no sabe, ¿verdad? El mundo gira, equivocado, alrededor de ti y de tu vehículo y ambos sobrevivís como podéis ante una marea de chusma que envidia vuestro éxito. Como si te leyera el cerebrillo ese que tienes detrás del peinado. Como tienes dinero, tus padres creen que todo va bien y no llaman al programa Hermano Mayor. Vaya error.[…]